La Iglesia del Dios viviente n°9 – El lugar de la mujer – R. K. Campbell

Category: Libros,

Leer en PDF

El lugar de la mujer

Su lugar en la creación
Su lugar en la caída
Las santas mujeres de antaño
Su lugar bajo la ley
Su lugar en la dispensación de la gracia
Su lugar en la casa
Enseñar en público
Su lugar en la asamblea
Cubrirse la cabeza
Lo vergonzoso de una cabeza no cubierta
¿Cabello largo en lugar de velo?
No hay tal costumbre entre nosotros

Ejemplos de la Escritura

Ninguna posición pública
María la profetisa
Las mujeres en Éxodo 35:22-26
Débora
La mujer de Sunem
Mujeres del Nuevo Testamento
Adorno y vestido

Los términos «iglesia» y «asamblea» son equivalentes.
Serán usados en estas páginas indiferentemente. El de «asamblea» tiene la ventaja de que su forma recuerda sin cesar su significación, más frecuentemente perdida de vista en la palabra «iglesia». Por otra parte, este último término puede prestarse a confusión, por cuanto es reivindicado por denominaciones religiosas particulares.

 

El lugar de la mujer

Todo lector cuyo interés sea el bienestar de otros y no exclusivamente el suyo, estará de acuerdo en que Dios ha dado a la mujer un lugar especial y maravilloso en la familia y en la sociedad. También el lector podrá reconocer que la mujer está capacitada de un modo especial para ocupar un lugar que ningún hombre podría llenar de manera satisfactoria. Las Escrituras, desde el principio hasta el fin, nos muestran el lugar especial asignado a la mujer. Presentan su lugar en la creación, en la caída de la humanidad, bajo la ley en el Antiguo Testamento y bajo la gracia en el Nuevo Testamento. Vemos también, a través de la Palabra de Dios, que la mujer tiene su propia esfera de servicio y que ésta es una esfera bendita y necesaria.
El tema que abordaremos en estas páginas es el lugar que, según las Escrituras, le corresponde a la mujer dentro de la Iglesia. Sin embargo, para entender este tema adecuadamente, será de gran ayuda que consideremos primero el lugar de la mujer en la creación, en la caída, en el hogar y bajo la ley. Discernir el lugar que Dios le ha dado en todas estas esferas nos dará la información básica o «de fondo» para considerar y entender el lugar bíblico de ella en la Iglesia.

Su lugar en la creación

En Génesis 2 podemos ver que el hombre fue creado primero y que, de la costilla de Adán, Dios hizo una mujer y la trajo al hombre para que fuera su ayuda idónea. En 1 Corintios 11:8-12 el Espíritu de Dios hace el siguiente comentario sobre esto: “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles. Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios”. Aquí hay una presentación de la verdad en cuanto a la relación del hombre y la mujer. Es una presentación sagaz y precisa que, por otra parte, es expresada de una manera exquisita.
El solo hecho de que la mujer haya sido tomada del hombre prueba su igualdad con él. Ella no es inferior, sino igual a él, su “ayuda idónea”. Hay igualdad, pero junto con la igualdad hay diversidad. La mujer fue hecha para el hombre y para estar con él a su lado. Nunca fue el propósito de Dios que la mujer fuera una criatura independiente, apartada del hombre. Fue Su propósito que ella se asociara con él y que juntos fueran una sola carne, simbolizando la unión de Cristo y su prometida esposa, la Iglesia. La mujer nunca resplandece tan brillantemente como cuando está cumpliendo cabalmente el oficio para el cual fue creada. Este objetivo es, ante todo, ser la “ayuda idónea” del hombre.
No obstante, debemos notar que el solo hecho de que la mujer haya sido creada del hombre indica que él es su cabeza.
Ésta es la conclusión que el Espíritu de Dios pone ante nosotros en los versículos de 1 Corintios 11 que hemos citado más arriba. Por lo cual en vista de su lugar en la creación “la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza (es decir, una señal de la autoridad del hombre, a la cual ella está supeditada), por causa de los ángeles” (v. 10). El apóstol dice: “...quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer” (v. 3). Por causa de este orden divino en la creación, la mujer debe reconocer la jefatura del hombre.
Y ella debe llevar en su cabeza la señal de esa autoridad. Esto quiere decir que debe cubrir su cabeza, especialmente cuando ora o profetiza y cuando está en la asamblea (v. 5-10). Los ángeles deben ver el orden de Dios tanto en la creación como en la Iglesia.
Más adelante tendremos algo que agregar con referencia al cubrimiento de la cabeza por parte de la mujer. Por ahora no haremos más que referirnos a esto en conexión con el lugar de la mujer en la creación, la cual reconoce al hombre como su cabeza. La cubierta, según la Escritura, prueba de una manera visible este reconocimiento.
En 1 Corintios 11:14-15 el apóstol se refiere a la naturaleza como evidencia adicional de aquella distinción que existe entre el hombre y la mujer y del apropiado lugar de sujeción que a ésta le corresponde. “La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello”. Dios le ha dado cabello largo a la mujer y cabello corto al hombre a fin de establecer una característica que haga distinción entre ellos. A la mujer le es natural tener el cabello largo, así como al hombre le es natural tener cabello corto.
El cabello largo, en las Escrituras, generalmente es un símbolo de dependencia, sumisión y modestia, atributos que deben caracterizar a la mujer como “vaso más frágil”, al cual el hombre ha de dar honor (1 Pedro 3:7). El pasaje de 1 Corintios 11 habla del cabello de la mujer como de una gloria. Una mujer manifiesta la gloria y la belleza puestas sobre ella solamente cuando permanece en el lugar de dependencia y sujeción dado por Dios, al mismo tiempo que mantiene su carácter femenino. Cuanto más femenina sea la mujer, tanto más bella es a los ojos de Dios. Cuanto más trate de parecerse al hombre, tanto más pierde su verdadera belleza y virtud.
La expresión “La naturaleza misma ¿no os enseña...?” da pie a una aplicación más extensa de nuestro tema. La constitución física y el temperamento del hombre y los de la mujer difieren mucho el uno del otro. En su sabiduría, Dios puso grandes diferencias entre las características físicas, mentales y emocionales del hombre y las de la mujer. Le ha dado al hombre superior altura, fuerza y capacidad para razonar. En contraste feliz, Dios ha dado a la mujer gracia, natural dulzura y viveza mental, todo lo que la capacita para desempeñarse en el círculo doméstico. Es muy evidente que el Creador los ha constituido así por naturaleza para ocupar lugares diferentes y separados. Es igualmente notorio que se deben completar o complementar el uno al otro.
De tal manera sabemos, a través de la creación y la naturaleza, que la mujer tiene en la sociedad un lugar distinto al del hombre. Más tarde veremos que el lugar que Dios le ha dado en la Iglesia está en armonía con su lugar en la creación y en la naturaleza. Su lugar en la creación fija su lugar en la Iglesia.
Su sitio en la naturaleza es ilustrativo de su lugar en la gracia, o sea su relación como una mujer cristiana con Dios. Los dos lugares son inseparables. Dios no da a la mujer ni al hombre un lugar en la Iglesia que contradiga el lugar que a ellos les corresponde en la creación y en la naturaleza.

