La Iglesia del Dios viviente n°7 – El día de la ruina – R. K. Campbell

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El día de la ruina

Consejos y dirección de 2 Timoteo 2

El fundamento seguro
El sello
La casa grande
Purificándose a sí mismo
La conducta personal
Con quiénes debemos asociarnos

Fuera del Campamento

El idólatra campamento de Israel
El campamento del judaísmo
El contraste del cristianismo con el judaísmo
El campamento de la cristiandad
Salgamos a Él

El naufragio descrito en Hechos 27

Pasos hacia un naufragio
Ninguna esperanza de recuperación
Pablo anima y testifica
Cuatro anclas

El testimonio del Remanente

Características generales
En el día de Ezequías
Daniel y sus compañeros
Los días posteriores al cautiverio
En el Nuevo Testamento
Mensajes de Dios a las siete iglesias de Asia

La ruina

¿Qué hacer?

Los términos «iglesia» y «asamblea» son equivalentes.
Serán usados en estas páginas indiferentemente. El de «asamblea» tiene la ventaja de que su forma recuerda
sin cesar su significación, más frecuentemente perdida
de vista en la palabra «iglesia». Por otra parte, este último término puede prestarse a confusión, por cuanto es
reivindicado por denominaciones religiosas particulares.

El día de la ruina

En los anteriores fascículos de esta serie hemos tratado de considerar básicamente a la Iglesia tal como Dios la estableció en el principio. Hemos conocido a través de las Escrituras su naturaleza y su orden y cómo tendría que funcionar de acuerdo a los pensamientos divinos. Hemos considerado también a la Iglesia en su carácter universal y en su aspecto local. Al hacer esto hemos visto también lo que debería caracterizar a una asamblea local de creyentes reunida según las Escrituras.
Pero no nos hemos detenido ahí. Hemos tomado en cuenta también las características de una asamblea local en cuanto a sus relaciones con asambleas de otras partes. Hemos notado aquí y allá cuán grandemente la cristiandad se ha apartado del diseño original de la Iglesia establecido en un principio por Dios. Hemos notado frecuentemente que la Iglesia que profesa ser cristiana está en un estado de ruina general, descomposición y desorden1). Consideraremos ahora a la Iglesia en el día de la ruina. Veremos también cuál es la senda de Dios para el creyente en medio de tal estado.
1) Cuando hablamos de la Iglesia profesante (o Iglesia que profesa ser cristiana) nos referimos a todo lo que exteriormente reconoce el nombre de Cristo. Abarca lo que es de Dios y, por consiguiente, genuino, como así también lo que lo es sólo de nombre.
La ruinosa condición de la Iglesia y su alejamiento de la Palabra de Dios fueron profetizados en el Nuevo Testamento.
Ya se habían iniciado en los días de los apóstoles. Este estado de ruina es irremediable e irá de mal en peor hasta que al fin el Señor tenga que hacer dos cosas: primero, llevar consigo al cielo a los verdaderos creyentes, su Esposa, y segundo, vomitar de su boca a la falsa Iglesia y ejecutar juicio sobre ella (véase Mateo 25:10-12; Apocalipsis 3:16; 18:1-10; 19:11-21).
Las Escrituras no alientan ninguna posibilidad de que la Iglesia en la tierra retorne a su original estado de pureza, unidad y poder espiritual. Al contrario, señalan que terminará en la apostasía e idolatría más grandes: la de la gran Babilonia y la del anticristo (Apocalipsis 17 y 2 Tesalonicenses 2:1-12).
Por lo tanto, el deber del verdadero cristiano en el día de la ruina no es procurar la restauración de la Iglesia para volverla a su estado inicial. Por el contrario, le conviene reconocer delante de Dios, con dolor y humillación, la verdadera condición de ella. Su condición es de ruina y de claudicación. Éste es el estado de la Iglesia de la cual todos los cristianos formamos parte. Luego de reconocerlo así, el creyente debe combatir enérgicamente por la fe, andando en santidad y amor.

Consejos y dirección de 2 Timoteo 2

Por grande que llegue a ser la ruina de la Iglesia, aquellos que desean complacer al Señor y obedecer a su Palabra no deben perder las esperanzas. Dios, quien permitió que el daño y el desorden comenzaran en la Iglesia en tiempos apostólicos, nos ha dado, a través de sus apóstoles, consejos y dirección amplios. Nos ha dado la luz necesaria para discernir Su senda en el día de la ruina. La segunda epístola a los Tesalonicenses, la segunda epístola de Pedro, las tres epístolas de Juan y la de Judas, todas nos dan dirección y ayuda para el día mencionado en la segunda epístola a Timoteo. Esta última trata especialmente de los rasgos distintivos de la ruina que en los últimos días caracterizará a la Iglesia. En esta epístola tenemos la luz que resplandece en medio de las tinieblas y de la confusión crecientes en la Iglesia que profesa ser cristiana. Esta luz procedente de Dios señala la senda para el alma ejercitada en medio de la ruina total.
En la primera epístola a Timoteo tenemos el orden de cosas que debe prevalecer en la Asamblea. Además, la epístola muestra cómo uno debe conducirse en la casa de Dios, la cual es la Iglesia del Dios viviente. La segunda epístola a Timoteo fue escrita más tarde, cuando el desorden y el mal habían entrado en la casa de Dios1). Por lo tanto en esta segunda epístola se le 1) Es decir, en lo que profesaba o declaraba ser Su casa.
dice a Timoteo cómo andar y qué hacer en medio de tanto desorden, maldad y abandono de la Palabra de Dios.
Cuando fue escrita la primera epístola a Timoteo, la Casa en toda su extensión era morada de Dios. Cuando se le escribió la segunda epístola, la Iglesia en la tierra se había convertido en una casa grande con vasos para honra y vasos para deshonra.
Por eso llegó a hacerse necesario que el creyente se purificara de aquellos vasos deshonrosos. Esto le era preciso si tenía el deseo de ser habilitado como un vaso para honra, preparado y útil para ser usado por el Señor. Con este propósito el apóstol dirige su última epístola a Timoteo.
El tema de la casa grande de la cristiandad (Nota del traductor (N. del T.): Aplicamos el término «cristiandad» al conjunto del que forman parte los que se autodenominan cristianos y también los que son llamados «cristianos» por el mundo. Dentro de los que se consideran cristianos están los cristianos verdaderos –nacidos de nuevo– y también los que sólo lo son nominalmente. La cristiandad es todo aquello que profesa ser cristiano.), con sus vasos para honra y para deshonra, y la senda divina para el alma fiel y según el pensamiento de Dios, se traza claramente en 2 Timoteo 2:19-26. Esta epístola es la última de las cartas divinamente inspiradas al apóstol Pablo. Fue escrita poco antes de su martirio. Por eso tenemos, especialmente en los versículos 19-26, las últimas instrucciones de Dios en cuanto a las verdades que estamos considerando y a la comunión dentro de la Iglesia, impartidas por medio del apóstol especialmente dedicado a ésta.
Por lo tanto, esta porción de las Escrituras es de mucha importancia y necesita que se le preste especial atención. Estos versículos nos dan la instrucción y la orientación divinas sobre la senda que el creyente individual ha de seguir cuando la Iglesia está en desorden, ruina y apostasía.

El fundamento seguro

Antes de dar instrucciones sobre la senda divina para el creyente que toma a pechos las condiciones que deben imperar en este día de maldad, Pablo habla del seguro fundamento de Dios. “Pero el fundamento de Dios está firme (o se mantiene firme,) teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (v. 19). El estado de cosas en la Iglesia profesante1) era pésimo cuando Pablo escribió esta epístola a Timoteo. Algunas asambleas estaban alejándose de la verdad y ciertos individuos enseñaban doctrinas falsas y trastornaban la fe de otros. El apóstol habla de dos de estos individuos, Himeneo y Fileto, en los versículos 17 y 18.
Hechos malos y enseñanzas perversas abundaban e iban en aumento. No obstante, en medio de tal estado de confusión y de desánimo había una palabra de aliento y de consuelo. Pablo pudo escribir: “Pero el fundamento de Dios se mantiene firme” (V. M.). A pesar de la inquietante apostasía, acude a lo que es inalterable y duradero: el firme fundamento de Dios. Lo que Dios establece permanece como un fundamento inmutable y sólido. Lo que se encomienda al hombre fracasa, pero lo que es de Dios permanece intacto. El creyente puede descansar serenamente sobre aquel fundamento, por grande que se vuelva la ruina de aquella que profesa ser la Iglesia.
Previamente Pablo había escrito a los corintios: “Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (l Corintios 3:11). Él, el eterno Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, es aquel fundamento sólido, la roca sobre la cual está edificada la Iglesia verdadera. Contra la Iglesia así fundada las puertas del Hades no prevalecerán (Mateo 1) Véase la nota 1, página 7.
16:16-18). Cristo es la piedra fundamental de la cual profetizó Isaías: “He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable” (Isaías 28:16).
Aquí, en la segunda epístola a Timoteo, no se nos dice cuál es el fundamento. El Espíritu de Dios lo ha consignado en términos generales a propósito. Sin duda el fundamento es Cristo Jesús e incluye todas las cosas inmutables y duraderas que Dios nos ha dado en Él. ¡Qué consuelo proporciona esto en el día de la apostasía, cuando los hombres malvados están socavando y destruyendo los fundamentos de la fe! “Todas las promesas de Dios son en él (en el Cristo) Sí, y en él Amén (2 Corintios 1:20). Cristo y sus promesas son el fundamento seguro para el creyente que descansa en Él.
Hay muchas cosas maravillosas aseguradas para nosotros en Cristo, tres de las cuales son especialmente prominentes y preciosas. Primero, la garantía de la presencia constante de Cristo con los suyos: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Esto es de veras una promesa preciosa para el día de la ruina. Segundo, la seguridad de la constante presencia interior del Espíritu Santo en el creyente: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre… Él mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:16-17). Tercero, la permanencia de la Palabra de Dios para nosotros: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35). ¡Qué aliento y qué sustento para el creyente se hallan en la constante presencia del Hijo de Dios, del Espíritu de Dios y de la Palabra de Dios! Así fue cómo el Señor animó al remanente en días de Hageo. “Yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos. Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis” (Hageo 2:45).

