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1 Corintios 1:1-16
1 Corintios 1:17-31
1 Corintios 2:1-16
1 Corintios 3:1-15
1 Corintios 3:16-23 a 4:1-5
1 Corintios 4:6-21
1 Corintios 5:1-13
1 Corintios 6:1-20
1 Corintios 7:1-31
1 Corintios 7:32-40 a 8:1-13
1 Corintios 9:1-18
1 Corintios 9:19-27
1 Corintios 10:1-13
1 Corintios 10:14-33 a 11:1
1 Corintios 11:2-16
1 Corintios 11:17-34

1 Corintios 12:1-13
1 Corintios 12:14-31
1 Corintios 13:1-13
1 Corintios 14:1-19
1 Corintios 14:20-40
1 Corintios 15:1-19
1 Corintios 15:20-34
1 Corintios 15:35-50
1 Corintios 15:51-58 a 16:1-9
1 Corintios 16:10-24
2 Corintios 1:1-11
2 Corintios 1:12-24
2 Corintios 2:1-17
2 Corintios 3:1-18
2 Corintios 4:1-15

2 Corintios 4:16-18 a 5:1-10
2 Corintios 5:11-21
2 Corintios 6:1-18 a 7:1
2 Corintios 7:2-12
2 Corintios 7:13-16 a 8:1-83
2 Corintios 8:9-24
2 Corintios 9:1-15
2 Corintios 10:1-18
2 Corintios 11:1-15
2 Corintios 11:16-33
2 Corintios 12:1-10
2 Corintios 12:11-21
2 Corintios 13:1-14

1 - 1 Corintios 1:1-16

En Corinto había sido formada una numerosa iglesia por medio del ministerio del apóstol Pablo (véase Hechos 18:10). Este fiel pastor, como celoso evangelista, seguía velando sobre ella con solicitud (2 Corintios 11:28). Desde Éfeso escribió esta primera carta que se dirige también a “todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (v. 2). Igualmente fue escrita para usted, querido lector, si forma parte de aquellos “todos”.

Pablo había recibido noticias desagradables de Corinto. Varios desórdenes se habían producido en esta iglesia. Pero, antes de abordar esos penosos temas, recuerda a esos creyentes cuáles son sus riquezas espirituales y las atribuye a la gracia de Dios (v. 4-5). Para medir nuestra responsabilidad y tomar más en serio nuestra vida cristiana, tratemos, de vez en cuando, de hacer la cuenta de nuestros inestimables privilegios y demos gracias al Señor, como el apóstol lo hace aquí.

El primer reproche dirigido a la iglesia de Corinto concierne a sus disensiones. Allí seguían al hombre, a Pablo, a Apolos, a Cefas y a Cristo como a un maestro más excelente que los demás, (Juan 3:2) en vez de estar unidos en la comunión con “Jesucristo nuestro Señor”, el Hijo de Dios (v. 9). ¡Que sea siempre nuestra parte gozar de esta comunión! (1 Juan 1:3).


2 - 1 Corintios 1:17-31

Para “los que se salvan”, la palabra de la cruz es poder de Dios. Pero, para los que no tienen la vida divina, no es más que locura. Todo lo que significa la cruz (la muerte de un justo exigida por la justicia de Dios, el perdón gratuito para los pecadores, el hombre natural puesto a un lado) son verdades que se oponen a la razón humana. Pero si, por el contrario, se presentan milagros y obras espectaculares, un noble ideal que requiere esfuerzos… ¡enhorabuena!, ésta es la clase de religión que no choca a nadie. Pues bien, a todos los sabios, escribas, disputadores, en una palabra, a los espíritus fuertes de este siglo (y de todos los siglos) el versículo 18 los coloca bajo una común y espantosa designación: “los que se pierden”.

Es un hecho notorio que entre los redimidos del Señor hay pocos sabios, poderosos o nobles… (v. 26), pues a éstos les es más difícil que a los demás volverse como niños (Mateo 18:3; 11:25). Para glorificarse, Dios escoge lo que es débil, vil y menospreciado, y tales son los creyentes según la opinión del mundo. Pero qué importa su propio valor, ya que están en Cristo y él es, para ellos, poder, sabiduría, justificación, santificación y redención (v. 24 y 30).


3 - 1 Corintios 2:1-16

Sabemos que en el mundo un don de orador, un cierto brío y “palabras persuasivas de humana sabiduría” pueden ser suficientes para hacer triunfar cualquier causa. Pero para comunicar la fe, Dios no necesita esas capacidades humanas ni el arte de la propaganda (v. 4-5). Pese a su instrucción, Pablo no se destaca por su sabiduría, cultura o elocuencia en Corinto. Esto habría contradecido su enseñanza, pues la cruz de Cristo que él anunciaba significa justamente el fin de todo aquello de lo que el hombre se enorgullece. Pero lejos de perder por ello algo, el creyente ha recibido a la vez las cosas invisibles “que Dios nos ha concedido” y el medio para discernirlas y gozar de ellas: el Espíritu Santo, único agente que Dios emplea para transmitir su pensamiento (v. 12). ¿De qué serviría una pieza de música sin instrumentos para interpretarla o un disco sin el aparato que permite escucharlo? Pero también, ¿cuál sería el efecto del más hermoso concierto en un auditorio compuesto de personas sordas? Del mismo modo, el lenguaje del Espíritu no puede ser entendido por “el hombre natural”. En cambio, el que es “espiritual” puede percibir las cosas espirituales por medios espirituales, pues el Espíritu enseña “acomodando lo espiritual a lo espiritual” (v. 13-15).


4 - 1 Corintios 3:1-15

Absortos por sus divisiones, los corintios no habían hecho ningún progreso. Se parecían a algunos malos estudiantes que se disputan tontamente acerca de quién tiene el profesor más instruido o el aula más hermosa. El apóstol Pablo les declara que ocuparse del siervo en vez de su enseñanza es cosa de niños; es ser aún carnal (v. 3). ¡Cuántas veces confundimos la verdad con aquel que la presenta! Si, por ejemplo, escuchamos a un siervo de Dios con la idea preconcebida de que él no tiene nada que ofrecernos, recibiremos exactamente lo que esperamos.

Luego el apóstol evoca la responsabilidad del que edifica. En la obra de Dios, vista como una labranza o como un edificio, cada obrero tiene su propia actividad. Puede traer materiales –es decir, distintos aspectos de la verdad– y edificar a las almas presentándoles la justicia de Dios (el oro), la redención (la plata) y las glorias de Cristo (las piedras preciosas). Pero con la apariencia de mucho volumen también puede edificar con madera, heno y hojarasca; materiales que no resistirán el fuego. Sí, que “cada uno mire cómo –no cuánto– sobreedifica” sobre el único e imperecedero fundamento: Jesucristo.


5 - 1 Corintios 3:16-23 a 4:1-5

Al lado de auténticos obreros que pueden hacer un deficiente trabajo (v. 15), existen falsos siervos que corrompen el templo de Dios, este templo que es santo al igual que El que mora en él (v. 17). Que nadie se engañe acerca de lo que es ni acerca de lo que hace (v. 18).

Desconfiemos de los criterios y razonamientos humanos, engañosos instrumentos de medida. La sabiduría del mundo es locura para Dios y la sabiduría de Dios es locura para el mundo (v. 19).

Una y otra se aprecian en función del fin perseguido. “El hombre natural” (o animal) mira con lástima al cristiano que sacrifica las ventajas y los placeres del momento actual por un porvenir vago e incierto.

