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1 Reyes 1:1-21
1 Reyes 1:22-37
1 Reyes 1:38-53
1 Reyes 2:1-46
1 Reyes 3:1-15
1 Reyes 3:16-28
1 Reyes 4:1-19
1 Reyes 4:20-34
1 Reyes 5:1-18
1 Reyes 6:1-18
1 Reyes 6:19-38
1 Reyes 7:1-12
1 Reyes 7:13-26
1 Reyes 7:27-51
1 Reyes 8:1-11
1 Reyes 8:12-30
1 Reyes 8:31-40
1 Reyes 8:41-53
1 Reyes 8:54-66
1 Reyes 9:1-9
1 Reyes 9:10-28
1 Reyes 10:1-13
1 Reyes 10:14-29
1 Reyes 11:1-13
1 Reyes 11:14-25
1 Reyes 11:26-43
1 Reyes 12:1-15
1 Reyes 12:16-33
1 Reyes 13:1-19
1 Reyes 13:20-34
1 Reyes 14:1-20
1 Reyes 14:21-31 a 15:1-8
1 Reyes 15:9-24
1 Reyes 15:25-34 a 16:1-7

1 Reyes 16:8-28
1 Reyes 16:29-34 a 17:1-6
1 Reyes 17:7-24
1 Reyes 18:1-16
1 Reyes 18:17-29
1 Reyes 18:30-46
1 Reyes 19:1-10
1 Reyes 19:11-21
1 Reyes 20:1-12
1 Reyes 20:13-30
1 Reyes 20:30-43
1 Reyes 21:1-14
1 Reyes 21:15-29
1 Reyes 22:1-18
1 Reyes 22:19-40
1 Reyes 22:41-53
2 Reyes 1:1-10
2 Reyes 1:11-18
2 Reyes 2:1-14
2 Reyes 2:15-25
2 Reyes 3:1-15
2 Reyes 3:16-27
2 Reyes 4:1-17
2 Reyes 4:18-31
2 Reyes 4:32-44
2 Reyes 5:1-14
2 Reyes 5:15-27
2 Reyes 6:1-17
2 Reyes 6:18-33
2 Reyes 7:1-8
2 Reyes 7:9-20
2 Reyes 8:1-29
2 Reyes 9:1-15

2 Reyes 9:16-29
2 Reyes 9:30-37 a 10:1-11
2 Reyes 10:12-27
2 Reyes 10:28-36 a 11:1-3
2 Reyes 11:4-21
2 Reyes 12:1-16
2 Reyes 12:17-21 a 13:1-9
2 Reyes 13:10-25
2 Reyes 14:1-16
2 Reyes 14:17-29
2 Reyes 15:1-22
2 Reyes 15:23-38
2 Reyes 16:1-20
2 Reyes 17:1-41
2 Reyes 18:1-12
2 Reyes 18:13-25
2 Reyes 18:26-37
2 Reyes 19:1-13
2 Reyes 19:14-24
2 Reyes 19:25-37
2 Reyes 20:1-11
2 Reyes 20:12-21
2 Reyes 21:1-18
2 Reyes 21:19-26 a 22:1-7
2 Reyes 22:8-20
2 Reyes 23:1-11
2 Reyes 23:12-23
2 Reyes 23:24-37
2 Reyes 24:1-20
2 Reyes 25:1-17
2 Reyes 25:18-30

1 - 1 Reyes 1:1-21

David ya es un anciano. Cansado de una vida de sufrimientos y luchas, sigue confiando en Dios, según la oración del Salmo 71:17-18 (véase también v. 9): “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud… Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares”. Jehová le responde y le socorre en la última prueba que le aguarda. Después de Absalón, Adonías, otro de sus hijos, conspira para apoderarse del trono (v. 5). El trágico fin de su hermano mayor no le había enseñado nada. Además, de una manera general, la educación de este joven había dejado mucho que desear. Su padre nunca lo había reprendido o contrariado (v. 6). Desde su más tierna juventud, Adonías siempre había hecho lo que quería. Un nuevo ejemplo que deben meditar nuestros jóvenes lectores a quienes, a veces, les parece que sus padres son demasiado exigentes. Han de saber que ser reprendido mientras se es niño, les evita en edad adulta penas mucho más dolorosas. Dios no obra de otra manera con sus hijos (Hebreos 12:6).

¡Cuántas veces su sabiduría y su amor nos habrán impedido hacer la voluntad propia, para nuestro bien presente y quizás eterno!

2 - 1 Reyes 1:22-37

En la fuente de Rogel la fiesta está en su apogeo.

Los invitados rodean a Adonías. El astuto Joab está presente, lo mismo que Abiatar, quien olvidó las palabras de gracia de David: “Quédate conmigo”, (1 Samuel 22:23). Los demás hijos del rey, sea por oportunismo o por debilidad de carácter, se adhieren a la causa de su hermano. Con excepción de uno: Salomón, que no ha sido invitado (v. 25-26). ¡Y con razón! ¿No es él el rey elegido por Dios para suceder a David? ¿Qué podría haber hecho en esa fiesta? Pero todo ese plan, sabiamente urdido, será reducido a nada por algunas almas fieles y sumisas al pensamiento divino. David, al ser informado, obra en seguida: Ahora mismo Salomón va a subir al trono. Su padre da todas las instrucciones al respecto.

En nuestros días, en todas las esferas, el hombre se eleva buscando su propia gloria. Hay un pensamiento que no le preocupa para nada: conocer la voluntad de Dios. Esta voluntad divina es la de dar al mundo el Rey que le ha sido destinado: Jesucristo.

Hoy en día, este rey todavía es rechazado y despreciado; no está invitado a las alegres fiestas que el mundo organiza. Y los que temen a Dios, tampoco tienen su lugar en ellas.


3 - 1 Reyes 1:38-53

Conforme a las instrucciones de David, ahora se celebra una fiesta muy diferente. En medio de la alegría del pueblo fiel, el joven Salomón se sienta en el trono de su padre. ¡Cuán grande es el contraste con Adonías! El nuevo rey no actúa por sí mismo: se le hace montar en la mula real, y se lo lleva a Gihón, donde es ungido por Sadoc en medio de la algarabía general.

Mientras tanto, en la fuente de Rogel se acaba el festín. Un ruido desacostumbrado, persistente, proviene de la ciudad. Joab, como militar experimentado, oye la trompeta y se inquieta. Al mismo tiempo se acerca Jonatán, trayendo noticias. En lo que a él concierne, éstas son buenas, porque David sigue siendo el rey su señor. Pero, ¡qué desastre para Adonías y sus invitados! Todo el complot se derrumba en un instante y los conjurados, desamparados, se dispersan por todos lados. Aterrorizado, el usurpador Adonías se sujeta a los cuernos del altar e implora el perdón del rey. Se le otorga una prórroga, pero el orgullo y la maldad de su corazón no han sido juzgados por eso.

¡Qué locura oponerse a Dios y a su Ungido! Sin embargo, esto hará el Anticristo en breve, pero será destruido para dar lugar al Señor Jesús y a su reinado.


4 - 1 Reyes 2:1-46

Las últimas recomendaciones de un padre o de una madre a sus hijos en el momento de su muerte siempre son palabras muy serias. Las de David a Salomón se resumen así: «Guarda la Palabra de Dios». También era el deseo del Señor Jesús en el momento de dejar a los suyos (Juan 14:23-24).

Después, es necesario hablar de juicio, sin el cual el reino de justicia y paz no puede establecerse. Los crímenes de Joab y los ultrajes de Simei, impunes durante mucho tiempo, deben ser rememorizados.

Lo que borra un pecado es la confesión, y no los años. Pero lo que Barzilai hizo por el rey y los suyos tampoco se olvida.

Salomón, figura de Cristo, rey de justicia, dará a cada uno según su obra, como nos lo muestra la segunda parte de este capítulo (v. 23-46). El día en que el Señor establezca su reino en gloria, también dará las retribuciones (Mateo 25:31). Unos tendrán parte en la vida eterna, otros en los tormentos eternos. Sí, hay un Juez, un tribunal y un infierno (Apocalipsis 20:12-15). Pero también hay una “resurrección de vida” para los creyentes. Es la que David aguarda de ahí en adelante. Duerme en paz, “habiendo en su propia generación servido a la voluntad de Dios”, como lo declara Hechos 13:36, V.M.)

5 - 1 Reyes 3:1-15

Si esta noche el Señor nos propusiera como a Salomón: “Pide lo que quieras que yo te dé”, ¿qué le contestaríamos? No es seguro que cada uno tuviera como primer deseo recibir… “corazón entendido”.

Fortuna, éxito, distracciones y viajes son los deseos de la mayoría de los jóvenes de este mundo. ¿Cuáles son los nuestros? Un corazón entendido (o sea, un corazón inteligente, V.M.) es un pedido agradable a Dios y que siempre se le puede hacer. “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente… y le será dada” (Santiago 1:5).

No se puede hacer esta oración si uno es sabio en su propia opinión (Proverbios 3:7). Pero Salomón no tiene una gran opinión de sí mismo; dice: “Yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir” (v. 7). Notemos que aquí es el corazón —y no la cabeza— el que debe escuchar y entender. El amor por el Señor es la llave de la verdadera inteligencia. Finalmente, consideremos a nuestro perfecto Modelo, que declara por medio del profeta: “Jehová el Señor… despertará mi oído para que oiga como los sabios” (Isaías 50:4).


6 - 1 Reyes 3:16-28

En Israel el rey era también el supremo juez, figura de Cristo, quien será a la vez lo uno y lo otro. Así que el joven rey Salomón necesita mucha sabiduría divina para la doble tarea de gobernar y juzgar al pueblo. Pero la promesa de Dios se cumple sin tardanza; el célebre juicio en el asunto de esas dos mujeres lo da a conocer a todo Israel como quien ha recibido “sabiduría de Dios para juzgar” (v. 28). No fue así como Absalón había procurado establecer su reputación de juez (2 Samuel 15:4). ¿Cómo habría podido reinar la justicia si ese hombre impío, rebelde y homicida, se hubiese adueñado del trono que Dios destinaba a su joven hermano Salomón? Sólo uno fue más sabio que Salomón. Consideremos a Jesús, niño lleno de “sabiduría”, que maravilló a los doctores con su inteligencia (Lucas 2:40 y 47); luego, en el curso de su ministerio, contestó según el estado del corazón de cada uno, discerniendo las trampas que se le tendían y confundiendo a sus adversarios. Admirémosle, particularmente en esa escena en que pronuncia su juicio respecto de la mujer adúltera: “El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella”, responde él a los acusadores (Juan 8:7). “¿Y qué sabiduría es ésta que le es dada?”, decían de él (Marcos 6:2).


7 - 1 Reyes 4:1-19

El reino de Salomón se establece sobre sólidas bases de paz y de justicia. Ya lo dijimos: prefigura los tiempos felices en que, no sólo Israel, sino el mundo entero, será liberado de la guerra y de la injusticia. Actualmente, pese a todos sus esfuerzos, a los progresos técnicos y sociales, los hombres no logran establecer por sí mismos la paz y la justicia que tanto anhelan. Previamente, será necesario que Satanás sea atado y que “el Hijo del hombre” tome el dominio universal.

Consideremos el perfecto orden que preside la administración del reino. Doce gobernadores, uno para cada mes del año, están encargados de abastecer por turno la casa del rey. Nos hace pensar en ese siervo fiel y prudente, a quien su señor estableció sobre los siervos de su casa para darles el alimento a su tiempo (Mateo 24:45).

El Señor dio diferentes funciones a sus siervos: pastor, doctor… y les encargó velar por el alimento espiritual de los suyos. Pero, de manera más general, cada creyente debe ser un fiel gobernador, un buen mayordomo de los “talentos” que su Amo le confió en vista de Su propia gloria (Mateo 25:15).


8 - 1 Reyes 4:20-34

Comparemos el versículo 20 con el 29. El pueblo y el corazón del rey tienen una dimensión común: son como la arena que está a la orilla del mar. Dicho de otro modo, Dios da a su ungido un corazón bastante grande como para contener y amar al gran pueblo que ahora está a su cargo. Asimismo, el amor del Señor está a medida del número de los que le pertenecen, y no es superado por su multitud.

La cruz fue la prueba de ello. Querido lector creyente, el Señor le ama tanto como si usted fuese su único redimido. Nunca terminaremos de conocer y comprender “el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Efesios 3:18-19).

Esta hermosa prefiguración del reinado milenario de Cristo evoca el reposo del cual finalmente gustará la creación, después de haber gemido tanto tiempo bajo “la esclavitud de corrupción” (Romanos 8:19-22). Salomón habló de animales, aves, reptiles y peces. Cristo, “el Hijo del hombre” según el Salmo 8, coronado “de gloria y de honra”, dominará sobre todas las obras de Dios: “Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar… ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8:7-9).


9 - 1 Reyes 5:1-18

Si David fue el rey de gracia, Salomón, su sucesor, aparece como el rey de gloria. En los consejos de Dios, la gracia y la gloria van una tras otra, sin separarse. Y el creyente, que ya goza de la gracia, también recibirá la gloria cuando el Señor venga.

Hiram, rey de Tiro, siempre había amado a David.

Por eso, al subir Salomón al trono, Hiram participa de la gloria del gran rey y recibe, en abundancia, lo necesario para satisfacer sus necesidades y las de su pueblo. Gustoso, contribuye a la construcción del templo, principal empresa del reinado de Salomón.

Porque ahora que Jehová dio reposo a Israel, también Él puede descansar y cambiar la tienda de viajero por una morada fija. Como antes el tabernáculo, pero con nuevas figuras, el templo de Salomón va a proveernos de numerosas ilustraciones en lo concerniente a las relaciones de Dios con su pueblo. Ya tenemos una primera diferencia: la casa del desierto estaba colocada sobre la arena misma, mientras que ésta debe ser edificada inquebrantablemente sobre “piedras grandes, piedras costosas”. “Su cimiento está en el monte santo” (Salmo 87:1).


10 - 1 Reyes 6:1-18

Ya no son tablas de madera, como en el tabernáculo, sino piedras las que se necesitan para construir la nueva casa. Es una hermosa imagen de los creyentes, estas “piedras vivas” que son edificadas como “casa espiritual” (1 Pedro 2:5). En el versículo 7, leemos que las piedras habían sido enteramente preparadas antes de ser transportadas. El mundo es «la cantera» de donde se extraen los redimidos y donde todavía son objeto de un paciente trabajo de Dios, antes de estar aptos para ser introducidos en la Casa de gloria. Tal es nuestra presente condición.

Además del lugar santo y del lugar santísimo, el templo tiene cámaras laterales que no existían en la casa del desierto. Están reservadas a los sacerdotes. Es una ilustración de las “muchas moradas” preparadas por el Señor en la casa del Padre, a fin de que estemos con él. Las piedras labradas y las cámaras dispuestas nos hablan del Señor, quien preparó y prepara aún hoy a los suyos para ocupar un lugar en la Casa del Padre. Es la enseñanza del capítulo 13 de Juan. Pero también preparó el lugar para los suyos; esto lo vemos en el capítulo 14 del mismo evangelio. Es el perfecto trabajo del amor de nuestro Señor Jesús.


11 - 1 Reyes 6:19-38

El único salmo que nos ha sido trasmitido como escrito por Salomón comienza así: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmo 127:1). Era una feliz (e indispensable) disposición de espíritu de parte de aquel que construía la Casa de Jehová. Es igualmente necesario, cualquiera sea la empresa a la que nos dediquemos, asegurarnos, antes de empezar, que el Señor está con nosotros para obrar y para bendecir. Y esto se aplica particularmente a los que piensan fundar un hogar.

