La Iglesia del Dios viviente n°4 – Reuniones de oración, de edificación y de evangelización – R. K. Campbell

Category: Libros,

Reuniones de oración

La oración colectiva
Oraciones definidas
Largas oraciones que predican
La fe y el perdón

Reuniones para la lectura y el estudio de la Palabra

Ejemplos de las Escrituras
El carácter de las reuniones de estudio bíblico
Hay bendiciones aun sin dones
Serie de estudios seguidos
Condiciones necesarias para recibir bendición
Reuniones para el ministerio de la Palabra
Definición de reuniones de asamblea

Reuniones de evangelización y actividades evangelizadoras

Métodos de evangelización
La escuela dominical

Reuniones de oración

El libro de los Hechos nos muestra que la oración y las reuniones de oración tuvieron un lugar importante en las actividades de los creyentes del Nuevo Testamento. Precisamente en el principio de aquel libro hallamos que los discípulos (cerca de 120) perseveraban unánimes en oración y ruego en Jerusalén mientras esperaban el prometido descenso del Espíritu Santo.
La oración fue una de las cuatro cosas en las cuales perseveraban (Hechos 1:14; 2:42 y 46); seguidamente, el día de Pentecostés, tuvo lugar el gran derramamiento del Espíritu Santo.
A través del libro de los Hechos sabemos que los creyentes se reunían para la oración colectiva. Nos enteramos también de que en todo momento de dificultad se convocaba a reuniones de oración. Notemos, además, que las ocasiones en las que se producían grandes bendiciones eran precedidas por reuniones de oración.
Un ejemplo notable del poder de la oración colectiva se da en Hechos 4:31 y 33, donde se lee: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios… Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos”.
Aquí vemos el bendito resultado de la oración conjunta en la asamblea. Nos damos cuenta de que el camino para alcanzar el poder espiritual y un genuino denuedo para hablar de Cristo empieza cuando todos juntos levantamos nuestra voz en oración. Por lo tanto, merced a este pasaje sobre la oración y a muchos otros del libro de los Hechos, no podemos menos que concluir que las reuniones regulares para orar son una verdadera necesidad para la asamblea. Ningún cristiano –ni ninguna congregación de cristianos– puede prosperar espiritualmente sin reunirse en forma colectiva para orar. Las reuniones habituales para orar son una necesidad vital para toda asamblea de creyentes. Una reunión semanal de oración debe caracterizar a toda asamblea. Las reuniones especiales con ese mismo fin deben ser convocadas cuando exista una necesidad determinada. El libro de los Hechos nos habla acerca de reuniones habituales y especiales.

La oración colectiva

Todo cuidadoso lector de las Escrituras está enterado del lugar tan importante que la oración individual y privada tenía en la vida de los hombres de Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Puede ser que algunos piensen que la oración individual es todo lo que se necesita. No obstante, vemos que hay bendiciones especiales como consecuencia de la oración colectiva. El Señor dio una promesa definida en cuanto a contestar una petición concertada colectivamente: “Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:19). Aquí hay una promesa especial que puede realizarse solamente cuando hay oración colectiva.
Orar a solas, en casa, es de una importancia básica. Decimos básica porque de allí viene la fuerza individual que ha de ser llevada a la reunión de oración colectiva. Pero no hay nada comparable a las oraciones de la reunión de oración cuando aquellos que han orado fielmente como individuos se ponen de acuerdo y oran como colectividad. La oración de una asamblea rodea el trono de la gracia y del cielo bajan bendiciones especiales, porque es la oración de la asamblea en el nombre del Señor Jesucristo. Si la oración eficaz del justo puede mucho (Santiago 5:16), cuánto más se puede esperar de las oraciones fervientes y eficaces de una asamblea. Una asamblea de justos unidos en sus peticiones y a quienes el Espíritu Santo imparte energía, puede aun más.
La oración de una asamblea no es meramente un determinado número de individuos que pronuncian cierta cantidad de oraciones acerca de un asunto específico. Más bien, es la presentación de una oración, un ejercicio espiritual hecho unánimemente, a través del cual la asamblea desarrolla un tema que, intensificado 25, 50 ó más veces, apunta a un objetivo común, concreto. Tal ejercicio es producido por la armonía puesta por el Espíritu de Dios entre las personas que están presentes.
Todos oran como un solo cuerpo que presenta a Dios una sola petición. Todos dicen amén a ese tema que sube al Padre en el nombre del Señor Jesús. Hay, por lo tanto, un poder especial en tal unanimidad de oraciones. Tal es el gran poder confiado a la Iglesia. Este poder puede ejercerse en la oración y el ruego para lograr bendiciones incalculables para la asamblea y para otros.
Pero notemos que hay una condición moral, muy necesaria, para la oración colectiva de una asamblea. Es la unidad de pensamiento, el acuerdo cordial, es decir, la unanimidad. “Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho…”. La expresión literal es: «Si dos de vosotros modularan un común sonido». No debe haber una nota discordante o carente de armonía o una falta de acuerdo entre los que oran. Es necesario que acudamos ante el trono de la gracia en santa armonía de corazón, mente y espíritu. De otra manera no podemos pretender una contestación que corresponda a la promesa que nuestro Señor formula en Mateo 18:19.
Esta unidad y acuerdo santo es lo que caracterizó a los creyentes y a las reuniones de oración mencionados en el libro de los Hechos. Eso explica también la bendición inmediata que Dios les concedió. “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego”; “estaban todos unánimes juntos”; “perseverando unánimes cada día en el templo”; “alzaron unánimes la voz a Dios” (Hechos 1:14; 2:1 y 46; 4:24).
Aquí hay un punto de inmenso peso moral grandemente relacionado con el tono y el carácter de nuestras reuniones de oración. ¿Por qué son a menudo tan pobres, frías, muertas y sin poder? ¿No será acaso porque los creyentes dejan de reunirse unánimemente? ¿No será tal vez porque falta un acuerdo definido en cuanto a la oración por ciertas cosas? Hoy en día hay mucha falta de un solo corazón y un mismo sentir en los creyentes. Deberíamos preguntarnos hasta qué punto estamos de acuerdo con los objetivos que se ponen delante del trono de la gracia en nuestras reuniones de oración.