¡Ojalá que todos pudiésemos ser atacados por ese tipo de locura! Por otra parte, ¿qué son las miserables vanidades de las que podríamos hacer alarde, en comparación con lo que poseemos? Todas las cosas son nuestras, afirma el apóstol Pablo, y son nuestras porque nosotros somos de Cristo, a quien todo pertenece. Bajo su dependencia podemos disponer de todo para su servicio. Pero lo que importa primeramente es ser “hallado fiel” (4:2), pues cada uno es un administrador, pequeño o grande, y cada uno como tal recibirá la alabanza no por parte de su hermano, sino por parte de Aquel que lee en los corazones (v. 5; léase también 2 Timoteo 2:15).


6 - 1 Corintios 4:6-21

¿Cuál era la raíz de las disensiones en Corinto? El orgullo (Proverbios 13:10). Cada uno se valía de sus dones espirituales y sus conocimientos (1 Corintios 1:5), pero olvidando que todo esto lo habían recibido por pura gracia. Para permanecer humildes, acordémonos siempre de la pregunta del versículo 7: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” Además, inflarse así con el viento de su propia importancia era desear otra cosa que “Jesucristo crucificado” (2:2), era reinar desde aquel momento (v. 8), mientras está escrito: “Si sufrimos (es el presente), también reinaremos con él” (2 Timoteo 2:12). Por su parte, el apóstol Pablo no había invertido las cosas. Aceptaba gustoso tomar su lugar con “la escoria del mundo, el desecho de todos”, porción con la que muy pocos cristianos saben contentarse.

Pero, sabiendo que se trataba de la verdadera dicha de sus queridos corintios, les suplicaba que le siguieran en esa senda. Él era su padre espiritual (v. 15) y quería que ellos se le parecieran como hijos se parecen a su padre. Si no escuchaban sus advertencias, estaba dispuesto, cuando fuera a verlos, a usar “la vara” (v. 21), es decir, a castigarlos severamente, cumpliendo con ese deber paternal para provecho de sus amados hijos (v. 14).


7 - 1 Corintios 5:1-13

Ahora el apóstol aborda un tema muy penoso.

Además de las lamentables divisiones, en la iglesia de Corinto había un grave pecado moral, el cual, aunque había sido cometido por un solo individuo, mancillaba a la iglesia entera (compárese con Josué 7:13). Esa “levadura” de maldad, que habría tenido que sumergir a los corintios en el dolor y la humillación, no impedía su “jactancia”. Es como si un hombre afectado por la lepra fingiese ignorar su enfermedad y ocultase sus llagas debajo de suntuosas vestimentas. El apóstol reclama de parte del Señor la sinceridad y la verdad (v. 8). No vacila en poner al descubierto ese mal, sin miramientos.

Previamente a cualquier servicio y profesión cristiana, es menester que la conciencia esté en orden. Y la santidad exige que los creyentes se abstengan del mal, no sólo en su propio andar, sino también que se mantengan separados de personas que viven en el pecado, aunque luzcan el título de hijos de Dios (v.

11). ¿Cuál es el gran motivo por el que, tanto individual como colectivamente, debemos guardarnos de toda comunión y liviandad con respecto al mal? No es nuestra superioridad sobre los demás, sino el infinito valor del sacrificio de Aquel que expió nuestros pecados (v. 7).


8 - 1 Corintios 6:1-20

En Corinto existía otro desorden. Algunos hermanos habían llegado a llevar sus litigios ante los tribunales de este mundo. ¡Qué triste testimonio! El apóstol Pablo reprende tanto al que no soportó la injusticia como al que la cometió. Luego examina los principales vicios corrientes entre los paganos y declara solemnemente que no es posible ser salvo y seguir viviendo en la iniquidad.

“Y esto erais algunos”, concluye. Pero, he aquí lo que Dios ha hecho: “Habéis sido lavados… santificados… justificados” (v. 11). Y esto, ¿para que os mancilléis de nuevo? Excepto el pecado, nada me está prohibido… pero si me descuido, todo puede dominarme (v. 12). «El mal no está en las cosas en sí mismas, sino en el amor del corazón por las cosas» escribió alguien.

Los versículos 13 a 20 tienen que ver con la pureza. Que sean grabados especialmente en el corazón del joven creyente, quien sin duda está más expuesto a las tentaciones carnales. Su propio cuerpo no le pertenece más. Dios lo ha rescatado –¡y a qué precio, no lo olvidemos!– a fin de hacer de él, para Cristo, un miembro de Su cuerpo (v. 15) y, para el Santo Espíritu, un templo que debe ser santo como lo es su divino Huésped (v. 19).


9 - 1 Corintios 7:1-31

Después de haber puesto al creyente en guardia contra la impureza (6:13-20), el apóstol habla, en el capítulo 7, del camino que puede emprender con la aprobación del Señor: el del matrimonio. El joven creyente que ha cuidado su andar según la Palabra (Salmo 119:9) tendrá que seguir, más que nunca, contando con el Señor para esa decisión capital.

Luego leemos algunas instrucciones, ya sean dadas mediante la inspiración divina o por el apóstol como fruto de su experiencia, para ayudar a aquellos cuya situación matrimonial sea difícil, especialmente a un hermano o hermana que tenga su cónyuge incrédulo. Nótese bien que la exhortación del versículo 16 se dirige a un creyente ya casado en el momento de su conversión, y no a alguien que desobedecería a 2 Corintios 6:14. “Por precio fuisteis comprados”, repite el versículo 23 (6:20).

Los sufrimientos que le hemos costado al Señor Jesús para rescatarnos del poder de Satanás y del mundo es el gran motivo para no volvernos a colocar bajo su dominio. Para servirle, el Señor quiere a hombres y mujeres libres, pero es Él quien escoge las condiciones en las que quiere que cada uno le sirva, es decir, país, medio ambiente, relaciones laborales, etc. Antes de decidir cualquier cambio, ¡estemos seguros de que es según Su voluntad!

10 - 1 Corintios 7:32-40 a 8:1-13

Estar sin congoja o sin inquietud en cuanto a las cosas de la tierra, tener el corazón exclusivamente ocupado en los intereses del Señor buscando cómo agradarle, dedicarse a su servicio sin distracción, sí, ahí está la ventaja del siervo de Dios que no está casado en comparación con el que lo está. Pero, al igual que Pablo, hay que haber recibido eso como una gracia.

En el capítulo 8 el apóstol Pablo se ocupa de las viandas (carne) que a menudo eran ofrecidas sobre los altares paganos antes de ser vendidas en el mercado. Esto era un problema de conciencia para varias personas (compárese con Romanos 14). En nuestros países, esta cuestión ha dejado de tener vigencia, pero las correspondientes exhortaciones tienen su aplicación en todos los casos en que corremos el riesgo de “ser tropezadero” (v. 9) para otro creyente: un hermano para quien Cristo murió.

¡Cuántas cosas conocían los corintios! “¿No sabéis…?”, les repite continuamente el apóstol (6:2, 3, 9, 15, 19…). Pero, ¿de qué les servían estos conocimientos? Sólo para envanecerse. Nosotros corremos el mismo peligro, pues a menudo conocemos las verdades más con la inteligencia que con el corazón. Para que uno sepa “cómo debe saberlo”, es menester que ame a Dios (v. 3). Y amarle es poner en práctica lo que tenemos el privilegio de conocer tocante a él (Juan 14:21-23).