El sello

Adherido al fundamento firme de Dios encontramos un sello con un lado divino y un lado humano: “Teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:19). Éste es el lado divino. El Señor ve y conoce a cada uno que tiene una relación viva con Él y que en verdad le pertenece. El Señor conoce esto a pesar de la confusión y la maldad que ha entrado a formar parte de la cristiandad1). En cambio, nosotros no conocemos a todos los creyentes, ni siquiera a los de un lugar determinado, pero Él sí los conoce. En la ruina actual de la Iglesia, tenemos que recurrir al conocimiento que el Señor tiene de los suyos como un recurso valioso.
El andar de algunos que profesan ser cristianos es tal que no tenemos ninguna certeza en cuanto a la realidad de su profesión. Tenemos que dejarlos con el Señor, ya que Él conoce a las ovejas de su rebaño, y a su debido tiempo manifestará quiénes son verdaderamente de Él y quiénes no lo son.
Por otra parte, los que son verdaderos creyentes y permanecen fieles al Señor muchas veces reciben mal trato. Son mal entendidos, insuficientemente apreciados, calumniados y perseguidos por el mundo o por los que profesan ser cristianos.
Sufren así porque no quieren acompañar a los del mundo –ni a muchos que profesan ser creyentes– en sus malas actividades.
A veces algunos juzgan y hablan mal de los que tienen convicciones bíblicas en cuanto a la Iglesia y especialmente convicciones referentes a la separación de toda forma de maldad. En tales casos uno puede hallarse solitario y despreciado aun por 1) Véase la nota al pie de la página 10.
los que profesan ser cristianos. En tal caso es un consuelo y un estímulo saber que el Señor conoce por completo las circunstancias por las cuales uno está pasando. El Señor nos entiende cuando otros dudan de nosotros.
Pero hay otro lado del sello de Dios. Además del lado que dice: “Conoce el Señor a los que son suyos” está el lado de la responsabilidad humana que nos es impuesta: “Apártese de la iniquidad todo aquel que nombra el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19, V. M.). Cada uno que nombra el nombre del Señor y afirma ser cristiano está bajo la real obligación de seguir a Cristo en justicia y apartarse de toda forma de iniquidad. Si uno confiesa el nombre del Señor debe andar de acuerdo con ese santo nombre. No debe asociarse con iniquidad ni injusticia de ninguna clase. Como Señor, Él reclama obediencia y sumisión a su autoridad.
A través de toda la Biblia se insiste siempre en la separación del mal. Se hace hincapié en esto como una primera necesidad para la persona que en los días de la ruina quiere vivir según Dios. Mediante esta separación uno da prueba visible de la actividad de una naturaleza divina que odia el mal, ama el bien y desea obedecer y honrar al Señor. “Dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien” (Isaías 1:16-17); ésta ha sido siempre la orden de Dios. El primer paso, pues, es separarse del mal. Luego Dios enseñará su voluntad y mostrará el próximo paso a dar.
Cualquier cosa que no esté sujeta a la entera voluntad de Dios es inicua. La iniquidad puede estar amparada por un sistema religioso o por alguna otra cosa; por lo tanto, la separación de tales cosas es esencial. Puede ser algo de mucha estima para el corazón humano, pero, si se opone a la revelada voluntad de Dios, es malo, y la separación de tal cosa es imperiosa, obligatoria.

La casa grande

“Mas en una casa grande, no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y asimismo unos para honra y otros para deshonra” (2 Timoteo 2:20, Versión antigua, Reina-Valera 1909). El apóstol aquí usa la figura de una casa grande con sus varios vasos para honra y para deshonra. Éste es un cuadro de aquello en lo que la Iglesia profesante estaba convirtiéndose cuando Pablo escribió esta epístola. Ya no era posible reconocer a la Iglesia, como “la casa de Dios… la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” como lo era cuando fue escrita la primera epístola a Timoteo (cap. 3:15). En aquel entonces, la Iglesia, como pilar, declaraba la verdad ante el mundo. Pero en los días de la segunda epístola a Timoteo, algunos de la Iglesia estaban enseñando doctrinas falsas. Se había introducido gente inconversa, lo que originó mucha confusión y una mezcla del bien y del mal en la casa que pretendía ser de Dios.
La que afirmó ser casa de Dios se estaba convirtiendo rápidamente en una casa grande con una mezcla de vasos. En otras palabras, la santidad y la justicia de Dios no caracterizaban a la Iglesia como antes. Había perdido su carácter de santidad y verdad. Tal fue el estado de la Iglesia profesante al final de la vida de Pablo y ese estado se ha agravado mucho desde entonces. De manera que la cristiandad es ahora, más que nunca, una casa grande en la que hay vasos mezclados, unos para honra y otros para deshonra.
Los vasos de oro y de plata son los apropiados para el servicio de la Casa de Dios. Los vasos de madera y de barro no deberían estar en su Casa. A través de Romanos 9:21-23 sabemos que los vasos para deshonra son “los vasos de ira preparados para destrucción”. Los vasos para honra son “vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria”. Así es que, hablando en forma general, los vasos de oro y de plata representan a cristianos verdaderos. Son vasos para honra, “vasos de misericordia”. Los vasos de madera y de barro simbolizan a los inconversos que están dentro de la Iglesia. Representan a aquellos vasos que tienen la reputación de ser cristianos pero que no lo son en realidad.
Sin embargo, un vaso de oro puede usarse para deshonra, como lo hizo Belsasar cuando usó los vasos sagrados en su fiesta idólatra. De la misma manera, en la casa grande de la cristiandad, donde los vasos representan a personas, puede suceder lo mismo. Un verdadero creyente puede hacer algo que deshonre al Señor, o puede asociarse con vasos para deshonra y así convertirse en un vaso para mal uso. El Señor no puede aprobar el servicio de alguien que se asocia con el mal.
Por lo tanto, la condición de separarse de los vasos para deshonra, que se enfatiza en 2 Timoteo 2:21, es necesaria si uno quiere llegar a ser un vaso honroso.
Tal es, entonces, el cuadro divino de la Iglesia profesante: una mezcla impía de salvados y no salvados, de verdaderos creyentes y de falsos creyentes. Éste es el estado de la Iglesia en el día de la ruina. Todo lo que se llama cristiano es visto como una casa grande surtida con vasos de dos clases. Exteriormente cada cristiano pertenece inevitablemente a la casa exterior, por más verdaderos que sean su corazón y sus propósitos hacia el Señor, por cuanto la casa grande es todo lo que se llama a sí mismo cristiano. Pero el creyente sincero y fiel es exhortado a separarse de todos los vasos para deshonra que están en la casa, aunque él nunca pueda salir de la casa misma.

Purificándose a sí mismo

“Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21). Cuando la cristiandad deja de responder al carácter de la Asamblea tal como Dios la formó, el individuo es llamado a permanecer fiel. Su responsabilidad es de separarse de lo que es contrario al honor de Cristo. Tales palabras, pues, son dirigidas al creyente individual y se le llama a purificarse de los vasos para deshonra mediante una separación de ellos.
Si uno quiere ser un vaso para honra y de utilidad para el Maestro, debe ponerse aparte y no contaminarse con lo que es falso, corrupto y contrario a la Palabra de Dios. Uno no puede honrar al Señor en su andar ni ser un vaso santificado para el uso del Maestro si se asocia con aquellos que le deshonran.
Entre las cosas que deshonran a Cristo se encuentran la negación de su deidad o de su humanidad perfecta, el sostén de cualquier mala doctrina y la permisión para practicar la maldad. Ningún creyente puede servir al Señor de manera recta mientras mantiene una asociación con un sistema religioso o con una congregación que permite el mal o recibe como miembros a inconversos. Debe recordar que los inconversos son vasos para deshonra. Uno debe ser un vaso limpio antes de que el Señor lo pueda usar. La condición ya sentada para ser un vaso santificado, apto para el servicio del Maestro es permanecer apartado de los vasos para deshonra.
Si una asamblea no se limpia del mal que hay en ella, como se manda en 1 Corintios 5, el creyente fiel, después de haber dado el debido aviso y haber mostrado paciencia, debe salir de en medio de tal asamblea. Uno no puede sostener comunión con el mal y, a la vez, ser un vaso limpio. “Un poco de levadura leuda toda la masa” (l Corintios 5:6). “Apártese de la iniquidad todo aquel que nombra el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19, V. M.). Cuando uno está separado de la iniquidad entiende lo que es la santidad de Dios, cuáles son los reclamos que Él nos formula y cuán incompatible es su naturaleza respecto del mal.
Por supuesto, los que procuran obedecer el mandamiento de Dios en cuanto a separarse de los vasos para deshonra, de la iniquidad y de todo lo que contradice a la Palabra de Dios, a menudo sufren la oposición y la condenación de otros. Como lo fue en los tiempos de Isaías, así lo es ahora: “La verdad está caída en la calle… más aun, la verdad no se puede hallar, y el que se aparte del mal a sí mismo se hace presa” (Isaías 59:1415, V. M.). La separación según el deseo de Dios cuesta mucho, pero también vale de mucho. El dolor de la separación y el reproche acerca de ella tienen que producirse si es que uno quiere agradar al Señor, agradarle sobre todo lo demás y serle un vaso útil. Luego uno aprende que “el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (l Samuel 15:22). El alma obediente se dará cuenta de que Dios la ha colmado de ricas bendiciones y nuevo poder.
Algunos ponen énfasis en la unidad de la Asamblea y se hacen cómplices en la tolerancia del mal. Lo hacen so pretexto de no romper la unidad ni causar divisiones. No obstante, tales pensamientos son reprendidos y descartados por las palabras del apóstol llenas de autoridad: “Si pues se purificare alguno de éstos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21, V. M.).
Cuando el fracaso y el mal se han apoderado de la Iglesia, existe un peligro. El deseo de preservar una unidad puramente exterior puede persuadir aun al creyente fiel a aceptar el mal y andar en comunión con él, más bien que romper esta unidad.
Pero 2 Timoteo 2:21 establece un principio de fidelidad y responsabilidad individuales en cuanto a separarse del mal y pone este principio sobre todas las demás consideraciones.
La unidad a expensas de la verdad o de la justicia nunca es buena. Es contraria a la naturaleza misma de Dios, quien es luz. En el día de la ruina la separación del mal tiene una importancia que excede en mucho a la unidad exterior.
Algunos abogan por la permanencia en una iglesia o asamblea aun si las condiciones no son rectas sino contrarias a la Palabra de Dios. Sostienen que uno debe quedarse en esa iglesia y hacer todo lo que pueda para mejorar las condiciones allí existentes. Otras veces argumentan que deben quedarse como testigos para el Señor. Pero, a la luz de las Escrituras ya consideradas, debería ser evidente para nuestros lectores cuán erróneo y contrario a ellas es tal proceder cuando se lo compara con las instrucciones que Dios nos da. Uno sólo puede ser un vaso limpio, útil al Señor y dispuesto para toda buena obra cuando se ha separado de los vasos para deshonra. Entonces el Señor lo puede usar para bendición de las almas. Uno tiene que salir primero del pantano antes de poder ayudar a otro que está en él.
Durante los días malos en los cuales vivió Jeremías, Dios le dijo: “Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca.
Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos” (Jeremías 15:19). A Jeremías le resultaba agradable la palabra de Dios en el corazón, y dijo: “No me senté en compañía de burladores… me senté solo” (Jeremías 15:17). Así Dios pudo usarle para separar almas preciosas de entre el mal que existía en Israel. Le usó como su boca para hablar su palabra. Pero ya no podía volver a pertenecer al círculo de personas de las cuales se había separado. “Conviértanse ellos a ti”.
Otro enérgico y claro mandamiento en cuanto a separarse se halla en 2 Corintios 6:14-18: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿y qué comunión la luz con las tinieblas?… Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”. Ojalá cada lector preste atención a estas palabras de exhortación y ánimo y ande fielmente para Cristo aun en medio de las circunstancias de maldad y corrupción que abundan en la cristiandad hoy en día.