Oraciones definidas

Muchas veces las reuniones de oración parece que no tuvieran un objetivo. Las oraciones se notan confusas y desorientadas. En las Escrituras los discípulos generalmente tenían alguna meta definida en su mente. Estaban completamente de acuerdo sobre un objetivo y oraban con un espíritu de unanimidad.
En Hechos 1 y 2 todos esperaban el Espíritu que les había sido prometido y oraron a Dios con unidad de pensamiento hasta que Él vino. En Hechos 4 oraron unánimes pidiendo denuedo para predicar la Palabra de Dios. Oraron, además, por que se hicieran señales y prodigios mediante el nombre de Jesús. En Hechos 12 la iglesia oraba sin cesar por la liberación de Pedro, quien estaba en la cárcel. Hubo oraciones muy definidas en sus reuniones, además de una armonía feliz. Dios contestó aquellas oraciones y les dio poder a los creyentes que habían orado tan fervientemente.
Cuando los discípulos dijeron a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”, Él les dio una oración corta, sencilla y directa. Les dijo de uno que fue a un amigo a medianoche y le pidió tres panes.
Al principio su amigo se rehusó, pero, debido a la insistencia del hombre, terminó por acceder (Lucas 11:1-10). Con esta lección el Señor nos enseña a ser definidos y perseverantes en nuestras oraciones.
Estas palabras del Señor nos dicen de una petición hecha a causa de una necesidad positiva y sentida como algo concreto en el corazón y la mente. La solicitud fue simple, directa, precisa y seria: “Amigo, préstame tres panes”. No fue una declaración larga, divagadora y aburrida sobre una variedad de asuntos. No contenía las explicaciones largas que muchas veces se oyen en las reuniones de oración.

Largas oraciones que predican

La oración verdadera no consiste en decir al Señor una multitud de cosas. Tampoco consiste en repetir frases familiares ni declaraciones doctrinales como si estuviéramos explicando principios a Dios o dándole mucha información. Las oraciones largas que, al fin y al cabo, terminan siendo predicaciones, no son más que conferencias y exposiciones hechas por hombres arrodillados. No se ajustan a la forma bíblica de las genuinas oraciones públicas.
Una cuidadosa lectura de las Escrituras revela que las largas oraciones públicas no son la regla en la Biblia. El Señor se refiere a ellas con desaprobación. “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mateo 6:7). Al referirse a los escribas habló de ellos como los que “devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones” (Marcos 12:40). Salomón dijo con sabiduría: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie, y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras. Porque… de la multitud de las palabras (viene) la voz del necio” (Eclesiastés 5:1-3). Debemos concluir, por lo tanto, basándonos en las porciones de las Escrituras arriba citadas, que el que hace largas oraciones públicas se pone a sí mismo en la categoría de los gentiles, los escribas y los necios.
La oración pública más larga registrada en la Biblia es la de Salomón en oportunidad de la dedicación del templo. Puede ser leída en cinco minutos. La oración más larga que encontramos en el Nuevo Testamento es la oración del Señor en Juan 17. Puede léersela en tres minutos. Las oraciones breves, fervientes y definidas imparten frescura, interés y poder a la reunión de oración. Las oraciones largas y divagadoras ejercen, por regla general, una influencia deprimente y debilitante sobre la reunión. En una reunión de oración es mucho mejor orar brevemente varias veces que hacer una sola oración larga.

La fe y el perdón

Para que una oración sea eficaz, uno tiene que orar con fe.
“Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24). Es necesario que oremos con una fe sencilla, con la plena certeza en nuestro corazón de que recibiremos lo que estamos pidiendo. Para que las oraciones lleguen al trono de la gracia tienen que alzarse por la fe y proceder de corazones fervientes y confiados.
A continuación de lo dicho en Marcos 11:24 sobre la necesidad de orar con fe, el Señor dio otro requisito para que la oración sea eficaz: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas” (Marcos 11:25). Para que nuestras oraciones sean oídas y contestadas, es necesario un espíritu de perdón. Si abrigamos en el corazón resentimientos y rencores contra otros creyentes, no puede haber una real unidad en la oración. El Espíritu de Dios será estorbado y un efecto deprimente se notará en la reunión.
Es importante recordar que toda oración verdadera tiene que ser hecha por el Espíritu Santo. “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu”, “orando en el Espíritu Santo” (Efesios 6:18; Judas 20). Para ello el Espíritu tiene que estar libre, no puede estar contristado ni apagado dentro de nuestro corazón ni en la asamblea.
Se dice frecuentemente que la reunión de oración es el pulso espiritual de la asamblea. El carácter y el tono de esta reunión es una indicación y manifestación del estado espiritual de toda la asamblea. Si pocos asisten y el espíritu es de desánimo, el estado espiritual de la asamblea no puede ser bueno. Cualquier persona que voluntariamente deja de concurrir a la reunión de oración está por cierto en un mal estado de alma. El creyente sano, feliz, serio y diligente estará en la reunión cada vez que le sea posible.
Que podamos conocer más la verdadera oración por el Espíritu Santo, poner más en práctica el ejemplo bíblico de la oración y de la reunión de oración, y perseverar en estas cosas.