Aquí nuestro espacio es limitado para hablar en detalle de esta maravillosa Casa. Como el tabernáculo, pero en una proporción mayor, constaba de un lugar santo y un lugar santísimo, llamado el oráculo (v. 16, V.M.), donde dos grandes querubines desplegaban sus alas. Aquí el velo que los separaba no se menciona, pero había algo nuevo: dos puertas talladas de madera de olivo permitían el acceso al interior del oráculo. Aparte de las piedras, los demás materiales empleados eran: la madera de cedro, símbolo de duración y majestad, y el oro puro, símbolo de la justicia divina, del cual todo estaba enteramente cubierto. ¿No es una admirable visión que confirma las palabras del Salmo 29, versículo 9: “En su templo todo proclama su gloria”?

12 - 1 Reyes 7:1-12

Salomón fue muy diligente al construir el templo.

Le bastaron siete años para hacerlo, mientras que Herodes necesitó cuarenta y seis para reconstruirlo (Juan 2:20).

El rey se ocupa ahora de su propia casa, empero, sin desplegar en ella el mismo apresuramiento: tarda trece años. Aprendamos a hacer primero, bien y activamente lo que el Señor nos encarga hacer para él, antes de dedicarnos a nuestros propios asuntos.

Después del templo, como sabio arquitecto, Salomón construye otras tres casas: la suya (v. 1); la casa del bosque del Líbano con su pórtico (v. 2-7) y, finalmente, la de su mujer, hija de Faraón (v. 8). Cada una de ellas nos habla de una esfera de relaciones de Dios con los hombres. Si el templo es la imagen de la casa del Padre, la morada personal de Salomón sugiere más bien la casa del Hijo, dicho de otro modo, la Iglesia o Asamblea (Hebreos 3:6). La casa del bosque del Líbano habla de las futuras relaciones de Cristo, rey de gloria, con Israel. Allí se halla el trono del juicio. Finalmente, la casa de la hija de Faraón evoca Sus relaciones de Rey con todas las naciones de la tierra.


13 - 1 Reyes 7:13-26

Para la confección del tabernáculo y de los objetos que contenía, en otros tiempos Jehová había designado a Bezaleel, un hábil obrero lleno “del espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte” (Éxodo 31:2-3). Para la fabricación de objetos de bronce, Salomón llama a Hiram, de Tiro, un artesano también “lleno de sabiduría, inteligencia y ciencia en toda obra de bronce” (v. 14).

Procuremos poseer tales cualidades espirituales.

Entonces el Señor podrá emplearnos “en todo arte”.

El primer trabajo que Hiram realiza consiste en dos columnas con espléndidos capiteles. Pensemos en la promesa que el Señor hace a la iglesia de Filadelfia: “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios”. “Tienes poca fuerza”, había dicho a esos creyentes (Apocalipsis 3:12 y 8). Los nombres de esas columnas son Jaquín y Boaz, que significan: «él establecerá» y «en él es la fuerza». Es una preciosa respuesta a la presente condición del redimido: ¿Poca fuerza en la tierra? Firmeza y fuerza para siempre jamás en el cielo de gloria, cuya imagen es el templo.


14 - 1 Reyes 7:27-51

Hiram es una figura del Espíritu Santo, «divino Obrero», ocupado en preparar todas las cosas aquí en la tierra —y en particular el corazón de los creyentes— con vista a la gloria de Dios. El mar, inmensa tina de cerca de cinco metros de diámetro, debía servir a los sacerdotes para lavarse en ella, mientras que las diez fuentes que descansaban sobre diez basas de bronce se empleaban para lavar las ofrendas (2 Crónicas 4:6).

A partir del versículo 48, encontramos la enumeración de los objetos de oro confeccionados por Salomón. Éste, trayendo las cosas santas de David su padre (v. 51), nos hace pensar en Jesús, el Hijo, de Dios, disponiendo de lo que pertenece a su Padre.

“El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Juan 3:35 y 17:10). Notemos al mismo tiempo que, contrariamente a lo que pasó con el tabernáculo (Éxodo 35:21-29), aquí no se trata de lo que dio el pueblo. Y comprendemos la razón: nada de lo que proviene del hombre puede entrar en el cielo. Allí todo es divino, todo es exclusiva y perfecta obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Las tres personas juntas participaron en la primera creación; también se ocupan de la gloria venidera y de la nueva creación.


15 - 1 Reyes 8:1-11

Al estar su casa lista, Dios morará en ella. Salomón reúne a los principales del pueblo y los sacerdotes introducen el arca en el “oráculo”.

¡Preciosa arca! Figura de Cristo, conoció los cansancios del pueblo y sostuvo sus combates. Por él penetró en el río de muerte. Ahora entra en su reposo.

Pero algo recordará siempre el camino del desierto: las varas visibles. Aunque en adelante no serían empleadas, no debían retirarse de sus anillos.

En medio de los esplendores del cielo, contemplaremos a Jesús en su hermosura. Sin embargo, en su Persona veremos algo que tocará profundamente nuestros corazones: las imborrables marcas de su padecimiento en la cruz. Como las varas del arca, estas señales permanecerán en la gloria celestial como eterno testimonio de su divino amor. ¡Cuán hermosos son los pies del Salvador!; se cansaron en los caminos de este mundo para buscarnos (Isaías 52:7), antes de ser horadados en la cruz, cuando se dejó clavar en ella para salvarnos. Sobre esos santos pies fue derramado el homenaje de María en la bienaventurada casa de Betania, que entonces se llenó del olor del perfume. Es un gusto anticipado de la Casa del Padre, que la gloria llenará para siempre.


16 - 1 Reyes 8:12-30

El rey Salomón toma la palabra. Ocupando el lugar del descendiente de Aarón, aquí cumple él mismo el oficio de sacerdote, porque es una figura de Cristo, rey y sacerdote. Recuerda el pasado: Egipto, la gracia para con David, el pacto y las promesas.

Cuatrocientos ochenta años antes, en la orilla del mar Rojo, los israelitas habían cantado el cántico de la liberación: “Este es mi Dios, y lo alabaré… Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada… Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová, en el santuario que tus manos, oh Jehová, han afirmado” (Éxodo 15:2, 13 y 17). Cerca de cinco siglos fueron necesarios para que estas palabras se realizaran. El tiempo transcurrido no quita la veracidad de las promesas de Dios (comp. 2 Pedro 3:4). Salomón se complace en repetir: “Lo que con su mano ha cumplido” (v. 15); “Jehová ha cumplido su palabra que había dicho” (v. 20).

“Mi nombre estará allí” (v. 29). Recordemos una vez más esta promesa del Señor Jesús: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).


17 - 1 Reyes 8:31-40

Al principio de su oración, Salomón exaltó la fidelidad, la misericordia (v. 23) y la grandeza de Jehová (v. 27). Luego reconoce de qué cosas es capaz el pueblo y cuáles pueden ser las consecuencias de sus faltas. Estos pensamientos sobre Salomón nos trasladan hacia Cristo, gran sumo sacerdote. Jesús conoce bien la debilidad del corazón de los suyos y, antes que Satanás los zarandee, se dirige a Dios rogando que su fe no falte. Hizo esto por Pedro antes que le negara (Lucas 22:32). Y cuántas veces lo hace también por cada uno de nosotros, sin que lo sepamos, en la hora de tentación. En verdad, Dios conoce el corazón del hombre (v. 39; véase Jeremías 17:9-10). Este corazón engañoso y perverso “más que todas las cosas”, ¿dónde dio su plena medida? ¿En qué circunstancias demostró su extrema maldad? ¿No fue en la cruz, donde la enemistad del hombre se expresó plenamente contra el Señor? (Salmo 22:16). Pero este crimen, el más grande de todos los pecados de Israel, también será perdonado cuando el pueblo arrepentido se vuelva con “espíritu de gracia y de oración”, ya no hacia “esta casa”, sino hacia “quien traspasaron” (Zacarías 12:10).


18 - 1 Reyes 8:41-53

Para interceder no basta conocer la debilidad del corazón humano (v. 46). También es necesario tener confianza en la compasión del corazón de Dios. Si Jesús, nuestro sumo sacerdote y nuestro Abogado, conoce por demás el corazón del hombre, también conoce el de su Padre. Pero su deseo es que acudamos a él para experimentarlo personalmente (comp. Juan 10:17 y 16:27).

¡“Escucha y perdona”! (v. 49-50). Este capítulo nos enseña que en verdad se puede acudir a Dios en toda ocasión. Había un lugar a los pies del Señor para los más grandes pecadores (Lucas 7:37). Aún hoy, fiel a su promesa, Cristo no echa fuera al que viene a él (Juan 6:37).

El pecado es la cadena por medio de la cual hasta un creyente puede ser cautivo en “tierra enemiga” (v. 46). Dios está dispuesto a liberarle; pero el camino del perdón pasa necesariamente por la confesión. “Mi pecado te declaré… y tú perdonaste la iniquidad de mi pecado” (Salmo 32:5).

Dios escucha, él perdona; sí, puede perdonarlo todo, porque Jesús expió todo. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).


19 - 1 Reyes 8:54-66

Pese a la riqueza, a lo grande de la casa y a la inmensa multitud congregada, el corazón de Salomón no está lleno de un sentimiento de poder; se pone de rodillas y toma para con Dios una actitud de dependencia. Esperamos que ésta también les sea una actitud familiar a nuestros lectores. Hablemos cada día libremente a nuestro Dios, en voz alta, cuando sea posible, para evitar la distracción. Y aunque, más tarde, olvidemos lo que pedimos, nuestras palabras permanecerán “cerca de… nuestro Dios de día y de noche” (v. 59). Finalmente, Salomón afirma que Dios proteje la causa de los suyos, “cada cosa en su tiempo”. Hoy podemos contar con la respuesta de hoy, pero no con la de mañana. Porque Dios conoce nuestra tendencia a descansar más en lo que él nos da que en él mismo. Por eso resuelve el asunto de día en día; Jesús también lo enseña: “Basta a cada día su propio mal” (Mateo 6:34).

La ceremonia de la dedicación (o de la inauguración) del templo tiene lugar en el momento de la gran fiesta anual de los tabernáculos, en el mes séptimo. Termina con los sacrificios y dejando alegría conforme a Deuteronomio 16:15.


20 - 1 Reyes 9:1-9

La obra emprendida por Salomón está acabada. Él quiso hacerla; así lo subraya el versículo 1. ¿No nos da esto una lección? Hagamos con gusto todo lo que el Señor nos pide, ¡porque es él quien nos lo pide! Entonces, ahora Jehová va responder a la oración del rey. Esta casa en la cual su gloria habita va a ser el gran motivo para bendecir a Israel, para escuchar y perdonar. En el período cristiano, Dios vincula su propia gloria al nombre de Jesús, y a través de él responde a las oraciones que le son dirigidas (Juan 14:13-14). Porque en Cristo —ya no en el templo— Dios vino a habitar en medio de nosotros (Juan 1:14; Colosenses 1:19 y 2:9; 1 Timoteo 3:16).

Por eso los ojos y el corazón del Padre siempre están puestos sobre ese Hombre perfecto (comp. v. 3). En todo momento podemos dirigirnos a Dios en el nombre de Jesús para ser escuchados. “Mira, oh Dios… y pon los ojos en el rostro de tu ungido” (Salmo 84:9).

Luego Jehová coloca a Salomón y al pueblo ante su responsabilidad. La presencia de Dios en medio de ellos exige una estricta separación del mal, de no ser así, este privilegio le será quitado e Israel como nación será eliminada.


21 - 1 Reyes 9:10-28

Dar al rey de Tiro ciudades que formaban parte del país de Israel fue una falta grave de parte de Salomón. Asimismo nosotros los cristianos podemos abandonar, en provecho del mundo, una porción de nuestra herencia. Por ejemplo, veamos la manera en que empleamos el día domingo. Quizás uno se prive de asistir a una reunión para agradar a un amigo o a un pariente. Estemos seguros de que tales concesiones son una pérdida tanto para el uno como para el otro. ¿Cómo podríamos llevar a alguien a buscar las verdades divinas y los privilegios cristianos, si nosotros mismos mostramos que hacemos poco caso de ellos? ¡Veamos el caso de Hiram! Ni siquiera aprecia el gesto de Salomón.

El final del capítulo nos muestra al rey como sabio administrador, fortaleciendo y organizando su reino.

Por un lado, está en relación con Jehová (v. 25) y por otro, con los diferentes pueblos que lo rodean. Por primera vez, desde los tiempos de Josué, todos los cananeos son sometidos. Acordémonos de que son una figura de los enemigos de nuestras almas. Los enemigos de mi alma ¿están en libertad o hallé en Cristo la fuerza que puede sojuzgarlos?

22 - 1 Reyes 10:1-13

El Señor recordará esta escena a los fariseos para subrayar su incredulidad: “La reina del Sur… vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar” (Mateo 12:42). Aquí, ante nuestros ojos, tenemos en figura al Hijo de Dios, el Rey de gloria. Nos enseña cómo recibe a aquellos que acuden a él. No es la gloria ni las riquezas del gran rey lo que atrae a la noble visitante. Oyó hablar de la sabiduría de Salomón en relación con el nombre de Jehová y, queriendo comprobarlo por sí misma, fue a formularle todas las preguntas “que en su corazón tenía”. No nos baste con haber oído hablar del Señor Jesús.

¡Vayamos a él! Está dispuesto a darnos lo que deseamos y todo lo que pidamos (v. 13; Juan 15:7).

Lo que impresiona a la reina en la corte de Salomón (v. 4-5) nos hace pensar en el testimonio dado al Señor por la Iglesia (su casa), en la enseñanza de la Palabra (la comida de su mesa), en el comportamiento de los suyos (el estado y los vestidos de los que le servían). Deberíamos mostrar en todos los detalles, a todas las personas con las cuales entramos en contacto, que él es el gran Rey, a quien tenemos el honor de pertenecer.


23 - 1 Reyes 10:14-29

Debía ser un grandioso espectáculo contemplar al gran rey Salomón, cubierto con preciosas y magníficas vestiduras, sentado en su trono de marfil y oro.

Y, sin embargo, el Señor Jesús, invitándonos a considerar los lirios del campo, afirma que “ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos” (Mateo 6:29). Estemos convencidos de que la obra más hermosa del hombre nunca alcanzará la más modesta del Creador.

El Salmo 72, compuesto “para Salomón”, describe ese reinado de justicia (v. 1-4), de paz (v. 7), de poder (v. 8-11), de gracia (v. 12-14), de prosperidad (v. 16) y de bendición (v. 17). “Los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones… y se le dará del oro de Sabá (v. 10 y 15). Y en nuestro capítulo 10, muchos detalles ilustran la riqueza, la sabiduría y el poder de este hijo de David, reinando con justicia en Jerusalén.

Comprendemos que aquí, en figura, también hay “más que Salomón”. Centro de gloria y fuente de bendición para todos los pueblos, este brillante reinado sólo es una débil imagen del próximo dominio universal de nuestro Señor Jesucristo. Pero los suyos no esperan a que llegue ese glorioso porvenir para reconocer los derechos que él adquirió sobre sus corazones.


24 - 1 Reyes 11:1-13

Hasta aquí apenas hemos visto una sombra del esplendor de ese excepcional reinado. El capítulo 11, sin embargo, comienza con un pero que de repente revela un estado moral desolador, bajo la brillante apariencia descrita anteriormente. En doble desobediencia a la ley, el rey tomó “muchas mujeres” y mujeres extranjeras (Deuteronomio 17:17 y 7:3), las que en su vejez desviaron su corazón. ¿No había él pedido y obtenido un corazón sabio, un corazón que escucha? Había sentido sin duda la necesidad de ello para conducir a los demás, pero no para conducirse a sí mismo. Ese corazón ancho “como la arena”, que Jehová dio al rey para que amara a su gran pueblo, Salomón no lo guardó ni veló por lo que penetraba en él. Miles de mujeres extranjeras, junto con sus ídolos, habían hallado lugar en su corazón.