11 - 1 Corintios 9:1-18

Henchidos por sus dones y conocimientos, ciertos hombres se habían atribuido un lugar preponderante en la iglesia de Corinto. Así como el que se enaltece a sí mismo siempre es llevado a rebajar a los demás, ellos habían llegado a poner en duda la autoridad del apóstol, es decir, la de Dios. Por este hecho, Pablo se vio obligado a justificar su ministerio y su conducta. Su deber era evangelizar; esto le había sido encomendado por el Señor. “No fui rebelde a la visión celestial”, afirma Pablo en su defensa ante el rey Agripa (Hechos 26:17-19).

El ejemplo del labrador se repite frecuentemente en la Palabra de Dios. Primero subraya el cansancio ligado al trabajo de la tierra (Génesis 3:17); luego, la esperanza y la fe que debe alentar al agricultor (v. 10; 2 Timoteo 2:6); por último, la paciencia con la cual debe aguardar “el precioso fruto de la tierra” (Santiago 5:7). Los corintios eran la “labranza de Dios” (3:9), y el fiel obrero del Señor proseguía en ella su labor al precio del renunciamiento a muchas cosas legítimas para no poner ninguna traba al Evangelio de Cristo. ¡Cuántas cosas menos legítimas obstaculizan a menudo nuestro servicio! En aquel entonces Pablo efectuaba un penoso trabajo, extirpando, por así decirlo, todas las malas hierbas que habían crecido en el campo de Corinto.


12 - 1 Corintios 9:19-27

El apóstol Pablo se hacía el siervo de todos a fin de ganar el mayor número de almas para Cristo.

¿Debe entenderse, pues, que estaba dispuesto a aceptar todos los términos medios? ¡En absoluto! Si algunos consideraban a Pablo como engañador, a los ojos de Dios era veraz (2 Corintios 6:8). Pero, como Jesús mismo lo hizo con la samaritana junto al pozo de Sicar, Pablo sabía encontrar a cada alma sobre su propio terreno y hablarle el lenguaje que ésta podía entender. A los judíos les presentaba al Dios de Israel, la remisión de pecados y la responsabilidad que tenían por haber rechazado al Salvador, Hijo de David (Hechos 13:14-43). A los gentiles idólatras les anunciaba al Dios único, paciente para con su criatura y que manda a todos los hombres que se arrepientan (véase Hechos 17:22-31). El apóstol siempre tenía ante los ojos el premio de sus esfuerzos: todas las almas salvadas por su ministerio (véase 1 Tesalonicenses 2:19 y Filipenses 4:1).

Esforzándose para alcanzar la meta, corría como el atleta en el estadio, disciplinando su cuerpo estrictamente y pensando sólo en la victoria. El campeón deportivo tiene ante sí una victoria efímera, laureles que se marchitan (v. 25), mientras que nuestra carrera cristiana tiene como premio una corona mucho más gloriosa, inmarchitable. Corramos de manera que la obtengamos (v. 24).


13 - 1 Corintios 10:1-13

Por medio del ejemplo de Israel, el apóstol Pablo nos hace medir la abrumadora responsabilidad de los cristianos profesantes. Exteriormente han participado de las más excelentes bendiciones espirituales: Cristo, su obra, su Espíritu, su Palabra… (v.

3-4). Pero Dios no puede agradarse de la mayor parte de ellos, pues les falta la fe (v. 5; Hebreos 10:38).

Por la historia de este pueblo en el desierto, el Espíritu de Dios nos da un triste ejemplo de lo que nuestros corazones son capaces de producir, aun bajo el manto del cristianismo: codicias, idolatría, murmuraciones… Nos advierte solemnemente sobre lo que merecen esos frutos de la carne, aunque la gracia pueda obrar a favor del creyente. Con el fin de hacernos caer, el tentador procura hacer aparecer este mal que está en nosotros en toda su potencia, y esto precisamente cuando podríamos creer estar firmes por nuestras propias fuerzas (v. 12). Pero “fiel es Dios” (v. 13). ¡Qué aliento nos da pensar en ello! Si conocemos nuestra flaqueza, él no permitirá a Satanás tentarnos más de lo que cada uno pueda soportar (véase Job 1:12 y 2:6). De antemano Dios ha preparado una salida victoriosa (v. 13). Apoyémonos en esas promesas cada vez que el enemigo se presente. Sí, “fiel es Dios”.


14 - 1 Corintios 10:14-33 a 11:1

La comunión con Dios, bendita porción del creyente, rechaza toda participación en la idolatría, incluso en sus formas más refinadas. Esa comunión se expresa de modo especial en la Mesa del Señor.

Todos los que participan de la copa y del pan son, en principio, redimidos del Señor; pero de lejos no son todos los redimidos del Señor. Sin embargo, por la fe los vemos a todos representados en un pan (un solo pan), señal visible de que existe un solo cuerpo. Simboliza esa unidad de la Iglesia que el mundo religioso pretende querer realizar… ¡mientras que ya existe! Si no busco mi propio interés, ¡cuántos momentos tendré disponibles para los intereses de los demás, es decir, para los de Jesucristo! (v. 33; compárese con Filipenses 2:21: “Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús”). Buscar el interés de mi hermano no es sólo cuidar de su bienestar, sino también pensar en su conciencia; es hacer ciertas cosas por él y abstenerse de hacer otras. Así seré llevado a hacerme siempre las mismas preguntas: «En esta ocasión, ¿tengo la libertad de dar gracias? Lo que hago en este momento, incluso simplemente comer y beber, ¿es o no para la gloria de Dios?» (compárese el v. 31 en contraste con el 7).


15 - 1 Corintios 11:2-16

Pocas porciones de la Biblia han sido objeto de tantas discusiones como las enseñanzas de estos versículos (v. 16). ¿Por qué se ocupa el apóstol –o más bien el Espíritu Santo– en cuestiones aparentemente tan mínimas como el hecho de que la mujer lleve el cabello largo o que se cubra la cabeza en ciertas ocasiones? Primeramente, recordemos que nuestro cristianismo no consiste en algunos actos destacables cumplidos de vez en cuando, sino que está compuesto por un conjunto de detalles que entretejen nuestra vida cotidiana (Lucas 16:10). Por otra parte, Dios es soberano y no está obligado a darnos razones de todo lo que nos pide en su Palabra. Obedecer sin discutir es la única verdadera obediencia. Así estas instrucciones son una clase de test para cada mujer o joven cristiana; es como si el Señor le preguntara: «¿Harás esto por mí? ¿Mostrarás tu dependencia y sumisión mediante esa señal exterior, o pondrás en primer lugar las exigencias de la moda o de la comodidad?».

Finalmente, no olvidemos este solemne hecho: los ángeles observan de qué manera los creyentes responden al pensamiento de Dios. El versículo 10 nos dice: “La mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles”. ¿Qué espectáculo les ofrecemos?

16 - 1 Corintios 11:17-34

En Corinto se habían formado diferentes bandos y las reuniones se resentían por ello. Los ricos avergonzaban a los pobres y provocaban sus celos. Y lo que era más grave, la cena era tomada indignamente por muchos y confundida con el ágape (comida tomada en común).

El apóstol aprovechó esa oportunidad para señalar lo que el Señor le había revelado especialmente: la cena es el santo recuerdo de un Cristo que se entregó por nosotros. Este recuerdo por un lado habla al corazón de cada uno de los participantes, por otro lado, proclama universalmente el hecho trascendental de que el Señor tuvo que morir.

Y, hasta su regreso, nos invita a anunciar su muerte mediante el lenguaje, tan grande y simple a la vez, que el mismo Señor nos ha enseñado.