Su lugar en la caída

Hemos visto a través de la creación que el lugar o posición de la mujer es de sujeción a su cabeza y de compañerismo con su esposo. Ahora consideraremos qué parte tuvo ella en la caída de la humanidad en el huerto del Edén y qué posición fue la que se le dio como resultado de este hecho. Merced a la narración divina consignada en Génesis 3 nos damos cuenta de que la serpiente tentó a Eva para que tomara el fruto prohibido. Fue ella la que lo tomó, lo probó y lo dio también a su marido, el cual comió así como lo había hecho ella (v. 1, 6). Como resultado de esto, Dios dijo a Eva: “Con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16).
Aquí vemos a la primera mujer, Eva, dejando su lugar natural de dependencia para tomar la iniciativa. En vez de rechazar las insinuaciones de la serpiente y procurar la ayuda y la protección del compañero que Dios le había dado como cabeza, actuó independientemente. Fue engañada por el diablo y desobedeció el mandamiento de Dios. Por eso, Él pronunció la sentencia definitiva, según la cual el lugar de la mujer sería el de subordinación a su marido.
Por otra parte, no necesitamos sacar de estos hechos nuestras propias conclusiones, porque en 1 Timoteo 2:11-14 el Espíritu de Dios se refiere a este engaño del que fue víctima Eva. Tal pasaje muestra este engaño como una razón por la cual a la mujer del tiempo de la Iglesia no le es permitido usurpar la autoridad masculina. El pasaje en cuestión reza así: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión”.
Aquí tenemos dos razones que explican por qué la mujer no ha de enseñar en la Iglesia. Una razón es el primer lugar de Adán en la creación, lo cual implica su jefatura. La otra razón es que la engañada por la serpiente fue la mujer. Adán no fue el engañado, sino que lo fue su mujer. Él pecó con los ojos abiertos y fue más culpable que su esposa, pero Eva fue la engañada. Tal fue su parte en la caída de la humanidad. Se mostró a sí misma como líder bastante deficiente en este aspecto. Por eso, en el sabio gobierno de Dios, se le priva a ella de cualquier lugar de autoridad o de facultad para enseñar dentro de la Iglesia. Vemos, pues, que ya desde el huerto del Edén recibimos el primer aviso –el aviso más poderoso– contra cualquier tipo de jefatura por parte de la mujer. Es de veras una señal de vívida advertencia, dada al principio mismo del viaje del hombre por el mar del tiempo.
Alguien ha hecho notar lo siguiente: «Cuando las mujeres dejan su lugar, parecen ser las víctimas del diablo. Es una mujer, en una de las parábolas del Evangelio, quien esconde la levadura en tres medidas de harina (Mateo 13:33), figura de la introducción de los principios corruptos que han penetrado en la cristiandad (por cristiandad entendemos aquellos que profesan ser cristianos, sean verdaderos
creyentes o personas sin la vida que dicen ser cristianos). Fue una mujer, Eva, la que incurrió en transgresión.
En 2 Timoteo 3:6 leemos que son mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias, aquellas a quienes hombres malvados llevan cautivas en los tiempos peligrosos de estos postreros días. Pero, antes de continuar con diversos ejemplos, sería bueno puntualizar el hecho de que, cuando una mujer sale de su lugar, pueden suceder muchas cosas bastante desagradables y peligrosas. Veamos ahora lo que sigue. Es una mujer –Jezabel– quien históricamente representa en el Antiguo Testamento todo lo que es repugnante y perverso. En el Nuevo Testamento es representación figurativa de la corrupción eclesiástica y la depravación religiosa de la peor clase (1 Reyes 21; Apocalipsis 2:20).
En el día de hoy la gran mayoría de los mediums espiritistas son mujeres; el espiritismo moderno comenzó con mujeres: las hermanas Fox, en Norteamérica. Fue una mujer –la señora White– quien por sus blasfemias jactanciosas llegó a ser líder –y en gran parte la creadora– de aquel sistema conocido como el Adventismo del Séptimo Día.
La Ciencia Cristiana –que ni es cristiana ni es científica– debe su origen a una señora de apellido Eddy» (Una encuesta entre profesionales de la llamada Ciencia Cristiana en cierta gran ciudad revela que el 75 por ciento de aquéllos son mujeres). «La Teosofía, como se la conoce en el hemisferio occidental, fue popularizada por una mujer, la señora Blavatsky; la obra que ella estableció fue llevada adelante por otra mujer, la señora Besant» (A. J. Pollock).
Podemos agregar a esta lista el Movimiento de Lenguas de hoy en día, caracterizado por su fanatismo, etc. En este movimiento, las mujeres son sus líderes más prominentes y entusiastas.
No decimos esto para menospreciar a la mujer, porque moralmente ella tiene, por lo general, cualidades mucho más excelentes que las que podría ostentar el hombre. Además, por regla general, la mujer supera al hombre en su afecto y devoción a Cristo. No es cuestión aquí de la habilidad de la mujer.
Tenemos mucho gusto en reconocer que, en comparación con el hombre, ella no manifiesta ninguna inferioridad en cuanto a talento, cultura, discreción, modo de hablar, etc. El hombre tiene preeminencia sobre la mujer sólo en cuanto a su posición.
El punto que queremos establecer es meramente éste: cuando una mujer se aparta del lugar y la esfera de servicio que le han sido dados por Dios –cuando se pone a enseñar y a guiar– muchas veces llega a ser la víctima favorita de los engaños de Satanás. A menudo la mujer, así engañada, viene a ser propagadora de herejías y muchas mentiras. Ésta es la lección que deberíamos aprender de la historia de la mujer cuando está fuera del lugar que le corresponde.
En cambio, cuando la mujer guarda el lugar que Dios le ha dado, se convierte en un poder muy efectivo para el bien. Su presencia y poder al servicio de Cristo son, en la sumisión a Dios, vitalmente esenciales para el éxito y la continuidad de la Iglesia. La Biblia está llena de ejemplos de mujeres piadosas, fieles y devotas que prestaron grandes servicios para Dios en aquellas esferas que les habían sido divinamente asignadas.
De esto tendremos más que decir algunos párrafos más adelante.
Como resumen de todo cuanto hemos dicho hasta el momento, podemos expresar lo siguiente: Eva fue engañada por Satanás y tomó la delantera en la ejecución del primer pecado. Como consecuencia, la mujer fue puesta, en la administración gubernamental de Dios, en un lugar de subordinación al hombre, razón por la cual tiene que aprender en silencio y con toda sujeción. Otra consecuencia es que nunca podrá ejercer autoridad sobre el hombre. Esto es lo que sabemos en cuanto al lugar bíblico de la mujer por causa de su participación en la caída de la humanidad en el Edén. Esta condición que le ha sido divinamente asignada permanece inalterable en el período actual de la Gracia. Además, como ya lo hemos indicado, la historia de la mujer ha demostrado la sabiduría y la justicia que Dios manifestó al haber puesto un límite a la esfera de las actividades femeninas.

Las santas mujeres de antaño

Cuando el apóstol Pedro exhorta a las esposas en cuanto a su comportamiento, menciona a las santas mujeres de otros tiempos. Se refiere a la conducta de Sara como ejemplo. Estas palabras, dadas por el Espíritu Santo mediante Pedro, son útiles para el desarrollo de nuestro tema. Por eso las citamos aquí a continuación.
“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas” (1 Pedro 3:1-6).
Estas palabras son muy claras por sí solas y necesitan poca explicación. Nos presentan a Sara, mujer a quien juzgamos, según el Antiguo Testamento, como poseedora de una vigorosa y dominante personalidad. Se destaca como ejemplo de las santas mujeres de antaño que permanecían sujetas a sus maridos y que manifestaban una conducta casta. Esto nos da claramente la posición de la mujer en relación con el hombre y las prácticas seguidas por las piadosas mujeres de aquel entonces.