La conducta personal

“Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (2 Timoteo 2:22). Hemos visto en el versículo anterior que es necesario separarse de los vasos para deshonra que hay en la casa grande de la cristiandad. Sin tal separación es imposible ser un vaso limpio, dispuesto para toda buena obra.
Ahora, en el versículo 22, el apóstol advierte acerca de peligros personales. Ésta es una clase de peligro que uno fácilmente pasa por alto cuando está obsesionado con lo serio de las lacras de la sociedad y lo necesario que es separarse de ellas. El apóstol Pablo exhorta al creyente, como individuo, en cuanto a su conducta personal y en cuanto a las características de la vida nueva que ha de manifestar como un vaso separado.
Además de aplicarnos al lado negativo de la separación del mal, que nos es presentado en la primera parte del versículo 22 de esta epístola –o sea la necesidad de huir de las pasiones juveniles–, debemos mantener el lado positivo siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz con otros que actúen de igual manera.
Cuando alguien se separa de los males que existen en la Iglesia, una advertencia se impone. Es de suma importancia que el creyente examine su propia conducta, que mantenga un andar práctico acorde con la justicia, a semejanza de Cristo. Es inútil testificar contra el mal en la Iglesia y separarse de él si uno fracasa en su conducta personal. Aquellos que aún están atrapados por la misma iniquidad de la cual aquél dice haberse separado, verán su fracaso. Con razón le estigmatizarán por llevar una conducta no cristiana. Por lo tanto, el apóstol le ruega a Timoteo (y a todo creyente que quiera ser fiel) que esté en guardia. Le exhorta a que evite todo cuanto pueda contradecir e invalidar su prédica respecto de la separación del mal.
Es necesario huir de las pasiones juveniles. Además de evitar las pasiones mundanas y carnales, es preciso abstenerse de las pasiones características de la juventud. Entre éstas figuran la confianza en sí mismo, la frivolidad, la impaciencia, la falta de dependencia en el Señor, el alarde de conocimiento y el apasionamiento por la controversia. Todas estas cosas deben ser evitadas. Ya hemos dicho que son propias de la juventud, pero también pueden aparecer en creyentes de mayor edad y arruinar su testimonio. Un vaso para honra no debe ser caracterizado por estas pasiones tan típicas entre los jóvenes a causa de su autosuficiencia. Debe huir de cualquier tendencia que pueda arrastrarlo a estas pasiones y abstenerse de todo lo que manifieste la falta de un espíritu sobrio, manso y humilde, características éstas que pertenecen a una persona que anda con Dios.
El creyente separado debe seguir la justicia, la fe, el amor y la paz. Debe andar según una justicia práctica, o sea proseguir lo que es recto y conveniente delante de Dios y del hombre.
Notemos que el orden es: la justicia primero, luego la fe, después el amor y finalmente la paz. La primera consideración es la justicia, no el amor ni la paz. Si uno piensa en el amor o en la paz como primera consideración, puede estar en peligro de comprometer la verdad y sacrificar la justicia (El mal podría ser tolerado so pretexto de actuar con amor y de mantener la paz. Tenemos que seguir el amor y la paz, pero no podemos tener paz a expensas de la justicia.). Por lo tanto, debemos procurar la justicia ante todo. No puede haber ninguna paz con el mal ni con los enemigos de Cristo.
Junto con la justicia, debemos propender a lo que es de la fe. Esto lo guarda a uno en comunión con Dios y en dependencia de Él. Cuando hay tal dependencia, Él sostendrá el corazón en la senda de la justicia y en la separación con respecto al mal.
La fe mantiene a Dios delante del alma y evita que uno mire las cosas desde el punto de vista de las conveniencias y los razonamientos puramente humanos. La fe es necesaria para continuar firmes en la senda de la justicia. Moisés es un ejemplo de esto. Él “se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27).
Sin la fe y el amor, nuestra decisión de seguir la justicia tiende a convertirse en una cosa fría y legalista con un sabor farisaico. Por eso es que la fe y el amor deben estar aliados con la justicia. En el versículo que estamos considerando (2 Timoteo 2:22), la fe viene antes del amor. La razón es que el ojo tiene que dirigirse hacia Dios, la fuente del amor, antes que pueda haber verdadero amor cristiano en actividad. El amor tiene que ser resguardado por la justicia y la fe. No puede existir ningún amor verdadero sin obediencia. El amor verdadero hacia Cristo y hacia las almas nos impulsará a andar en la justicia y la fe.
Si la fe es activa, Dios estará delante del alma, su amor llenará el corazón, y el andar será caracterizado por el amor divino. Esto le es muy necesario al vaso para honra. Debe seguir el amor de Cristo y manifestarlo en todas sus relaciones con otros.
Luego, el resultado de seguir la justicia, la fe y el amor será la paz, la paz sobre una base de justicia. El creyente separado no debe encapricharse en su propia voluntad ni tampoco ser causa de contiendas. Más bien debe seguir “lo que contribuye a la paz”. “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 14:19; 12:18). Una persona contenciosa y difícil es una deshonra para Cristo y se manifiesta como alguien que no está siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz.
Los versículos 23-25 de 2 Timoteo 2 nos dan más instrucciones en cuanto a la conducta personal que debe caracterizar a un vaso santificado para honra. Ha de desechar las cuestiones necias e insensatas que engendran contiendas. No debe ser contencioso con nadie “sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen”. El argumento y la contienda referente a la verdad o sobre cuestiones necias no son ni de provecho ni de utilidad.
La verdad de Dios debe ser proclamada de una manera clara, amable y enseñada con toda paciencia, delicadeza y mansedumbre, aun a aquellos que se oponen. El siervo del Señor no debe ser contencioso con los que resisten a la verdad.
Tales son las instrucciones para la conducta personal de creyentes que quieren agradar al Señor y ser vasos santificados y útiles para honra en medio de la ruina de la casa grande que es la cristiandad. Ojalá el Señor nos dé gracia para mantener estas características.

Con quiénes debemos asociarnos

Si volvemos al versículo 22 de 2 Timoteo 2, notaremos que el creyente no sólo ha de seguir la justicia, la fe, el amor y la paz como individuo, sino que debe hacerlo “con los que de corazón limpio invocan al Señor”. Se le anima a que siga estas virtudes con otros que busquen las mismas cosas y que invoquen al Señor con corazón puro.
De esta manera el creyente fiel es exhortado a practicar la amistad con otros que también se hayan separado de los vasos para deshonra. Ya que él, por instinto divino, ama la comunión de los santos, la perspectiva de tener comunión con otros cristianos le alienta en la nueva senda a la cual le ha llamado la fidelidad hacia Dios y hacia su Palabra.
El creyente no debería tener miedo del aislamiento como resultado de la separación del mal; tampoco puede decidir quedarse solo. Dios obrará en el corazón de otros y los guiará para separarse de la iniquidad. Los guiará también en su búsqueda de la justicia, la fe, el amor y la paz, invocando al Señor con corazón puro. Con ellos debemos asociarnos en comunión cristiana. He aquí, para el verdadero creyente, la senda y el círculo de comunión según la mente de Dios en el día de la ruina.
Puede ser que haya sólo dos o tres en determinado lugar que respondan a estas características morales. Si es así, no deben ser menospreciados sino reconocidos como personas en cuyo corazón Dios ha obrado el deseo y el propósito de hacer Su voluntad. Es con ellos con quienes se debe andar en comunión feliz. W. Kelly ha escrito justamente: «El que no tiene afecto para con dos o tres, no puede ser más que un peso muerto aun si está en medio de diez mil».
Las multitudes parecen gran cosa al espíritu mundano, pero no deben influir sobre uno que quiera ser fiel a Cristo. El Señor vio esto de antemano y en su gracia proveyó para afrontar las condiciones que se han producido en los días oscuros de la Iglesia profesante. Por eso prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Él sabía que la situación llegaría hasta tal punto que se hallasen en un lugar solamente dos o tres que estuvieran dispuestos a responder a sus condiciones y obedecer a su Palabra. A los que se reúnen en Su solo nombre, Él les ha garantizado su presencia de una manera tierna y amorosa.
¡Qué promesa más consoladora y preciosa! ¿Qué más se podría desear? El aislamiento, es decir la decisión de permanecer solo, sin asociarse en comunión con otros creyentes, no es la senda de Dios para ningún cristiano en ningún tiempo. Si bien es cierto que no debemos andar en sendas de maldad, también lo es que no debemos rehusar la identificación con otros creyentes.
2 Timoteo 2:22 enseña esto claramente. La voluntad de Dios es que sigamos “la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón limpio invocan al Señor”.
Tal vez en el lugar en que vive, uno no encuentre a nadie con quien pueda reunirse según las Escrituras; no obstante, seguramente el Señor le acercará a algunos creyentes de otras partes con quienes le sea posible andar en comunión recta.
Algunos piensan que las condiciones imperantes en la Iglesia han llegado a ser tan malas que no hay grupo de creyentes con quienes puedan tener comunión en justicia, etc. Por consiguiente, se mantienen aparte de todo y de todos. Sin duda alguna esto es contrario a las Escrituras. Tememos que tal actitud manifieste un espíritu de orgullo, un espíritu que se cree superior a todo el mundo y a todas las cosas. Cuando Elías pensó que era el único que estaba de parte de Dios, tuvo que aprender que había inclusive siete mil que no habían doblado las rodillas delante de Baal (1 Reyes 19:14-18). En toda época, Dios ha mantenido un remanente de creyentes fieles para testimonio de Sí mismo.
Por lo tanto, como creyente separado, uno debe tener comunión con los que se distinguen por seguir la justicia, la fe, el amor y la paz y por mantener colectivamente una pureza de corazón. Aquéllos, pues, constituyen el grupo con el cual debe andar el creyente sincero. Los que de corazón limpio invocan al Señor son aquellos que pueden ser identificados claramente por las anteriores características. Sólo a través del testimonio de la vida práctica podemos discernir el estado del corazón.
El comentarista W. T. Turpin señaló acerca de este versículo: «Lo que está en la mente del Espíritu de Dios en este pasaje es la pureza colectiva; esto es, una pureza que caracteriza al grupo. Los que se reúnen en tal asociación son los que se distinguen por la siguiente manera de congregarse: primero, sobre el terreno de la Palabra de Dios, segundo, con devoción y afecto por el Señor Jesucristo, tercero, procurando mantener Su nombre, Su verdad y Su honor mediante la no tolerancia de aquello que no le agrada. Esto es, según creo, aquello a lo que el apóstol exhorta cuando dice “los que de corazón limpio invocan al Señor”. Pureza e integridad de corazón y devoción personal hacia Cristo son las evidencias de la asociación que estoy obligado a buscar cuando, como individuo, me he purificado».
Una vez hallada esta comunión con base bíblica, debemos mantenerla con paciencia, amabilidad y mansedumbre, tal como ha sido señalado en los versículos 23-25. Hemos hablado de esto previamente en conexión con la conducta personal.
En 2 Timoteo 2 tenemos en verdad dirección consoladora y suficiente para el día de la ruina. El Señor nos ayude a que el lector y el que escribe sean encontrados en esa senda cuando Él venga.