Por último, ese memorial habla a la conciencia del creyente, pues la muerte de Cristo significa la condenación del pecado. Tomar la cena sin habernos juzgado a nosotros mismos, nos expone, pues, durante nuestra vida terrenal, a los efectos de esa condenación. Esto explicaba la debilidad de muchos en Corinto (y tal vez entre nosotros), la enfermedad e incluso la muerte que había alcanzado a muchos (v. 30). Sin embargo, el temor no debe mantenernos apartados (v. 28). Ese temor puede y debe concordar con una ferviente respuesta a Aquel que dijo: “Haced esto en memoria de mí” (v. 24-25).


17 - 1 Corintios 12:1-13

Al hablar de reunirse “como iglesia” en el capítulo precedente, el apóstol Pablo dio el primer lugar a la celebración de la cena (11:20-34). Sólo después habla de los dones y servicios con miras a la edificación. No olvidemos que la celebración de la cena es la más importante de todas las reuniones.

Pablo les recuerda a esos antiguos idólatras que otrora ellos habían sido extraviados por espíritus satánicos (v. 2). ¡Qué cambio! Ahora es el Espíritu de Dios quien los dirige, obrando en ellos “como él quiere” mediante los dones que les otorga (v. 11). El apóstol enumera esos dones precisando que son dados “para provecho” (v. 7). Y, para ilustrar a la vez la unidad de la Iglesia y la diversidad de los servicios, toma el ejemplo del cuerpo humano, el cual si bien está compuesto por muchos miembros y órganos –ninguno de los cuales puede funcionar sin los demás– constituye un único organismo conducido por una única voluntad: la que la cabeza comunica a cada miembro. Tal es el cuerpo de Cristo. Aunque está integrado por muchos miembros (tantos como creyentes), es animado por un solo Espíritu para acatar una sola voluntad: la del Señor, que es el Jefe, es decir, la cabeza (Efesios 4:15-16). No tenemos, pues, que escoger nuestra actividad (v. 11) ni el lugar en donde la debemos ejercer, ya que “Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (v. 18).


18 - 1 Corintios 12:14-31

Sin ir más lejos, ¡qué objeto de admiración constituye el cuerpo en el que moramos! “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras”, exclama David en el Salmo 139:14, al hablar de la formación del cuerpo. Sí, ¡qué diversidad y, sin embargo, qué armonía hay en ese complejo conjunto de miembros y órganos de los cuales aun el más pequeño tiene su razón de ser y su propia función! El ojo y el meñique, por ejemplo, no pueden reemplazarse el uno al otro. Pero el segundo permite quitar el granito de polvo que irrita al primero. Basta que un solo órgano funcione deficientemente para que pronto todo el cuerpo esté enfermo.

Todo esto tiene su equivalente en la Iglesia, cuerpo de Cristo, el cual no es una organización, sino un organismo vivo. “Los miembros… que parecen más débiles, son los más necesarios” (v. 22), y cada uno debe cuidarse de no menospreciar su propia función (v. 15-16), ni la de los demás (v. 21). Una creyente de edad avanzada o minusválida podrá sostener, a través de sus oraciones, por una palabra oportuna o simplemente por un servicio práctico, el celo de un predicador o de un anciano. Así, pues, que cada uno, como un buen administrador “de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10), emplee para los demás lo que ha recibido.


19 - 1 Corintios 13:1-13

Después de los diferentes miembros del cuerpo de Cristo: pie, mano, oreja, ojo, mencionados en el capítulo 12, es como si halláramos al corazón en el capítulo 13. Su papel es animar y dar la energía necesaria a los demás órganos. Notemos que el amor no es un don, como los del capítulo 12, sino el móvil necesario para el ejercicio de aquellos dones.

Es “un camino” abierto a todos y que conduce hacia todos (12:31). Así como un camino está hecho para que se ande por él, el amor sólo se conoce verdaderamente por la experiencia. Por esta razón, este maravilloso capítulo no nos da ninguna definición del amor. Hace una lista no completa, pero sí suficiente como para humillarnos profundamente, de lo que el amor hace y sobre todo de lo que no hace. Ese camino fue el de Cristo en este mundo; y notemos que su nombre puede sustituir la palabra amor en este capítulo sin cambiarle el sentido (véase 1 Juan 4:7-8).

Nuestro conocimiento de las cosas aún invisibles es parcial, indefinido y precario. Pero pronto veremos “cara a cara”. Entonces, nuestro Salvador –que nos conoce a la perfección– nos hará entrar en el completo conocimiento de sí mismo (v. 12; Salmo 139:1); así el imperecedero amor será perfecta y eternamente satisfecho en nuestro corazón y en el Suyo.


20 - 1 Corintios 14:1-19

Muchos se quejan de la debilidad actual debida a la ausencia de dones en las iglesias. Pero, ¿los anhelan como el versículo 1 los invita a hacerlo? El Señor tal vez se ha propuesto confiarle cierto don, y espera notar en usted ese anhelo para recibirlo.

Pídaselo… junto con la humildad que le impida vanagloriarse de ese don que no es para uso propio, sino “para edificación de la iglesia” (v. 12).

Los corintios empleaban sus dones para su propia gloria y ello originó un grandísimo desorden. El apóstol los induce a tener una justa apreciación de las cosas y les muestra que el don del cual más se vanagloriaban –el don de lenguas– era precisamente uno de los menos importantes (v. 5). En cambio, el don de la profecía era y sigue siendo particularmente deseable. No implica, como otrora, la revelación del porvenir, sino que “el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación” (v. 3).

El versículo 15 nos recuerda que tanto para orar como para cantar es necesaria la participación de nuestra inteligencia. A menudo nos distraemos en la presencia del Señor, cuando es necesario que pensemos en lo que expresamos ante Dios. Apliquémonos a meditar en profundidad, encomendando nuestro espíritu a la guía del Espíritu Santo.


21 - 1 Corintios 14:20-40

El don de lenguas no fue otorgado para edificar a la Iglesia, ni para evangelizar, sino para convencer a los judíos incrédulos de que Dios ofrecía la gracia a las naciones (v. 21-22), hecho que hoy en día ya no es necesario demostrar. La palabra clave de este capítulo es la edificación; es la prueba a la cual debe someterse toda acción. Lo que me propongo decir o hacer, ¿es realmente para el bien de mis hermanos? (Efesios 4:29). Además, si tengo en cuenta su provecho, siempre hallaré una bendición para mí mismo. Por el contrario, si pienso en mi interés o mi gloria, finalmente resultará una pérdida para los demás y para mí (véase 1 Corintios 3:15).

Dos condiciones más rigen la vida de la Iglesia: la decencia y el orden (v. 40). Son los dos diques entre los cuales debe ser encauzada la corriente del Espíritu. Imponen reglas prácticas relativas al sentido común (v. 26-33) o al orden divino (v. 34-35). El apóstol no quería que los corintios fuesen ignorantes (12:1). Sin embargo, si alguien descuida su instrucción en lo tocante a la Iglesia, ¡que permanezca ignorante (v. 38)! Dios es un Dios de paz (v. 33) y quiere que la Iglesia, respondiendo a sus propios caracteres, sea el lugar al que pueda traer a los inconversos, quienes reconocerán allí Su presencia (v. 24-25).


22 - 1 Corintios 15:1-19

Una grave cuestión quedaba por resolver: algunas personas en Corinto negaban la resurrección.

Pablo demuestra que esta doctrina no se puede tocar sin derrumbar todo el edificio de la fe cristiana. Si la resurrección no existe, Cristo mismo no ha resucitado; su obra no ha recibido la aprobación de Dios; la muerte queda invicta y nosotros estamos aún en nuestros pecados. En consecuencia, el Evangelio no tiene sentido y nuestra fe pierde todo su sustento. La vida de renunciamiento y de separación del creyente se vuelve entonces absurda y, de todos los hombres, el cristiano es el más digno de conmiseración.