Salomón es condenado por sus propias palabras: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Esto enseñó a los demás… pero descuidó hacerlo para sí mismo (véase Romanos 2:21 y 1 Corintios 9:27).

Tampoco tuvo en cuenta la prevención de su padre (1 Reyes 2:3), ni la doble advertencia de Jehová (cap. 11:9-10).


25 - 1 Reyes 11:14-25

Cuando se trata del hombre y su responsabilidad, siempre comprobamos la total bancarrota. Tal vez la historia de Salomón lo demuestre mejor que cualquier otra. Él fue el más sabio, el más rico y el más poderoso de los que vivieron bajo el sol. Construyó para Dios un grandioso templo, obra sin igual. Pero, cuanto más alto esté colocado alguien, tanto más clamorosa es su caída. Y si un hombre piadoso se permite dar un traspié, su falta se torna muy grave para los que lo rodean. ¡Qué triste ejemplo dio este claudicante rey a Israel! Cuando nuestro andar no es conforme a nuestra posición, somos tropiezo para los demás (léase Mateo 18:6-9).

Dios suscita adversarios a Salomón en su vejez. Primero, fuera del reino: Hadad y Rezón. Después, dentro del mismo: Jeroboam. Pero no vemos al rey volver en sí, ni convertirse a Dios de todo su corazón, según sus propias palabras en el capítulo 8:47-48. No se vuelve hacia Jehová para decirle: “Escucha y perdona”. Y, sin embargo, ¿no era éste el camino que, en su oración, él había trazado a los que tendrían que vérselas con los enemigos a causa de sus pecados?

26 - 1 Reyes 11:26-43

Como Dios había prepado a David mientras Saúl vivía, también suscita a Jeroboam en vida de Salomón. Y como Saúl en otros tiempos, Salomón procura hacer morir a aquel que Jehová designó para sucederle (v. 40). Pero, ¡qué contraste entre Jeroboam que alza su mano contra el rey (v. 26) y David que rehusó hacerlo! Jeroboam huye a Egipto y conoce la idolatría, en cambio David se escondió en el desierto.

David empezó bien su vida, la continuó mal, pero la concluyó bien. Salomón comenzó bien, continuó bien, pero terminó mal su carrera. Citemos también un ejemplo inverso: el de Jacob, cuyos días fueron “pocos y malos” (Génesis 47:9); no obstante, tuvo un fin muy hermoso (Hebreos 11:21).

¡La tentativa de homicidio de Salomón es el último acto de su vida que se nos relata! Después, duerme con sus padres. Había tenido “un tiempo de vivir”. Según su propia declaración, ahora le ha llegado el “tiempo de morir” (Eclesiastés 3:2). Querido lector, usted no sabe cuándo puede llegarle ese tiempo. Pero lo que debe saber es que el tiempo de vivir también es el de creer y el de vivir para Cristo.


27 - 1 Reyes 12:1-15

Roboam sucede a su padre. Otrora Salomón se había formulado la pregunta: El hombre que vendrá después de mí ¿será sabio o necio? (Eclesiastés 2:1819). Tres días le bastan al pobre Roboam para dar la respuesta. El hijo del hombre más sabio está desprovisto de inteligencia. No lo vemos, como a su padre, pedir un corazón sabio a Jehová. En su juventud, edad en la que normalmente se debe aprender, no supo aprovechar las enseñanzas de la sabiduría contenidas en el libro de los Proverbios, cuyo autor es Salomón. Sin embargo, este libro comienza así: “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre” (Proverbios 1:8; léase también 19:13 y 20).

De modo que a la edad de cuarenta años, en el momento de las responsabilidades, la experiencia, el buen sentido y, sobre todo la humildad, le faltan por completo. Menosprecia el consejo de los ancianos, prefiriendo seguir el imprudente consejo de los jóvenes. Muchos jóvenes escuchan más gustosos a los de su misma edad que a sus padres o a personas mayores. ¡Es una peligrosa tendencia! Aquí vemos sus resultados. Pero Dios se vale de la falta de sabiduría de Roboam, como asimismo de las faltas del pueblo, para cumplir lo que había decidido contra la casa de David.


28 - 1 Reyes 12:16-33

Como resultado de la intransigencia de Roboam, diez tribus se separan y van con Jeroboam. En cuanto a la descendencia de Salomón, sólo conservará la tribu de Judá y Benjamín. A partir de aquí, seguiremos paralelamente la historia de estos dos reinos. Hasta el fin del segundo libro de los Reyes se habla más bien de la del reino de Israel (las diez tribus), mientras que en el segundo libro de Crónicas se retoma el relato respecto del reino de Judá.

Con una corta frase Dios detiene la guerra civil que se prepara: “Esto lo he hecho yo” (v. 24). ¡Cuán importante es esta pequeña frase también para nosotros! Nuestros proyectos ¿son contrariados por una dificultad o un impedimento? ¡Prestemos oído! Sin duda, oímos la misma voz que nos dice: “Esto lo he hecho yo”.

Después se relatan los primeros hechos de Jeroboam. Hace dos becerros de oro (comp. sus palabras en el v. 28 con las de Aarón en Éxodo 32:4). Son los elementos característicos de un culto enteramente inventado por el hombre, experto en utilizar la religión para fines personales (léase Oseas 8:4-5). De un reino a otro oiremos hablar de este pecado de Jeroboam.


29 - 1 Reyes 13:1-19

En el día que ha “ideado de su propio corazón” (V.M.), Jeroboam celebra una fiesta en Bet-el para honrar a su becerro de oro. Pero alguien viene a turbar la ceremonia. Un profeta llega de Judá con las más severas palabras. El altar se rompe; el rey rebelde es herido y luego sanado por el poder de Dios. En la curación de ese hombre tan impío brilla la gracia. Dios nos bendice conforme a lo que él es y nunca según lo que somos. Esta gracia debería haber hablado al rey. El profeta había recibido la orden de volver tan pronto como fuera cumplida su misión. Descansar, comer y beber en el territorio de esas desobedientes tribus habría contradicho las palabras de juicio que había pronunciado. Tampoco podemos dar muestras de comunión con organizaciones religiosas no sumisas a la Escritura. El viejo profeta, cuyos hijos parecen haber asistido a la fiesta del becerro de oro, no estaba en su debido puesto en Bet-el. Por ese motivo, aunque vivía en la misma ciudad en la que debía cumplirse un servicio, no fue encargado por Jehová para realizarlo. Pero al atraer a su casa al varón de Dios de Judá, el anciano intentaba justificar su falsa posición y afirmar su reputación como profeta. Por su lado, si el profeta de Judá se hubiera dado más prisa para abandonar aquel lugar, ¡no habría sido alcanzado! (v. 14).


30 - 1 Reyes 13:20-34

Ahora el varón de Dios de Judá tiene que oír una palabra de juicio. Le faltó fuerza de carácter y las consecuencias son trágicas.

Dejarse arrastrar es un peligro especialmente propio de la juventud, que por naturaleza es influenciable. ¡Y notemos que para hacer salir a un creyente del camino de la obediencia, el diablo no emplea solamente seducciones groseras! Para convencerle, sabrá valerse de medios que parecen ser respetables. Todas las apariencias estaban a favor del viejo profeta, quien pretendía haber recibido la palabra de Jehová por medio de un ángel. Pero, ¿podía Dios contradecirse? En lo que nos concierne, fiémonos sencillamente de lo que nos dice la Biblia, y no erraremos el camino (véase Gálatas 1:8-9).

Para ese varón de Dios la consecuencia de su falta es la muerte. Su cadáver no es devorado por el león, prueba evidente de que es Dios quien lo hiere. Y para el viejo profeta, ¡qué castigo! Fue un tropiezo para el que llama su hermano (v. 30), pero para con el cual no obró como un hermano. Impeler a otras personas a desobedecer es tan grave como desobedecer uno mismo, porque es perjudicar tanto a Dios como a los que uno extravía.


31 - 1 Reyes 14:1-20

Pese a la solemne advertencia que Dios le dirigió en Bet-el, Jeroboam perseveró en su camino de iniquidad. Entonces Jehová le habla una segunda vez por medio de la enfermedad de su hijo Abías. Constatamos que el rey no busca socorro junto a su becerro de oro, reconociendo así su total impotencia. Se vuelve hacia Ahías, el profeta que en otros tiempos le había anunciado la realeza (comp. con Ezequiel 14:3). ¿Hizo, pues, un examen de conciencia? ¡Obviamente, no! El fraude que emplea, junto con su mujer, prueba que en su corazón no hay ninguna verdadera humillación. Pero, ¡qué locura pensar que Dios puede ser engañado! Apenas pasó el umbral de la puerta, la reina fue desenmascarada. En lugar de las agradables palabras que otrora Jeroboam había oído de la boca del varón de Dios, la desdichada mujer le trae un espantoso mensaje. En ese mismo momento el joven Abías muere. Quizá digamos: ¿Por qué Jehová no dejó vivir a este niño en quien había hallado algo bueno? Precisamente porque quería retirarlo de tan mal ambiente y tomarlo junto a él.

¡Qué suerte incomparablemente mejor! (Isaías 57:12).


32 - 1 Reyes 14:21-31 a 15:1-8

Roboam reina, pues, al mismo tiempo que Jeroboam. Aunque su reino es más pequeño, posee la mejor parte. Su capital sigue siendo Jerusalén, donde se halla el templo, santa morada de Jehová y centro de congregación para todo Israel. Roboam mismo es “hijo” de David, su legítimo descendiente.

¡Pero, ¡ay!, a pesar de todos estos privilegios, vemos hasta dónde cae el pueblo pocos años después de los gloriosos días del capítulo 8 (v. 65-66). Así como la mala hierba arruina el más hermoso jardín, la idolatría introducida por Salomón invadió todo el país.

¡Y esto no es todo! Como Roboam no vela, el enemigo aprovecha. Al pobre rey le quitan, a la vez, todos sus tesoros y todo lo que le protegía (los escudos). Es una seria advertencia para cada uno de nosotros. Si no velamos sobre nuestro corazón, pronto el Enemigo sembrará en él la semilla de diversos ídolos. Y, cuando haya brotado, sin dificultad arrebatará nuestros más preciados tesoros, depósito que nuestros padres o abuelos, quizá, nos trasmitieron: Cristo y su Palabra.

Abiam sucede a Roboam y tres años de reinado bastan para mostrar que él anda en todos los pecados practicados por su padre.


33 - 1 Reyes 15:9-24

Después de Abiam, su hijo Asa toma su lugar en el trono de Judá. Tiene un largo reinado que contrasta con los dos precedentes. Asa hace “lo recto ante los ojos de Jehová” (v. 11). Y hacer lo recto consiste en quitar, hacer desaparecer, derribar y quemar.

Es una actitud tanto más valiente y difícil que le obliga a obrar contra su propia abuela, Maaca, una idólatra. Conocemos las palabras del Señor: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37). Desde Asa, ¡son numerosos los jóvenes convertidos que debieron y aún deben tomar una posición en contra de su propia familia! En cambio, ¡cuántos son los privilegiados que tienen padres que los alientan y les sirven de modelo! Pensemos en ese joven rey a quien su padre, su abuelo y su abuela sólo habían dado un mal ejemplo. Triste constatación, el fin del reinado de Asa no está al nivel de su buen comienzo. En lugar de buscar socorro junto a Jehová en contra de Baasa, se apoya en Ben-adad. El segundo libro de Crónicas (cap. 16) nos permitirá volver a hablar de ese reinado más detalladamente, y veremos las lecciones que implica para nosotros.


34 - 1 Reyes 15:25-34 a 16:1-7

Nuestra lectura nos lleva cuarenta años atrás para considerar el reino de Israel mientras Asa domina sobre Judá. En contraste con este último rey, Nadab, hijo de Jeroboam, durante su corto reinado, anda “en el camino de su padre, y en los pecados con que hizo pecar a Israel” (v. 26). Estos pecados son la falsa religión instituida por Jeroboam para apartar al pueblo del lugar escogido por Jehová (Deuteronomio 12:5-6). En la cristiandad, como antaño en Israel, existe una multitud de personas que, sin dejar de formar parte del pueblo de Dios, fueron apartadas del único centro: Jesús. Se les han enseñado formas religiosas que no son según la Palabra.

Nadab, con toda la familia de Jeroboam, padece la terrible suerte anunciada por Ahías. Pero Baasa, quien ejecuta ese juicio, al suceder a Nadab también sigue el camino del pecado. ¡El mismo camino terminará de la misma manera! Jehová lo anuncia a Baasa por medio del profeta Jehú, quien con valentía se presenta ante el malvado rey con unas solemnes palabras. Nosotros, ¿no fuimos también levantados del polvo para hacernos sentar con príncipes? (cap.

16:2; 1 Samuel 2:8). Por eso, examinemos bien en qué camino andamos y cuál es su fin (Proverbios 16:25).


35 - 1 Reyes 16:8-28

Ela, hijo de Baasa, reina dos años sobre Israel. El único hecho que se relata respecto de él es que estaba “en Tirsa, bebiendo y embriagado” (v. 9). Este rey es dominado por una pasión, pobre esclavo del alcohol, como todavía hoy lo son millones de desdichados. El hombre cree poder gobernar a sus semejantes, mientras que él mismo no es capaz de dominar las pasiones de su propio corazón. El libro de los Proverbios contiene las palabras de un joven rey, llamado Lemuel. Éste recuerda lo que le enseñó su madre: “No es de los reyes, oh Lemuel, no es de los reyes beber vino” (Proverbios 31:4; véase también Proverbios 23:31-32 y Efesios 5:18). En un instante Ela, sin despertarse, pasa de la embriaguez a la muerte. Los hombres de este mundo se sumergen en los placeres del pecado; después, sin haberse preparado para ello, de repente se ven precipitados en una eternidad de desdicha.

Siete días le bastan a Zimri, homicida de Ela, para probar que él también anda en el camino de Jeroboam. Su fin no es menos terrible: ¡se suicida! Luego Omri toma el poder, edifica Samaria, y obra peor que sus predecesores. ¡Cuán espesas son las tinieblas sobre ese reino de Israel! (Miqueas 6:16).


36 - 1 Reyes 16:29-34 a 17:1-6

Acab, hijo de Omri, cuyo reinado va a ocuparnos hasta el fin del primer libro de los Reyes, comete más pecados que sus antecesores. Porque el culto a Baal es introducido oficialmente en Israel por medio de su mujer, la abominable Jezabel. En ese tiempo también se vuelve a construir Jericó. ¡Qué gran provocación a Jehová! Entonces recibe el castigo anunciado por Josué (Josué 6:26). Para hablar a la conciencia del rey y del pueblo, Dios suscita un profeta: ¡Elías! Éste siente que primero es necesaria una prueba para poner a Israel en condiciones de recibir la palabra divina, de modo que ora “fervientemente” para que no llueva (Santiago 5:17).

Después, seguro de la respuesta de Jehová, se presenta con autoridad ante Acab para anunciárselo.

Cuando pedimos con fe algo a Dios según su voluntad, debemos obrar con la plena seguridad de que nos lo va a otorgar. Notemos la expresión: “Jehová… en cuya presencia estoy” (cap. 17:1). Ser reverente en la presencia de Dios, en su luz, estar siempre dispuesto a recibir sus instrucciones, tal es la actitud del siervo. Así lo hizo el Señor Jesús, según lo vemos en el Salmo 16:8. Luego, Dios esconde a Elías y cuida de él de manera maravillosa en el arroyo de Querit.


37 - 1 Reyes 17:7-24

Elías no dependía del arroyo ni de los cuervos, sino de la palabra de Aquel que había dicho: “Yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer” (v. 4). Por eso, cuando el arroyo se seca, recibe un nuevo mensaje: “Yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente” (v. 9; Salmo 33:18-19).