Fuera del Campamento

Al final de la epístola a los Hebreos, después de exponer la plenitud de la persona de Cristo y de Su obra, el escritor inspirado formula una exhortación: “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (cap. 13:12-13). Aquí tenemos otro principio importante para dirección del creyente preocupado seriamente por agradar al Señor.
El apóstol llama la atención del lector sobre el hecho de que Cristo fue crucificado fuera de la puerta de Jerusalén, centro del judaísmo. Por lo tanto, señala la responsabilidad del creyente en cuanto a salir a Él, el rechazado, fuera del campamento. Le llama a salir a Él para llevar Su vituperio. Pero, antes de considerar la porción bíblica citada más arriba, sería provechoso considerar el campamento de Israel y el ejemplo de Moisés al armar la tienda del tabernáculo fuera del campamento.

El idólatra campamento de Israel

En Éxodo 32, donde se habla del campamento de Israel, notamos que los israelitas remplazaron a Dios por la idolatría del becerro de oro hecho por Aarón. Dios, pues, se enojó y ejecutó juicio sobre el pueblo (v. 10, 27-28). Dios había reconocido el campamento como suyo y había morado en medio del pueblo; pero, cuando el becerro de fundición fue hecho y adorado, Dios no pudo más reconocer a los israelitas como pueblo suyo.
El hombre había echado mano de sus herramientas para fundir un dios y hacerse un altar para sí mismo. Se había establecido su propio día de fiesta y había sacrificado ofrendas.
Hecho todo esto, él, el hombre desobediente, “se sentó a comer y a beber, y se levantó a regocijarse” (v. 4-6). El pueblo se había corrompido y por esta razón Dios no pudo reunirse con ellos en tal campamento en donde reinaba la idolatría.
En Éxodo 33 vemos que Moisés percibió lo que convenía a la santidad de Dios y cómo obró separado del campamento de Israel. “Y Moisés tomó el tabernáculo (tienda), y lo levantó lejos, fuera del campamento, y lo llamó el Tabernáculo de Reunión. Y cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento… Cuando Moisés entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la puerta del tabernáculo, y Jehová hablaba con Moisés… Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (v. 7-11).
Aquí tenemos un ejemplo de lo que significa la expresión salir “fuera del campamento”. Además, nos muestra cuán necesario es si queremos tener la presencia del Señor con nosotros en el día de la apostasía y del mal en el campamento. El Señor estaba fuera del campamento de Israel; por eso Moisés se separó él mismo del campamento y levantó la tienda (probablemente su propia tienda) fuera del campamento idólatra.
Nótese que no sólo salió afuera del campamento de Israel sino “lejos” del campamento y llamó a la tienda Tabernáculo de Reunión.
Esta tienda entonces llegó a ser el centro de reunión para todos los que buscaban a Jehová. Salieron al Tabernáculo de Reunión, afuera del campamento contaminado por las prácticas idólatras del pueblo. Luego Dios puso su sello de aprobación sobre la acción de Moisés y la de algunos del pueblo y sobre este nuevo lugar de reunión. Este sello de aprobación fue la columna de nube (símbolo visible de la presencia de Dios) que descendió y se puso a la puerta de la tienda de reunión. También Dios manifestó su aprobación por el hecho de hablar allí con Moisés “cara a cara como habla cualquiera a su compañero” (v. 11).
Todo el pueblo en el campamento vio la columna de nube que estaba sobre la tienda de reunión y se levantó para adorar, cada uno a la puerta de su tienda. Esto mostraba que se daban cuenta de que el Señor no podía concederles más su presencia en el campamento contaminado y que Él reconocía su nuevo lugar de congregación fuera del campamento. Sin embargo, parece que la mayoría del pueblo falló en cuanto a su responsabilidad de separarse del campamento contaminado, por cuanto “se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba” (v. 10). No salieron a la tienda de reunión que estaba fuera del campamento, al lugar donde Jehová manifestaba su presencia mediante la columna de nube.
La aplicación de todo esto al estado actual de la cristiandad debería ser manifiesta al alma habituada a las cosas de Dios.
Además de la exhortación directa de Hebreos 13:13 de salir a Cristo fuera del campamento, tenemos la declaración de Romanos 15:4: “Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron”. Por ello sabemos que la actitud de Moisés y otros, al separarse de la idolatría y del mal en el campamento de Israel, le da al creyente un ejemplo. Le proporciona un principio que le sirva de guía para este día de ruina de la Iglesia profesante, es decir, de aquella que profesa ser cristiana.
Lo que se llama cristiandad ha venido a ser un campamento idólatra, muy parecido al campamento de Israel. Cristo ha sido remplazado y la idolatría se practica en una gran parte de la Iglesia profesante. El hombre ha tomado su cincel y ha labrado sus propios dioses. Ha elaborado sistemas de religión sin hacer caso del pensamiento de Dios expresado en las Escrituras. Y aun podemos agregar que los sistemas humanos virtualmente han puesto aparte el pensamiento y la autoridad de Cristo, así como la operación soberana del Espíritu Santo.
Toda forma de mala doctrina y corrupción moral puede encontrarse en lo que se llama la cristiandad. Ésta ha llegado a ser una «Babilonia» de confusión y perversidad. El capítulo 18 del Apocalipsis nos da un cuadro profético de esta Babilonia en su etapa final y su desarrollo repleto de maldad, y nos hace una descripción del juicio que Dios ejecutará sobre Babilonia.
Allí leemos: “Ha caído, ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible… Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados” (v. 2, 4).
Como Moisés en su época, tenemos que salir de este campamento idólatra y separarnos lejos de todos sus males y corrupciones. He aquí lo que debemos hacer si queremos ganar la aprobación de Dios y gozar de su presencia con nosotros. ¡Cuán triste es ver a tantos creyentes verdaderos que se adhieren a los variados sistemas que hay en el campamento corrupto de la cristiandad en vez de salir fuera del campamento! Hay muchos que, como en el Israel de entonces, adoran a la puerta de sus tiendas en el campamento apóstata del cual Cristo se ha apartado. Si éste fuera el caso de alguien que está leyendo estas líneas, le rogamos que escuche la voz de Dios que clama: “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados”.

El campamento del judaísmo

Ahora vamos a considerar este campamento del cual el apóstol habla a los creyentes hebreos (Hebreos 13:13). Les exhorta a que salgan a Jesucristo, quien sufrió fuera de la puerta como la verdadera ofrenda por el pecado. El escritor inspirado muestra que Cristo está fuera del apóstata campamento religioso del judaísmo. Por lo tanto, los que le aman deben salir “a él, fuera del campamento, llevando su vituperio”.
Tres veces la gloria de Dios estuvo fuera de Israel: primero, en el desierto, como lo hemos visto en Éxodo 33; segundo, en Jerusalén, en los días de Ezequiel (Ezequiel 10:18-19; 11:23); y tercero, en la crucifixión de Cristo, en quien la gloria de Dios se manifestó a la fe en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).
Así es que los que quieren buscar al Señor y gozar de su presencia tienen que salir a Él, al lugar de rechazo y oprobio. Este lugar está allí donde el mundo religioso puso al Señor: fuera del campamento de ellos.
Sería bueno que averiguáramos algo más sobre la naturaleza del campamento del judaísmo, fuera del cual pusieron a Cristo. En Hebreos 9:1-10 tenemos una descripción de este campamento, de la cual recogemos las siguientes características: 1) Fue reconocido como “santuario terrenal”, un santuario de este mundo, con muebles y utensilios espléndidos (v. 1-2).
2) Hubo una parte interior de este santuario terrenal, llamada “el Lugar Santísimo”, con un velo que lo separaba del resto del santuario. Los sacerdotes entraban en la primera parte del tabernáculo para cumplir el servicio dedicado a Dios, pero en el Lugar Santísimo sólo el sumo sacerdote podía entrar, una vez al año, con sangre para expiación de sus propios pecados y de los pecados del pueblo (v. 3-7). Dios estaba, podríamos decir, encerrado, a la vez que el hombre quedaba afuera.
3) No hubo, pues, acceso libre a Dios bajo este sistema de adoración “dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo” (v. 8).
4) Hubo un sacerdocio ordenado, es decir, un orden sacerdotal, grupo muy distinto del pueblo, que se dedicaba al servicio del santuario y oficiaba entre el pueblo y Dios. El pueblo no tenía intervención directa en el servicio del santuario (v. 6).
5) El santuario terrenal con sus sacerdotes y sacrificios no podía dar a los adoradores una conciencia purificada ni hacerlos perfectos o completos delante de Dios (Hebreos 9:9; 10:13).
6) Fue un sistema de adoración ordenado por Dios para la nación de Israel en la carne y abarcó como adoradores a toda la nación en el campamento. No suponía ni exigía que los adoradores nacieran otra vez. Eran, por eso, una multitud mixta de creyentes e incrédulos reunidos sobre la base de la observancia de la ley para justicia (Hebreos 3-4).
7) Fue una religión terrenal, establecida en la tierra y propia para el hombre en la carne, sin ningún pensamiento de reproche en contra de ella (Gálatas 5:11; 6:12-13).
Lo antedicho es un breve bosquejo de los principales aspectos del campamento del judaísmo. Suplicamos al lector que tenga en cuenta dichos aspectos. En breve vamos a referirnos a ellos cuando consideremos las características contrastantes del verdadero cristianismo. Luego consideraremos la semejanza entre el campamento actual de la cristiandad y el del judaísmo.
Dios envió a su Hijo, el Mesías prometido, a este campamento del judaísmo. Pero su Hijo fue rechazado y muerto fuera de las puertas de la metrópoli judía, Jerusalén. La cruz de Cristo puso fin a todo eso y, a la vez, introdujo el nuevo pacto de gracia y de redención perfecta mediante el Señor Jesucristo. No obstante, Dios tuvo paciencia con la nación hasta que ésta dio muerte a pedradas a Esteban. Entonces Israel como nación quedó descartada por completo y el campamento judaico fue totalmente repudiado por Dios.
Pero los verdaderos creyentes en Cristo todavía se aferraban al judaísmo y algunos creyentes hebreos estaban en peligro de abandonar su profesión cristiana y volver a este campamento.
Por eso, la epístola a los Hebreos fue escrita, unos treinta años después de la cruz, dirigiéndoles a la plenitud de las bendiciones que provienen de Cristo y su obra. La epístola a los Hebreos les exhortaba a que salieran al encuentro de Cristo fuera del campamento apóstata del judaísmo que Dios había rechazado.
Éste es el lugar apropiado para la Iglesia, puesto que “el vino nuevo” del cristianismo no puede ponerse en los “odres viejos” del sistema legalista del campamento judaico (Lucas 5:37-38).
No se puede seguir a Cristo y adorarle donde Él es rechazado.