¡Bendito sea Dios! No es así, sino que: “Ha resucitado el Señor verdaderamente” (Lucas 24:34). Pero, ante la importancia de esa verdad, comprendemos por qué Dios tuvo tanto cuidado para establecerla.

Primeramente a través de las Escrituras (v. 3-4); luego por los testigos irrecusables en razón de su calidad: Cefas (Simón Pedro), Jacobo y Pablo mismo (aunque se declara indigno de ello); o por su número: unos quinientos hermanos a quienes se podía preguntar al respecto. Seguramente muchos de nuestros lectores, sin haber visto con sus propios ojos al Señor Jesús, habrán experimentado por sí mismos que su Salvador vive (Job 19:25).


23 - 1 Corintios 15:20-34

Cristo resucitado no hizo más que preceder a los creyentes que “durmieron” y que resucitarán cuando él venga. En cuanto a los demás muertos, sólo más tarde se les restituirá la vida, cuando tengan que comparecer ante el trono del juicio (véase Apocalipsis 20:12). Sólo entonces “todas las cosas” serán definitivamente sujetas a Cristo. Después de esto, el pensamiento se pierde en las profundidades de la bienaventurada eternidad en que Dios será finalmente todo en todos (v. 28).

Una vez cerrado el glorioso paréntesis de los versículos 20 a 28, el apóstol muestra cómo el hecho de creer o no creer en la existencia de la vida futura determina el comportamiento de todos los hombres, empezando por el suyo (v. 30-32). ¡Cuántos desdichados hay cuya religión se resume en estas palabras: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”! (v. 32). Se persuaden a sí mismos de que no existe nada más allá de la tumba, para así animarse a gozar sin trabas de su breve existencia “como animales irracionales” (2 Pedro 2:12). En cuanto al creyente, su fe tendría que mantenerle despierto (v. 34), preservarle de asociarse a peligrosas compañías, impedirle comer y beber con los borrachos de este mundo (v. 33; Mateo 24:49). ¡Que la compañía del Señor y de los suyos nos basten hasta que él venga!

24 - 1 Corintios 15:35-50

¿Cómo será el nuevo cuerpo del creyente en la gloria? (v. 35). La Biblia jamás satisface nuestra curiosidad. “Necio…”, contesta ella a los esfuerzos de nuestra imaginación. Si presento al lector una semilla desconocida, no me podrá decir qué clase de planta saldrá de ella. Igualmente sucede con una oruga repugnante y apagada: nada deja prever la radiante mariposa que se desarrollará bajo todos los efectos de la luz.

Pero, para poder asistir a los pequeños milagros de la germinación o de la metamorfosis, es necesaria la muerte de la semilla (Juan 12:24) y el sueño de la crisálida. Del mismo modo, el redimido que se “durmió” aparecerá vestido de un cuerpo de resurrección. ¡Qué porvenir más prodigioso está reservado a ese cuerpo hecho con el polvo de la tierra, simple envoltura del alma! Resucitará “en incorrupción”: la muerte no tendrá más poder sobre él; “en gloria” y “en poder”: sin debilidad ni flaqueza; “cuerpo espiritual”: definitivamente librado del viejo hombre y sus deseos, instrumento perfecto del Espíritu Santo. Finalmente será semejante al de Cristo resucitado. Con esto ya tenemos bastantes y preciosas informaciones acerca de nuestro futuro estado… y motivos para glorificar a Dios desde ahora en nuestro cuerpo. “Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu” (1 Corintios 6:20).


25 - 1 Corintios 15:51-58 a 16:1-9

Esta magistral exposición de la doctrina de la resurrección no estaría completa sin una última revelación: no todos los creyentes pasarán por el sueño de la muerte. Los vivos no serán olvidados cuando Jesús venga. “En un abrir y cerrar de ojos” tendrá lugar la extraordinaria transformación que hará apto a cada uno para la presencia de Dios. Así como los invitados a la boda real de la parábola debían cambiar sus harapos por el glorioso vestido (Mateo 22:1-14), muertos y vivos vestirán un cuerpo incorruptible e inmortal. Entonces la victoria de Cristo sobre la muerte, de la que dio una prueba con su propia resurrección, tendrá su grandioso cumplimiento en los suyos.

Como toda verdad bíblica, este “misterio” debe tener una consecuencia práctica en la vida de cada redimido. Tenemos una esperanza “firme” (Hebreos 6:19); seamos firmes nosotros también, “constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”.

Nuestro trabajo nunca será en vano si lo hacemos “en el Señor” (v. 58). Aunque en la tierra ningún fruto haya sido visible, habrá una valoración en la resurrección.

El capítulo 16 ofrece un ejemplo de servicio cristiano: las ofrendas recogidas el primer día de la semana. Este servicio tiene mucha importancia para el corazón del apóstol y para el del Señor.


26 - 1 Corintios 16:10-24

Estos versículos contienen las últimas recomendaciones del apóstol Pablo, algunas noticias y finalmente los saludos que dirigió a sus queridos corintios. De entre ellos se complace en distinguir a hermanos abnegados y dignos de respeto: Estéfanas, Fortunato, Acaico, y los cita como ejemplo, pues “los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús” (1 Timoteo 3:13).

A los creyentes de Corinto que sólo se ocupaban en los efectos exteriores y espectaculares del cristianismo, Pablo subraya cuáles eran los motivos que debían hacerlos obrar: “Hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). “Hágase todo para edificación” (14:26). “Hágase todo decentemente y con orden” (14:40), y finalmente: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (16:14). Y con esta palabra amor, Pablo termina, sin embargo, una epístola muy severa (compárese con 2 Corintios 7:8). Sin tener en cuenta los partidos que existían en Corinto, él afirma: “Mi amor en Cristo Jesús esté con todos vosotros”. No obstante, dada esta condición (“en Cristo Jesús”), si algunos no amaban al Señor se excluían por sí mismos de esta salutación, y para ellos Su venida tomaba un solemne aspecto.

¡Maranata! (“el Señor viene”). ¡Que podamos esperarle con gozo!

27 - 2 Corintios 1:1-11

El apóstol Pablo no escribió su primera carta a los corintios como un censor o juez severo. Él mismo había sido humillado y turbado por las noticias recibidas de esa iglesia, tanto más cuanto que le habían llegado en un momento en que pasaba por una aflicción extrema en aquella ciudad de Éfeso, en donde tenía muchos adversarios (v. 8; 1 Corintios 16:9).

Pero aun semejante cúmulo de sufrimientos puede ser un motivo de gratitud, pues trae una doble y preciosa consecuencia. Primeramente, hace perder al creyente toda confianza en sí mismo (v. 9). En segundo lugar, le hace profundizar en las simpatías del Señor para con los suyos. La abundancia de los sufrimientos reveló al apóstol la abundancia de la consolación (v. 5). Una consolación siempre es personal, pero, al que la experimenta le permite entrar a su vez en las penas de los demás y expresarles una verdadera simpatía. El hecho de haber pasado por las pruebas con el sostén del Señor capacita a un creyente para dirigirse a los afligidos y orientar sus miradas hacia “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (v. 3).