Esta viuda se ve reducida a la más extrema pobreza, pero eso no importa, ya que Jehová dijo: ¡allí! Y esa mujer de fe, a la que el Señor Jesús citará a los habitantes de Nazaret para avergonzarlos (Lucas 4:25-26), vive una extraordinaria experiencia. Cuando Dios nos pide que hagamos cualquier cosa (aquí, la de alimentar a su profeta), al mismo tiempo nos da todo lo necesario para cumplirla. Pero se debe estar dispuesto a hacer primeramente y sin discutir lo que Dios pide. Es lo que nos enseña esa pequeña torta, prueba de la fe de esa mujer y «primicias» de una divina abundancia para su casa.

Después la viuda experimenta algo todavía más extraordinario: la muerte y la resurrección de su hijo. Nuestros pensamientos se elevan nuevamente del profeta al Señor Jesús, resucitando a los muertos. ¿No devolvió la vida al hijo único de una viuda? (Lucas 7:11-15).


38 - 1 Reyes 18:1-16

Jehová, quien hacía tres años había dicho a Elías: “Escóndete” (cap. 17:3), ahora le ordena: “Vé, muéstrate a Acab”. Y el profeta está tan dispuesto a obedecer en este caso como en el otro. Es un ejemplo para nosotros, que quizá tenemos la tendencia, según nuestro carácter, a mostrarnos o, en cambio, a ocultarnos cuando Dios nos pide justamente lo contrario.

¿A qué se dedica Acab durante la terrible sequía? Le vemos preocuparse por sus caballos y sus mulas antes que por la miseria de su pueblo. Abdías, su mayordomo, sin dejar de temer a Jehová, no tuvo la valentía de dejar a su impío amo. Hubiera tenido que renunciar a sus ventajas terrenales, quizás arriesgar su vida. Al igual que Abdías, muchos cristianos no están dispuestos a separarse del mundo para agradar al Señor, porque ¡esa elección les costaría demasiado! Abdías teme anunciar a Acab su encuentro con Elías. Fácilmente se vanagloría de lo que hizo por los cien profetas; pero cuando se trata de cumplir con lo que Elías le pide, al pobre Abdías le falta lo que brillaba en la humilde viuda de Sarepta: la sencilla confianza en la palabra de Jehová.


39 - 1 Reyes 18:17-29

Mientras la sequía y el hambre causaban estragos, Acab había hecho lo imposible para encontrar al profeta, a quien acusa por la desdicha de Israel.

“¿Eres tú —le dice— el que turbas a Israel?” (v. 17).

¡Qué inconsciencia! «Eres tú —contesta Elías—, junto con tu familia, quien atrajo este castigo por tus pecados».

Así razonan los hombres de este mundo… y, a veces, ¡quizá nosotros también! Cuando Dios nos envía una prueba, antes de examinarnos personalmente, nos apresuramos a acusar a otros y a hacerlos responsables de lo que nos ocurre.

En respuesta al pedido de Elías, el rey junta a todo Israel con los falsos profetas en el monte Carmelo.

Ha llegado el momento de hablar firmemente al pueblo y colocarlo ante la elección. “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos?” (v.

21). Más tarde, en otra montaña, Jesús hablará de la misma manera a las multitudes de Israel: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mateo 6:24).

Lector que todavía no haya escogido, permítanos repetir para usted la pregunta de Elías: «¿Hasta cuándo claudicará usted entre dos pensamientos… entre dos señores?»

40 - 1 Reyes 18:30-46

Al ser desafiados, los profetas de Baal multiplican en vano sus encantamientos y sus frenéticas danzas. Su dios sigue sordo. ¡Y con razón! (Salmo 115:47). Entonces Elías inicia sus preparativos con una calma y una autoridad que contrastan con la excitación precedente. Edifica un altar con doce piedras, “conforme al número de las tribus”, afirmando así la unidad del pueblo. Pese a la triste división en dos reinos, a los ojos de Dios Israel siempre será un solo pueblo. Hoy en día acontece lo mismo con la Iglesia del Señor. Por más que esté dividida en múltiples denominaciones, Dios reconoce sólo una Iglesia, compuesta por todos los creyentes. Así es como debemos verla nosotros también.

Cuando todo está dispuesto para el holocausto, Elías se dirige a Dios: “Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos” (v. 37). Dios contesta a su siervo, no sólo enviando el fuego, sino volviendo el corazón del pueblo hacia Él.

Acab asiste a esta escena, seguida por la muerte de sus profetas, y no parece interesarse sino en comer y beber, mientras que, por su lado, el varón de Dios ora de nuevo… “y el cielo dio lluvia” (Santiago 5:18).


41 - 1 Reyes 19:1-10

¿Quién podría reconocer al brillante testigo del capítulo anterior en ese hombre desalentado que huye ante las amenazas de una mujer? Dios no nos da este relato para que juzguemos a su querido siervo, sino para nuestra instrucción: aun el hombre más notable falla totalmente cuando se confía en sus propios recursos (léase Proverbios 29:25). A Elías sólo le queda la desesperanza. No obstante, veamos cómo Dios cuida de él. Es un precioso pensamiento saber que aun cuando se nos ocurre estar abatidos o irritados, su bondad no deja de ejercitarse para con nosotros.

El espíritu legalista de Elías lo lleva a Horeb (parte del macizo de Sinaí), lugar en que la ley había sido dada. “¿Qué haces aquí, Elías?”, le pregunta Jehová. Seria pregunta para aquel que había abandonado al pueblo. Pero la respuesta del profeta no hace más que revelar su falsa posición. ¡Él está allí para acusar! En cambio Moisés, en ese mismo lugar, había intercedido por el pueblo (Éxodo 32:11). Elías “invoca a Dios contra Israel”, como Romanos 11:2 lo recuerda tristemente.

Acordémonos bien de esto: acusar es hacer la obra de Satanás (Apocalipsis 12:10). Interceder, al contrario, es obrar como el Señor Jesús (Romanos 8:34).


42 - 1 Reyes 19:11-21

A la inversa de lo que pensaba Elías, el lenguaje que Dios quería hacer oír a Israel en ese momento no era el del juicio.

Jehová no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. La voz “con potencia”, “con gloria” y temible del Salmo 29:3-9 calla para dar lugar a la dulce y sutil voz de la gracia. Aún hoy, para el mundo, no es tiempo de juicio, sino de la gracia que perdona al pecador. Dios puede despertar a los hombres mediante pruebas de su poder, pero sólo la tierna voz de la gracia es capaz de tocar los corazones. Mas, para recibirla, es necesario sentir su propia indignidad.

Porque no supo comprender este lenguaje, Elías debe ser puesto a un lado para dar lugar a Eliseo.

De parte de Jehová, él sabrá hacer escuchar al pueblo Su voz de amor.

Finalmente, Dios enseña a Elías otra lección. Había subido a la montaña pensando que él era el único fiel. Pero desciende de ella enterado de que él es solamente uno de los siete mil hombres que Dios se ha reservado en Israel. Aunque él mismo no supo descubrirlos, Dios, en cambio, conoce a cada uno de ellos (véase 2 Timoteo 2:19).


43 - 1 Reyes 20:1-12

Jehová había señalado a Elías quién sería el sucesor de Ben-adad, rey de Siria, y el de Acab, rey de Israel (cap. 19:15-16). Pero estos dos personajes aún están en el poder y el capítulo 20 nos relata el conflicto que los opone. Así ocurre con el mundo actual: se le otorga una sencilla prórroga, pero esto no impide que los hombres en su ceguera obren como si el porvenir les perteneciera. Olvidan que Dios tiene sus propios pensamientos respecto del mundo y que dirige el curso de la Historia. Y mientras se disputan la supremacía, en los consejos de Dios ya son reemplazados por el rey que Él ha designado: Jesucristo. Como Elías, mediante la Palabra los creyentes conocen los pensamientos de Dios respecto al mundo y no se dejan impresionar por los acontecimientos que agitan e inquietan a la humanidad (Isaías 8:12).

Frente a las provocaciones de Ben-adad, Acab se siente impotente. Nos hace pensar en el hombre en su estado de pecado y a merced de su poderoso enemigo, el diablo. ¿No despojó éste a Adán, en un momento, de todo lo que poseía? Pero por la gracia de Dios, Satanás, el hombre fuerte, halló en Cristo a alguien más fuerte que él, quien lo venció y repartió “el botín” (Lucas 11:22).


44 - 1 Reyes 20:13-30

Ben-adad no tiene en cuenta a Jehová. Mientras se embriaga con los treinta y dos reyes que le ayudan, se ejecuta el plan divino.

Uno puede preguntarse por qué Jehová socorre al malvado Acab, sin que éste siquiera se haya dirigido a Él. Pero, ¿no es precisamente la dulce y sutil voz de la gracia, cuyas virtudes Dios aún quiere probar? Al liberar a Acab y a su pueblo, se propone mostrarles que él sigue siendo el Dios de Israel, aunque ellos no le busquen. Quiere demostrar a los sirios que él no es un dios de los montes, ni un dios de la llanura, sino el “Señor del cielo y de la tierra” (Hechos 17:24). Notemos, además, dos detalles importantes en el versículo 27: antes de ir al combate, los hijos de Israel se abastecen. No podemos afrontar a nuestros adversarios sin hacer primero nuestras diarias provisiones en las páginas de la Palabra. Además, el pequeño ejército de Israel debe reconocer que no tiene fuerza, que es menospreciable a los ojos de sus enemigos, “como dos rebañuelos de cabras”, frente a la multitud que llena el país. Dios siempre obrará de tal manera que sus liberaciones le sean atribuidas y le glorifiquen. Su poder se perfecciona en nuestra “debilidad” (2 Corintios 12:9).


45 - 1 Reyes 20:30-43

Es triste no encontrar en Acab algún sentimiento de gratitud por la doble victoria que Jehová le otorgó.

¡Por desgracia, la mayoría de los hombres son así! La gracia de Dios los deja insensibles. Al menospreciarla, ultrajan a Dios y causan su propia desdicha.

Por nosotros, Cristo venció a un enemigo infinitamente más poderoso y cruel que Ben-adad y sus ejércitos. ¿Le agradecemos por esta gloriosa liberación? No sólo vemos que Acab no se vuelve a Jehová, sino también que da prueba de una culpable indulgencia al perdonar la vida al enemigo de Dios y de su pueblo. ¡Peor aún, lo llama su hermano! Dios interviene y le envía otro profeta, pero esta vez la voz de la gracia da lugar a la del juicio.

Como Acab, solemos olvidar que el mundo es enemigo de Dios y de su pueblo. Ahora bien, la humanidad se divide en dos familias: la de Dios y la del diablo (Juan 8:41-44). No se las puede confundir. Si tenemos la dicha de formar parte de la gran familia de Dios, nuestros hermanos son todos los hijos de Dios, sólo ellos, y no los del mundo.


46 - 1 Reyes 21:1-14

Poco faltó para que Acab fuera totalmente despojado por el rey de Siria. Ingrato para con Jehová, quien le había conservado todo, Acab a su vez, por codicia, procura despojar a su prójimo. Nabot, como fiel Israelita, no podía ceder su herencia, conforme a Levítico 25:23. ¿Mostramos la misma fidelidad y firmeza cuando se trata de mantener la herencia espiritual que hemos recibido? Guardémonos de tener en poco las incomparables verdades bíblicas cuyo depósito nos es confiado (1 Timoteo 6:20; 2 Timoteo 1:14).

Cobardemente, el miserable rey deja obrar a su mujer y, entonces, bajo el manto de la autoridad real, se comete una abominable injusticia.

Pero Nabot tiene el privilegio de representar a uno más grande que él. En la parábola en que el Señor Jesús se presenta a sí mismo como el heredero de la viña, oímos las terribles palabras: “Venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad” (Mateo 21:38). Y al final del mismo evangelio vemos que también dos testigos falsos comparecieron ante el concilio. Allí, Jesús fue acusado de blasfemia por los jefes del pueblo (Mateo 26:60 y 65-66), antes de sufrir y morir “fuera de la ciudad” (v. 13; Hebreos 13:12).


47 - 1 Reyes 21:15-29

Como Acab, que mediante un crimen se apropió de la heredad de Nabot, el hombre, habiéndose deshecho de Cristo, se conduce como si el mundo le perteneciera. De una manera general, Acab ilustra la tendencia a querer siempre lo que no se tiene. Colmado de riquezas, todo lo que le interesaba era la viña de su vecino. El corazón natural se halla perpetuamente insatisfecho.

La mentira y el homicidio han puesto al rey en posesión del objeto de su codicia. Ahora se levanta y desciende, con el corazón alegre, para tomar posesión de su nueva propiedad. ¡Pero toda su alegría se desvanece bruscamente! Alguien bien conocido le espera en la viña de Nabot. ¡Es Elías! Jehová le ha enviado para que anuncie al rey el terrible castigo que le aguarda.

Entonces, por primera vez, aparece en Acab una señal de humillación. Por el ejemplo de sus predecesores sabe que la palabra de Jehová siempre se cumple. ¿Se trata de “arrepentimiento para salvación”? (2 Corintios 7:10) No, como lo mostrará la continuación de su historia. Una verdadera conversión siempre se juzga por los frutos. Empero Dios, atento a toda señal de examen de conciencia, toma en cuenta esa actitud de Acab para aplazar su castigo (Ezequiel 33:11).


48 - 1 Reyes 22:1-18

Ben-adad no cumplió su palabra (cap. 20:34). No restituyó Ramot de Galaad. Acab se propone retomarla y hace participar de su proyecto a un ilustre visitante: Josafat, rey de Judá. Pero, ¿qué pensar de esta visita? ¿No puede uno regocijarse al ver que se establece una amistad entre los soberanos de esos dos reinos que han estado tanto tiempo en conflicto? Es un paso hacia la unión, que actualmente está a la orden del día en el mundo cristianizado. En realidad, ante Dios es una infidelidad de parte de Josafat. Era rey en Jerusalén, en donde se encontraba el templo de Jehová. Por el contrario, Acab era un idólatra. “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Corintios 6:16). ¿Cómo puede el rey de Judá decir: “Yo soy como tú”? (v. 4).

Vemos el engranaje en que se deja atrapar el pobre Josafat. Sintiéndose incómodo, hace algunas tímidas observaciones a Acab, pero no tiene la energía necesaria para oponerse a su proyecto. Para esto le hacía falta más valentía que para hacer la guerra a los sirios. Y por cierto, cada uno de nosotros lo sabe por experiencia: la acción más difícil, la que exige más valentía, muchas veces será un simple rechazo, el rechazo de asociarse al mal (Salmo 1:1).


49 - 1 Reyes 22:19-40

En una sola voz, los cuatrocientos profetas anuncian al rey lo que él desea. ¿Qué riesgo corren? Si Acab gana la guerra, su predicción se cumplirá. Y si no vuelve, no podrá hacerles reproches. Al lado de estos profetas mentirosos, un único profeta de Jehová, el fiel Micaías, da a conocer valientemente la verdad y va a sufrir a causa de ello. Como el capítulo 18, éste nos pone en guardia contra un peligro: el de juzgar si una cosa es buena o mala según el número de personas que la practican. Hoy, como en los días de Acab, los hombres se amontonan “maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Timoteo 4:3). En particular, no les gusta oír hablar de un juicio eterno, y hallan a predicadores que, para tranquilizarlos, les prometen que al final todo irá bien. Pero, tarde o temprano, Dios confundirá a todos los mentirosos. Su palabra es verdad (Juan 17:17).

La falta de valentía moral por poco le costó la vida a Josafat. Siguió a Acab, temiendo disgustarlo. Y éste, cobardemente, procuró atraer sobre el rey de Judá la atención y los esfuerzos del enemigo. Pero su ardid no podía engañar a Jehová, quien tenía puesta la mirada sobre uno de los reyes para salvarlo, y sobre el otro para cumplir su infalible juicio (véase Salmo 7:12-13).