Reuniones para la lectura y el estudio de la Palabra

No leemos en el Nuevo Testamento acerca de ninguna reunión específica de los primeros cristianos con el propósito de estudiar juntos la Biblia. No obstante, hay muchas Escrituras que nos animan a tener tales reuniones regularmente. El pueblo de Dios necesita de instrucción en la verdad; los corderos y las ovejas de Cristo necesitan alimento, necesitan ser edificados en la verdad.
Una reunión informal para el estudio de la Palabra de Dios, como así también la lectura en conjunto, suplen estas necesidades de un modo sencillo y feliz.
En esta dispensación no debemos contar con el hallazgo de instrucciones definidas en el Nuevo Testamento en cuanto a los detalles de tales reuniones. El Espíritu Santo está en ellas para guiarnos. No hay que obstruir su actividad ni los canales que Él emplea. Si una determinada práctica está de acuerdo con los principios generales de las Escrituras y es para edificación, no necesitamos una autorización más amplia.

Ejemplos de las Escrituras

Como lo hemos dicho, hay Escrituras que nos señalan aspectos fundamentales de una reunión dedicada al estudio bíblico. Hebreos 10:25 nos exhorta a que no dejemos de reunirnos y nos anima a que nos exhortemos unos a otros, tanto más cuando vemos que aquel día se acerca. Ésta es una exhortación general tocante a reuniones de creyentes para varios propósitos. No obstante, es aplicable a reuniones dedicadas al estudio de las Escrituras y a la mutua exhortación.
Un ejemplo notable en cuanto a congregarse para leer las Escrituras se encuentra en Nehemías 8 y 9. Allí se dice que las gentes se congregaron en la plaza delante de la puerta de las aguas. Allí Esdras y sus colaboradores diariamente “leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura” (Nehemías 8:8). Durante la cuarta parte del día leyeron el libro y durante otra cuarta parte del día confesaron y adoraron (cap. 9:3).
Todos los aspectos fundamentales se hallan también en aquellas reuniones de Laodicea y de Colosas en las que se leyeron por primera vez las dos cartas del apóstol (Colosenses 4:16). Agreguemos a esto que el solo hecho de perseverar en la doctrina y comunión de los apóstoles, mencionado en Hechos 2:42, implica que los creyentes debieron de haber buscado habitual y diligentemente la presencia de los apóstoles. Por estar en contacto con esos hombres capacitados por el Espíritu Santo para transmitir y escuchar la lectura de las Escrituras del Antiguo Testamento, es necesariamente lógico pensar que tuvieron las ventajas y beneficios que podemos tener nosotros hoy en una reunión dedicada a la lectura y al estudio de la Biblia.

El carácter de las reuniones de estudio bíblico

En tales reuniones los hijos de Dios se sientan juntos, cada uno con su Biblia, cada uno leyéndola sabiamente. Buscan los pasajes a los cuales se hace referencia. Todos los hermanos1) tienen la libertad de tomar parte para hacer comentarios o para hacer preguntas. Su propósito es leer una porción de las Escrituras y ayudarse uno a otro a entenderla y a entender cómo lo leído se aplica a nuestra vida. Estas reuniones para leer y entender las Escrituras han sido el medio de mucha bendición, especialmente durante el siglo pasado. En tales reuniones, de carácter sencillo e informal, muchas verdades preciosas fueron recuperadas después de siglos de olvido. Tales reuniones se realizaban en casas particulares o en cuartos y salas públicas.
Estas verdades surgieron durante la sana discusión de los participantes y luego aparecieron como joyas en libros que en el siglo pasado y en el presente han instruido acerca de la Palabra de Dios a miles de lectores.
Las reuniones para leer la Biblia –conocidas también como reuniones de estudio bíblico– deberían tener el carácter de una reunión de familia. Es decir, los padres, los hombres jóvenes y los recién nacidos en Cristo se reúnen y encuentran interés, instrucción e inspiración. Esto resulta así debido al hecho de que se reúnen alrededor de la Palabra escrita y es el Espíritu Santo quien está presente para guiarlos a toda la verdad.
Es algo así como la cena de una familia unida, en la cual el alimento edificante y nutritivo es provisto para cada miembro, sea joven o viejo. Allí se provee la instrucción por medio de los que han crecido en Cristo y los maestros dotados comparten lo que han recogido de la Palabra. Allí también el niño en Cristo hace preguntas sobre las Escrituras. Tales preguntas a menudo 1) Las hermanas no participan en forma audible (1 Corintios 14:34-38).
imparten gran frescura y estímulo a la reunión. El resultado en tales casos es hacer resaltar mucha verdad: hay luz más resplandeciente, penetraciones más profundas y “comida a su tiempo” para el provecho de todos.