28 - 2 Corintios 1:12-24

El apóstol Pablo no acostumbraba decir sí y pensar no (v. 17). Los corintios podían confiar en él; no hacía reservas mentales y daba prueba de la misma sinceridad en sus actos y decisiones de la vida diaria que cuando les había anunciado un Evangelio no falsificado (2:17 y 4:2, final). ¡Cuán importante es esto! Si un hijo de Dios falta a la verdad, induce a quienes le observan a poner igualmente en duda la Palabra de Dios, de la que él es un testigo tan poco fiable. Él, Pablo, manifestaba una perfecta rectitud, trátese de sus relaciones con el mundo o con los demás creyentes (v. 12). Él era mensajero de Aquel que es el “Amén, el testigo fiel y verdadero”, el Garante del cumplimiento de todas las promesas de Dios (v. 20; Apocalipsis 3:14).

Los versículos 21 y 22 nos recuerdan tres aspectos del don del Espíritu Santo: por él, Dios nos “ungió”, es decir, nos consagró para él y nos hizo aptos para captar sus pensamientos. Nos “ha sellado” o, dicho de otro modo, nos ha marcado como pertenencia suya. Finalmente nos “ha dado las arras”, prenda de nuestros bienes celestiales otorgándonos a la vez una primera prueba de su realidad y el medio de gozar de ellos “en nuestros corazones”. El apóstol también escribe a los efesios: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:13-14).


29 - 2 Corintios 2:1-17

El apóstol Pablo había atrasado su viaje a Corinto para que su primera carta tuviera tiempo de surtir efecto. Gracias a Dios, el trabajo de conciencia se había producido tanto en la iglesia como en el hombre que había sido excluido. Pero ahora los corintios corrían otro peligro, a saber: olvidarse de la gracia para con el pecador arrepentido. Habían pasado de una reprobable indulgencia a una severidad sin amor. Satanás siempre está dispuesto a hacernos caer de un extremo al otro. Sus medios varían, pero sus designios no cambian: busca aniquilar el testimonio dado a Cristo y retener a los hombres bajo su dominio. Hasta se sirve de las bromas referentes a él –tan corrientes en el mundo– para hacer olvidar sus temibles designios. Cuidémonos, pues, de toda ligereza respecto al diablo y su poder.

En medio de su inquietud por los corintios, el apóstol había dejado un hermoso campo de trabajo para ir al encuentro de Tito, quien le traía noticias de ellos. Pero Pablo fue consolado al pensar que, por donde iba, él difundía “el grato olor de Cristo” (v.

15). ¿Es perceptible este mismo perfume para todos los que nos conocen? Y ante todo, ¿lo es para Dios?

30 - 2 Corintios 3:1-18

Los hombres juzgaban la doctrina predicada por Pablo según el andar de los corintios. Eran su viviente carta “de recomendación” o, más bien, la de Cristo, cuyo nombre había sido escrito en sus corazones. Todos los creyentes son cartas de Cristo dirigidas por Dios a los que no leen la Biblia para que tengan a la vista un Evangelio vivido. ¡Ay!, pero esas cartas a menudo están manchadas o son indescifrables, en lugar de ser conocidas y leídas por todos (v. 2). Cuidémonos, pues, para que no haya sobre nuestros rostros un velo que impida nuestro resplandor cristiano: el velo de las preocupaciones, del egoísmo o del carácter mundano… Pero, ante todo, que no haya sobre nuestros corazones ningún velo (por ejemplo, una mala conciencia: v.

15) que intercepte los rayos que debemos recibir de Cristo, quien es amor y luz. Si un arbolito es colocado bajo un toldo, se marchitará. En cambio, si se lo expone a menudo al sol y a la lluvia, crecerá para llevar los frutos que se esperan de él. Lo mismo ocurre con nuestras almas. Si las mantenemos en la presencia de Cristo, por ese mismo hecho se opera en ellas una transformación gradual (pero inconsciente), de progreso en progreso, a semejanza de las perfecciones morales de Aquel que contemplamos en su Palabra (v. 18).


31 - 2 Corintios 4:1-15

Cada uno de nosotros ¿ha renunciado, como el apóstol, “a lo oculto y vergonzoso”? (v. 2). El corazón de Pablo era como un espejo; reflejaba fielmente a su alrededor cada rayo que recibía. Y, ¿cuál era el objeto que resplandecía en él y que manifestaba a los demás? “La gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (v. 6). Ese conocimiento de Cristo en la gloria, ¡qué tesoro era para Pablo! Él sólo era un vaso que contenía ese conocimiento; un pobre vaso de barro, frágil y sin valor propio. Si el instrumento de Dios se hubiese destacado por brillantes cualidades humanas, habría llamado la atención sobre sí mismo en detrimento del tesoro que debía presentar.

Los joyeros saben muy bien que un estuche demasiado lujoso tiende a eclipsar la joya exhibida; por eso exponen sus más hermosas alhajas sobre un simple terciopelo negro. Del mismo modo, el vaso de barro –Pablo– estaba atribulado, en apuros, perseguido, derribado… para que el tesoro –la vida de Jesús en él– fuese plenamente manifestado (v. 10).

Las pruebas de un creyente contribuyen a despojarle de todo brillo personal para que resplandezca aquel del cual el creyente es, en cierto modo, sólo el pie de la lámpara.


32 - 2 Corintios 4:16-18 a 5:1-10

¡Cómo nos cuidamos para conservar y hacer prosperar “nuestro hombre exterior”! (v. 16). ¡Ojalá nuestro hombre “interior” pudiera ser tan bien tratado! Lo que renovaba el corazón del apóstol era ese eterno peso de gloria, incomparable con la tribulación que atravesaba. Andando “por fe” y “no por vista” (5:7), con las miradas de su alma fijas en las cosas que no se ven pero que son eternas, él gozaba ya de las arras del Espíritu (v. 5); por eso no desmayaba (4:1 y 16).

¡Qué temor y ardor debería producir constantemente en nosotros el pensamiento del tribunal de Cristo! Nuestra salvación está asegurada; no compareceremos ante él para condenación sino que, como en una película, toda nuestra vida se desarrollará allí, revelando todo lo que hayamos hecho, “sea bueno o sea malo”, y recibiremos ganancias o soportaremos pérdidas. Pero, al mismo tiempo, el Señor mostrará cómo su gracia supo sacar su brillo aun de nuestros pecados. Un artista que termina de restaurar un retrato deteriorado le da valor poniendo al lado la fotografía del cuadro inicial. Así como a menudo mostramos poca sensibilidad frente al pecado, también valoramos poco la gracia que nos perdona y nos soporta. El tribunal de Cristo nos hará experimentar toda la inmensidad de ella.


33 - 2 Corintios 5:11-21

El apóstol Pablo deseaba fervientemente la gloria celestial (v. 2) pero, mientras tanto, con el mismo fervor procuraba ser agradable al Señor (v. 9).

Al no tener nada que ocultar a Dios ni a los hombres, no vivía más para sí mismo; en cuerpo y alma era el esclavo de Cristo, quien había muerto y resucitado por él (v. 15). Ahora bien, el Señor lo había llamado –como a cada redimido– a una muy alta función: la de embajador del soberano Dios para ofrecer, de parte de Él, la reconciliación al mundo. A fin de cumplir con esta misión y persuadir a los hombres, dos grandes motivos apremiaban al apóstol: la solemnidad del juicio, pues conocía el temor que se debe al Señor (v. 11), y el amor de Cristo por las almas, amor sin el cual el más elocuente predicador sólo es metal que resuena (v. 14; 1 Corintios 13:1).