50 - 1 Reyes 22:41-53

El reinado de Josafat está más detallado en el segundo libro de Crónicas. Sin embargo, detengámonos aquí en un hecho muy instructivo. Josafat había armado una flota para buscar oro en Ofir. Pero la mano de Dios lo detiene: sus naves son destruidas.

¿Va a obstinarse? Al contrario: se somete. A pesar de que el rey de Israel le propone socorrerlo con sus marinos, esta vez sabe decir ¡no! ¿No hemos hecho alguna vez hermosos proyectos que han sido aniquilados de golpe por una inesperada circunstancia? Así le sucedió a Job, quien debió exclamar: “Mis propósitos están desbaratados, los tesoros más preciosos de mi corazón” (Job 17:11, V.M.) Para hacer fracasar esos planes, Dios se vale de varios medios: ¡mal tiempo, enfermedad, falta de dinero, fracaso en un examen!… Todo esto siempre es penoso. Pero, en lugar de irritarnos o insistir en hacer, pese a todo, lo que nos habíamos propuesto, preguntémonos si nuestro proyecto tenía la aprobación del Señor. A sus ojos, un espíritu quebrantado tiene más valor que naves poderosas (véase Isaías 57:15; Salmo 51:17).

El último párrafo nos trae de vuelta a la corte de Israel. Allí vemos al nuevo rey, Ocozías, sirviendo a Baal y prosternándose ante él. Tal es la triste nota final del primer libro de los Reyes.


51 - 2 Reyes 1:1-10

Desde el principio de este libro, vemos al miserable Ocozías dar un paso más hacia la idolatría. Estando enfermo, manda a consultar a Baal-zebub (Señor de las moscas o de la suciedad). Hecho aun más tenebroso por cuanto detrás de ese ídolo está Satanás, quien se hace adorar. ¡Más tarde los judíos lo llamarán Beelzebú, el jefe de los demonios! (Mateo 12:24). Entonces, de parte de Jehová, la suerte de Ocozías está echada, y Elías es el encargado de anunciárselo, como otrora a su padre. Pero, mientras que en Acab hubo alguna humillación, Ocozías sólo piensa en apoderarse de la persona del profeta, con violencia, si fuera necesario. Pensamos en los hechos criminales de otro rey, el malvado Herodes, contra Juan el Bautista (a quien la Palabra a menudo confronta con Elías; comp. su ropa en el v. 8 y Marcos 1:6). Esta abierta rebeldía contra Jehová recibe inmediatamente un solemne castigo.

Así, Ocozías parece superar a su padre en maldad.

Sólo había tenido a la vista el triste ejemplo de sus padres, Acab y Jezabel. ¿Qué decir entonces de los jóvenes educados por padres piadosos, los cuales, pese a ese privilegio, siguen a los ídolos de este mundo?

52 - 2 Reyes 1:11-18

En su obstinación, Ocozías envía un segundo capitán de cincuenta para que le traiga a Elías. Su intimación es todavía más insolente: “Desciende pronto”. Pero recibe la misma terrible respuesta.

En el monte Carmelo, el fuego no cayó del cielo sobre los presentes, sino sobre el holocausto. Era una figura del juicio divino que descendió sobre Cristo, con miras a atraer hacia Dios el corazón del pueblo. Ahora, en este otro monte, el fuego debe descender en juicio sobre los hombres rebeldes.

Jesús, la santa Víctima, sufrió solo el ardor de la ira divina. Pero más tarde, los que no hayan creído tendrán que soportar ellos mismos y eternamente esta inflexible cólera (Romanos 1:18).

El día del juicio todavía no ha llegado. Por eso, cuando los discípulos Jacobo y Juan, refiriéndose a esta escena, proponen al Señor que haga descender fuego del cielo sobre una aldea de los samaritanos, él debe censurarlos fuertemente (Lucas 9:52-55).

El jefe de la tercera cincuentena quizá sea uno de los 7000 que Jehová nombró al profeta. Habla con respeto, humildad y afecto por sus soldados. Con él, Elías va al rey, pero sólo para repetir palabra por palabra su primer mensaje, pronto confirmado por la muerte de Ocozías.


53 - 2 Reyes 2:1-14

En tanto que el arrebatamiento de Enoc se resume en dos versículos (Génesis 5:24 y Hebreos 11:5), Dios nos permite (lo mismo que a Eliseo) asistir en detalle al de Elías. Este glorioso acontecimiento evoca para nosotros otros dos hechos: uno es pasado, el otro es futuro. La escena pasada es la de la ascensión del Señor al cielo. Como Elías, Jesús recorrió el camino de su pueblo Israel, cuyas etapas tenemos aquí en figura: Gilgal, Bet-el, Jericó y, finalmente, el Jordán. Del mismo modo que Eliseo rehusaba separarse de Elías, los discípulos se habían apegado al Señor Jesús. “¿A quién iremos?”, le dijo Pedro (Juan 6:68). También fueron testigos de su ascensión (Hechos 1:9). Después, conforme a la promesa que les fue hecha, el Espíritu Santo descendió sobre ellos con poder, lo que nos recuerda el espíritu de Elías viniendo a posarse sobre Eliseo después del arrebatamiento de su maestro.

Pero este capítulo también lleva nuestros pensamientos a una escena futura: el arrebatamiento de todos los redimidos “en las nubes para recibir al Señor en el aire” (1 Tesalonicenses 4:17). Como Elías, estamos en camino, sabiendo lo que nos acontecerá. ¿Es una esperanza que regocija nuestro corazón?

54 - 2 Reyes 2:15-25

Los «hijos» de los profetas eran discípulos de estos últimos; vivían juntos, eran enseñados en la Palabra y empleados por Jehová para Su servicio. Los de Jericó, como más tarde Tomás, no pueden creer en el misterioso suceso que acaba de producirse.

Eliseo representa, en Jericó, a Cristo, quien vino en gracia a este mundo marcado por la muerte y la esterilidad. Trajo la vida por el poder purificador de la gracia (la sal), contenida y manifestada en el nuevo hombre (la vasija nueva). Cada creyente es llamado a ser, en este mismo mundo, “un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21, V.M.) La espantosa escena que sigue (v. 23-24) nos recuerda los juicios que serán la parte de los burladores (Proverbios 19:29). Los muchachos de Bet-el ultrajan a Jehová mismo. Al decir: “¡Calvo, sube!”, colocan a Eliseo ante el desafío de ser quitado como Elías. En los postreros días —anuncia el apóstol Pedro— “vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 Pedro 3:3-4).

¡Entonces, surge el oso! En la Biblia a menudo se lo asocia con el león: Satanás. ¡Cuán solemne es! Dios podrá permitir que los hijos que menosprecien la Palabra sean hechos presa del mundo y de su príncipe. Es para ellos una suerte peor que la muerte, ya que la salvación de su alma está en juego.


55 - 2 Reyes 3:1-15

Joram, hermano de Ocozías, es hecho rey de Israel.

Aunque también hace lo malo ante los ojos de Jehová, se destaca una mejoría en comparación con la conducta de su padre y la de su madre. Renuncia oficialmente al culto de Baal.

El primer versículo de nuestro libro ya había mencionado la rebelión de Moab. Para Joram es la ocasión de hacer la guerra a ese pueblo, apoyándose en sus más cercanos aliados: el rey de Judá y el de Edom. Desgraciadamente Josafat no aprendió la seria lección de Ramot de Galaad. A la proposición de Joram, da exactamente la misma respuesta que otrora a Acab (v. 7; 1 Reyes 22:4).

La expedición está a punto de ser un desastre.

Joram acusa a Jehová por ello, mientras que él mismo es responsable de todo el emprendimiento. Mu chas personas son así. Acusan a Dios por sus desdichas en lugar de arrepentirse. Proverbios 19:3 confirma que “la insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová se irrita su corazón”.

Delante de los tres reyes tristemente asociados, Eliseo se siente incómodo. ¿No se trata de ese “yugo desigual con los incrédulos”, ante el cual se pone seriamente en guardia a los creyentes? (2 Corintios 6:14).


56 - 2 Reyes 3:16-27

De parte de Jehová, Eliseo da a conocer el medio para no caer en manos de los moabitas. Y como siempre, este medio es la fe. Antes de recibir lo que sea, es necesario empezar a cavar pozos. Cuánto más pozos se caven, más agua se tendrá. Notemos que el agua llega “por la mañana, cuando se ofrece el sacrificio” (v. 20). ¿No era en Jerusalén, muy lejos de esta región, donde se ofrecía el sacrificio? Sin embargo, a causa de ese sacrificio, las aguas corrieron. Comprendamos lo que esto significa: todas nuestras bendiciones emanan de la obra del Señor en la cruz.

Pero las aguas que representaban la salvación de los ejércitos de Israel, causaron la destrucción de los moabitas. Igualmente la muerte de Jesús, salvación para los creyentes, al mismo tiempo es la condenación del mundo (Juan 16:8).

Engañados por las apariencias, los moabitas son atacados y su país es devastado. Pero, lo que hace su rey —el horrible sacrificio de su primogénito— produce consternación en el campamento de los vencedores. Y finalmente, los ejércitos se separan sin que les quede algún beneficio real de esta lamentosa expedición. Tal será el resultado de lo que no emprendamos junto con Dios.


57 - 2 Reyes 4:1-17

Nuestro capítulo nos muestra a Eliseo, figura del Señor Jesús, como fuente de bendición para dos familias. La primera es pobre: una viuda con dos hijos a merced de un despiadado acreedor. Pero su fe sabe a quien dirigirse (Salmo 68:5); ella recibe ese precioso y abundante aceite, mientras hayan vasijas vacías para contenerlo.

Siendo vendidos por nuestras iniquidades a Satanás, el terrible acreedor, éste adquirió así derechos sobre nosotros (Isaías 50:1). Pero existe un recurso: volvernos al Señor. Entonces recibiremos el poder divino según la medida de nuestra fe (las vasijas vacías), no sólo para la salvación de los que amamos, sino también para la vida diaria (v. 7).

La segunda familia es muy diferente. Es gente rica; no obstante, se recibe al varón de Dios con sencillez.

Él se siente a gusto allí, y sus huéspedes están felices cuando se encuentra con ellos. Es un hermoso ejemplo para nosotros.

El Señor Jesús, ¿se siente verdaderamente feliz en nuestra casa y en nuestro corazón? ¿Podemos mostrarle todo, decirle todo y confiarle nuestros secretos deseos? Para conocerlos, no necesita un intermediario, como aquí al profeta. Él los otorgará si esos deseos son según Su voluntad (Salmo 37:4).


58 - 2 Reyes 4:18-31

Jehová dio un hijo a la piadosa sunamita. Pero aún desea hacer algo más para ella: quiere que conozca su poder que resucita a los muertos. Un bebé que llega a una familia es una fuente de gozo para sus padres y hermanos. Pero, a los ojos de Dios, lo que más precio tendrá será el nuevo nacimiento de ese niño; el cielo entero se alegrará. Este paso de la muerte a la vida, que se llama conversión, ¿no es el más grande de los milagros? ¡Aún hoy, Jesús lo hace en los hogares de padres cristianos! ¿Lo ha experimentado usted? Consideremos al Salvador en la casa de Marta, en Betania. Allí se le recibía con respeto y afecto, como Eliseo en casa de la sunamita. Pero fue necesario que esa familia le conociera bajo un nuevo nombre: “La Resurrección y la Vida” (Juan 11:25). Cuando murió Lázaro Jesús no estaba presente, y su tardanza podía parecer indiferencia. Pero era necesario que la fe fuese probada; en nuestro relato sucede lo mismo con la sunamita. A pesar de todo, ella dice que le va “bien”. Nosotros, que nos quejamos por tan poca cosa, no olvidemos, en todas nuestras dificultades, la contestación de esta mujer. ¡Ojalá también podamos decir, llenos de confianza: «¡Todo anda bien!»

59 - 2 Reyes 4:32-44

Como lo recuerda Hebreos 11, el capítulo de la fe, “las mujeres recibieron a sus muertos mediante resurrección” (Hebreos 11:35). Así ocurrió con la viuda de Sarepta y luego con la feliz sunamita. Pero, ¡qué diferencia con la escena de la tumba de Lázaro en que un sencillo llamado del Amo de la vida basta para reanimar a un hombre muerto desde hace cuatro días! Pronto, todos los redimidos que duermen oirán “la voz de mando” de Aquel que venció a la muerte, y resucitarán con poder (1 Tesalonicenses 4:16).

El incidente de las calabazas silvestres nos recuerda que, a pesar de las buenas intenciones, el hombre no hace más que echar a perder lo que Dios quiere darle. Cuidémonos, pues, de no agregar nada a la Palabra, alimento de nuestras almas, y desconfiemos de todas las novedades (Gálatas 1:7-8). ¡Cuántos escritos religiosos hay, en los cuales un poco de veneno se halla mezclado con la verdad divina! El hombre de Baal-salisa, al traer esos panes que van a ser el medio para alimentar a cien personas, una vez más nos lleva a algunas escenas del Evangelio (Mateo 14:15-21 y 15:32-38). Pero, allí también, qué diferencia entre el profeta y Aquel que hace sentar a las multitudes para saciarlas en virtud de su propio poder (Salmo 132:15).


60 - 2 Reyes 5:1-14

Naamán era general del ejército del rey de Siria, un héroe cubierto de gloria y distinciones. Y, sin embargo, algo hace de ese gran personaje el hombre más miserable: su hermoso uniforme cubre un cuerpo roído por la lepra. Asimismo, la enfermedad del pecado corrompió a todos los humanos, inclusive a los más eminentes.

Pero, en la casa de Naamán vive una joven mensajera de buenas nuevas. Esta muchacha, cautiva, da un sencillo testimonio del poder del varón de Dios.

Nunca se es demasiado joven para ser un testigo del Señor Jesús.

Naamán se pone en camino y, después de dar un rodeo por el palacio de Joram, recibe el mensaje de Eliseo. Aún hoy, Dios tiene un mensaje para los pecadores: su palabra escrita. Muchos no creen que Dios se dirija a ellos de esa manera y no reciben la Biblia como la Palabra de Dios. Otros piensan que la salvación es demasiado sencilla. La instrucción dada a Naamán es la misma dada por Jesús al ciego de nacimiento: “Vé y lávate” (v. 10; Juan 9:7).

Dios no nos pide cosas grandes (v. 13). Simplemente exige que el hombre se reconozca mancillado, muerto en sus delitos (Efesios 2:1 y 5; Colosenses 2:13). Dios mismo cumplió las cosas grandes para beneficio de nosotros, pobres pecadores.


61 - 2 Reyes 5:15-27

Lo primero que Naamán hace después de su curación es ir a agradecer a aquel que fue instrumento de ella. Nos recuerda a uno de los diez leprosos limpiados por el Señor, el que “viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz” (Lucas 17:15). Y era igualmente un extranjero.

Luego, Naamán debe aprender que la salvación es enteramente gratuita. Muchas personas no logran aceptar este hecho. Tanto más cuando ven a ciertos miembros del clero sacar de la religión un provecho personal, lo que es llamado “ganancia deshonesta” (1 Pedro 5:2; 1 Timoteo 3:8; Tito 1:7). Giezi nos hace pensar en ellos. Su manera de actuar, dictada por el amor al dinero, amenaza con anular a los ojos de Naamán la gratuidad del don de Dios. El corazón del varón de Dios, preocupado por ese «nuevo convertido», sigue toda la escena. La acción deshonesta es denunciada y el miserable codicioso recibe su castigo (comp. Hechos 5:1-11). “¿Es tiempo de tomar plata… vestidos…?”, pregunta Eliseo, cuya fortuna era su manto de profeta. Es una seria pregunta para cada uno de nosotros, discípulos de un Señor que se hizo “pobre”. En vísperas de su retorno, ¡no es tiempo de enriquecernos y buscar nuestra comodidad aquí en la tierra! (véase también Santiago 5, fin del v. 3 y Hageo 1:4).