Su lugar bajo la ley

En conexión con lo anterior, deseamos hacer una breve referencia al lugar de la mujer bajo la ley. Cuando el apóstol Pablo escribió a la asamblea de Corinto para instruirla en cuanto al lugar de las mujeres en la Asamblea, dijo que debían estar “sujetas, como también la ley lo dice” (1 Corintios 14:34). Pablo no se refiere a un determinado pasaje o precepto, sino a todo el contenido del Antiguo Testamento. Durante toda la dispensación de la Ley encontramos que el lugar de la mujer fue el de sujeción y de obediencia, mas no el liderazgo o autoridad.
Así vemos con claridad que la creación, la caída y la ley coinciden en señalar el lugar de sujeción como la posición divinamente dispuesta para la mujer. Con este fondo bíblico, estamos ahora preparados para considerar el lugar de la mujer en esta dispensación (una dispensación es un período determinado de tiempo dentro del plan divino, período en el cual Dios pone a prueba al hombre en lo relacionado con su obediencia a alguna revelación específica de Su voluntad), o sea la de la Gracia. Este lugar le es asignado tanto en el hogar como en la Asamblea.

Su lugar en la dispensación de la gracia

Hasta ahora hemos considerado el lugar de la mujer en la creación, en la caída de la humanidad y bajo la ley. Habremos notado que la Escritura menciona su posición en cada una de estas esferas en conexión con instrucciones en cuanto a su lugar en la Iglesia. Ahora estudiaremos en particular el lugar de la mujer en el Nuevo Testamento, o sea en esta presente edad de la Gracia, mejor conocida como el período de la Iglesia.

Su lugar en la casa

Ya hemos mencionado el hogar por ser uno de los círculos dentro del cual es importante discernir la posición dada por Dios. El hogar viene naturalmente antes que la Iglesia en el orden moral y en el orden cronológico al ser el fundamento de toda la sociedad. Por eso, nos corresponde considerar primero el lugar especial que la Escritura da a la mujer en esta esfera tan bendita. Esto también nos ayudará a ver mejor la posición que Dios le ha dado en la Iglesia, porque es necesario que su lugar en el hogar y su lugar en la Iglesia estén en armonía. Si una mujer aprende a tomar el lugar que le es propio en el hogar, es muy probable que perciba el que le corresponde en la Iglesia.
La relación básica del hogar es la que hay entre el esposo y la esposa; luego, si hay hijos, existe la feliz afinidad entre padre, madre e hijos. En esta muy agradable relación de esposa y madre, bien vale la pena destacar que la mujer ocupa un lugar muy influyente en el hogar. Un hogar no es un verdadero hogar si no hay una esposa o madre piadosa que ocupe el lugar que le corresponde.
Previamente nos habíamos referido al lugar que Dios dio a Eva como la “ayuda idónea” para Adán. Dios se la trajo y ella tomó su lugar junto a él como su esposa y como la “ayuda idónea” provista por Dios. Fue creada para ser su cónyuge y compañera del alma, es decir, una carne con él. El hombre, como creado primero, fue su cabeza. Cuando ocurrió la caída, Dios dijo de una manera precisa que ella estaría sujeta a la autoridad de su esposo. Pero, por otro lado, es bueno recordar que ella no fue creada para ser sojuzgada por él, sino para estar a su lado como compañera, bajo su brazo para ser protegida por él y muy cerca de su corazón para ser amada. Éste es el lugar especial de la mujer casada como fue ordenado por Dios en la creación.
No obstante, desde la caída hasta la cruz no volvemos a oír nada del lugar apropiado de la mujer en la creación. Las naciones sin Dios la habían envilecido, la habían hecho la esclava del hombre. Por la ley (de Moisés) fue protegida de ser sojuzgada bajo ciertas circunstancias (Éxodo 21; Levítico 18:18).
Pero nunca, bajo el sistema de Moisés, tuvo ella su lugar propio con relación al hombre. Sin embargo, después de la manifestación del segundo hombre (Cristo) y la realización de Su obra de redención, un gran cambio tuvo lugar. El orden de la creación otra vez recibe la debida atención y la mujer alcanza de nuevo su verdadero lugar al lado del hombre.
Este lugar que es propio de la mujer lo encontramos expuesto en Efesios 5:22-33. Aquí se les dice a los esposos que amen a sus mujeres como a sus mismos cuerpos y como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Y a las esposas se les exhorta a estar sujetas a sus propios maridos, como al Señor, porque el marido es la cabeza de la mujer, así como Cristo lo es de la Iglesia. Por lo tanto, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo han de estar a sus maridos en todo. El esposo ha de amar a su mujer como a sí mismo.
La mujer, por su parte, es exhortada a respetar a su marido.
Éste es el orden asignado por Dios para el hombre y su esposa en el hogar dentro de esta dispensación de la Gracia.
Aunque la esposa ha de ser cuidada con ternura y mirada con el amor más alto por parte de su marido, ella, por su parte, debe reconocerle como la cabeza del hogar. Ha de sujetarse a él y respetarle. Ha de hacer esto “como al Señor” (Efesios 5:22), reconociendo que el Señor es el que dio autoridad a su esposo. Ha de recordar también que su sujeción a su esposo es una representación y un reflejo de lo que es la sujeción de la Iglesia a Cristo, su Cabeza. ¡Privilegio maravilloso de veras! En 1 Timoteo 5:14 se les dice a las viudas jóvenes que “se casen, críen hijos, gobiernen su casa”. Gobernar y guardar en orden el hogar es la obra especial de la mujer, pero el hombre es la cabeza responsable. Una mujer que asume la jefatura de la casa, menospreciando con ello a su esposo, ciertamente será infeliz y se sentirá miserable. Seguramente cosechará los amargos frutos de su rebelión. Esta cosecha será el espíritu de anarquía que se levantará entre sus hijos, criados en tal desorden. Las mujeres de hoy en día reclaman libertad y derechos iguales. El tema de la sujeción femenina no es popular entre muchas de ellas; es, por el contrario, desechado. No obstante, la voluntad de Dios no ha cambiado a ese respecto. Todavía es Su deseo y, lo que es más, Su mandamiento que la esposa esté sujeta al marido, la cabeza de la casa. Sin este fundamento no puede haber ni gozo ni bendición verdaderos en la vida del hogar.
Como hemos considerado ya la posición de la mujer en la vida matrimonial y en el hogar, ahora podemos considerar su servicio en esta esfera tan bendita, o sea en el hogar. Gran parte del tiempo de la mujer transcurre en la casa desempeñando los deberes comunes de la vida doméstica. Así se hace un gran servicio para Dios, porque Colosenses 3:23-24 dice: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor... porque a Cristo el Señor servís”. Al cuidar de las necesidades de su esposo y sus hijos y al mantener el hogar como un lugar reparador, como un lugar de ánimo y abrigo en un mundo colmado de problemas, una mujer ocupa de veras un lugar muy importante.
La madre es, en verdad, el centro y el corazón del hogar. Las atractivas cualidades del hogar dependen mayormente de la actitud y del espíritu de ella. La esposa prudente que maneja su hogar con sabia economía y ahorro y además lo adorna con amor y buen ánimo, es una bendición grande para su marido e hijos y para todos los que entran en su casa. El éxito del esposo o su ruina en la vida muchas veces dependen de cómo la esposa dirige el hogar. Muchos hombres de hoy en día en gran parte deben su posición en la vida a la sabiduría y buen juicio de sus esposas.
La práctica de aquella virtud –verdaderamente cristiana– de la hospitalidad en el hogar, se hace posible en gran parte por la influencia de la esposa. Éste es un gran servicio, necesario y de mucho valor en la Iglesia y ciertamente trae un rico premio de bendiciones inmediatas y futuras. De este modo las mujeres tienen una parte activa y verdadera en la obra de Cristo cuando abren sus hogares para los siervos del Señor, para el pueblo de Dios y para los inconversos. Para estos últimos, el acto hospitalario representa una oportunidad de oír el Evangelio y ser salvos. La historia de Aquila y Priscila, quienes invitaron a Apolos a su hogar y le enseñaron en una forma exacta el camino de Dios, es un ejemplo de la importancia de la hospitalidad (Hechos 18:26).
Uno de los servicios más valiosos de una madre en el hogar es la educación de los niños. Ésta es su obra especial, ya que pasa más tiempo con ellos del que podrían pasar con el padre.
Por consecuencia, ejerce una influencia poderosa sobre su vida, sea para bien o para mal. Nótese cuántas veces los libros de los Reyes y de las Crónicas especifican el nombre de las madres en conexión con varios de los reyes de Israel. El Espíritu de Dios señalaba así lo que probablemente fue la circunstancia más importante en la formación del carácter de los que gobernaron al pueblo de Dios: la influencia de la madre.
El fundamento del carácter del niño lo pone la destreza de la madre, ese instrumento que Dios utiliza con deleite en esta obra. El trabajo más importante de la madre, la obra que le ha sido divinamente asignada, está en el hogar con sus niños.
Debe entregarse por completo a su cuidado, entrenamiento y crianza. Si una madre desatiende esta obra vital en el hogar o la deja a cargo de otros mientras procura servir al Señor en otras esferas, deja su trabajo inconcluso. Seguramente fracasará al efectuar la obra de otro, para la cual ella no ha sido llamada. La enseñanza y el entrenamiento que los niños reciben de sus madres durante sus años tempranos serán de gran influencia durante su vida. En los primeros años su susceptibilidad es tierna y las impresiones hechas en mentes y corazones tan receptivos no se pueden borrar. Cuán importante, por lo tanto, es la obra de las madres en el hogar. No debe ser desatendida.
Merced a todo ello, podemos afirmar que la mujer encuentra su esfera especial –el lugar en donde servir y glorificar a Dios– en el círculo del hogar. Aquí, en su dominio privado y propio, ella resplandece con más brillantez y ejerce su máxima influencia en pro de lo bueno. La vida doméstica, muchas veces despreciada y abandonada por las mujeres hoy en día, es el lugar cuyos requisitos ella está mejor capacitada que nadie para llenar.
No queremos decir con esto que no hay servicio que la mujer pueda hacer ni obra que pueda realizar en la vida de una Asamblea. Declaramos tan sólo que el hogar o círculo doméstico es preeminentemente la esfera de servicio de la mujer. Y en esta esfera del hogar vemos que su lugar es de sujeción y sumisión a su esposo.
Con lo dicho hemos considerado principalmente la posición y el servicio de la mujer casada en la esfera del hogar. Las solteras también encontrarán un campo de verdadero servicio cristiano en el círculo doméstico. Ellas también pueden servir en cosas temporales como cuidar a los niños, a los enfermos y a los ancianos. O, con el trabajo de sus manos, pueden vestir a los menesterosos como lo hizo Dorcas (Hechos 9:39).
Hemos hecho un repaso del lugar de la mujer en la creación, su parte en la caída, su lugar bajo la ley y su posición en el hogar en esta dispensación de la Gracia. Con este fondo delante de nosotros, ahora sí estamos preparados para abordar el tema del lugar bíblico de la mujer en público y en la Asamblea de Dios.