Hay bendiciones aun sin dones

En esta clase de reunión el don de maestro es bastante útil y grato. Sin embargo, buena parte del beneficio se recoge cuando son varios los que expresan su conocimiento del pasaje puesto en consideración. Nadie tiene que desanimarse, aun cuando haya ausencia de dones entre ellos. El Señor bendecirá la lectura de su Palabra siempre que exista un deseo sincero de recibir algo de Él.
Proverbios 13:23 nos dice: “En el barbecho de los pobres hay mucho pan”. El pobre tal vez no tiene más que un instrumento roto para cultivar. El rico tiene herramienta moderna y eficiente. Pero es Dios quien da el crecimiento a ambos cultivos. El Espíritu Santo mora en todo cristiano, sea dotado o no.
Es Él quien produce los alimentos, siempre y cuando nosotros seamos diligentes en cultivar el terreno de la Palabra de Dios.
Pero sin trabajar y sin acudir a nuestros campos es imposible obtener provecho alguno.

Serie de estudios seguidos

Es muy provechoso dedicarse regularmente al estudio de los diferentes libros de la Biblia, especialmente los del Nuevo Testamento y dentro de ellos las epístolas. En éstas se encuentra la plena luz de la verdad para esta dispensación de la Iglesia. Tal consideración de la Biblia versículo por versículo, con oportunidades para intercambiar observaciones y preguntas, ha resultado sumamente provechosa. De esta forma los creyentes son “arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe” (Colosenses 2:7).
Son también de provecho los temas que dirigen los pensamientos a diferentes porciones de la Palabra. «El Espíritu Santo, su persona y su obra» es un ejemplo de tema.
Lo que uno aprende en una reunión de estudio bíblico es como el rocío que cae suave y silenciosamente. Uno apenas nota lo refrescante, estimulante y edificante de tales reuniones; pero el efecto benéfico se siente más tarde. En cambio, para los que buscan excitación y entretenimiento, un estudio bíblico puede parecerles monótono y aburrido.

Condiciones necesarias para recibir bendición

Con el estudio bíblico sucede lo mismo que con todas las demás reuniones: son necesarias ciertas condiciones si se espera recibir bendición. También hay cosas que impiden que haya bendición y quitan a la reunión su frescura, utilidad y productividad. Si bien debe darse libertad para que todo hermano tome parte, se debe recordar que la libertad no es licencia. Un estudio bíblico no es ocasión para que uno hable solamente para ser oído o para ventilar sus ideas personales. Tampoco es oportunidad para hablar de cualquier asunto o de todas las cosas. Los que toman parte deberían hacerlo con sujeción al Espíritu Santo y “para edificación de la iglesia” (1 Corintios 14:12). En tal reunión las opiniones particulares y exageradas sobre las Escrituras deberían ser evaluadas a través de discusiones humildes, calmas y llenas del sincero deseo de aprender uno del otro.
También es necesario recordar la exhortación de Santiago 3:1: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros”, porque a veces hay, entre algunos hermanos, la tendencia a hacerse pasar por maestros competentes. En ocasiones el resultado es que la ignorancia suele ser la voz más clamorosa.
El Señor mismo sienta un ejemplo maravilloso al tomar el lugar más humilde. Cuando joven fue hallado en medio de los doctores de la ley, “oyéndoles y preguntándoles”. Cuando las circunstancias lo requirieron, sus conocimientos también se desplegaron, porque “se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas” (Lucas 2:46-47).
De vez en cuando los que deberían hablar y exponer pensamientos provechosos se quedan callados. Para tales, la Palabra dice: “El que tuviere mi palabra, hable mi palabra con fidelidad” (Jeremías 23:28 – V. M.). El espíritu que tendría que caracterizar una reunión debería ser el de fidelidad.
El espíritu característico de tal reunión también debería ser de gozo, oración y sujeción humilde el uno respecto del otro.
Además, debería prevalecer la presteza para recibir la Palabra de Dios con mansedumbre. Con esos requisitos tendría que coexistir un espíritu de verdadera dependencia respecto del Señor y no una dependencia de los instrumentos que Él desea usar para edificación.
Aunque los pensamientos fuera del tema a veces resultan provechosos, hay que tener cuidado de no desviarse del asunto que está en discusión. Cuando muchos participan, hay siempre tendencia a apartarse del tema. El resultado, en tales casos, es confusión de pensamiento y pérdida de bendiciones. Las cosas que hay que evitar son las largas discusiones de asuntos que no son de interés general y provecho mutuo. Cuando un asunto no se resuelve en un período razonable, es bueno aplazarlo hasta que haya más claridad y el Espíritu lo ilumine aun más.
Muchas veces, cuando las reuniones separadas para la oración y el estudio bíblico no son posibles o factibles, una combinación de las dos puede ser de gran provecho. Los que toman parte deberían tener en mente lo que es de beneficio común y no solamente de interés para los que hablan. La exhortación de 1 Corintios 14:9 (“palabras fáciles de entender”, según la versión Moderna) nos recuerda que todo cuanto sea dicho debe ser claro y comprensible. Lo antedicho presenta algunas de las condiciones necesarias para un estudio bíblico provechoso.
Ojalá todos nosotros experimentemos más las bendiciones espirituales que proceden de los estudios bíblicos dirigidos por el Espíritu Santo.