62 - 2 Reyes 6:1-17

“El lugar en que moramos… es estrecho”, declaran a Eliseo los hijos de los profetas. A veces se oye decir lo mismo respecto del cristianismo. Por cierto, ante los ojos del mundo, la vida del creyente parece muy estrecha: ¡se priva de tantas cosas! Si se nos ocurre razonar así, es porque miramos demasiado bajo. En verdad, “el cielo” en toda su extensión está delante de nosotros.

El pequeño incidente del hacha es conmovedor en su simplicidad. Eliseo está igualmente dispuesto a devolver una herramienta al que la utiliza, como un hijo a su madre, mediante la resurrección. Asimismo, vemos al Señor de gloria lavando los pies a sus discípulos o preparándoles una comida (Juan 13:5 y 21:13). Nada es demasiado pequeño para el Señor Jesús. ¿Lo ha experimentado usted? Después, se reanuda la guerra entre Israel y los sirios. Mas, existe un tercer ejército cuya existencia sólo conoce el profeta. Son los combatientes celestiales: ángeles que Dios colocó como una muralla de fuego alrededor de su siervo (Salmo 34:7 y Jueces 5:20). Para discernirlos, son necesarios los ojos de la fe. Como Eliseo aquí, Jesús en Getsemaní dirigió los pensamientos de su discípulo Pedro hacia las doce legiones de ángeles que su Padre le habría dado, si hubiese querido pedírselas (Mateo 26:53).


63 - 2 Reyes 6:18-33

Tres veces en este capítulo, en respuesta a la oración del profeta, los ojos se abren (v. 17 y 20) o, por el contrario, se oscurecen (v. 18). Pidamos a Dios que abra los nuestros. No perdamos de vista, como el criado de Eliseo, el poder divino que está a nuestra disposición. “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová”, dice el salmista (Salmo 121:1). Elías sólo había sido un profeta de juicio. En cambio, Eliseo tiene el privilegio de usar una segunda arma, más eficaz aún: la gracia. Hace misericordia con sus enemigos y vence con el bien el mal. Nuestros pensamientos vuelven otra vez hacia Jesús, quien se valía tan perfectamente del poder como de la gracia. Después de haber hecho caer a tierra con una palabra a los que venían a prenderle, sanó la oreja herida por su impulsivo discípulo (Juan 18:6; Lucas 22:51).

Por otra parte, esa gran comida nos hace pensar en “la gran cena” de la gracia (Lucas 14:17). Dios convidó a ella a los que eran sus enemigos.

¡Pero la buena acción de Eliseo no será pagada con la misma moneda! Los sirios sitian Samaria, donde el hambre causa terribles estragos. Pero Jehová se valdrá de ello para mostrar a la vez su poder y su bondad.


64 - 2 Reyes 7:1-8

El pueblo de Samaria alcanza el fondo de su miseria. Ahora Dios puede actuar. Por su parte, Eliseo, el profeta de la gracia, responde a la tentativa de homicidio del rey, anunciándole la liberación. Aún hoy, se proclama la salvación. Pero ¡cuántos, como el príncipe, responden con incredulidad y burla! Cuatro pobres leprosos van a ser empleados para dar a conocer esa salvación (comp. con 1 Corintios 1:28). Sin ninguna intervención humana, el ejército sirio es derrotado. Jehová solo obtuvo la victoria.

Ocurre así con la obra de la cruz; allí, Jesús solo triunfó sobre todos nuestros enemigos. Como esos miserables leprosos, nosotros, pobres pecadores, estábamos en una desesperada situación, destinados a una muerte eterna. Ahora, ésta es anulada para el creyente. En su lugar halla vida, paz, abundantes y gratuitas riquezas espirituales para el presente, y un porvenir asegurado. Éstos son los frutos de la victoria de Cristo en la cruz. En ella el enemigo fue enteramente despojado. Y vemos que bastó solamente levantarse e ir a tomar posesión de estas cosas (v. 5; comp. con Lucas 15:18). ¿Ya lo hizo usted? ¿O todavía está “sentado en tinieblas… y sombra de muerte”? (Mateo 4:16, V.M.)

65 - 2 Reyes 7:9-20

“Hoy es día de buena nueva” (v. 9). ¡Ah!, si conocemos las buenas nuevas del Evangelio, no las guardemos egoístamente para nosotros solos. Apresurémonos a publicar el feliz mensaje a los que todavía se hallan en el desamparo, ignorando la liberación de Dios. “He aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2). ¿No seríamos culpables si calláramos? (véase Ezequiel 33:6). Es lo que la conciencia dicta a los cuatros leprosos. Y sin aguardar la mañana, se dan prisa para ir a gritar la noticia a los porteros de la ciudad. ¡Pero escuchemos los razonamientos que los acogen! El rey y sus siervos discuten y pasan revista a las posibles explicaciones antes de aceptar la más sencilla y maravillosa: esa liberación es la que el profeta había anunciado; viene de Jehová. “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!”, tuvo que decir, extrañado, el Señor Jesús (Lucas 24:25).

La salvación está realmente a la puerta. Pero, para el príncipe incrédulo, allí también se halla el juicio.

Es el único que no puede aprovechar el abundante botín. La palabra de Jehová se cumple con exactitud. ¡Y siempre será así!

66 - 2 Reyes 8:1-29

Al comienzo del capítulo 8 reaparecen personas conocidas: la mujer de Sunem, a quien Jehová cuidó durante la hambruna; después, Giezi, quien parece haber prosperado pese a su lepra (respecto de la cual ciertamente prefiere guardar silencio). En efecto, lo volvemos a encontrar en la corte del rey, donde Dios se vale de él para que se haga justicia a la sunamita. Luego se nos cuenta la visita de Eliseo a Damasco y su encuentro con Hazael, quien, por medio de un homicidio, va a tomar el trono de Siria en lugar de Ben-adad. Este último, en otros tiempos testigo de la curación de Naamán, muere miserablemente.

Finalmente, en los versículos 16-29, vemos proseguir paralelamente la historia de los reyes de Israel y de Judá. Joram, hijo de Josafat, está lejos de seguir el buen ejemplo de su padre. Y se nos da el motivo de ello: “Una hija de Acab fue su mujer” (v. 18). Una vez más se ve cuán grande es la influencia de una esposa o de un marido sobre su cónyuge.

Joram de Judá es, pues, cuñado de Joram, rey de Israel, a quien conocemos bien. Y, a su vez, su hijo Ocozías llega a ser “yerno de la casa de Acab” (v. 27).

Según el mundo, son hermosas alianzas, pero ante los ojos de Jehová son graves infidelidades. Demasiado a menudo vemos sus trágicas consecuencias.


67 - 2 Reyes 9:1-15

Ya hacía mucho tiempo que, en el monte de Horeb, Jehová había dicho a Elías que Jehú debía suceder a la casa de Acab (1 Reyes 19:16). Pero Dios nunca se apresura cuando se trata de juicio. Sólo se decide a obrar después de haber agotado todos los recursos de su gracia. Eliseo no es quien unge al nuevo rey justiciero, porque él es precisamente el profeta de la gracia. Un joven de entre los hijos de los profetas es elegido para esta misión. Esto es prueba de que incluso un servicio importante, a veces puede ser confiado por el Señor a un joven. El muchacho ha de presentarse en medio de los príncipes del ejército de Israel, cuya guarnición se encuentra en Ramot de Galaad, y derramar el aceite de la unción real sobre la cabeza de Jehú. ¿No había de que se intimidara este joven profeta? Pero cuando se obedece a Dios, se puede contar con su socorro en las situaciones más impresionantes. El versículo 7 nos muestra que Dios no olvida los sufrimientos de los suyos (Lucas 18:7-8). Cuánto más se acuerda de la sangre de su Hijo, muerto por el hombre culpable.

Escogido por Jehová, aclamado por sus oficiales, ahora el nuevo rey va a obrar sin pérdida de tiempo.


68 - 2 Reyes 9:16-29

Jehú es un hombre astuto y lleno de energía. Su plan es ejecutado tan pronto como es concebido.

Seguido por una tropa decidida, conduce impetuosamente su carro hacia Jezreel. Al verle, se piensa en ese Jinete acompañado por los ejércitos celestiales que sale para cumplir el juicio “del furor de la ira de Dios”. Su nombre es “El Verbo de Dios” y también “Rey de reyes y Señor de señores”, dicho de otro modo, Cristo mismo. Entonces, el tiempo de la gracia se habrá acabado (Apocalipsis 19:11-16).

“¿Hay paz?”, pregunta Joram por medio de sus emisarios; luego, él mismo va al encuentro de su justiciero (v. 17, 19 y 22). Y ¿qué responde la Palabra? “No hay paz… para los impíos” (Isaías 57:21).

Por el contrario, “cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina” (1 Tesalonicenses 5:3). Para el rey impío llega el momento de rendir cuentas. Muchas veces la gracia había hablado mediante Eliseo. Pero él permaneció sordo a su lenguaje. “¡Traición!”, exclama él. Más bien debería decir: ¡castigo!, porque es la mano de Dios la que lo traspasa en el mismo campamento de Nabot, en el cual, conforme a la infalible profecía, debía resolverse la suerte de la sangrienta casa de Acab.


69 - 2 Reyes 9:30-37 a 10:1-11

Después de la muerte de Joram y la de su sobrino Ocozías, todavía queda la persona más malvada de la familia real: Jezabel, la reina madre. Acaba de enterarse de la suerte de su hijo (pues trata a Jehú de asesino de su señor; v. 31). Pero, en lugar de acongojarse, en un último arranque de vanidad, la vieja reina se arregla y se pinta los ojos (Jeremías 4:30). Después se asoma a la ventana para insultar al despreciado visitante. Al llamado de Jehú, los mismos siervos de esa miserable mujer la echan abajo, y en un momento, los perros no dejan sino restos ensangrentados y difíciles de reconocer. Es el horrible fin de la que llegará a ser en la Escritura la personificación del poder corruptor de la Iglesia (Apocalipsis 2:20).

Como otrora en el asunto de Nabot, los ancianos y los jefes de Jezreel están muy dispuestos a cometer crímenes para complacer al nuevo soberano. Pero, detrás de este cobarde hecho está la mano de Jehová, y podemos estar seguros de que ninguno de los setenta hijos de Acab merecía que se le perdonara la vida. Porque, según Ezequiel 18:17, el hijo que practica los mandamientos de Jehová “no morirá por la maldad de su padre; de cierto vivirá”.


70 - 2 Reyes 10:12-27

Jehú, prosiguiendo su misión vengadora, encuentra una tropa de alegres jóvenes que siguen su camino con total despreocupación. Son los cuarenta y dos hermanos (o primos) de Ocozías. Sin sospechar lo que acaba de suceder, van a visitar a la brillante juventud de la otra familia real… ¡justamente ésa cuyas setenta cabezas en ese mismo momento se juntan en dos montones a la puerta de Jezreel! ¡Pues bien!, en la muerte es donde se encontrarán.

Pensemos en los innumerables jóvenes cuyo único propósito es gozar de la existencia, olvidando que la muerte puede sorprenderlos sin que estén preparados (Eclesiastés 11:9). Sí, cuántos de ellos hallaron esa súbita muerte, por ejemplo, en un accidente automovilístico, mientras corrían a sus placeres.

Otro encuentro más interesante es el de Jonadab, hijo de Recab. Es un hombre fiel. El capítulo 35 de Jeremías nos cuenta la historia de esa familia. Jehú se vanagloria de su celo por Jehová, luego lo invita a asistir a la masacre de los sacerdotes de Baal. Pero el ardid que emplea en nada es comparable con la escena del Carmelo que había traído de vuelta a Jehová el corazón de su pueblo Israel (1 Reyes 18).


71 - 2 Reyes 10:28-36 a 11:1-3

Al considerar a Jehú, ejecutor de la venganza de Jehová, pensamos en el Rey, el Hombre valiente (Cristo), a quien se dirige el Salmo 45: “Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (v. 7; comp. 2 Reyes 9:6).

“En tu gloria sé prosperado; cabalga…” (v. 4; comp.

cap. 9:16). “Tu diestra te enseñará cosas terribles.

Tus saetas agudas… penetrarán en el corazón de los enemigos del rey” (v. 4-5; comp. cap. 9:24). Y en consecuencia se le confiere el trono, no por un tiempo limitado (a Jehú se le otorgan cuatro generaciones: cap. 10:30), sino “para siempre” (Salmo 45:6).

Mas el versículo 31 subraya el contraste y nos enseña una seria lección: es posible desplegar un gran celo por Dios, hacer obras espectaculares que tienen apariencia de fe y, sin embargo, buscar sus propios intereses.

El capítulo 11 nos transporta al reino de Judá, donde vemos a la abominable Atalía, digna hija de Acab y Jezabel, asesinando a todos sus descendientes varones para apoderarse de la corona.


72 - 2 Reyes 11:4-21

La familia real de Israel acaba de ser enteramente exterminada. La de Judá sufre la misma suerte, con excepción de un varoncito ocultado en el templo por su tía, esposa del sumo sacerdote (2 Crónicas 22:11).

Y durante ese tiempo, la odiosa Atalía ocupa injustamente el trono.

El tiempo actual presenta una situación parecida: Jesús, habiendo pasado por la muerte (Joás en cambio escapó de ella), hoy se halla en la casa del Padre, ejerciendo en ella el sacerdocio, oculto a los ojos del mundo, pero presente junto a Dios para aparecer, en el día de su gloria, como el verdadero “Hijo de David”. Algunos —los que son de la familia de Dios— le conocen y le honran como el verdadero Rey, aguardando su manifestación (Tito 2:13). Poseen un precioso secreto y una bienaventurada esperanza. De modo que el provisorio dominio de Satanás, “el príncipe de este mundo”, no debe impresionarlos: pronto será destruido, como lo es aquí la malvada Atalía. El coronamiento de Joás es, pues, la imagen de una futura escena que nuestros corazones proclaman por la fe.

Luego, el culto a Baal es extirpado de Judá, sin que sean necesarias las artimañas empleadas por Jehú.


73 - 2 Reyes 12:1-16

La muerte de Joiada marca un cambio negativo en el largo reinado de Joás. El segundo libro de las Crónicas nos relata su triste fin. Pero aquí, hasta el versículo 16, se desarrolla la parte feliz de su vida. Una única cosa parece llenar el corazón del rey: la restauración de la casa de Jehová. Desde los días de Salomón, el templo se había deteriorado. Joás, criado por los sacerdotes en las cámaras contiguas al santuario, ha guardado desde su tierna infancia un profundo interés por esta casa. Al mismo tiempo, ha tenido la ocasión de conocer cada grieta de ella.

Y ustedes, jóvenes educados en las verdades concernientes a la Asamblea (Iglesia): ¿tiene ésta un gran lugar en sus corazones? Sin duda, también conocen algunas de sus grietas: disconformidad, relajamiento, falta de celo, mundanería… Entonces, ser como Joás, “reparador de portillos” (Isaías 58:12), ¿no es un hermoso y deseable servicio? Incluso un joven puede aprenderlo. ¿Cuáles son los materiales que es necesario saber emplear hábilmente?: el amor, la benevolencia, la dulzura, el saber soportarse y el inestimable “vínculo de la paz” (Efesios 4:2-3).