Enseñar en público

En conexión con la parte de la mujer en la caída de la humanidad en el Edén, ya hemos citado 1 Timoteo 2:11-14 y notado las limitaciones gubernativas previstas para las mujeres. Es bueno volver a considerar estos versículos en relación con el tema que nos ocupa: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión”.
Estos versículos se aplican a una esfera más amplia que la de una reunión de asamblea. Hablan de la correcta conducta del hombre y la mujer en cualquier testimonio público en el cual los dos sexos estén presentes. Se refieren a la enseñanza pública en audiencias mixtas, porque mencionan la posibilidad de que la mujer ejerza autoridad sobre el hombre. La mujer nunca ha de meterse de maestra ni enseñar en reuniones de ambos sexos. De lo contrario, el hombre quedaría a sus pies como estudiante, hecho con el cual tergiversaría el orden determinado por Dios.
El hombre fue formado primero y representa a Dios. Éste le dio la posición de cabeza. Por consiguiente, es su deber mantener su posición de legítimo líder y maestro. Eva tomó la delantera y fue engañada por Satanás, manifestando claramente que era un líder deficiente. Por lo tanto, en el gobierno de Dios se le excluye del ejercicio de la autoridad o de la enseñanza. La mujer ha de aprender en silencio y con sujeción. Por eso nunca debe ocupar un lugar público como maestra de la Palabra de Dios. No debe enseñar en la asamblea ni en audiencias mixtas en las que le fuera posible ocupar un lugar de igualdad con los hombres o un lugar en que quedase situada por encima de ellos. Enseñar en tales circunstancias sería usurpar la autoridad del hombre.
Nos damos cuenta, no obstante, de que Tito 2:3-4 instruye a las mujeres ancianas para que sean “maestras del bien” y para que “enseñen a las mujeres jóvenes...”. Aquí se les concede a las ancianas el derecho de enseñar, pero su esfera se limita a las mujeres jóvenes. El tipo de enseñanza que se les permite ejercer tiene un carácter informal y versa sobre temas prácticos que pertenecen más al hogar y a la familia (v. 3-5). Es completamente oportuno ayudar a las mujeres poco instruidas en las Escrituras, además de lo cual el libre intercambio entre ellas sobre la Palabra de Dios, ciertamente está a tono con la voluntad de Dios. Es bueno animarlas para que trabajen con diligencia para el Señor en tales esferas. Aun la comunicación del Evangelio en forma de calmada conversación es adecuada para una mujer si se hace de manera modesta y apropiada.
Tal obra, por supuesto, puede degenerar y convertirse en un tipo de enseñanza formal, y es entonces cuando una mujer se sale de su lugar. Si ella llegase a pronunciar conferencias públicas regulares acerca de las Escrituras, aunque sólo estuvieran presentes mujeres, creemos que este hecho en sí equivaldría a apoderarse de la posición de un maestro, con lo cual se estaría violando la enseñanza de 1 Timoteo 2:12: “No permito a la mujer enseñar”.
Enseñar la Biblia a los niños, orar y cantar con ellos es también un servicio oportuno y valioso para las mujeres. Tal obra comienza en el hogar y continúa en la escuela dominical y en las reuniones para niños. La escuela dominical en la asamblea es sencillamente una extensión del altar familiar, o sea de aquellas reuniones en las cuales las familias cristianas se congregan para estudiar la Palabra, orar y cantar. Es una reunión transportada del hogar a ámbitos más grandes y convenientes.
Por eso es del todo apropiado que las hermanas den clases en la escuela dominical a grupos de niños o mujeres jóvenes, sobre todo si tal servicio es llevado a cabo bajo la dirección de hermanos. Cuando los hermanos jóvenes u otros forman parte de una escuela dominical, creemos que sería en contra de la Escritura que una hermana tuviera el oficio de supervisora.
Esto sería imponer una autoridad improcedente sobre el varón.
Nuestra oración es que las mujeres fieles sean activas para el Señor y que se las anime a trabajar en las esferas que hemos señalado como dominio adecuado a la mujer. Hay gran necesidad de tales mujeres, y la obra del Señor anhela los servicios de hermanas devotas y enérgicas. Ojalá el Señor bendiga ricamente a cada mujer ocupada en las actividades que le corresponden y que ciertamente Él aprueba.