¿En qué consiste el mensaje de la reconciliación? Cristo, el único hombre sin pecado, fue identificado, sobre la cruz, con el pecado mismo a fin de expiarlo. Así Dios anuló, por gracia, el pecado que nos separaba de él (v. 21). “Las cosas viejas pasaron”. Dios no las remienda. Se complace en hacer todas las cosas nuevas; sí, en hacer de usted también una nueva creación (v. 17). Pero primeramente, ¿está usted reconciliado con él? “Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (v. 20).


34 - 2 Corintios 6:1-18 a 7:1

“Nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia…” (v. 4; 12:12). Aquí está lo que recomienda a todo siervo de Dios. Mejor que cualquier discurso, la manera en que Pablo soportaba las pruebas demostraba el valor de su Evangelio.

¡Qué hombre extraño es el creyente! En cierto modo, tiene dos caras: A los ojos del mundo parece estar en el oprobio, ser engañador, desconocido, entristecido, pobre... Pero, ¿qué es ante Dios? Veraz, bien conocido, siempre gozoso, en una palabra, poseyéndolo todo (v. 8-10). Ésta es su verdadera cara.

Las exhortaciones que siguen pueden parecer de mente estrecha y severa, pero proceden del corazón “ensanchado” del apóstol (v. 11). La palabra separación nos repulsa y, sin embargo, la santidad significa apartarse para Dios (véase Levítico 20:26).

“Perfeccionando la santidad” (7:1) equivale necesariamente a apartarse. La separación del mundo no se aplica sólo a tal proyecto de matrimonio desigual (v. 14 y 15). La separación del mundo religioso (v.

16-18) ofrece incomparables compensaciones: la presencia del Señor Jesús “en medio” de los suyos y el gozo de relaciones bendecidas con nuestro Dios y Padre. Por último tenemos la separación del mal bajo cualquier forma (7:1).


35 - 2 Corintios 7:2-12

El amor de Cristo apremiaba a Pablo con respecto a los corintios (5:14). Cuando les escribió su primera y severa carta, ese amor era igual de verdadero y grande. Pero ahora su corazón está a sus anchas; puede dejar que sus afectos hablen libremente. Recordamos a nuestros jóvenes lectores que quienes les reprenden y advierten con más severidad, generalmente son los que más los aman.

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo”, dice el Señor (Apocalipsis 3:19).

La iglesia había juzgado el mal que se hallaba en ella; había demostrado que era recta y limpia (v.

11); si había tolerado un horrible pecado, lo había hecho por ignorancia y negligencia. No obstante, los corintios habían tenido que humillarse por su estado, pues éste había permitido que semejante mal apareciera en medio de ellos y habían sido contristados según Dios.

El versículo 10 nos muestra que el simple pesar, la vergüenza y el remordimiento no son el arrepentimiento. Éste consiste en emitir el mismo juicio que Dios emite sobre nuestros pecados; en reconocer el mal y abandonarlo, trátese de actos cometidos antes o después de la conversión (Proverbios 28:13).

El arrepentimiento es el primer fruto de la fe. Ser contristados según Dios es, pues, en sí un hecho regocijador (v. 9). ¿Ha experimentado el verdadero arrepentimiento?

36 - 2 Corintios 7:13-16 a 8:1-83

La obediencia de los corintios había motivado el gozo y el afecto de Tito y, en consecuencia, había regocijado y confortado doblemente al apóstol Pablo (7:13 y 15). Pero aún estaban lejos de tener el celo de los creyentes de Macedonia (8:1-5). Estos últimos no habían dado sencillamente tal o cual parte de sus recursos y de su tiempo, sino que se habían dado a sí mismos por completo. No habían aguardado, como algunos, el final de la vida para ofrecer a Dios sólo un pobre resto de sus fuerzas; se habían dado “primeramente”… Tampoco habían empezado con “el servicio para los santos” (v. 4). No; se dieron primeramente al Señor. Y ese primer don había acarreado todos los demás. También pertenecían a los apóstoles, por ser ellos siervos del Señor.

¿Era esto algo penoso para los macedonios? ¡Todo al contrario! “La abundancia de su gozo” podía soportar una gran “prueba de tribulación”, y “su profunda pobreza” cambiarse “en riquezas de su generosidad” (v. 2). Lo que llamaríamos fácilmente una carga, ellos lo llamaban un “privilegio” (v. 4).

¡Que Dios nos otorgue esa misma dichosa consagración a nuestro Señor, a quien tenemos el privilegio de poder servir, sirviendo a los suyos!

37 - 2 Corintios 8:9-24

¿Qué era el amor de los macedonios en comparación con el supremo ejemplo de “nuestro Señor Jesucristo”? Ellos no habían escogido por sí mismos “su profunda pobreza” (v. 2). Pero él, el “heredero de todo” (Hebreos 1:2) se humilló haciéndose pobre, dejando sus glorias celestiales para nacer en un establo y ser aquí abajo “el pobre”, Aquel que no tenía dónde recostar su cabeza (véase Salmo 40:17 y 41:1; Lucas 9:58). ¿Para qué? Para enriquecernos con esas mismas glorias y hacer de nosotros sus coherederos. ¡Adorable misterio de la gracia! Los corintios no habían llevado completamente a cabo su feliz deseo de ayudar a las iglesias. El apóstol les escribe que está bien el querer, pero que el hacer vale aun más. ¡Ay!, nuestras buenas intenciones a menudo no van más allá de simples intenciones: esa Biblia o ese calendario bíblico que se pensaba regalar, esa visita que se quería hacer a un enfermo, ese pequeño favor que se podía hacer… Que Dios nos dé la misma prontitud tanto para el querer como para el hacer (v. 11-12). Es él quien produce lo uno y lo otro en nosotros “por su buena voluntad” (Filipenses 2:13), pero el retraso entre el movimiento del corazón y el de la mano proviene de nuestra negligencia.

La preocupación del apóstol Pablo era ser guardado no sólo de toda deshonestidad, sino también de toda apariencia de mal ante los hombres (v. 21).


38 - 2 Corintios 9:1-15

Para no tener vanos pesares en el día de la cosecha, sembremos –es decir, demos– a manos llenas durante la actual estación de la siembra (v. 6; Lucas 6:38; Deuteronomio 15:10). Lo que Dios ponga en nuestro corazón, hagámoslo, y hagámoslo alegremente. Lo que guardamos para nosotros no nos enriquecerá, y lo que damos no nos empobrecerá jamás (Proverbios 28:27). La gracia de Dios nos asegurará la provisión “siempre en todas las cosas”, no de todo lo que nos gustaría, sino de “todo lo suficiente” (v. 8). Los versículos 11 y 14 nos recuerdan que la generosidad desinteresada produce, en los que son ayudados, acciones de gracias hacia Dios y oraciones a favor de los dadores. Aunque el apóstol parte de un asunto que podríamos considerar secundario como es la beneficencia, sabe dirigir nuestros pensamientos hacia los más gloriosos temas, como la humillación del Señor (8:9), y el don inefable de Dios (v. 15). Apliquémonos a pasar así de los pequeños hechos que constituyen nuestra vida cotidiana a las dichosas verdades de nuestra fe. Una sencilla comida, un encuentro familiar, un regalo hecho o recibido con cariño, son oportunidades para dar gracias a Dios y pensar en el Don por excelencia: el que el Dios de amor hizo al mundo al enviarle su Hijo (véase Juan 3:16).


39 - 2 Corintios 10:1-18

El apóstol Pablo no había ido a los corintios “con vara” (1 Corintios 4:21) para reprimir el mal personalmente. Había preferido escribirles y aguardar el efecto que su carta produjera. Pero algunos habían aprovechado la paciencia del apóstol y su ausencia para menospreciar su ministerio. La humildad, la mansedumbre y la ternura cristianas que Pablo manifestaba (v. 1) eran pretextos para despreciarle.