El contraste del cristianismo con el judaísmo

Sobre el fundamento del solo sacrificio perfecto, completo y rescatador efectuado por Cristo en la cruz, Dios formó la Iglesia. La formó el día de Pentecostés mediante el descenso y bautismo del Espíritu Santo. Así instituyó el cristianismo en su carácter celestial, el carácter que Él reconoce y en el cual encuentra deleite. Estas características celestiales, como las encontramos en las Escrituras, son lo opuesto a las del campamento del judaísmo. Brevemente consignamos a continuación los puntos contrastantes del cristianismo. El lector puede comparar cada uno de estos siete puntos con los correspondientes incluidos en la sección anterior.
1) El santuario del cristiano está en el cielo, no en la tierra.
Cristo se ha ido al cielo. Aparece en la presencia de Dios por nosotros como ministro del santuario celestial y del tabernáculo verdadero (Hebreos 8:2; 9:24).
2) El velo de entrada al Lugar Santísimo está rasgado y tenemos confianza para entrar por medio de la sangre de Jesús, por el camino nuevo y vivo que Él abrió a través de ese velo (Hebreos 10:19-20). Dios, en la persona de Cristo, ha salido del lugar santísimo hacia el hombre, y Cristo ha entrado a la presencia de Dios para el bien de los creyentes. Aun más, abrió un camino para que nosotros podamos entrar en el Lugar Santísimo también. Dentro del velo del santuario celestial está el lugar que pertenece a todo cristiano.
3) De esta forma hay completo acceso a Dios. “Por medio de él (Cristo) los unos y los otros (creyentes judíos y gentiles) tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18).
4) Todo creyente en Cristo es sacerdote santo y real, con privilegios para ofrecer sacrificios espirituales a Dios. No hay ninguna clase especial de sacerdotes, distinta del pueblo, en el cristianismo novotestamentario (l Pedro 2:5, 9).
5) Por la sola ofrenda de Cristo, perfecta y completa, los creyentes tienen conciencias purificadas, son santificados y perfeccionados para siempre ante Dios. Se les asegura que Dios no se acordará más de sus pecados y transgresiones (Hebreos 9:14; 10:14-17).
6) La Iglesia de Cristo se compone de un pueblo que tiene una relación vital con Dios mediante el nuevo nacimiento. No abarca a nadie que sólo tenga una relación exterior con Dios mediante un nacimiento natural, como en el caso de Israel.
Sólo los que han nacido “de nuevo” pertenecen a la Iglesia y pueden adorarle “en espíritu y en verdad” (Juan 3:3; 4:24). No hay mezcla de salvos e incrédulos en la adoración de la Iglesia verdadera.
7) El cristianismo es marcadamente celestial. “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). No está adaptado, por lo tanto, al hombre en la carne sino que, por el contrario, constituye una locura para el hombre natural. Así es que la cruz y el rechazo de Cristo tienen una relación con la adoración cristiana verdadera, porque los creyentes pertenecen a un Cristo rechazado. “Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo” (Gálatas 6:12).
La versión de Pratt (V. M.) lo expresa así: “Todos aquellos que quieren hacer una buena apariencia en la carne, los tales os compelen a ser circuncidados; solamente para no ser ellos perseguidos a causa de la cruz de Cristo”.
Tales son algunos de los aspectos principales del cristianismo novotestamentario en contraste con el campamento del judaísmo. El cristianismo verdadero, por lo tanto, no es un campamento religioso en la tierra, sino una agrupación de creyentes, unidos a Cristo, su Cabeza glorificada en el cielo. Los creyentes deben salir hacia Él afuera del campamento de la religión terrenal.

El campamento de la cristiandad

Hemos señalado las características y la posición del cristianismo verdadero. Éstas fueron manifestadas en la Iglesia en los tiempos de los apóstoles, tal como se puede verlo claramente a través del estudio del Nuevo Testamento. Pero un vistazo a la historia de la Iglesia profesante, desde entonces hasta ahora, revela un hecho triste. Perdió rápidamente su carácter celestial y los aspectos que la distinguían en su correcta posición cristiana.
Lo que llevaba el nombre de cristianismo e Iglesia (lo que podemos llamar cristiandad), pronto echó raíces en la tierra y llegó a ser una mezcla de judaísmo y cristianismo. La Iglesia pronto adoptó los principios del judaísmo –una religión según los deseos del hombre no regenerado en la carne– mezclados con un poco de la verdad del cristianismo. La cristiandad, pues, pronto vino a ser un campamento religioso en la tierra, parecido al campamento idólatra de Israel en los días de Moisés y al apóstata campamento del judaísmo.
Recuérdense las características principales del judaísmo y nótese cómo coinciden más o menos con las cualidades vistas en los sistemas religiosos de la cristiandad. Algunas de estas particularidades son las siguientes: 1) Tienen un santuario terrenal majestuoso, con muebles y vasos, todo esto agradable a la vista humana.
2) Hay un lugar sagrado interior, separado con barandilla, ocupado sólo por el sacerdote o el ministro oficiante.
3) No hay acceso directo y libre a Dios. Dios está a lo lejos y se dirige a Él como al “Dios Todopoderoso”, “Dios Altísimo”, etc. pero raras veces como “Abba, Padre”, que es el clamor de adopción del verdadero hijo de Dios (Gálatas 4:6). Así es cómo se manifiesta la posición de lejanía que es característica del sistema judío.
4) Hay una casta sacerdotal exclusiva y creada por ordenación. Estos ministros sirven, generalmente, bajo la autoridad de jerarcas de alto rango y se mantienen entre Dios y el pueblo, formando una división entre los así llamados «laicos» y «clérigos». De esta manera la organización humana desecha la dirección del Espíritu Santo.
5) Otra característica de los sistemas religiosos de hoy día es que, en general, no saben qué es una conciencia limpia, ni tienen conocimiento del perdón de pecados o de la aceptación delante de Dios. En efecto, la mayoría de los que pertenecen a la cristiandad acusan de presunción al hecho de decir que uno es salvo y está seguro de ir al cielo.
6) Creyentes y no creyentes de corazón, convertidos y no regenerados, se reúnen como adoradores sobre el terreno de las obras y de la observancia de la ley para lograr la salvación.
7) Estos sistemas reconocen al hombre en la carne, gustan al hombre en la carne y están constituidos en tal forma que abarcan a los hombres en la carne. De ahí que tales sistemas no incomoden al hombre natural ni le hagan sentir el oprobio de Cristo o la necesidad de llevar Su cruz.
Tales son las características de la cristiandad, la que es en realidad un campamento religioso tan apóstata como lo fue el judaísmo, y tal vez más. Por consiguiente, los creyentes de esta dispensación de la gracia son llamados a salir de los sistemas religiosos de la cristiandad, o sea el campamento, e ir a Cristo, el verdadero centro de reunión.
En cuanto a lo que constituye el campamento, S. Ridout bien ha dicho: «Es cualquier cosa en donde Cristo está solo nominalmente, pero no en realidad, entronizado como el Supremo. No me importa cuán antigua sea la autoridad… dondequiera que haya una organización humana que excluye a Cristo, que no esté de conformidad con la Palabra de Dios, tal como la tenemos en el Nuevo Testamento, allí tiene usted el mismo campamento del que venimos hablando. Sobre todo, el campamento está en cualquier parte donde Cristo no tenga directa e inmediatamente el control absoluto mediante su Palabra y su Espíritu».
El campamento, fuera del cual Dios exhorta a los creyentes de hoy día a que salgan, es la cristiandad en la que los hombres han establecido principios judíos bajo un disfraz de gracia.
Hay que salir de cualquier sistema en el cual la autoridad del hombre se establece y engendra el repudio práctico de la autoridad de Cristo. (Esto sucede dondequiera que se reconozca un clero que establece distinción con los laicos en su conjunto). El campamento es un sistema de religión terrestre o carnal establecido por el hombre. Es un lugar donde Dios es deshonrado y su Palabra descartada y donde al hombre se le da un lugar dentro del cual puede hacer todo lo que le place.
Confiamos en que estas observaciones ayudarán a los lectores a entender mejor: primero, lo que es el campamento en nuestros tiempos, y luego, lo que quieren decir las palabras de Hebreos 13:13: “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio”. Dios quiera que cada uno que entienda esto sea vigorizado por el Espíritu Santo, a fin de actuar según este precepto divino. Sólo en separación de todo lo que desplaza y deshonra a Cristo podemos gozarnos de su dulce presencia y adorarle en espíritu y en verdad. Estar fuera del campamento con Cristo en su rechazo aquí abajo, se corresponde con nuestra porción junto a Él en lo alto. Para entrar de verdad dentro del velo como adoradores, tenemos que salir con Cristo del campamento aquí en la tierra. Éste es un principio grande y necesario para guiar al creyente en el día de la ruina y del desorden de la Iglesia.

Salgamos a Él

Deseamos poner de relieve que el acto de salir a Cristo es el lado positivo de esta separación del campamento. Este aspecto debe ser el verdadero motivo y el fin de nuestra separación del campamento. Sólo esto le sostendrá a uno en la senda negativa de separación con sus pruebas y angustias. Cristo, en todas sus bellezas, glorias y suficiencia debe ser la meta del corazón.
Debe ser el deseo del alma y el fin personal en razón del cual se hace necesaria nuestra separación de los sistemas que no le dan el puesto que sólo a Él le corresponde. Por eso el escritor de Hebreos presenta, a través de toda la epístola, las glorias y la suficiencia cabal de Cristo y su obra. Entonces, en su último capítulo, el escritor exhorta a los lectores a separarse del campamento del judaísmo.
El alma debe anhelar a Cristo y desear andar con Él y estar bajo su dirección y bajo el control del Espíritu Santo. De otra manera, la separación resultará insuficiente para seguir a Cristo fuera del campamento. Uno que no hace más que separarse de un sistema religioso por causa de los males que hay en él, bien puede formar otro sistema, o tomar parte en un sistema que tuviera más verdad y santidad; no obstante, éste seguirá siendo un sistema en el cual Cristo no es el centro de reunión.
Tampoco será un lugar en el cual se da a Cristo la autoridad suprema mediante la sumisión a la acción no limitada del Espíritu Santo. Por eso el creyente que está en busca de algo mejor todavía pertenece al campamento de la cristiandad, aunque tal vez se encuentre en las afueras de él. Como Moisés, debemos levantar nuestra tienda “lejos del campamento” (Éxodo 33:7, V. M.) y reunirnos completamente en torno a Cristo. Ojalá el lector y el autor de estas líneas lleguen a saber más acerca de este lugar bendito con Cristo fuera del campamento.