Su lugar en la asamblea

1 Corintios 14:34-38 nos da instrucciones claras en cuanto al lugar de la mujer en la Asamblea. “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos, porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación. ¿Acaso ha salido de vosotros la Palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado? Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor. Mas el que ignora, ignore”.
Aquí se deja por sentado claramente que una mujer no debe hablar en la Iglesia. Las expresiones “en la congregación” o “en la iglesia” y “en las congregaciones” (o “en las iglesias”) se usan cinco veces en este capítulo y siempre se refieren a la reunión de cristianos como asamblea (En el griego original del Nuevo Testamento las palabras “congregación” y “congregaciones” de los versículos 34 y 35 provienen de la misma palabra griega así como “iglesia” e “iglesias” en los versículos 19, 28, 33). En reuniones de este tipo las mujeres no deben hablar en absoluto. Deben permanecer en silencio y obediencia.
En 1 Corintios 11:5 el apóstol habla de una mujer que ora o profetiza. Este pasaje permite tal actividad a la mujer, pero no indica dónde debe ejercerse. El capítulo 14 dice claramente que tal ministerio de las mujeres no se permite en la asamblea, sino que deben guardar silencio. Es muy evidente, por lo tanto, que ellas pueden orar y profetizar únicamente fuera de la Asamblea. Hechos 21:8-9 habla de la visita de Pablo a la casa de Felipe el Evangelista. Éste tenía cuatro hijas que profetizaban. Del contexto ciertamente se deduce que profetizaban en la casa y no en la asamblea. Esto estaba del todo acorde con el orden.
Es importante notar que la prohibición de que la mujer hable en la Asamblea no es meramente la palabra del apóstol Pablo, «un soltero», como muchos dicen de él. En realidad son “mandamientos del Señor” (1 Corintios 14:37). Por eso, si alguno quiere ser espiritual y agradable al Señor en este asunto, tiene que reconocer que estos mandatos son estatutos de Dios. Simplemente se trata de obedecer la manifiesta voluntad de Dios. Muchos procuran razonar sobre esta Escritura tan clara, mientras prosiguen firmes en su propia voluntad y desobediencia. Así muestran que el corazón no desea hacer la voluntad de Dios y que, por lo tanto, tampoco respetan Su Palabra.
Puede ser que los corintios, como también muchos hoy en día, se hayan considerado muy libres para hacer lo que querían en cuanto a este asunto. Por eso el apóstol dice: “¿Acaso ha salido de vosotros la Palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado?” (v. 36). Es decir: «¿Tienen ustedes autoridad del Señor en cuanto a lo que deben hacer en este asunto? La Palabra de Dios no ha venido de ustedes, sino a ustedes». Ellos estaban en la obligación de someterse al mandato que el Señor impartía por medio del apóstol.
A veces se dice que la palabra “hablar” en este pasaje quiere decir «cotorrear», chismear o cuchichear durante un servicio, y que esto precisamente es lo que quedaba prohibido. Pero ésta es una declaración bastante errónea, engañosa y de ninguna manera correcta. La Concordancia Analítica de Young muestra que la palabra griega «laleo» es la que se usa aquí y en todo el capítulo. Ella se traduce por «hablar» y la encontramos 241 veces en el Nuevo Testamento. Quiere decir simplemente «hablar». Así, en el mismo sentido que los profetas han de “hablar” dos o tres (v. 29), las mujeres no deben hacerlo en la Asamblea. La misma palabra se usa en ambos casos.
Otros dicen que esta prohibición de que las mujeres hablen en la Asamblea se aplicó solamente a Corinto, en donde las mujeres eran muy ignorantes, bulliciosas, descaradas e incapaces de tomar parte en público de una manera decente. La primera declaración es del todo equivocada y la segunda una mera suposición. El principio de toda esta epístola a los corintios nos muestra que Pablo se dirigió a ellos en estos términos: “A la iglesia de Dios que está en Corinto... con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (cap. 1:2).
Seguramente que esta introducción va a ser decisiva para lo que queremos aclarar. Las instrucciones dadas en esta epístola (1 Corintios) no tienen una aplicación meramente local, sino que van dirigidas a todos los que en cualquier parte profesan ser cristianos. En este mismo pasaje en cuestión, el apóstol habla de que en las “iglesias” las mujeres deben guardar silencio. No dice “en vuestra iglesia” sino “en las iglesias”.
El lugar de la mujer en la Asamblea es de sujeción y reserva y no de liderazgo. Si hablamos figuradamente, el hombre es la mente de la humanidad, mientras la mujer es el corazón. El corazón está en el pecho, escondido de la vista humana; la cabeza, en cambio, es visible y pública. Los que toman parte de una manera pública en las actividades de la asamblea, sea en oración, sea en alabanza o ministerio, toman un lugar de liderazgo, y este lugar no es dado a las mujeres.
Muchos no se dan cuenta de que si un hermano ora públicamente, está guiando a la asamblea entera en oración. No es meramente una oración individual. Más bien, el que así ora es el portavoz de la asamblea en la oración o la alabanza. Por eso, si una mujer ora en una reunión de oración de una asamblea o en una reunión mixta, está tomando un lugar que no le corresponde, el cual es contrario a la Escritura. En 1 Timoteo 2:8 el apóstol dice: “Quiero que los hombres oren en todo lugar”.
Esta libertad sin límites no se concede a las mujeres.
Respecto a esto podemos aprender de Ana una lección muy importante (1 Samuel 1:9-17). Esta mujer piadosa oró en la casa del Señor cuando otros adoradores estaban reunidos allí.
Nótese que se dice que “Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía” (v. 13). Hablar de forma audible en aquella compañía mixta no habría sido propio, pero podía, sin embargo, orar en su corazón; oración que el Señor oyó y contestó. Así también hoy en día las mujeres pueden orar y alabar en su corazón en una asamblea congregada en el nombre del Señor y además unirse con todos en el “amén” durante la oración y la alabanza públicas.