74 - 2 Reyes 12:17-21 a 13:1-9

Hazael, rey de Siria, se propone subir contra Jerusalén. Pero Joás, en lugar de contar con Jehová, ¿qué hace? Obra igual que Asa en otros tiempos, en la decadencia de su reinado, cuando Baasa subió contra él (1 Reyes 15:17-18): renuncia a todas las cosas santas consagradas por sus padres y por él mismo al comienzo de su carrera y las entrega al rey de Siria. ¡Ay, cuántos han imitado a ese pobre rey! Al principio de su vida cristiana hicieron gozosos unos sacrificios. Consagraron y santificaron una cosa u otra para el servicio del Señor. Pero después sobrevino la oposición del mundo. Y al no estar dispuestos a enfrentarla por la fe, prefirieron arrojar todo por la borda. Es lo que el enemigo desea. De ahí en adelante los deja tranquilos. Sí, pero ¡a qué precio! Después de haber empezado tan bien, la vida del pobre Joás termina trágicamente. Sus propios siervos lo asesinan. Amasías reina en su lugar, mientras que en Israel Joacaz reemplaza a Jehú. Joacaz es un rey malo. Pero se abre un paréntesis en el que brilla toda la gracia de Dios (v. 4-6). Da un salvador a su pueblo (compárese con Isaías 19:20). ¡Cuánto más grande es el Salvador a quien nos dio! (Lucas 2:11).


75 - 2 Reyes 13:10-25

Eliseo, cuyo nombre significa «salvación de Dios», permanece hasta el fin de su largo ministerio como el profeta de la gracia. Aquí anuncia la liberación al nuevo rey de Israel, Joás, quien lo visita. Hoy en día, ¿dónde encontrar la gracia y la salvación si no es junto a un Cristo que murió por nosotros? Desgraciadamente Joás no está en condiciones de aprovechar toda la gracia ofrecida. Le falta fe. ¿No somos a menudo como él? Dios nos reserva ricas bendiciones y está dispuesto a dárnoslas. Pero se las pedimos tímidamente, como si él fuese pobre, o como si colmarnos de ellas no fuese su deseo. Mas, esto es conocer muy mal a nuestro Padre. Los límites nunca provienen de él sino de nuestra falta de fe. No tenemos, porque no pedimos (Santiago 4:2).

Eliseo muere, mas esa muerte viene a ser fuente de vida para otros. Aun en la tumba, ese notable profeta es una figura de Cristo (véase Mateo 27:52).

El final del capítulo nos muestra que Jehová, obligado a castigar a su pueblo, al mismo tiempo se conmueve por él con divina compasión (véase Miqueas 7:18-19).


76 - 2 Reyes 14:1-16

Amasías, hijo de Joás, sube al trono de Judá al mismo tiempo que el otro Joás reina en Israel. Una vez más comprobamos la buena influencia de una madre que pertenece al pueblo de Dios (v. 2).

Se nos dicen buenas cosas respecto de ese nuevo rey, en particular su preocupación por obedecer la Palabra (v. 6; véase Deuteronomio 24:16). Pero se nos hace notar: “…aunque no como David su padre”, recordando el ejemplo del rey amado.

Para los creyentes, el punto de comparación siempre es Jesús, el perfecto Modelo. Es necesario que volvamos a “lo que era desde el principio”, como nos invita a hacerlo la primera epístola de Juan.

¡Estas son las primeras palabras de dicha epístola! ¿Y cuáles son las últimas?: “Hijitos, guardaos de los ídolos”. El segundo libro de Crónicas (cap.

25:14) nos revela que, después de su victoria sobre los edomitas, Amasías establece sus ídolos como dioses. ¡Qué ingratitud hacia Jehová que le había dado la victoria! Una amarga derrota ante Joás, rey de Israel, es la consecuencia de esa idolatría y de la soberbia de Amasías, la que el mismo Joás discierne (v. 10). Si nos atribuimos el mérito de la victoria, Dios permitirá que perdamos la siguiente batalla, para enseñarnos a contar sólo con él.


77 - 2 Reyes 14:17-29

No se nos dice nada de los últimos quince años de la vida de Amasías. ¡Son años perdidos! Nada más merece ser mencionado por Dios. ¿No existen semejantes períodos en nuestra vida? Como su padre Joás, Amasías perece violentamente. ¡Es el triste fin de un hombre que se aparta de Jehová! (2 Crónicas 25:27). Su hijo Azarías (llamado también Uzías) le sucede a la edad de dieciséis años, mientras que en Israel prosigue el largo reinado del tercer descendiente de Jehú: Jeroboam II. Como sus predecesores, éste permanece apegado a los becerros de oro del primer Jeroboam. No obstante, en su misericordia, Dios continúa liberando a su pueblo, aun por medio de ese malvado rey. ¡Qué paciencia! Y cuán conmovedoras son estas palabras: “Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo” (v. 27; cap. 13:23). Dios, obligado a castigar, se apresura a aprovechar todas las posibilidades de gracia que le deja su alianza de justicia.

También envía profetas a su pueblo durante este reinado: Oseas, Amós y Jonás, mencionado aquí (v. 25). Por medio de ellos Dios multiplica las advertencias. Más tarde se podrá decir a los hebreos: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas”, ahora “nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:1-2).


78 - 2 Reyes 15:1-22

Azarías o Uzías, acerca del cual 2 Crónicas 26 nos dará muchos detalles más, después de cincuenta y dos años termina tristemente una carrera que había comenzado bien. Fue el mismo caso de su padre y de su abuelo. Acordémonos de que un buen principio en la vida cristiana no garantiza, a continuación ni hasta el fin, un andar feliz. No nos apoyemos nunca en nuestra fidelidad pasada o presente, sino en el Señor, quien es el único capaz de guardarnos sin caída (Judas 24).

Durante la larga vida de Azarías, Zacarías, cuarto y último descendiente de Jehú, luego Salum, Menahem, Pekaía y Peka ocupan uno tras otro el trono de Israel. “Hizo lo malo… no se apartó de…”, es el triste refrán que resume esos sucesivos reinados. Poco importa lo que la historia del mundo recuerde de ellos, lo que cuenta, como para toda vida humana —incluyendo la mía y la suya— es la apreciación divina.

“Ellos establecieron reyes, pero no escogidos por mí” (Oseas 8:4). En ese período final de la historia del reino de Israel es solemne ver cómo Jehová, cansado por tantas infidelidades, abandona el pueblo a su suerte (Oseas 4:17).


79 - 2 Reyes 15:23-38

Todas las advertencias de Dios, inclusive su silencio, fueron vanos para despertar la conciencia de su pueblo. Al fin suena la hora en que la última medida disciplinaria debe ser tomada. Se trata de su dispersión en medio de las naciones. Es el castigo extremo encarado desde el comienzo de la historia de Israel (Levítico 26:33; Deuteronomio 28:64), el cual fue retardado durante siglos de paciencia divina. Podemos pensar lo que esa decisión cuesta al corazón de Dios. Hizo salir a este pueblo de Egipto; lo juntó, lo puso aparte y lo introdujo en un buen país. Ahora le es necesario echar por tierra su propio trabajo y volver a colocar a este pobre pueblo bajo el yugo del cual fue sacado (Jeremías 45:4).

Pero la gracia tiene un último recurso: la transportación sólo es ejecutada parcialmente. Para los que son dejados en el país, todavía hay lugar para el arrepentimiento.

Notémoslo: entre las primeras víctimas figuran los habitantes de Galaad (v. 29). El capítulo 32 de Números contaba la desastrosa elección de las dos tribus y media que se habían establecido antes de cruzar el Jordán a causa de sus bienes materiales. Pues bien, sus descendientes tienen que soportar las trágicas consecuencias.

En Judá reinan sucesivamente el fiel Jotam, luego su hijo Acaz, quien, por el contrario, es uno de los reyes más execrables.


80 - 2 Reyes 16:1-20

Durante el reinado de Acaz en Judá (y de Peka en Israel), Asiria hace su aparición en la historia. Dios va a valerse de esta nación como “vara de su furor” (Isaías 10:5) para dispersar a Israel y castigar a Judá. Ante esa temible intervención, sin duda Acaz obra como hábil político, pero sin tener en cuenta para nada el pensamiento de Jehová. Sin embargo, había tenido la revelación más maravillosa, como nos lo enseña Isaías, quien profetizaba bajo ese reinado (Isaías 7:14): “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Dios con nosotros). Hoy en día, ¡cuántos han oído la buena nueva del nacimiento del Salvador, pero no quieren saber nada de ese Dios que vino para estar “con nosotros”.

Acaz se permite cambiar todo en la casa de Jehová.

Hace fabricar un altar más ancho: el hombre siempre encuentra demasiado estrecho lo que Dios ha establecido. Después, el impío rey cambia de destino el altar del sacrificio: se niegan el valor de la expiación y la eficacia de la cruz. Quita las basas del mar y de las fuentes: supresión del juicio de sí mismo. Finalmente hace modificar el pórtico y la entrada, “por causa del rey de Asiria” (v. 18): figura de una religión que, para agradar al mundo, le abre sus puertas de par en par.


81 - 2 Reyes 17:1-41

Oseas, asesino y sucesor de Peka, será el último rey de Israel. No aprovechó la prórroga que Jehová le otorgó por algunos años. En el noveno año del reinado de Oseas se verifica la toma de Samaria y la deportación del conjunto de las diez tribus. Pero el Dios justo no quiso poner punto final sin hacer constar una vez más y de manera indiscutible la culpabilidad de Israel. Los versículos 7 a 18 constituyen el acta de acusación irrefutable de Jehová para con ese desdichado pueblo. Lo mismo ocurrirá más tarde ante el terrible gran trono. Para su completa confusión, los muertos serán juzgados cuando se abran los libros que relatan sus obras (Apocalipsis 20:1213).

El rey de Asiria hizo un intercambio de poblaciones.

¡Qué vergüenza ver, de ahí en adelante, el hermoso país de Canaán ocupado otra vez por naciones idólatras, aun cuando exteriormente éstas aprendan a temer a Jehová y agreguen su culto al de sus divinidades! (v. 24-41).

Llegamos aquí al momento en que Jehová, por boca del profeta Oseas, pronuncia respecto de Israel el solemne “Lo-ammi” (“No sois mi pueblo”), con la recíproca: “…Ni yo seré vuestro Dios” (Oseas 1:9).


82 - 2 Reyes 18:1-12

En lo sucesivo y hasta el fin de este libro, sólo se hablará de Judá. Dios acaba de recapitular tristemente todos los pecados de su pueblo. Pero ahora se regocija al hablarnos de un rey fiel. Por eso, el reinado de Ezequías ocupará unos once capítulos de la Biblia (2 Reyes 18-20; 2 Crónicas 29-32; Isaías 3639); como si en el momento de la ruina, y antes de abordar una página más sombría aún, Dios se complaciera en detenerse en la vida de su piadoso siervo. Hasta Ezequías, el relato de los mejores reinados contenía siempre esta reserva: “Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados”. Esos lugares altos, donde el pueblo ofrecía sacrificios (primero a Jehová y más tarde a los ídolos), habían sido prohibidos por Dios en Deuteronomio 12. Nos hacen pensar en todas las tradiciones y supersticiones que reemplazaron en la cristiandad las enseñanzas de la Biblia con respecto a la adoración. La veneración, cuyo objeto era la serpiente de bronce, nos recuerda que la cruz misma es para muchos un objeto de idolatría. Ezequías quita, rompe, corta y destroza.

Luego rechaza el yugo del asirio y triunfa sobre los filisteos, según la profecía de Isaías (Isaías 14:2832).


83 - 2 Reyes 18:13-25

Valientemente Ezequías ha tomado posición por Jehová. Pero su fe todavía no ha sido probada, y es necesario que lo sea. Asimismo cada creyente, tarde o temprano, debe mostrar si sus obras son las de la fe o las de la carne. Ante el temible asalto del rey de Asiria, la fe de Ezequías empieza a tambalear. Cree poder salir del apuro entregando a Senaquerib un enorme tributo. Igual había hecho Joás en tiempos pasados. Pero Dios va a enseñarle (y a nosotros por la misma ocasión) que la liberación y la verdadera paz no se obtienen haciendo concesiones (Proverbios 29:25). El Enemigo siempre engaña y decepciona. Senaquerib, lejos de desarmar, envía grandes fuerzas contra Ezequías y los habitantes de Jerusalén. Al mismo tiempo delega tres peligrosos personajes, cada uno con su especialidad: el Tartán, su general, para vencerlos, el Rabsaris, jefe de sus servidores, para sojuzgarlos, y el Rabsaces, su copero mayor, para seducirlos, si fuese posible, con melosas palabras. Desconfiemos de ciertas personas que Satanás a veces nos envía con una misión semejante. Su lenguaje las traicionará.

El Rabsaces comienza con una arenga en la cual se burla abiertamente de la confianza del pueblo en Jehová.


84 - 2 Reyes 18:26-37

El copero mayor prosigue su discurso usando alternativamente amenazas, burlas y mentiras.

Había pretendido falsamente haber recibido orden de Jehová para subir contra Judá y destruirlo (v.

25). Ahora va a ensayar la seducción. Recurriendo al lenguaje del pueblo (como Satanás sabe hablar el nuestro), hace brillar las riquezas de Asiria, adonde se propone llevarlo: trigo, pan, viñas, etc. En resumen, afirma él, es “una tierra como la vuestra”. En efecto, si comparamos estos recursos de Asiria con los de Canaán (Deuteronomio 8:7-8), aparentemente hay pocas diferencias. Sin embargo, ¡hay una grande y esencial diferencia!: el país del enemigo no es como el de Jehová, una “tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes”. ¿Una tierra como vuestra tierra? ¡Por cierto que no! Jesús no da como el mundo da (Juan 14:27). Al no lograr que el creyente acepte sus engañosos recursos, el enemigo procurará apartarlo de su supremo Recurso: el Dios fuerte (véase v. 33-35). ¿Qué respuesta tiene que dar el creyente? Sencillamente callar (v. 36). No se discute con el diablo, se huye de él.


85 - 2 Reyes 19:1-13

Ante el asalto de los ejércitos asirios, Ezequías tiene una extraña manera de conducir la guerra. En lugar de armadura se viste de cilicio. No establece su cuartel general sobre la muralla, sino en la casa de Jehová. Finalmente, en lugar de llamar a lo mejor de sus soldados, ¡se dirige a Isaías, el profeta! Así es; contra la altivez y la soberbia del rey de Asiria, ¿no es la correcta estrategia militar enseñada por el apóstol Pablo? “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas —escribe él en 2 Corintios 10:4-5— derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios”. Ezequías, cuyo nombre significa “poder de Jehová”, sabe dónde hallar socorro (Salmo 121:2). Y su confianza no es defraudada. “No temas”, le contesta Dios por medio del profeta. Son preciosas palabras que encontramos muy a menudo en la Biblia y, particularmente, en boca del Señor: “No temas, cree solamente” (Marcos 5:26). Tiene “lengua de sabios para saber hablar palabras al cansado” (Isaías 50:4). El alma temerosa pero confiada del redimido que está todavía en la prueba, recibe mediante estas palabras la fuerza y el aliento necesario para aguardar la liberación.


86 - 2 Reyes 19:14-24

Hemos visto que la actitud del creyente, tanto ante las provocaciones del mundo como ante sus más seductoras proposiciones, es la de soportar en silencio y no contestar nada. En cambio, ante Dios puede tomar la palabra. Es lo que hace Ezequías. Empieza por presentar ante Jehová la carta que acaba de recibir y, por decirlo así, le declara: «Esto te concierne; te encargo que lo cuides. A ti mismo te ultrajó el asirio, atentó contra tu gloria» (v. 19; véase Salmo 83:12 y 18).

Ezequías completa sus sorprendentes disposiciones militares mediante la más hábil táctica: retirarse, echarse a un lado para dejar al enemigo frente a Jehová, pues ¡él es el más fuerte! «Dejarte sólo obrar, firmes en tu victoria…», dice un cántico. En nuestras dificultades, sean pequeñas o grandes, empecemos por sentirnos demasiados débiles para superar el obstáculo. Luego, expongamos nuestro caso al Señor mediante la oración. Finalmente, aguardemos apaciblemente la liberación que viene de arriba.