El naufragio descrito en Hechos 27

No deja de tener importancia el hecho de que el libro de los Hechos, el cual comienza con la formación de la Iglesia el día de Pentecostés y sigue con una narración de su poder y progreso en los días tempranos, tenga que concluir con detalles del viaje de Pablo a Roma, el que termina en un naufragio y el encarcelamiento del apóstol en la capital del imperio. Creemos que la detallada descripción de este viaje, del naufragio y de la reclusión de Pablo, apóstol especial de la Iglesia, nos da un cuadro simbólico de la historia de la Iglesia profesante1) desde su gloria y poder apostólicos hasta sus últimos días de ruina, naufragio y esclavitud por parte de la Roma papal. Seguramente el Espíritu de Dios no registraría todos los detalles de este viaje y el naufragio si no tuvieran más valor que el meramente histórico. Él quiere que dispongamos de instrucciones espirituales además de hechos históricos, porque “toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar” (2 Timoteo 3:16).
Nuestro propósito no es señalar todos los detalles simbólicos de este viaje que encuentran su contraparte en la historia de la Iglesia profesante. Antes bien queremos que el relato de 1) Véase la nota, página 7.
ese viaje nos sirva de estímulo y dirección para andar en la senda correcta en este día de ruina de la Iglesia, preanuncio del naufragio que va a ocurrir. Señalaremos primeramente, sin embargo, unas pocas cosas que nos dan un cuadro típico del viaje de una Iglesia que va cuesta abajo.

Pasos hacia un naufragio

Aquí, como en otras partes de la Palabra, el significado de los nombres es la llave que da acceso a la instrucción espiritual. El nombre del pueblo en el que comenzó el viaje era “Adrumeto”, que quiere decir «no en la carrera». Hebreos 12:1-2 nos habla de la carrera que hemos de correr hacia la meta celestial. Es evidente, por lo tanto, que cuando la Iglesia dejó de correr la carrera hacia la meta celestial y se radicó en la tierra, emprendió un viaje que terminará en un naufragio.
En el versículo 2 leemos de un tal Aristarco que estuvo entre los pasajeros de a bordo. Su nombre significa «el mejor gobernador», pero no oímos más de él durante el resto del viaje. El mejor gobernador para la Iglesia es el Espíritu Santo, pero su gobierno y guía fueron descartados por la Iglesia profesante.
La organización y la regla humanas sustituyeron a la dirección del Espíritu de Dios. Los versículos 3 y 4 relatan que estuvieron en el puerto de Sidón por corto tiempo y navegaron bordeando la isla de Chipre porque los vientos eran contrarios.
Sidón quiere decir «tomando la presa» y Chipre significa «flor». Esto sugiere cómo la Iglesia se radicó en el mundo, acumuló posesiones y se abocó a la naturaleza, la vieja creación, en lugar de constituir la nueva creación en Cristo Jesús.
La segunda embarcación usada para continuar el viaje pertenecía a Alejandría, un puerto egipcio. Egipto nos habla del mundo en su independencia de Dios. La Iglesia rápidamente se asoció con el mundo y comprometió sus principios en vez de andar en separación de él. Este barco es el que más tarde habrá de hacerse pedazos enteramente. Durante el viaje, el apóstol Pablo advirtió a todos del desastre que se avecinaba, pero no hicieron caso de sus consejos. Asimismo también la Iglesia ha tenido las advertencias de los apóstoles, consignados para nosotros en las Escrituras, pero la Iglesia profesante no les ha hecho caso. Va acercándose a la ruina y a un seguro naufragio.

Ninguna esperanza de recuperación

En seguida leemos acerca del viento huracanado que se levantó y de los esfuerzos hechos para preservar la nave. Esta tempestad puede referirse a la oposición que Satanás ofrece a la Iglesia. “Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos” (v. 20). Todo era oscuridad y no había esperanza de salvación; tal es la perspectiva de la Iglesia profesante hoy día. La oscuridad de las enseñanzas perversas, la apostasía y la ruina moral van en aumento y no hay esperanza de recuperación alguna. Las Escrituras proféticas nos señalan tal escena de oscuridad y maldad en los días finales de la cristiandad1). La segunda epístola a los Tesalonicenses (cap. 2), la segunda epístola a Timoteo (cap. 3), la segunda epístola de Pedro (cap. 2) y la epístola de Judas describen estos días de oscuridad, de maldad en aumento y de condiciones incurables.

Pablo anima y testifica

Pero dentro de la oscuridad hay ánimo y estímulo para los que de veras pertenecen al Señor. Durante la tempestad, el ángel de Dios apareció a Pablo, diciéndole que no temiera. Le 1) Véase la nota al pie de la página 10.
dijo que era necesario que compareciese ante César y que Dios le había concedido la vida de los que navegaban con él (v. 2225). Así vemos otra vez que el Señor nunca desampara a los suyos, sino que les anima aun en los días de ruina y desesperanza. Asimismo nosotros debemos darnos cuenta de la presencia del Señor en el día de la ruina y la oscuridad que nos rodean, y tener esperanza.
El Señor animó y esforzó a Pablo con su presencia y su mensaje de confianza. Luego Pablo exhortó a sus compañeros para que tuvieran buen ánimo y les dio testimonio acerca del Señor. “Ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo”. Nótese que declaró con claridad a quién pertenecía y a quién servía. Así debe testificar todo creyente ante aquellos con quienes tiene que relacionarse, hablándoles de la salvación, la seguridad y el regocijo que hay en Cristo. Además testificó: “Porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho”. Con claridad declaró su fe en la Palabra de Dios.
Dentro de la incredulidad y apostasía de estos tiempos nosotros también debemos decir a hombres y mujeres: «Creo a Dios. Todo sucederá conforme lo declaran las Escrituras». Sea que la gente crea a la Biblia o no, debemos declarar sin rodeos: «Yo creo a Dios» y prevenirles del juicio venidero.
Hubo también aliento para Pablo en la promesa de Dios en cuanto a que le había dado la vida de todos los que navegaban con él. Al aplicar esto de manera espiritual al día de hoy, no es necesario que quedemos solos y desesperados. Debemos testificar fielmente acerca del Señor y contar con Dios para que nos dé almas que nos acompañen hasta el puerto celestial. No debemos empeñarnos en recomponer la decadencia, la tenebrosidad y la ruina de la Iglesia y permanecer abatidos por la falta de éxito en la empresa. Tenemos que andar con el Señor, anunciando el mensaje de ánimo y salvación en Cristo y buscar almas para que sean salvas y viajen con nosotros.
El barco iba a perecer, como se le dijo a Pablo, pero no habría pérdida de vidas. Asimismo, la Iglesia profesante – como barco de testimonio– terminará en un naufragio, pero el Señor rescatará de él, para sí mismo, a todo creyente verdadero. Todos los que pertenecen a Cristo y creen a Dios como Pablo lo hizo, llegarán con seguridad a la tierra de Emanuel.

Cuatro anclas

“Y temiendo dar en escollos, echaron cuatro anclas por la popa, y ansiaban que se hiciera de día” (v. 29). Así fueron guardados de las rocas y del naufragio durante la noche. Aquí tenemos un ejemplo importante y una ilustración del camino de seguridad que tenemos en medio de las tempestades que desata la oposición de Satanás. Hay muchas rocas a nuestro alrededor que harían naufragar nuestra fe si chocásemos contra ellas. Al escribirle a Timoteo, Pablo le encargó que mantuviera “la fe y buena conciencia, desechando la cual (la buena conciencia) naufragaron en cuanto a la fe algunos” (l Timoteo 1:19).
Asimismo, para ser guardados y preservados durante la noche oscura de la apostasía, necesitamos tener nuestras almas firmemente amarradas a cuatro anclas. Creemos que la epístola de Judas al retratar la oscuridad de los últimos días de la Iglesia, nos señala lo que corresponde a las cuatro anclas de las que se habla en Hechos 27:29.
Después de hablar de la apostasía y maldad horrendas, Judas se dirige a los creyentes y les dice que hagan cuatro cosas (v. 20-21): “Pero vosotros, amados, l) edificándoos sobre vuestra santísima fe, 2) orando en el Espíritu Santo, 3) conservaos en el amor de Dios, 4) esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna”.
Éstas son cuatro cosas necesarias para el día malo; son actividades del alma, fuertes y prácticas, las cuales nos guardarán de las peligrosas rocas que nos rodean y del naufragio de nuestra fe.
Primero, tenemos que edificarnos sobre nuestra santísima fe. Necesitamos aferrarnos a la verdad en todo su poder santificador y preservador y no reducir las normas de la verdad en lo más mínimo. A los ancianos de Éfeso, Pablo les pudo decir: “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia” (Hechos 20:32). Es la Palabra de Dios la que nos sobreedifica y nos hace fuertes y firmes. Debemos alimentarnos de ella, obrar según ella y sobreedificarnos con ella teniendo como base nuestra santísima fe. Esto es una verdadera ancla para nuestras almas.
En segundo lugar, necesitamos el ancla de la oración: orar “en el Espíritu Santo”. Ésta es la acción espiritual más importante que pueda emprender cualquier creyente. Orar en el Espíritu es el complemento necesario al hecho de alimentarnos de la Palabra; mantiene fresca el alma delante de Dios y en comunión con Él. Para que haya oración en el Espíritu debe haber un andar en el Espíritu y, además, el ejercicio del auto-juicio. La oración es para el cristiano un recurso y una fuente de poder en todo tiempo. Es el sostén y el ánimo especiales en los días oscuros de la ruina y el desorden.
En tercer lugar, necesitamos conservarnos en el amor de Dios. Haciéndolo, tendremos una verdadera ancla para nuestra alma en el día del poder de Satanás y de su maligna actividad.
Conservarnos en el amor de Dios no quiere decir que debamos amar a Dios, cosa que ciertamente debemos hacer. Significa mantener nuestra alma en el goce de su amor. Es lo mismo que mantenernos bajo la luz del sol, fuente de salud, calor y buen ánimo. En el amor de Dios hay salud, calor y buen ánimo espirituales. Esto quiere decir que siempre debemos tener confianza en Dios y nunca dudar de su amor, no importa cuáles sean las circunstancias o pruebas. Nada puede alterar su amor hacia nosotros, ni aun nuestros fracasos. Pero, para disfrutar de su amor, tenemos que andar en el Espíritu, a fin de que haya en nuestra alma la constante certeza de su amor. Satanás siempre procura hacernos dudar del amor de Dios interponiéndose entre nuestra alma y Su amor. Si nos mantenemos inmersos en el incansable e invariable amor de Dios, ello anclará firmemente nuestra alma contra todo viento y toda ola de Satanás y nos preservará del naufragio.
Como una cuarta ancla se nos exhorta a que esperemos “la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna”. Es reconfortante tener, a lo largo del camino, la brillante perspectiva de la misericordiosa venida del Señor Jesús para llevarnos consigo. Esta venida nos introducirá en la plenitud de la vida eterna. A causa de la gran necesidad que se padece durante este día malo, a causa de la aflicción y la falta de fuerzas, su venida será una misericordiosa liberación de los suyos de toda la ruina de la Iglesia y también del mal que les rodea. Por eso la esperanza de la misericordia del Señor, especialmente en su venida, es una verdadera ancla para el creyente. Nótese que echaron cuatro anclas y ansiaban que se hiciera de día. El día de la venida del Señor es la esperanza y la brillante perspectiva de la Iglesia verdadera.
Aquellas anclas nos mantendrán inamovibles a pesar de la tempestad que continúa rugiendo durante esta noche de la ausencia de Cristo. Además de esas anclas, tenemos la de Hebreos 6:19-20: “La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor”. Esta ancla está ligada a nuestro Señor Jesús en el santuario celestial.
Volvamos a Hechos 27 y notemos que, mientras el barco estuvo anclado, fue preservado. Pero, cuando al día siguiente abandonaron las cuatro anclas en el mar y dieron en un lugar donde se encontraban dos mares, su barco encalló. Así se produjo el naufragio. Esto ilustra para nosotros la importancia de estar anclados y muestra que, cuando se desechan las anclas, muy pronto sobreviene el naufragio espiritual. Si, como individuos, abandonamos una de estas anclas provistas para nosotros –o todas ellas– el resultado no puede ser otro que el desastre espiritual. La cristiandad ya está abandonando las anclas de que nos habla Judas 20 y 21. Muchos han abandonado la Biblia y ya no creen que ella sea la infalible Palabra de Dios. Se han apartado de la fe, han dejado de orar, no conocen el amor de Dios y no alientan la esperanza de la venida del Señor ni la desean con ansia. Dentro de poco habrá un naufragio y Dios repudiará la embarcación completamente.
Todos en el barco llegaron a tierra en tablas, etc., y después de tres meses entraron en un tercer barco. Éste tenía por nombre “Cástor y Pólux”, nombres de los hijos de Júpiter, guardianes de la navegación, según la mitología pagana. En este barco hicieron el viaje a Roma, en donde Pablo fue hecho prisionero.
Puede ser que esto simbolice lo que se enseña en otras partes del Nuevo Testamento: l) cómo la iglesia apóstata terminará en la idolatría pagana de la gran Babilonia y el anticristo; y 2) cómo la verdad revelada a Pablo también será encarcelada por Roma (Apocalipsis 13, 17-18).
Quiera el Señor ayudarnos, a quienes le conocemos, a dar testimonio de Él dentro de la apostasía y ruina de la cristiandad, a buscar almas para que naveguen con nosotros, a asirnos bien de las anclas y a esperar de veras la venida de Él.