Cubrirse la cabeza

Consideraremos ahora el asunto del cubrimiento de la cabeza por parte de la mujer cuando ora o profetiza y cuando está en la asamblea. El apóstol da instrucciones en cuanto a esto en 1 Corintios 11:3-16. Allí leemos: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado. Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra. Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles... Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza?”.
Merced a estas Escrituras vemos que Dios ha establecido cierta jerarquía y orden que quiere que reconozcamos y observemos. No es meramente un asunto de costumbre que, en la presencia del Señor, los hombres deban tener la cabeza descubierta y las mujeres, por el contrario, deban cubrírsela. Hay, pues, en cuanto a este orden, una razón muy significativa y real, basada en las Escrituras.
Dios es la cabeza de Cristo, Cristo es la cabeza del hombre y el hombre es la cabeza de la mujer. Como el hombre es la imagen y la gloria de Dios y Cristo es su cabeza, sería una deshonra y una vergüenza para Cristo, su cabeza, si el hombre, mientras ora o profetiza, o aun mientras habla públicamente, tuviera la cabeza cubierta.
Pero la mujer fue creada del hombre y para el hombre. Por lo tanto, ella debe cubrirse cuando ora o profetiza, porque la gloria del hombre no debe ser desplegada en la asamblea reunida. La gloria de Cristo y no la del hombre es la que debe destacarse allí.
Además, el versículo 10 dice que la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles. Esto es, debe llevar una cubierta como señal de la autoridad del hombre a la cual está sujeta. Cuando la mujer lleva una cubierta en su cabeza en la presencia del Señor, reconoce así que el hombre es la cabeza que le fue dada por Dios. La mujer que entra en la presencia del Señor sin cubrirse, muestra con tal acto que quiere parecerse al hombre y que no quiere ocupar el lugar de sujeción que le corresponde. Deshonra su cabeza, aunque lo haga de una manera inconsciente. Esto, ciertamente, puede ser hecho por ignorancia, pero el significado del acto es el que acabamos de explicar.
Los ángeles son espectadores en la Asamblea y seguramente esperan encontrar allí el cumplimiento del orden de Dios.
Ven el orden en el cielo y en toda la creación y, por lo tanto, no deben presenciar ningún tipo de desorden entre los cristianos.
Los serafines se cubren a sí mismos en la presencia del Señor (Isaías 6:1-3) y miran para ver si las mujeres hacen lo mismo en obediencia a la Palabra de Dios. El propósito de Dios es que “los principados y potestades en los lugares celestiales” conozcan “por medio de la Iglesia”, “la multiforme sabiduría de Dios” (Efesios 3:10-11). Esta “sabiduría de Dios” es el misterio de Cristo y de la Iglesia, el cual es simbolizado por el esposo y la esposa, aquél la cabeza y ésta la sujeción a él (Efesios 5:22-32).
El cubrimiento de la cabeza se aplica tanto a las mujeres solteras como a las casadas. Estos versículos de 1 Corintios 11 hablan de la mujer y del hombre en general. Números 30:3-5 nos enseña que una mujer que vive en la casa de su padre, durante su juventud, está sujeta a la autoridad de él. Los votos de la hija eran firmes solamente si mediaba el permiso del padre. Del mismo modo, los votos de una esposa eran válidos sólo con el permiso de su esposo. Así es que la mujer debe reconocer la autoridad de su padre o de su esposo o la del hombre en general cuando ella está en la presencia del Señor. Su cabeza cubierta es un símbolo de este reconocimiento.

Lo vergonzoso de una cabeza no cubierta

“Toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado. Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra” (1 Corintios 11:5-6).
En el Antiguo Testamento, cuando la cabeza de una mujer estaba descubierta o rapada, era motivo de vergüenza. Esto se ve en Números 5:18, donde una esposa estaba bajo la sospecha de su esposo. Esto sucedía también cuando un israelita tomaba para sí a una mujer hermosa de entre los cautivos (Deuteronomio 21:10-13). Asimismo, en 1 Corintios 11, el apóstol dice que, si una mujer ora o profetiza con la cabeza descubierta, es lo mismo que si se hubiese rapado. Y en vista de que cortarse el cabello o raparse la cabeza es una señal de vergüenza, ella debe cubrirse. No tiene por qué llevar ninguna señal o marca de vergüenza sobre sí en la presencia del Señor. No debe aparecer delante de Dios como una sospechosa de infidelidad conyugal. La cubierta en su cabeza indica que reconoce al hombre como cabeza y que goza de su entera confianza.
De paso, es bueno que notemos, merced a estos versículos de 1 Corintios 11, que es vergonzoso que una mujer tenga recortado el cabello. En cambio, “a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso” o “le es una gloria (V. M.)” (v. 15). Estas palabras de las Santas Escrituras deberían descartar todas las dudas en cuanto al cabello corto. ¿Cortaría una mujer esa gloria que le es dada por Dios para tirarla? Hacer esto sería vergonzoso; además sería un acto de rebeldía. ¿Podría tal persona secar los pies del Señor con el cabello, como lo hicieron aquellas piadosas mujeres en Lucas 7:38 y Juan 12:3?

¿Cabello largo en lugar de velo?

Algunas versiones de la Biblia, como la Versión Moderna, traducen la última parte de 1 Corintios 11:15 así: “porque la cabellera larga le es dada (a la mujer) para cubierta”. Algunos, basados en esta traducción, enseñan que el cabello largo de la mujer es la cubierta de su cabeza y que ninguna otra le es necesaria. Sin embargo, el resto de las mejores versiones en español traducen el versículo correctamente: “en lugar de velo le es dado el cabello” o bien “a ella el cabello le es dado por velo”.
Para los que desean más explicación sobre esto, hay dos palabras griegas que nos ayudan a comprender mejor el asunto; una de ellas aparece en el versículo 6 y la otra en el versículo 15. Aquélla es “kataluptespho” y quiere decir «cubrir por completo, cubriendo la cabeza». Pero en el versículo 15 la palabra griega es «peribolaiou» y significa «lo que es echado o puesto sobre algo».
Por ello las versiones de Reina-Valera, (de 1909, 1960 y 1977), la versión Hispano-Americana y la Biblia de las Américas usan la palabra “velo”. Así, el significado del versículo es que el cabello largo es dado a la mujer por la naturaleza como un velo puesto sobre ella. No es la cubierta para la cabeza sobre la cual el apóstol insiste en los versículos que preceden al versículo 15. Si la gloria del hombre ha de ser cubierta en la presencia de Dios, como lo hemos explicado previamente, seguramente el cabello largo de la mujer, el cual es su gloria personal, debe cubrirse en Su presencia también.
En primer lugar, Pablo declara la diferencia entre el hombre y la mujer y dice que el hombre debe tener descubierta la cabeza y que la mujer, en cambio, debe tener cubierta la suya. Luego recurre al sentido del decoro y la buena presencia. Expresa esto basado en la forma en que la naturaleza ha constituido los dos sexos, razón por la cual la mujer debe tener la cabeza cubierta para aparecer diferente del hombre delante de Dios.
“Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza? La naturaleza misma ¿no os enseña?” (v. 13-14). Aun en la naturaleza Dios le ha dado a la mujer el cabello largo como velo para ocultarse. Lo que es decoroso a la mujer, pues, es cubrirse la cabeza cuando ora a Dios.

No hay tal costumbre entre nosotros

“Con todo esto, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios” (v. 16). El apóstol había declarado la mente de Dios en este asunto, y, por si algunos fueran a contender sobre ello, argüir y argumentar, él simplemente agrega: “Nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios”.
Muchas veces son las cosas pequeñas como ésta –cubrirse o no la cabeza– las que manifiestan el estado del corazón. Son como pruebas de si la voluntad de uno está sujeta a la voluntad de Dios y a su Palabra, o si la voluntad propia desea oponerse a la Palabra y vivir según las normas y el orden del día. Las costumbres pueden cambiar, pero los principios de la Palabra de Dios permanecen, tanto en éste como en otros asuntos.