Reuniones para Reuniones para el ministerio de la Palabra

Si nos basamos en 1 Corintios 14, vemos que es evidente el hecho de que la Iglesia apostólica tenía lo que podemos llamar «reuniones abiertas» para edificación, exhortación y consolación. Es decir, tenían reuniones en las cuales todos, a menos que hubiera alguna limitación en las Escrituras, tenían la libertad de edificar según les guiara el Espíritu de Dios. Esto se presenta claramente en los siguientes versículos: “Si habla alguno… sea esto por dos, o a lo más tres… Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero.
Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan y todos sean exhortados” (v. 27-31).
Tal reunión ha de estar limitada a dos o tres participantes que tomen la palabra. Se hace así para que no haya confusión de pensamiento. A los que participan, se les exhorta a que todo se haga “para edificación” y “decentemente y con orden” (v.
26 y 40). La «reunión abierta» es aquella en la cual se congregan los santos como asamblea. Allí esperan que el Señor dé la iniciativa y continúan dependiendo de Él para ministrar. No hay ningún arreglo previo en cuanto a conferenciantes, sino una absoluta dependencia de Él. Cuentan con el Señor para que sea Él quien les edifique a través de la persona que haya escogido. Si ninguno de los presentes se siente capaz de dar un mensaje que ocupe todo el tiempo, varios pueden hablar en su debido orden para la mutua edificación y provecho, tal como las Escrituras lo indican. Es de mucha importancia que una reunión de tal carácter se celebre para edificación y estímulo de la asamblea.
Los que sirven deberían procurar ser mayordomos fieles y sabios y dar a la familia de Dios “el alimento a tiempo”. El Señor busca tales servidores y dice: “Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así” (Mateo 24:46; Lucas 12:43). No basta tan sólo con hablar correctamente según la Escritura o presentar un tema con elocuencia. El Señor quiere la presentación de mensajes que constituyan “el alimento a tiempo”, la palabra apropiada y oportuna para las necesidades de los congregados. Eso es lo que significa profetizar, don que 1 Corintios 14 declara el más importante, el que todos deberían procurar (v. 39). Profetizar quiere decir proclamar el sentir del Señor o, como Pedro escribe: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11). Es dar un ministerio vivo en el poder del Espíritu Santo para llenar las necesidades de ese momento.

Definición de reuniones de asamblea

Hasta aquí hemos estado considerando las varias reuniones que son esencialmente reuniones de asamblea, las cuales, como ya lo hemos dicho, son: la reunión para el partimiento del pan y la oración, la reunión de oración, las reuniones de estudio bíblico y la reunión abierta para el ministerio. Estas reuniones pueden llamarse «reuniones de asamblea» o, usando las expresiones de las Escrituras, pueden ser llamadas también reuniones “en asamblea” o “toda la iglesia (asamblea)… reunida en un mismo lugar” (1 Corintios 11:18; 14:23 – V. M.).
Algunos, no obstante, no consideran que la reunión de estudio bíblico sea una reunión de asamblea. Tal vez podamos pensar de ella como una reunión de carácter más informal que las demás reuniones de la iglesia. En general, podemos decir que tales reuniones tienen ese carácter cuando se entiende que los hermanos se reúnen como asamblea y cuando las reuniones son aceptadas como tales.
Hay, sin embargo, otras reuniones, además de éstas, que deberían celebrarse en una congregación de creyentes. Nos referimos a reuniones llevadas a cabo por los que son competentes y las dirigen como consecuencia de sentir su responsabilidad personal delante del Señor. No se debe confundir estas reuniones con otras de la asamblea en las cuales los que son guiados por el Espíritu están en libertad de participar.
Las reuniones que Pablo tuvo en la sinagoga de Éfeso son ejemplos de reuniones dirigidas por un individuo. Otro ejemplo lo vemos en sus reuniones en la escuela de Tiranno (Hechos 19:8-10). Bajo este título hay reuniones para la predicación del Evangelio, escuela dominical, reuniones para niños y para jóvenes, clases bíblicas y reuniones de ministerio para creyentes. Ya que se ha explicado la diferencia entre las reuniones de asamblea y las dirigidas por individuos, consideremos ahora las características de estas reuniones especiales.