Así, la prueba no se colocará más como una pantalla entre el Señor y nosotros, sino que el Señor mismo se mantendrá como un escudo protector entre la prueba y su redimido (léase Salmo 38:14-15).


87 - 2 Reyes 19:25-37

El orgullo del rey de Asiria se había hinchado desmedidamente, porque hasta entonces nadie había podido resistirle. En los versículos 23 y 24 vemos que el “yo” es una constante. Pero este orgullo es tanto más espantoso que se mide con Dios mismo.

La loca pretensión del hombre de “ser igual a Dios” (Filipenses 2:6) se discierne claramente en el mundo actual. Por medio de la ciencia, la técnica y los progresos, cuyos méritos se atribuye, el mundo se encamina rápidamente hacia el momento en que se adorará a sí mismo en un «superhombre», el Anticristo.

El asirio es igualmente un personaje de la profecía: en el tiempo venidero, una formidable potencia asiática invadirá Palestina y sitiará a Jerusalén. Pero sólo será destruida cuando aparezca el Señor Jesús, representado aquí por el ángel de Jehová. En una sola noche el campamento asirio es asolado. Luego, a su vez, Senaquerib es asesinado por sus propios hijos en el templo de su dios Nisroc. El que había afirmado que Jehová no podría liberar a Ezequías, es herido en presencia de su ídolo, incapaz de protegerlo.

Así, Dios se ha glorificado liberando a su fiel siervo, y podemos estar seguros de que lo hará siempre.


88 - 2 Reyes 20:1-11

Una segunda prueba, más terrible aún que la primera, alcanza ahora al rey. La muerte golpea a su puerta. En su infortunio, esta vez también recurre a Jehová. Sin duda, no puede subir al santuario, según su costumbre; pero, ¿no le es posible encontrar a Dios aun en su lecho de enfermo? ¡Cuántos de los que guardan cama disfrutan todos los días esa bienhechora experiencia! Acaz, padre de Ezequías, había rehusado la señal que Jehová quería darle (Isaías 7:10-12). Y sobre el reloj solar que construyó, la hora del juicio se acercaba con rapidez. Pero aquí, el rey fiel y piadoso obtiene junto con la curación una extraordinaria señal. Por el retroceso de la sombra, Dios le muestra que acepta retardar el castigo.

En contraste, algunos detalles de este hermoso relato hacen pensar en el Señor Jesús. En el Salmo 102 tenemos su oración: “Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días…” luego, la respuesta de su Padre: “Por generación de generaciones son tus años” (v. 24). Isaías anunció la curación del rey al tercer día (v. 5). Cristo, quien verdaderamente entró en la muerte, también salió de ella al tercer día.


89 - 2 Reyes 20:12-21

Después de haber salido airoso de dos duras pruebas, el pobre Ezequías va a sucumbir en la tercera.

¡Y justamente porque esta última no parecía ser una prueba! ¿Hay algo más halagüeño que esa embajada del rey de Babilonia? Se presenta con cartas y presentes para Ezequías. ¡Ah, si Ezequías hubiese extendido estas cartas delante de Jehová! En cuanto a los presentes, va a hallarse comprometido a causa de ellos y ser deudor para con esos extranjeros. ¡Cuán peligrosas son para un creyente las amabilidades del mundo! Muy a menudo hallan un complaciente eco en la vanidad de su corazón. Para Ezequías, ¿no hubiera sido la ocasión de hablar a esos hombres acerca de la bondad y del poder de Jehová, quien le había librado dos veces? ¿Y también la oportunidad de darles a conocer la casa de su Dios? Pero, en lugar de esto, les muestra su propia casa, su arsenal, que no le había sido útil contra Senaquerib, y todos sus tesoros, de los cuales no quedará nada, como se lo anuncia ahora Jehová (v. 17). “¿Qué vieron en tu casa?” ¡Qué pregunta más seria! ¿Qué ven los visitantes en nuestras casas y de qué les hablamos? ¿De los tesoros, todos perecederos, que nos vanagloriamos poseer? ¿O de Aquel a quien todo pertenece? Ezequías reconoce que merece el juicio. Y allí termina la vida de ese rey fiel.


90 - 2 Reyes 21:1-18

Después de David, Ezequías fue el más fiel de los reyes. Su hijo Manasés será el más detestable, “multiplicando así el hacer lo malo ante los ojos de Jehová” (v. 6). A todos sus crímenes se agrega la responsabilidad de ser el hijo del piadoso Ezequías, el que otrora había dicho: “El padre hará notoria tu verdad a los hijos” (Isaías 38:19). Si tuviésemos sólo este capítulo respecto a Manasés, con seguridad diríamos que dicho hombre está perdido por la eternidad. Pero el segundo libro de Crónicas (cap. 33:1213), que nos relata el fin de su historia, nos enseña que la gracia de Dios tuvo la última palabra. ¿Quién habría pensado que semejante hombre pudiera arrepentirse, orar y ser escuchado? En verdad, los pensamientos de Dios no son los nuestros. Nuestra salvación no depende de la manera más o menos honrada en que nos hayamos conducido. Es el resultado de la incomparable gracia del Dios de amor. De todos modos, lo que hicimos antes de nuestra conversión debería parecernos abominable ante Dios. Pablo se llamaba a sí mismo el primero de los pecadores, porque había perseguido a la asamblea (la Iglesia). “Pero por esto fui recibido a misericordia —agrega él—, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia” (1 Timoteo 1:16).


91 - 2 Reyes 21:19-26 a 22:1-7

Amón sucede a Manasés. Después de dos años de impío reinado, perece violentamente. Y el pequeño Josías, su hijo, sube al trono a la edad de ocho años.

Recordemos que su nombre ya fue pronunciado muchos siglos antes por un profeta que había subido a Bet-el para hablar contra el altar en presencia de Jeroboam (1 Reyes 13:2). Este hijo debía nacerle a la casa de David para cumplir justicia y el juicio.

Así, vemos que en presencia del mal que se manifestaba, los pensamientos de Dios desde hacía mucho tiempo se volvían hacia este niño. Pero, desde la eternidad descansaban en el pequeño niño de Belén, quien sería el Salvador del mundo.

El reinado de Josías, como el de su antepasado Ezequías, corresponde a lo que se llama un despertar.

En el estado de sueño de la cristiandad, el Espíritu Santo todavía produce, aquí o allá, semejantes despertares. Aquél, del cual Josías es un notable instrumento, se caracteriza: por un nuevo interés por la casa de Dios; por un retorno al santo Libro y, finalmente, por el afán de separarse del mal.

El ejemplo del pequeño rey Josías también hace recordar a todos nuestros hijos que nunca es demasiado temprano para hacer “lo recto ante los ojos de Jehová” (v. 2).


92 - 2 Reyes 22:8-20

Los trabajos emprendidos por Josías en la casa de Jehová permitieron descubrir el libro de la ley. Éste se había perdido, y hasta fue olvidado por los sacerdotes, quienes, no obstante, eran los encargados de cuidarlo (Deuteronomio 31:9 y 26). En el transcurso de la historia de la Iglesia, el gran despertar de la Reforma volvió a honrar las Sagradas Escrituras.

Después de los siglos de oscuridad de la Edad Media, el libro de Dios fue sacado de la sombra, traducido en lenguas populares, impreso y difundido por todas partes. No olvidemos que éste es un motivo de agradecimiento. La lectura de la Biblia abrió, entonces, los ojos de muchos sobre el estado de ruina de la cristiandad. Al mismo tiempo, la luz del Evangelio vino a alumbrar a las almas ignorantes. Porque esta Palabra de vida no sólo nos muestra lo que Dios aguarda del hombre —lo que el libro de la ley enseñó a Josías— y cómo éste completamente falló (Antiguo Testamento). La Palabra también nos enseña lo que Dios se propuso en Cristo, el nuevo Hombre, y cómo lo cumplió por entero (Nuevo Testamento). Si por una parte la Biblia es un libro que nos coloca ante nuestras responsabilidades, también trae el mensaje de la gracia de Dios para pobres pecadores perdidos.


93 - 2 Reyes 23:1-11

Después de las palabras de juicio que Jehová acaba de pronunciar, Josías podría concluir: «¿Para qué purificar este lugar sobre el cual Jehová va a encender su ira?» Pero un creyente fiel nunca razona así.

Aun en vísperas del juicio final, la Escritura ordena: “El que es santo, santifíquese todavía” (Apocalipsis 22:11). El rey, que ahora reconoce personalmente el valor de la Palabra de Dios, aplica lo que está escrito en Deuteronomio 31:11, haciéndola oír a todos, “desde el más chico hasta el más grande” (v. 2).

¿Tenemos el mismo deseo de dar a conocer a quienes nos rodean la Palabra viva y eficaz? El celo de la casa de Dios “consume” a Josías, como consumirá más tarde a Uno más grande que él (Juan 2:15-17).

Acordémonos de la pregunta que el apóstol Pablo formula a los corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?… El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16-17 y 6:19). ¿Recibiríamos a un noble visitante en una casa desordenada y sucia? Con mayor razón tampoco podemos hacerlo cuando se trata del divino Huésped que quiere morar en nuestro corazón. Honrarle es primeramente ordenar nuestro corazón y quitar todo lo que lo obstruye y lo mancilla.


94 - 2 Reyes 23:12-23

Josías prosigue su valiente trabajo de purificación.

Y en medio de los sepulcros de los sacerdotes idólatras, nota otro sepulcro: el del varón de Dios que había anunciado los acontecimientos que ahora se están cumpliendo. Así descansaban esos huesos, unos cerca de otros, destinados a una resurrección diferente. Cuando el Señor venga, distinguirá y resucitará de en medio de los muertos los cuerpos de los creyentes “dormidos” (1 Tesalonicenses 4:13).

Los otros serán dejados para la resurrección de condenación.

Josías entiende que, para celebrar dignamente la Pascua a Jehová, toda contaminación debe previamente ser quitada del país. El culto del Dios santo no puede concordar con lo que recuerda el de los ídolos (2 Corintios 6:16-17). Si el creyente quiere pronunciar dignamente el nombre del Señor, debe apartarse de la iniquidad y purificarse de los vasos “para deshonra” (2 Timoteo 2:19-20, V.M.) Estar separados, apartarse, limpiarse, son otros tantos deberes penosos que, sin duda, conducirán a que seamos acusados de orgullo y de estrechez. Pero es lo que Dios nos pide antes que cualquier otro servicio para él. Vemos cuál fue la consecuencia bendita para Josías y el pueblo: “No había sido hecha tal pascua desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel”.


95 - 2 Reyes 23:24-37

Pese a la fidelidad de su rey, el pueblo no se había vuelto a Jehová de todo corazón (Jeremías 3:10). “La desleal Judá” no aprendió la lección del castigo soportado por la “rebelde Israel”. Por eso va a llegar la hora en que esa tribu, a su vez, deberá ser echada del país.

Para cumplir sus designios, Dios se valió de los grandes pueblos de la antigüedad, como también de las naciones modernas, inconscientes agentes de sus propósitos para con Israel. Él domina los sucesos mundiales y los emplea para proteger a los suyos, o, por lo contrario, para disciplinarlos.

Las dos grandes potencias del tiempo de Josías eran Egipto y Asiria. Situados de uno y otro lado de Canaán, esos dos reinos, en perpetuo conflicto, debían atravesar el territorio de Israel para poder combatir. Josías, tomando partido por el rey de Asiria, trató de oponerse al paso de Faraón Necao, pero éste lo mató en Meguido. ¿Por qué no se apartó del mundo y de sus alianzas tan cuidadosamente como se apartó del mal? Tomó partido en una disputa que no era la suya y sufrió las fatales consecuencias (Proverbios 26:17).

Joacaz, hijo de Josías, después de un mal reinado de tres meses, cae en poder de Necao. Éste lo deporta y lo reemplaza por su hermano Joacim, el que no será mejor.


96 - 2 Reyes 24:1-20

Conforme a la profecía de Isaías 10, la potencia asiria es aniquilada. Sobre sus ruinas se levanta el imperio babilónico, englobando la casi totalidad del mundo antiguo, incluso Egipto, y llamado por ese motivo el primer gran imperio de las naciones. Entonces, la historia del mundo toma otro giro.

Israel es puesto a un lado: deja de ser la sede del gobierno de Dios en la tierra. Ese gobierno es confiado a las “naciones” (los pueblos no judíos); va a comenzar lo que se llama el tiempo de las naciones, en el que todavía estamos hoy en día.

Joacim, rey de Judá, hecho él también vasallo de Nabucodonosor, se rebela después de tres años; su hijo Joaquín, que lo sucede, hace otro tanto. En aquel tiempo tiene lugar un triste acontecimiento: la primera transportación de Judá a Babilonia.

Sin embargo, a los más pobres del pueblo, que escapan de la deportación, se les da una última oportunidad. Al frente de ellos, Nabucodonosor coloca en el trono de Judá a un tercer hijo de Josías: Sedequías. Pero éste obra de igual manera que sus predecesores. El enceguecimiento de esos reyes los hace tanto más culpables que Jeremías, el profeta, no dejó de advertirlos de parte de Jehová durante sus reinados.


97 - 2 Reyes 25:1-17

Molesto por el espíritu de rebeldía de los reyes de Judá, Nabucodonosor sube por tercera vez contra Jerusalén, la cerca y penetra en ella después de más de un año de sitio. Y esta vez no hay más misericordia para la orgullosa ciudad. Se la quema enteramente, empezando por el templo. Se derriban sus murallas y sus habitantes son llevados en cautiverio. Sedequías sufre las crueles consecuencias de su obstinación. Sólo algunos pobres son dejados en el país para que labren la tierra.

Luego, los guardas caldeos se encarnizan contra el templo, que para ellos simboliza el espíritu de resistencia. No satisfechos con haberlo quemado, consiguen quebrar y llevarse las poderosas columnas de bronce, así como el mar, sus basas y el resto de los utensilios. ¿Por qué los versículos 16 y 17 repiten algunos detalles de la ornamentación de las columnas, precisamente en el momento en que van a desaparecer? Sin duda, por una conmovedora razón: ¿no es ésta la última mirada que se echa sobre un objeto que se ama y, entonces, uno se detiene para contemplarlo? ¡Sí, cuán hermosas eran esas columnas, imagen de la estabilidad y de la fuerza que Jehová retira en adelante a su pueblo desobediente y rebelde! (1 Reyes 7:21).


98 - 2 Reyes 25:18-30

Así terminan estos dos libros de los Reyes (que forman uno solo en el original hebreo). Comienzan con la gloria del rey de Israel y acaban con la del rey de Babilonia. Empiezan con la edificación del templo y concluyen con el cuadro de su destrucción. En el principio, el primer sucesor de David había subido al trono en Jerusalén (1 Reyes 1). Al final, su último descendiente fue encerrado en una prisión de Babilonia. Entre este comienzo y este fin, asistimos a la lamentable decadencia. Sí, ¡así ocurre con lo que se confía al hombre! Su corazón en verdad es engañoso y perverso. Y Ezequiel, cuya voz se hace oír durante el tiempo del cautiverio, lo confirma en esta dolorosa exclamación: “¡Cuán inconstante es tu corazón, dice Jehová el Señor, habiendo hecho todas estas cosas!” (Ezequiel 16:30).

En los últimos versículos es consolador ver asomar un muy pequeño comienzo de restauración. Dios nos muestra que su trabajo no ha terminado. A él le pertenecerá la última palabra cuando, después del desastre de todos esos reyes, aparezca Cristo, el Hijo de David, el verdadero Rey de Israel.