Ejemplos de la Escritura

 

Ninguna posición pública

Hemos visto a través de varios pasajes de la Biblia que el lugar de la mujer no es un lugar público, sino que le corresponde más bien desarrollar las múltiples actividades para su Señor y Salvador en la esfera privada. Ya que hemos venido considerando lo que a la mujer no le es permitido hacer, observemos en la Escritura varias posiciones u oficios que no le fueron dados. Todos los sesenta y seis libros de la Biblia fueron escritos por hombres. Ni una mujer fue escogida por Dios para escribir alguna parte de las Escrituras. Ninguna mujer fue nombrada levita o sacerdotisa para servir en el tabernáculo o en el templo del Antiguo Testamento. Ninguna mujer fue escogida por el Señor como uno de los doce apóstoles; todos fueron hombres. Además de los doce apóstoles, otros setenta fueron enviados por el Señor. No se nos dice que entre éstos hubiera alguna mujer. Hubo “siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, escogidos en Hechos 6 para servir a las mesas y cuidar de las viudas. Ninguna mujer fue escogida.
En 1 Corintios 15 vemos que hubo muchos testigos para probar la resurrección del Señor. Se dan los nombres de varones individualmente, pero no se menciona el nombre de ninguna mujer. Esto es muy significativo, porque María fue la primera persona que vio a Cristo resucitado y fue enviada por Él con un mensaje maravilloso para los discípulos. Aquí, no obstante, se omitió su nombre en la lista de los testigos. Ciertamente es una prueba de que la Escritura no da a las mujeres un lugar de testimonio público.
Los obispos (supervisores), diáconos y ancianos, cuyas cualidades están descritas en 1 Timoteo y en Tito, fueron escogidos en la Iglesia primitiva. Todos fueron hombres; ninguna mujer estuvo entre ellos. No leemos de ninguna evangelista, pastora o maestra en un sentido público en el Nuevo Testamento. No se menciona a ninguna mujer que hubiera hecho un milagro público. Hay dos testigos en Apocalipsis 11 y ellos son profetas; no son profetisas ni profeta y profetisa, sino que ambos son hombres.
Seguramente la ausencia de mujeres en estas posiciones nos muestra que ésta no es su esfera de actividad. Ahora pasemos a ejemplos que nos dan las Escrituras en cuanto a mujeres piadosas que obraban según Dios y a su servicio aprobado por Él.

María la profetisa

En Éxodo 15:20 leemos: “María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas. Y María les respondía: Cantad a Jehová...”. Éste fue un buen servicio. Guió a las mujeres en una canción de alabanza al Señor; no procuró guiar a los hombres. Aquí su servicio fue enteramente aceptable, pero más tarde, cuando indujo a Aarón a quejarse de Moisés, fue castigada con lepra a causa de su pecado (Números 12).

Las mujeres en Éxodo 35:22-26

Con relación a la edificación del tabernáculo, las mujeres vinieron con los hombres “y trajeron cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes y toda clase de joyas de oro... ofrenda de oro a Jehová”. “Además todas las mujeres sabias de corazón hilaban con sus manos, y traían lo que habían hilado: azul, púrpura, carmesí o lino fino. Y todas las mujeres cuyo corazón las impulsó en sabiduría hilaron pelo de cabra”.
Así tuvieron ellas una parte maravillosa en la construcción del santuario de Dios.

Débora

Débora era una profetisa casada que gobernó a Israel en una época de decadencia (Jueces 4). Israel estaba en una condición muy baja y entonces Débora fue erigida como gobernadora – mientras que el valor del hombre había fracasado por completo– para romper el yugo de la opresión extranjera. La mujer se presenta, pues, en tiempos de decadencia y es bueno subrayar que aparece como señal de bajas condiciones espirituales. Sin embargo, Débora procuró guardar su lugar. Acostumbraba habitar debajo de una palmera e Israel iba a ella para buscar juicio. Envió a llamar a Barac y le dijo que saliera contra los ejércitos de Sísara, como el Señor lo había mandado. Cuando Barac no quiso salir a la guerra sin Débora, ella consintió en acompañarle. Salió con él, pero le dijo que la jornada no sería para honra de él, ya que Jehová vendería a Sísara en manos de una mujer. Sus palabras indican que, si era vergonzoso para Barac que una mujer matara a Sísara, no lo era menos que, por la torpeza de los hombres, una mujer se viera forzada a gobernar Israel. La fe y el valor de Débora inspiró y ayudó a Barac, evidentemente un hombre tímido. Así las hermanas pueden ayudar a los hermanos tímidos. Débora no guió a Barac, sino que fue con él y lo alentó.

La mujer de Sunem

Leemos en 2 Reyes 4:8-37 de esa “mujer importante” que suministró a Eliseo un cuidado y una hospitalidad especiales.
Sugirió a su marido la construcción de un aposento especial para el profeta, a fin de que él se alojara allí cada vez que pasara por aquella región. Se nota en ella su fe y su confianza.

Mujeres del Nuevo Testamento

En dos grandes aspectos Dios honró de manera especial a la mujer más que al hombre en el Nuevo Testamento: 1) Cristo nació de una mujer, la virgen María. 2) El Señor, después de su resurrección, se apareció primero a una mujer, María Magdalena. Estas dos mujeres tienen un lugar admirable en conexión con el Señor. De María se dice que fue “muy favorecida” y “bendita... entre todas las mujeres”, y María Magdalena es notable por su afecto al Señor. A ésta le fue dado el privilegio de llevar a los discípulos el maravilloso mensaje del Señor resucitado.
Ana, la profetisa, servía a Dios “de noche y de día con ayunos y oraciones… y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lucas 2:37-38). Tal servicio, muy necesario, está hoy al alcance de cualquier hermana.
Lucas 8:2-3 habla de ciertas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades. Éstas estuvieron con los doce que siguieron al Señor y “le servían de sus bienes”. Esto, de veras, fue un servicio bendecido.
Marta recibió al Señor en su casa y le sirvió mientras María, su hermana, se sentaba a Sus pies para oír Sus palabras. En otra ocasión “le hicieron allí una cena” y María le ungió con un ungüento costoso para Su sepultura (Lucas 10:38-39; Juan 12:1-3).
En conexión con la muerte del Señor, leemos de una “gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él”. Y después siguieron y “vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo” (Lucas 23:27, 55). Entonces, el primer día de la semana, a la mañana temprano, vinieron al sepulcro con especias aromáticas y ungüentos que habían preparado para el cuerpo del Señor. Tal fue el devoto servicio que varias mujeres prestaron al Señor en su vida y después de muerto. La devoción personal y amante brilla aquí como el servicio especial de las hermanas.
En Hechos 9:36-39 leemos acerca de Dorcas, quien abundaba en buenas obras y en limosnas. Al morir ella, las viudas mostraban llorando las túnicas y los vestidos que ella les había hecho. Qué servicio tan bendito había prestado a los pobres. A través de Hechos 12:12 sabemos que María, madre de Juan Marcos, había abierto su hogar para una reunión de oración. Y en Hechos 16:13 vemos a mujeres reunidas en oración a orillas de un río. También vemos a Lidia abriendo su hogar para hospedar al apóstol Pablo y a aquellos que estaban con él (v. 15).
Entre los muchos nombres citados en Romanos 16, se encuentran los de varias mujeres. Febe fue una sierva de la iglesia de Cencrea y había ayudado a muchos. Priscila y su esposo Aquila fueron colaboradores de Pablo en Cristo Jesús y habían expuesto sus vidas por el apóstol. Su hogar en Roma fue evidentemente el lugar de reunión para la asamblea, porque Pablo dice: “Saludad también a la iglesia de su casa”. María también había trabajado mucho entre los creyentes de Roma.
Cuando Pablo escribió a los filipenses, pidió a uno de ellos que ayudara a las mujeres que habían trabajado con él en el Evangelio (Filipenses 4:3). Por lo que éste escribió en otras partes del Nuevo Testamento, podemos estar seguros de que ellas no predicaron con Pablo. Ellas no hicieron tal cosa, pero estuvieron identificadas con él en las pruebas y conflictos que le habían sobrevenido por causa del Evangelio. Le ayudaron en todo cuanto fue posible, tal vez abriendo sus casas para la predicación de la Palabra de Dios, ejercitando la hospitalidad, buscando almas, orando con ellas, invitándolas a que oyesen el Evangelio, y muchas otras cosas que las mujeres pueden hacer mucho mejor que los hombres.
Pablo apreció mucho el servicio de tales mujeres y habló de ellas como de quienes habían combatido juntamente con él en el Evangelio. ¡Qué bendición! Pero lo maravilloso es que tal servicio está todavía disponible para las hermanas de hoy en día. Pueden participar con los demás cantando himnos para evangelización y ayudar así en reuniones al aire libre y dondequiera que el Evangelio vaya a ser predicado. También pueden visitar a los enfermos y repartir tratados evangélicos.
¡Qué campo tan grande está abierto a las mujeres en cuanto a servir al Señor! Los anteriores ejemplos de servicios aceptables de varias mujeres de antaño debería animar a las hermanas a trabajar diligentemente para el Señor. Esta obra es tan importante como el servicio público de los hombres. El Señor tiene muy en cuenta tales servicios y a su debido tiempo dará los premios.
Seguramente, pues, de todo cuanto hemos tenido delante de nosotros nos vemos obligados a concluir, sobre la base de las Escrituras, que: 1) el lugar de la mujer en la Iglesia es muy distinto del que le corresponde al hombre, y 2) la mujer no debe hacer lo que precisamente es obra de hombres. A veces el versículo de Gálatas 3:28 es citado para intentar probar lo contrario: “No hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Este versículo, sin embargo, no habla del comportamiento ni del orden en la Iglesia. Es una declaración que concierne a la familia de Dios, a sus redimidos. En esa familia no hay diferencia en cuanto a la salvación y la gracia, entre judío y griego, esclavo y libre, varón o mujer. En otros pasajes hemos visto que el orden de Dios en la creación todavía permanece en la Iglesia.