Reuniones de evangelización y actividades evangelizadoras

En esta sección vamos a considerar las reuniones de evangelización, la escuela dominical y las reuniones para niños. Tal trabajo evangelizador es importantísimo y tendría que formar parte vital de las actividades de toda asamblea. Esa obra no es llevada a cabo por la asamblea como tal, sino por individuos a quienes el Señor llama para realizarla. No obstante, la asamblea debería alentar tales reuniones y sostenerlas mediante la oración y la ayuda material, con el fin de alcanzar a los inconversos y traerlos a las reuniones, para que escuchen acerca del camino de la salvación y sean salvos.
Hemos dejado para el final la consideración de las reuniones de evangelización, pero no para dar la idea de que tienen menor importancia. Primero hemos hablado meramente de las reuniones llevadas a cabo por la asamblea; ahora hablaremos de la obra de individuos. Realmente, la predicación del Evangelio es un servicio personal, dirigido primeramente a los inconversos y en segundo lugar a los creyentes. El propósito de esto último no es otro que el de instruir a los creyentes en la verdad. Esta obra es primeramente la tarea de los que han recibido del Señor el don de evangelista. La esfera especial de tal ministerio es el mundo, de manera que está más fuera de la Iglesia que dentro de ella.
Sin embargo, cada asamblea debería tener reuniones regulares y una escuela dominical para evangelizar sin distinción de edad. Creemos firmemente que las Escrituras enseñan que la asamblea tendría que ser un núcleo completamente evangelizador, caracterizado por profundos afectos inspirados en el Evangelio; una asamblea enérgica en llevar la Palabra de vida a los inconversos. Pablo escribió a la asamblea de Tesalónica: “Porque desde vosotros ha resonado la palabra del Señor, no sólo por Macedonia y Acaya, sino en todo lugar vuestra fe para con Dios se ha divulgado” (1 Tesalonicenses 1:8 – V. M.).
La Iglesia debería ser una verdadera base de suministros desde la cual saliera el Evangelio hacia un mundo tenebroso.
De ella deberían salir evangelistas y obreros a las calles y carreteras con las buenas nuevas de salvación. Deberían salir animados por la comunión refrescante y por las oraciones de los hermanos de la asamblea.
Los cuatro evangelios constituyen la firme base del Nuevo Testamento. La recepción del Evangelio es el fundamento de la vida cristiana. Por eso la predicación del Evangelio es el fundamento del testimonio de la asamblea. Una asamblea que no tiene un interés sincero en el Evangelio no es una asamblea acorde con el modelo divino presentado en las Escrituras.
La epístola a los Filipenses nos dice cuán celosa por el Evangelio era la asamblea de Filipos. Pablo dio gracias a Dios por su “comunión en el Evangelio, desde el primer día” (Filipenses 1:3-5). A esto agregó que en la defensa y confirmación del Evangelio todos participaban con él de la gracia (cap. 1:7).
Ningún individuo está en buena condición de alma si no procura, de un modo u otro, traer almas a Cristo. Tampoco una asamblea puede estar en buena condición espiritual si sus miembros no tienen interés en la salvación de las almas y en hacer esfuerzos para presentarles el Evangelio de la gracia de Dios. No todos los creyentes pueden predicar el Evangelio, pero todos pueden orar por la salvación de almas. Todos, también, pueden orar por los que proclaman las buenas nuevas.
Pueden hacer esfuerzos para traer a alguien a la reunión de evangelización. Todos deberían testificar acerca de Cristo y repartir tratados. Cualquiera sea el don que uno tenga, o aun si no tuviera un don prominente, puede y debe cultivar un deseo anhelante por la salvación de almas.
Si las asambleas y los individuos están satisfechos de continuar semana tras semana, mes tras mes, año tras año sin realizar siquiera un esfuerzo evangelizador o una conversión, su condición espiritual debe de ser muy baja. Por el contrario, donde la asamblea ora con fervor por el Evangelio y por la salvación de las almas, hay frescura de espíritu, celo por las almas y lluvias de bendición. Cada recién convertido, verdaderamente nacido de nuevo, es fuente de gozo y trae nueva vida a la asamblea. Cuando no se hace ningún esfuerzo por la difusión del Evangelio, cuando no hay conversiones, el resultado no puede ser otro que muerte espiritual y atrofia entre los creyentes. La obra que no se propaga, se extingue.

Métodos de evangelización

Hay necesidad de estudiar las Escrituras y notar y seguir la manera de predicar de los apóstoles. Los métodos sensacionales y de «alta presión» usados por algunos hoy en día parecen ser un esfuerzo por hacer la obra del Señor a la manera del mundo. Necesitamos más de la obra de Dios y menos de la obra del hombre. Dejemos que la predicación sea de gran seriedad y que el amor de Dios constriña a las almas a que se reconcilien con Él. Dejemos que se cuente con el poder del Espíritu Santo para presentar el Evangelio y obrar en los inconversos a fin de que se arrepientan y lo crean. No se nos olvide predicar el arrepentimiento, el estado perdido y arruinado del hombre y el completo y efectivo remedio divino hallado en el Evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús.
Acordémonos de que, para que los resultados sean permanentes, el mensaje tiene que ser “no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Pensemos también en Santiago 5:7-8: “Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y tardía.
Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca”. Su venida traerá el gran día de la cosecha y revelará el fruto de todos los esfuerzos hechos para Él y para la salvación de almas preciosas. Entretanto, con seriedad, sembremos la buena semilla del Evangelio en el corazón de la gente –joven o no– por todas partes. Luego esperemos con paciencia que brote el fruto. Recordemos que una alma verdaderamente convertida vale más que cientas forzadamente obtenidas por el sensacionalismo o los medios humanos, los cuales, obviamente, carecen de la realidad y del poder del Espíritu Santo.
Bien podemos agregar aquí que el evangelista u obrero debe ser libre en cuanto a métodos y modo de trabajar. Él sale con la energía de su fe personal y es responsable ante Cristo solamente. “Para su propio Señor está en pie, o cae” (Romanos 14:4); por lo tanto, no juzguemos al criado ajeno. El tal no debe estar sujeto a ciertas regulaciones ni restringido por hombres con una mente estrecha, quienes se oponen a todo lo que no encaja con sus propias ideas. No se debe exigir del que trabaja como evangelista que observe reglas con una exactitud considerada apropiada en una reunión de adoración de la asamblea.
Un evangelista con corazón ancho puede no tener inconveniente ante su Señor y Maestro en hacer muchas cosas que no estarían de acuerdo con el juicio y los sentimientos de algunos en la asamblea. Puede sentirse libre para usar un estilo de hablar y un modo de trabajar que estarían fuera de lugar en otras reuniones de la asamblea. No obstante, siempre que no viole ningún principio vital o fundamental, no tenemos derecho a oponernos a él, ni mucho menos a condenar su trabajo.
Debe ser dejado libre para trabajar con sus propios medios y según su propia responsabilidad delante del Señor1). La asamblea no es responsable por el modo particular en que un individuo desarrolla su trabajo para el Señor. “Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:12).
El Señor dio la gran comisión: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”, pero no definió el método ni el modo de hacerlo. Esto lo ha dejado enteramente librado al individuo, dando por sentado que el comisionado es dirigido por el Espíritu Santo, dentro de cada época cambiante, bajo circunstancias variables y en medio de costumbres y condiciones diferentes. El apóstol Pablo dijo: “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos” (1 Corintios 9:22).
“El que gana almas es sabio” (Proverbios 11:30).