El hombre natural sólo admira lo que tiene brillo; juzga “según la apariencia” (v. 7). Pero las armas de un soldado de Jesucristo no son carnales (v. 4). El capítulo 6 de la carta a los Efesios las enumera.

Recordemos cómo Gedeón, Sansón, Jonatán, David, Ezequías –por citar algunos– obtuvieron sus más grandes victorias. Y no nos dejemos seducir por cualidades humanas tales como la elocuencia o el encanto personal. Sigamos la Palabra de Dios y no al que la presenta, por más don que tenga y aun cuando hayamos sido bendecidos por medio de él.

Los hombres se comparan consigo mismos y se enorgullecen; actitud nada juiciosa (v. 12). Nosotros, creyentes, tenemos un modelo perfecto para el andar y el servicio: ¡Jesús! El contemplarlo nos guardará siempre en la humildad.


40 - 2 Corintios 11:1-15

Falsos apóstoles buscaban reemplazar a Pablo en el corazón de los corintios. Por tal razón, éste se vio obligado a hablar de sí mismo, y es lo que llama su “locura”; pero no es con el objetivo de ganarse el afecto de los creyentes en provecho propio (véase 12:15). Era celoso por Cristo y reivindicaba con vehemencia el amor de ellos para el único Esposo de la Iglesia.

Los corintios corrían el riesgo de prestar oídos a un evangelio diferente (v. 4). Eran menos espirituales que los efesios, quienes habían probado “a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son” (Apocalipsis 2:2), y los hallaron mentirosos. Muchos cristianos corren el mismo peligro porque les parece que en el fondo, el verdadero cristianismo es demasiado exigente. En cambio, soportarán mejor un evangelio que exalte al hombre y otorgue lugar a la naturaleza humana.

Detrás de esos obreros engañadores, el apóstol desenmascara a Satanás, el amo de ellos. Otrora resplandeciente querubín (Ezequiel 28:12-14), todavía sabe tomar esa apariencia para tentar a los hombres con su astucia, tal como lo hizo con Eva (v.

3 y 14). Además, es más peligroso cuando se presenta como sutil serpiente que cuando nos ataca de frente como el “león rugiente” (1 Pedro 5:8). ¡Desbaratemos sus ardides permaneciendo apegados a la Palabra del Señor!

41 - 2 Corintios 11:16-33

Estas arremetidas contra el ministerio de Pablo brindan al Espíritu Santo la oportunidad de darnos una idea más clara de sus trabajos y fatigas. Sí, él era ministro de Cristo y podía enumerar las pruebas de ello: una larga lista de sufrimientos soportados a causa del Evangelio. Los versículos 23 a 28, y 31, 32 nos muestran en qué consistía lo que el apóstol llama su “leve tribulación momentánea” en el capítulo 4:17.

Pero, ¿cuál era el divino recurso que le sostenía para soportar esas cosas excepcionales? “Un eterno peso de gloria” estaba constantemente en su pensamiento: Cristo glorificado, su eterna remuneración.

Queridos amigos, retengamos este secreto: Cuanto más dediquemos nuestros pensamientos al Señor, tanto menos tiempo nos quedará para pensar en nuestras pequeñas dificultades (¿y qué son ellas al lado de las tribulaciones del gran apóstol?).

Cuanto más pese el eterno amor divino en la balanza de nuestros corazones, tanto menos importancia tendrán las circunstancias momentáneas y menos nos agobiarán. Sin embargo, existe una cosa que nunca nos apremiará demasiado: “la preocupación por las iglesias” (v. 28). Ésta se manifiesta, en primer lugar, mediante las oraciones. ¡Que el Señor nos dé amor por su amada Iglesia y por cada uno de sus miembros!

42 - 2 Corintios 12:1-10

“Un hombre en Cristo” es alguien que ya no anda “conforme a la carne” (Romanos 8:1), es decir, sobre quien la carne perdió sus derechos. “Nueva criatura es” (5:17). Su posición ante Dios es la de Cristo mismo y, por la fe, ya ocupa esa posición en el cielo.

Pero Pablo fue arrebatado realmente hasta el cielo durante un momento inolvidable. Y ¿qué le ocurrió en el paraíso? Oyó el lenguaje del cielo, que no puede ser traducido a los idiomas de los hombres (v. 4).

¡Qué favor extraordinario! Pero esa experiencia única constituía un certero peligro para el apóstol.

Para evitar que se enorgulleciera, le fue dado “un aguijón” en su “carne”: tal vez una penosa dolencia que tendía a volverle menos apreciable en su predicación oral (véase 10:1, 10 y Gálatas 4:14). El apóstol ruega: Señor, quítamelo, si no mi servicio sufrirá por ello… “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”, fue la contestación del Señor. Contrariamente a las apariencias, ese aguijón era un resultado de esa gracia. Servía a Pablo para subyugar la naturaleza pecaminosa que estaba en él. Sí, para el que vive por la fe, las dolencias y las pruebas son valiosas, pues contribuyen a volver débil al hombre carnal para dejar que el poder de Dios se manifieste (v. 9-10; 4:7).


43 - 2 Corintios 12:11-21

¡Qué sentía el apóstol Pablo al oír las suposiciones que se hacían a su respecto, los motivos interesados y las astucias que se le atribuían! (v. 14 y 16; 7:2-3; compárese con Hechos 20:33). Todo al contrario: por una conducta irreprochable, juntamente con sus compañeros de obra, no había dejado de andar “en las mismas pisadas” de Cristo (v. 18). Si responde largamente a esas calumnias, no es para justificarse, sino porque tiene en vista “la edificación” de sus amados corintios (v. 19; 1 Corintios 14:26, final). Efectivamente, no reconocer el ministerio del apóstol venía a ser lo mismo que rechazar también la autoridad de la divina Palabra que él anunciaba. Hoy en día ¡cuántos supuestos cristianos rechazan tal o cual parte de la Palabra, particularmente las epístolas de Pablo! Los versículos 20 y 21 muestran a qué pecados conduce esa negligencia y ese menosprecio.

Así, en este capítulo hallamos el más glorioso estado al cual puede ser elevado un cristiano… y la más miserable condición en la que puede caer… ¡Qué contraste entre esa elevación al tercer cielo y esa vil degradación carnal! ¡Y el cristiano es capaz de ambas cosas! ¡Qué lección y advertencia para cada creyente!

44 - 2 Corintios 13:1-14

El tema de la primera epístola a los Corintios es la Iglesia (o Asamblea). La segunda nos habla del ministerio o servicio cristiano. En ella encontramos los sentimientos, las súplicas, las fatigas, las penas morales y físicas del siervo del Señor.

Pablo no era más que un débil instrumento; pero no deseaba una mejor porción que la de su Señor en la tierra. Cristo había vivido aquí abajo en la humillación, había sido “crucificado en debilidad”; pero ahora vive resucitado por el poder de Dios (v.

4).

Al terminar su epístola, Pablo dirige una última oración a Dios a favor de sus amados corintios. Ésta se resume en una palabra: su “perfección”. Pero al mismo tiempo los exhorta: “perfeccionaos” (v. 11).

Porque pedir la ayuda del Señor no dispensa de aplicarse con celo a hacer progresos en el andar y el servicio cristianos.

“Tened gozo”, les dice aun, “consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz” (v. 11). Que cada uno de nuestros lectores se apropie de estas exhortaciones y goce de la promesa que está ligada a ellas.

Sí, que “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (v. 14).