Adorno y vestido

Antes de terminar nuestro tema, nos sentimos movidos a agregar algunas observaciones sobre el importante asunto de su adorno y atavío, esto es, en cuanto a la manera de vestirse.
En su Palabra, Dios también nos ha dado instrucciones sobre esto. Debemos llamar la atención sobre lo que dice su Palabra a causa del actual abandono de estos preceptos por parte de las mujeres, asunto éste muy vergonzoso y bastante difundido hoy día. En 1 Timoteo 2:9-10 leemos: “Que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad”.
Muchas mujeres, incluso algunas hermanas en el Señor, están siguiendo las modas del mundo en cuanto se refiere a vestidos y adornos. Usan faldas cortas, vestidos escotados y sin mangas, vestidos que permiten la desnudez de la espalda.
Usan también pantalones, pantaloncitos cortos, tienen rostros y uñas pintados, cabello corto, prendas de vestir llamativas y trajes de baño muy atrevidos o indecorosos. Amadas hermanas, ¿estas cosas están de acuerdo con la Escritura que acabamos de citar? ¿Encajan esos vestidos con las normas del recato? El pudor y la modestia –es decir, lo que corresponde a mujeres que profesan piedad– ¿caracterizan tales cosas? Por supuesto que no. Nunca como hoy fueron las modas, en los países cristianizados, tan degradantes para las mujeres; modas impúdicas que, entre otras cosas, conducen a estimular la lascivia y los pecados más viles.
El testimonio de un joven en lo referente a la actual forma de vestir de las mujeres de hoy en día es el siguiente: «Usan ropa que ni revela ni esconde sino que hace entrar en juego la imaginación y que al mismo tiempo hace estragos en uno. ¿Por qué no llevan las jóvenes lo suficiente para cubrirse?».
El Dr. Perry M. Lichenstein, quien fue médico de la prisión Tombs, de la ciudad de Nueva York, nos da su autorizada opinión sobre las causas del crimen y expresa lo siguiente: «Los así llamados crímenes pasionales van en aumento de manera alarmante y, en mi opinión, continuarán así hasta que la causa principal sea eliminada. Ésta, a mi parecer, es el actual modo de vestirse, el cual, por decir lo menos, es bastante indecoroso.
La ropa provocativa tiene una relación directa con la incitación a cometer crímenes, por inocente que sea la persona que la lleva. Aunque no siempre la ropa indecorosa conduce a crímenes, es cierto que ejercen una atracción muy directa e insinuante sobre el instinto sexual. Estimula las bajas pasiones que dormitan en el pecho humano.
Con certeza podemos decir, sin temor a equivocarnos, que habría menos crímenes, menos hogares arruinados por la infidelidad, menos juicios de divorcio y, especialmente, menos violaciones, si la ropa no fuera lo que es hoy en día. Por supuesto, habría menos transgresiones contra la castidad si cada una de estas modas pudiera ser echada en lo profundo de los infiernos, lugar en donde todas ellas fueron concebidas.
Recordemos que la joven que se viste de una manera provocativa no puede condenar a nadie sino a sí misma si, por causa de su vestido, se le dispensa el trato que usualmente reciben las mujeres de dudosa moralidad».
Las precedentes palabras del Dr. Lichenstein fueron escritas hace algunos años. Desde ese entonces hasta la actualidad, las condiciones morales del mundo se han degradado en gran manera. La falta de vergüenza y la falta de decoro entre las mujeres ha ido de mal en peor. Sea con el uso de la minifalda o con la popularidad de ciertas modas que acentúan las formas femeninas de manera que se han llegado a llamar “sexy”, los crímenes y ultrajes contra las mujeres se han multiplicado en gran manera.
Desde que las faldas comenzaron a acortarse en 1964, el porcentaje de violaciones sexuales ha aumentado cada año. Si en cinco años del lapso transcurrido entre 1964 y 1973 en los Estados Unidos las violaciones sexuales aumentaron en un 68 por ciento, y en Inglaterra, durante el mismo período, el aumento de violencia sexual alcanzó un 90 por ciento, ¿querría el lector comparar y actualizar las cifras de esta aterradora situación con las de su propio país? Dios odia la exposición de las partes del cuerpo humano que están relacionadas con el sexo. Cuando el profeta Isaías advirtió a Babilonia acerca del juicio venidero, profetizó cómo Dios la despojaría y expondría su vergüenza delante de las naciones. “Descubre las piernas, pasa los ríos. Será tu vergüenza descubierta, y tu deshonra será vista; haré retribución” (Isaías 47:1-3). Así es que las mujeres modernas están descubriéndose para su propio desprecio, exponiéndose de esta manera a su vergüenza, cosa que lamentablemente está sucediendo aun en las asambleas cristianas.
A la iglesia de Laodicea se le aconsejó: Compra “vestiduras blancas para vestirte, que no se descubra la vergüenza de tu desnudez” (Apocalipsis 3:18). Esto es dicho en un sentido espiritual, pero parece que también es necesario que tales palabras sean dirigidas literalmente a muchas mujeres hoy en día.
La primera cosa que Adán y Eva hicieron después de haber pecado fue hacer ropa para cubrir su desnudez. En el presente parece que la humanidad se deleita en descubrir su desnudez tanto como le sea posible. Y qué triste es ver que las mujeres parecen ser líderes en un asunto tan terrible. Cuán verdaderas son las palabras de Sofonías: “El perverso no conoce la vergüenza” (cap. 3:5).
Amadas hermanas, hagamos caso de lo que dice Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Ojalá también nos acordemos de 1 Corintios 6:1920: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.
R. K. Campbell