La escuela dominical

El Señor Jesús dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Marcos 1) Nota del editor: El autor presenta aquí el trabajo personal e individual del evangelista. Él predica en el mundo y no en la asamblea. La asamblea es responsable de todo lo que se predica en ella. Por su parte, el evangelista, como cualquier otro creyente, es responsable de su conducta ante la asamblea.
10:14). Cierta vez Él llamó a un niño, lo puso en medio de sus discípulos y les dijo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos… y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe… Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños” (Mateo 18:2, 3, 5 y 10). De modo que no debemos olvidarnos de los niños de nuestros países en nuestros esfuerzos evangelizadores.
Los niños constituyen el campo más fructífero para la obra evangelizadora, porque sus corazones todavía son tiernos y dispuestos a contestar sencillamente al llamamiento celestial de Cristo por medio de su Palabra. No han sido endurecidos todavía por el pecado. Están, además, en el período de la vida en el que se forma el carácter y se determinan los destinos. Un psicólogo ha dicho: «Una persona raras veces cambia sus hábitos después de su mayoría de edad». Y se ha estimado que sólo una persona de cada mil se convierte al Señor después de los veinte años de edad.
Una encuesta enviada a 1.500 predicadores para sondear cuál había sido la edad de su conversión, reveló que la edad promedio había sido de doce años. Un juez de Brooklyn, Nueva York, dijo que entre 2.700 muchachos que comparecieron ante su tribunal, ni uno había sido alumno de una escuela dominical.
Todos estos hechos demuestran la importancia y la bendición de los esfuerzos evangelizadores entre niños y jóvenes. El propósito de la escuela dominical es enseñar a los niños las preciosas verdades de la Biblia. Las verdades sobresalientes son: la condición pecaminosa del hombre, la salvación completa en Cristo Jesús y la senda y la obra del creyente en este mundo. No es suficiente enseñarles nada más que estas cosas.
También es esencial procurar ganarlos para Cristo y orar por su conversión.
Creemos que no podemos hacer nada mejor que presentar a nuestros lectores una excelente carta sobre este asunto. Fue escrita hace muchos años por un muy conocido siervo del Señor: C. H. Mackintosh. Dice así: «Querido amigo: Estamos verdaderamente agradecidos de que usted haya empezado una escuela dominical. Es un privilegio que se me permita aconsejarle sobre el modo de dirigirla. Cuanto más vivimos, tanto más apreciamos la obra bendita de enseñar en una escuela dominical. Lo estimamos, además de interesante, como algo agradable, y creemos que cada asamblea de creyentes, congregados en el nombre del Señor, debería sostener tal obra con su simpatía y sus oraciones. Sentimos decir que algunos muestran mucha tibieza en cuanto a la escuela dominical y que otros tienen mala opinión acerca de esa obra. Estiman que es una intrusión en el deber que tienen los padres de familia cristianos de criar a sus hijos en la disciplina y amonestación del Señor. La escuela dominical no fue planeada para interferir la acción de los padres, sino para auxiliarlos en su obra de enseñanza y entrenamiento. Para los niños que no reciben en sus hogares ninguna instrucción en las cosas de Dios, la escuela dominical es, muchas veces, la única fuente de ayuda espiritual.
Hay miles de niños en todas las ciudades y pueblos que no tienen padres o que, si los tienen, éstos son completamente incapaces de enseñarles o no están dispuestos a hacerlo. El maestro de escuela dominical tiene interés especial en alcanzar a tales niños.
Es imposible decir dónde y cuándo se verá la cosecha del trabajo de una escuela dominical. Quizás sea en los desiertos del África o en las heladas regiones del Norte; quizás también en las selvas, en el mar. Tal vez se vea en el presente o, de lo contrario, más tarde. A veces la cosecha aparece sólo años después de fallecido el maestro o la maestra. Pero fuese cual fuese el lugar y el momento, el fruto con certeza será producido, si la semilla fue sembrada con fe y regada por la oración.
Puede ser que el niño de la escuela dominical se convierta más tarde en un joven malvado. Tal vez parezca que se le haya olvidado todo lo bueno, santo y verdadero. Pero aun es posible que, enterrado en lo profundo de su memoria, haya quedado un versículo de las Escrituras o un dulce himno. En algún momento, o hasta en su lecho de muerte, el Espíritu Santo puede usar ese versículo o ese himno para su eterna salvación.