El testimonio del Remanente

A lo largo de las Escrituras, por grandes que hayan sido la ruina, el fracaso y la oscuridad moral del testimonio general o de los tiempos, se ve que Dios siempre tuvo algunos creyentes leales. Éstos estaban caracterizados por su genuina devoción a Dios y a sus intereses. Se habían separado de las masas corruptas e impías o de los que profesaban pertenecer a Dios pero que eran solamente creyentes de nombre. Observamos que Dios siempre se reserva testigos que brillen para Él como luces en las tinieblas. Tales testigos son conocidos como “un remanente”. Este apelativo designa a los que siguen siendo testigos de Él y de su Palabra aun cuando la mayoría se haya apartado no sólo de Él sino también de su Palabra, corrompiéndose con los males de la época.
Varias veces encontramos en la Biblia la expresión «remanente». Esdras, en su oración de confesión a Dios, dijo: “Ha habido misericordia de parte de Jehová nuestro Dios, para hacer que nos quedase un remanente libre” (Esdras 9:8). En Ezequiel 6:7-8 Dios dijo: “Y los muertos caerán en medio de vosotros… mas dejaré un resto (remanente), de modo que tengáis entre las naciones algunos que escapen de la espada”. Y el apóstol Pablo, hablando del pueblo de Israel, dijo: “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia” (Romanos 11:5). Éstos son unos pocos ejemplos del empleo del término “remanente” en la Biblia.
Así como en el Antiguo Testamento hubo siempre un remanente de creyentes verdaderos y leales, así también lo hay en el Nuevo Testamento. Vemos que entre la ruina y la apostasía de Israel y de la Iglesia, Dios siempre tiene un remanente de creyentes fieles con los que se comunica y se manifiesta de un modo especial. De tal manera, en el día de la ruina y la apostasía de la Iglesia profesante, los que quieren ser fieles al Señor y a su Palabra no son más que un remanente pequeño dentro de la vasta masa que profesa ser cristiana.

Características generales

Por lo tanto, es provechoso y estimulante para todos los que deseen ser fieles al Señor en estos postreros días de la Iglesia, que estudien las características de los remanentes. Así se darán cuenta de cómo los remanentes de creyentes leales de todas las épocas fueron sostenidos y estimulados en los días malos. En estas páginas hay espacio para solamente algunas de las características de unos pocos remanentes de antaño.
Primeramente podemos afirmar que la existencia de un remanente manifiesta el fracaso de lo aparentemente cristiano (o judío) en cuanto a ser un verdadero testimonio para Dios. Si todos fueran fieles, no habría fundamento para distinguir a unos pocos de la gran mayoría de los que llevan el nombre de cristianos. El remanente de cualquier época siempre será identificable por constituirlo quienes sienten y confiesan el fracaso y la ruina comunes al testimonio general pero que cuentan con Dios y se adhieren a su Palabra mientras andan separados del mal.
Se verá también que, cuanto más grande sea la ruina del testimonio exterior de los que se dicen cristianos, tanto más rico será el despliegue de la gracia divina en el remanente. Cuanto más profunda sea la lobreguez del día, tanto más luminoso será el resplandor de la fidelidad individual hacia Dios. El hombre siempre ha fracasado en cuanto a mantener lo que Dios le ha confiado. Pero Dios es siempre fiel, misericordioso y cumplidor de sus promesas; siempre mantiene un testimonio para sí mismo. Éste es el hecho que encontramos cuando hacemos un estudio de los remanentes de la Escritura.
Lo arriba citado es un inmenso aliento para todo fiel hijo de Dios que siente y reconoce el naufragio y la ruina de la Iglesia profesante. Es de veras una fuente de estímulo tener la seguridad de que, por mucho que haya fracasado la Iglesia, no ha disminuido el privilegio del creyente de brillar en tales circunstancias. Éste puede gozarse de mantener una comunión tan completa y preciosa con Dios y de andar en una tan alta senda de obediencia y bendición como fue posible en los días más resplandecientes de la historia de la Iglesia.

En el día de Ezequías

En 2 Crónicas 30 tenemos la narración de un avivamiento ocurrido en los días de Ezequías. Esto sucedió cuando la unidad de la nación se había fraccionado y las condiciones eran muy deficientes en Israel. Tanto lo eran que, cuando el rey proclamó la celebración de la pascua e hizo pasar pregón por todo Israel para que todos acudiesen, solamente pocos se humillaron y correspondieron a la cita. La mayoría desdeñó el llamado riéndose y haciendo objeto de toda clase de burlas a los mensajeros. Los obedientes celebraron con gran regocijo la pascua en el segundo mes y la fiesta de los panes sin levadura.
“Hubo entonces gran regocijo en Jerusalén; porque desde los días de Salomón hijo de David rey de Israel, no había habido cosa semejante en Jerusalén” (v. 26).
La gracia de Dios vino al encuentro de aquellos de entre su pueblo que reconocieron haber pecado y abandonado a Dios y tomaron su lugar de humillación delante de Él. Hubo mucha debilidad para obedecer la Palabra de Dios, pero el Señor fue misericordioso, les bendijo ricamente y les dio un gran avivamiento. No se consideraron como «los aprobados de Dios», ni creyeron ser algo. Simplemente tomaron un lugar de humillación y confesión delante de Dios y procuraron obedecer a su Palabra. Como resultado, experimentaron gran regocijo y alegría, algo que no se había visto en Jerusalén desde los días de Salomón, hijo del rey David. ¡Qué ejemplo y aliento para los verdaderos creyentes de hoy día!

Daniel y sus compañeros

En la historia de Daniel y sus compañeros (libro de Daniel), tenemos otro ejemplo de un remanente de creyentes fieles en un día de ruina y maldad. Jerusalén y el templo, allí donde Dios había puesto su nombre, yacían en ruinas y el pueblo de Israel había sido llevado cautivo a Babilonia. No obstante, aquel pequeño grupo de hombres piadosos permaneció fiel a la Palabra de Dios aun dentro del ambiente contaminante y abominable de la idolatría de Babilonia. Se separaron de todo ello y soportaron el horno de fuego y el foso de los leones antes que faltar a la verdad de Dios.
Se propusieron en su corazón no contaminarse. Oraron fervientemente a Dios y recibieron la revelación de Sus secretos.
Daniel sentía la gran ruina del testimonio y los pecados de Israel y lo confesó a Dios. Se identificó con todo ello, diciendo: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad” (Daniel 9:5).
Contó con las misericordias de Dios e imploró su gracia, confiando en sus promesas. El resultado fue un despliegue de poder y una maravillosa revelación profética. Ésta es realmen- te una lección maravillosa para nosotros en el día de la ruina de la Iglesia.

Los días posteriores al cautiverio

En los libros de Esdras, Nehemías y Hageo tenemos la historia de un remanente que aprovechó la oportunidad de salir del cautiverio en Babilonia para volver a Jerusalén. Su propósito fue el de reconstruir el muro que rodeaba a la ciudad. No fueron más que un pequeño y débil grupo de entre toda la nación de Israel, los que tenían el deseo de adorar a Jehová.
Cuando regresaron a Jerusalén no pretendieron ser Israel mismo, pero mostraron por medio de sus actos que sentían las responsabilidades de toda la nación de Israel. Esto se vio cuando edificaron “el altar del Dios de Israel, para ofrecer sobre él holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés” (Esdras 3:2). También “colocaron el altar sobre su base” y “celebraron asimismo la fiesta solemne de los tabernáculos, como está escrito” (Esdras 3:3-4).
Su primera preocupación fue la de adorar a Jehová, para lo cual volvieron al orden divino e hicieron “como está escrito en la ley de Moisés”. No establecieron algo nuevo, sino que volvieron a lo que Dios había establecido antes. Colocaron el altar sobre su base, es decir, donde había estado anteriormente.
Celebraron la pascua “con todos aquellos que se habían apartado de las inmundicias de las gentes de la tierra para buscar a Jehová Dios de Israel” (Esdras 6:19-21). De manera que fueron un grupo separado del mal, dedicado a Dios y dispuesto a recibir a aquellos que asimismo se habían separado del mal.
Cuando más tarde hubo fracaso y el pecado entró en medio de ellos, lo confesaron, temblaron delante de Dios y quitaron el mal (Esdras 9:10; 10:11-12). Esto confiere ánimo y constituye un ejemplo precioso para nosotros en nuestro día de ruina.
En el libro de Malaquías vemos a este mismo remanente algunos años más tarde. Estaban en la posición divina (N. del T.: Es decir, estaban en la tierra prometida, adorando en el templo de Dios, separados de males paganos y teniendo con ellos la Palabra de Dios.) delante de Dios, pero su estado o condición era muy malo y penoso.
No obstante, hubo entre ellos algunos fieles al Señor que consiguieron Su aprobación. Fueron, por decirlo así, un remanente dentro de un remanente. De ellos leemos: “Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre” (Malaquías 3:16). Cómo reconforta leer acerca de tal grupo dentro de la terrible escena del mal. Qué estimulante es leer respecto de estos hombres que honraron y amaron al Señor y encontraron en Él su centro y su deleite. Para ellos fue escrito un libro de memoria, de lo cual nunca oímos nada en los días gloriosos de Moisés, Josué, David o Salomón. Podemos aprender mucho de este remanente de los tiempos de Malaquías.

En el Nuevo Testamento

En la epístola de Judas, donde se señalan los pasmosos males de la cristiandad apóstata, hallamos que se habla de un remanente cristiano. En efecto, el autor se dirige a este remanente en el versículo 1. “Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo”. Dentro del mal y las corrupciones que les rodeaban, son exhortados a edificarse sobre su santísima fe, a orar en el Espíritu Santo, a conservarse en el amor de Dios y a esperar la misericordia del Señor Jesucristo (v. 20-21), exhortaciones que ya consideramos en un pasaje anterior.
A continuación están las hermosas observaciones de C. H. Mackintosh relativas a este remanente y a lo que debería hallarse en el remanente cristiano de la actualidad: «Aquí, pues, tenemos una vista preciosa del verdadero remanente cristiano y de la conducta a observar por los individuos que de él forman parte. No hay pretensión, ni reclamación de derechos, ni se ensalzan como algo grande. Tampoco hay esfuerzo para pasar por alto el hecho triste y solemne de la ruina entera e incurable de la iglesia profesante. Es un remanente cristiano dentro de las ruinas de la cristiandad, fiel a la Persona de Cristo, fiel a su Palabra y unido en amor, el verdadero amor cristiano. No es un amor de secta, partido o camarilla, sino el amor en el Espíritu, amor hacia todos los que sinceramente aman a nuestro Señor Jesucristo. Es el amor que se expresa en devoción verdadera a Cristo y a sus preciosos intereses. Y, más aun, es un ministerio de amor para con todos los que le pertenecen y procuran manifestarle en todos sus caminos. No es descansar en una mera posición a pesar de estar uno en una mala condición, pues tal inconsecuencia sería caer en una terrible trampa de Satanás. Por el contrario, es una saludable unión de posición y condición, unión caracterizada por principios sanos y por la práctica del amor y la verdad. Es, en resumidas cuentas, el reino de Dios establecido en el corazón y desarrollándose en la totalidad de la vida práctica.
»Tal entonces es la posición, la condición y la práctica diaria del verdadero remanente cristiano. Podemos estar seguros de que, si estas cosas son comprendidas y llevadas a cabo, Cristo será nuestro rico y completo deleite y habrá plena comunión con Dios y un brillante testimonio. Esto será tan visible como lo fue en los días más gloriosos de la Iglesia.
Habrá lo que glorifique al nombre de Dios, lo que dé satisfacción al corazón de Cristo e influya con vivo poder sobre el corazón y la conciencia de los hombres. Permita Dios, en su bondad infinita, que veamos tales realidades resplandecientes en este día oscuro y malo.
»Como en el Israel de antaño, así en la Iglesia profesante el remanente estará compuesto de: l) los que son fieles a Cristo, 2) los que están, a pesar de todo, aferrados a su Palabra, 3) los que están dedicados a Sus intereses y 4) los que aman Su venida.
»Tiene que haber una realidad viva y no una mera membresía eclesiástica o comunión sólo de nombre con esto o aquello.
Además, no es pretender ser del remanente sino pertenecer de veras a él; no de una manera nominal sino conociendo en verdad el poder espiritual encerrado en él. Esto es expresado por el apóstol con las palabras, “conoceré, no las palabras, sino el poder” (l Corintios 4:19)».

Mensajes de Dios a las siete iglesias de Asia

Para terminar, deseamos llamar la atención sobre los remanentes alentados por los mensajes de Dios a las siete iglesias de Asia (Apocalipsis 2 y 3). En los mensajes dirigidos a las tres primeras iglesias no se habla de remanente. Pero, respecto a Tiatira, por primera vez encontramos un mensaje que hace referencia a un remanente. Allí también leemos por primera vez acerca de la venida del Señor. Además, vemos que ya no se busca en la asamblea el oído que oye sino en los vencedores que constituyen el remanente (véase Apocalipsis 2:24-29).
Esto muestra que aquí se abandona toda esperanza de recuperar a la Iglesia profesante como un todo. Pero el remanente que se ha purificado de la doctrina de Jezabel y que ha rechazado “las profundidades de Satanás” recibe un mensaje estimulante: que retenga lo que tiene hasta que el Señor venga. Además de esto se le da la promesa de que reinará con Cristo.
En Sardis, los pocos que no han manchado sus vestiduras reciben la promesa de que andarán en vestiduras blancas con Cristo y que Él confesará su nombre delante de su Padre y de sus ángeles (Apocalipsis 3:4-5). En Filadelfia tenemos un cuadro precioso de un grupo de cristianos humildes y escasos de fuerzas pero que han sido fieles a Cristo, han guardado su Palabra y no han negado su nombre (Apocalipsis 3:7-13). En Laodicea, donde hay indiferencia hacia Cristo y una deplorable autojustificación, el Señor llama al individuo. Cristo está fuera de la puerta de la iglesia y llama: “Si alguno oye mi voz, y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).
En cada uno de estos mensajes a las siete iglesias hay grandes promesas a los que vencen y hacen caso de la voz del Espíritu Santo. Así sabemos que, cuando todo está en ruina, fracaso y apostasía, el Señor busca vencedores que oigan su voz y le obedezcan. Tales creyentes constituyen el verdadero remanente de la Iglesia en toda época de la historia. Quiera el Señor capacitarnos para ser vencedores y para que demos un testimonio fiel, adaptado a las necesidades del remanente en estos días postreros de la ruina de la Iglesia.
R. K. Campbell

Para aprovechar las páginas sobrantes de este libro, le presentamos algunos pensamientos de otro autor sobre el mismo tema.

La ruina

¿Por qué esta casa, tan bien fundada y edificada en el principio, ha sido arruinada al punto de presentar la confusión actual? “Mientras dormían los hombres… un enemigo ha hecho esto” (Mateo 13:25, 28).
El Señor lo había anunciado de antemano, particularmente en las parábolas de Mateo 13. La del trigo y la cizaña nos muestra lo que vino a ser la Casa de Dios: una mezcla de hijos del reino y de hijos del maligno; la del grano de mostaza nos habla del desarrollo anormal de la Iglesia, el que termina en un gran árbol que abriga al mal en sus ramas; la de la levadura anuncia cómo las tres medidas de harina –perfección y pureza del Señor Jesús y de todo lo que le atañe– han sido contaminadas con un poco de levadura, de modo que toda la masa queda leudada. 1 Corintios 5:6 nos muestra el peligro de la levadura como mal moral en la conducta de los que son llamados hermanos; Gálatas 5:9 aplica la misma expresión a las erróneas enseñanzas de los que hacen caer “de la gracia” a las almas.
Los apóstoles habían predicho esa ruina. Pablo habla a los ancianos de Éfeso de “lobos rapaces” que entrarían en medio de ellos y no perdonarían al rebaño; también advierte acerca de hombres que se levantarían entre ellos mismos y que hablarían “cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:29). Muchas epístolas, como la segunda a Timoteo, la segunda de Pedro, la de Judas y las de Juan, colocan ante nosotros el cuadro de ese mal que iría creciendo. A su vez, las cartas a las siete iglesias de Apocalipsis 2 y 3 nos muestran cómo, después de haber dejado su primer amor, la Iglesia se alejó cada vez más del Señor para llegar al estado de Laodicea, en la que Él no tiene más lugar (Apocalipsis 3:17, 20).
Esta ruina también está visible hoy en día. En cuántos círculos la incredulidad y el racionalismo han causado estragos.
En otras partes encontramos el ministerio del hombre y el establecimiento de jerarquías; casi en todas partes hay formalismo, divisiones y subdivisiones. Resulta inútil querer negar esa ruina. Es menester reconocerla, humillarse a causa de ella y aceptar sus consecuencias. Creer que se podría «volver a empezar» sería exponerse a una nueva ruina, porque el hombre sigue siendo el hombre, a pesar de todo lo que le trajo la gracia.
No debemos, pues, aguardar la restauración de la Iglesia como testimonio sobre la tierra. Dios no repara lo que el hombre ha echado a perder. Pero podemos estar seguros de que lo que Cristo ha hecho permanece: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Importa, pues, distinguir entre lo que está arruinado (la casa de Dios como algo confiado a la responsabilidad del hombre) y lo que permanece (el cuerpo de Cristo, la esposa del Cordero, la promesa de la presencia del Señor en medio de los dos o tres congregados en su nombre).

¿Qué hacer?

¿Debería uno quedar solo? Este pensamiento atrae a algunos. J. N. Darby escribió una vez: ¡Es más fácil para uno andar solo que tomar su parte de las tristezas de la Iglesia de Dios en la tierra! Pero, el deseo del Señor es congregar a los suyos. Con pena, Él les dice en Juan 16:32: “Seréis esparcidos cada uno por su lado”. Pero ¡qué alegría en la noche de la resurrección! Se presentó en medio de ellos, les mostró sus manos y su costado; “los discípulos se regocijaron viendo al Señor” (Juan 20:20).
Ezequiel 43:10 nos da una enseñanza práctica, aplicable a la situación actual: “Tú… muestra a la casa de Israel esta casa, y avergüéncense de sus pecados”. El Señor coloca ante nosotros lo que Él ha hecho, es decir, la Casa de Dios tal como Él la ha edificado. “Y si se avergonzaren de todo lo que han hecho, hazles entender el diseño de la casa, su disposición, sus salidas y sus entradas”. Si nuestros corazones se humillan y entristecen al ver lo que, con responsabilidad solidaria, hemos hecho de lo que el Señor nos ha confiado; si realmente estamos confundidos, nos mostrará el Señor un camino, una salida. Nos dará a conocer sus pensamientos pese a las dificultades de los días actuales.
Hoy, como otrora, Él nos llama a salir a Él, fuera del campamento, y a hacerlo como miembros de su Cuerpo. Pero, según Hebreos 13, si bien es necesario salir “fuera del campamento”, la Palabra subraya que se debe ir “a Él”. Cristo como centro de reunión permanece; congrega, pues, el mismo Nombre, hoy como en los primeros días de la Iglesia.
En la práctica, sabemos cómo el enemigo ha conseguido oscurecer y estropear el testimonio dado a esas verdades; pero, no es una razón para abandonarlas. Aceptar la ruina y sus consecuencias, estar seguros de que permanece lo que es de Dios; aprovechar humildemente todo lo que aún poseemos por medio de la gracia, al mismo tiempo que tener conciencia y estar entristecidos por lo que falta; contar con la promesa del Señor Jesús, quien está presente en medio de dos o tres congregados en su nombre… todo esto puede ser nuestra parte. Y si estamos convencidos de ello, velemos cuidadosamente para no elevar ninguna pretensión fuera de lugar, la que sólo puede traer el juicio del Único que tiene el derecho de decir: “Yo conozco tus obras” (Apocalipsis 2:2, 19).
G. André Sacado del libro «El nombre que congrega».