¿Quién puede expresar la importancia de implantar las cosas de Dios en la mente de los niños cuando todavía está abierta para recibir las cosas de Dios? Tal vez se nos pregunte: ¿Dónde, en el Nuevo Testamento, hay autorización para la obra especial del maestro de una escuela dominical? Contestamos que es solamente un modo de predicar el Evangelio o de exponer las Sagradas Escrituras a los hijos de Dios. Propiamente hablando, la escuela dominical es una forma profundamente interesante del trabajo evangelizador. Según el Nuevo Testamento tenemos plena libertad para desarrollar tal actividad.
Pero ¡ay! a muchos de nosotros no nos gusta ninguna forma de la obra evangelizadora, ni para beneficio de los de pocos años ni para los de otras edades. Tales personas descuidan la evangelización y desaniman todo plan llevado a cabo para su ejecución y resultado finales. Como algunos de los que se oponen a la escuela dominical parecen ser personas inteligentes, sus palabras pueden influir sobre los jóvenes creyentes.
A usted, amado amigo, le decimos: No permita que nada le desanime en la obra que se le ha encargado. Es obra buena.
Continúe usted con ella a pesar de los que se le oponen. Se nos dice que seamos ricos en buenas obras y que no nos cansemos de hacer bien, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos (Gálatas 6:9).
Consideremos ahora la manera de ocuparse de una escuela dominical. Hay que recordar que es un trabajo individual que ha de desempeñarse como una responsabilidad personal ante el Señor. Por cierto que es de mucha importancia tener plena comunión con los colaboradores y con todos los hermanos; no obstante, la obra de director o maestro es una responsabilidad personal ante el Señor, cumplida según la medida de gracia dada por Él. La asamblea no es más responsable, ni está más implicada en esta forma de servicio para el Señor, que lo está en la predicación del Evangelio, en reuniones en casas particulares o en conferencias o clases bíblicas. Sin embargo, si la asamblea está en una condición sana y espiritual, tendrá comunión con la escuela dominical y con toda clase de obra personal para el Señor.
Se verá, si no nos equivocamos, que, para trabajar bien, hay que tener un buen director, una persona de energía, orden y autoridad. Hay gran verdad en el refrán que dice: «Lo que es responsabilidad de todos, no es responsabilidad de ninguno».
Hemos visto fracasar a varias escuelas dominicales a causa de obreros que trabajaron por un tiempo y luego dejaron la obra.
No prosperará una obra a menos que el director y los maestros la inicien con determinación, calma y energía espiritual. Una vez iniciada, tienen que llevarla a cabo con un firme propósito. Creemos que el Señor espera con confianza que el director y el maestro estén en su puesto, o que provean un sustituto en caso de enfermedad o cualquier otra circunstancia ineludible.
Es de suma importancia que toda actividad de la obra de la escuela dominical sea iniciada y llevada a cabo con frescura, celo de corazón y energía. Todo esto debería efectuarse con devoción personal hacia el Señor. Como estos requisitos sólo pueden encontrarse en la Tesorería divina, todos los que están involucrados en este servicio deberían reunirse para orar y conferenciar. Nada puede ser más lamentable que ver venirse abajo una escuela dominical debido a las fallas de quienes la iniciaron. Hay muchas dificultades, es cierto. La obra misma es ardua y desalentadora, a veces, pero con sentido genuino y énfasis decimos: No permita que nada apague su fervor ni impida la obra. ¡Adelante! ¡Adelante! Y que el Señor de la mies corone sus esfuerzos con Sus más ricas bendiciones.
Casi huelga decir que no entra en consideración la participación de personas inconversas en la obra de la escuela dominical. En efecto, no hay nada más triste que una persona sirviendo de maestro –es decir, enseñando a otros– quien no tiene parte ni beneficio en lo que enseña. Dios es soberano y puede usar su propia Palabra, aun en los labios de un inconverso, pero esto no justifica la práctica. No podemos pensar ni por un momento en admitir o invitar a alguien a participar en la obra de una escuela dominical, si no tenemos evidencias satisfactorias de su conversión a Dios. Tal decisión le confirmaría en su engaño fatal.
Para terminar, deseamos hacer notar que las escuelas dominicales deberían tener lugar no sólo en los edificios usados por las asambleas, sino también en lugares tan variados como sea posible. Las reuniones para niños pueden verificarse con éxito también entre semana, en casas particulares o dondequiera que haya puertas abiertas. Las escuelas bíblicas de verano han sido un modo maravilloso de hacer llegar el Evangelio a los niños y de instruirlos en la Palabra de Dios. Los campamentos para niños, y asimismo aquellos destinados a la juventud, han resultado de gran bendición.
¡Que el Señor suscite muchos obreros capaces y diligentes para enseñar a los niños y a los jóvenes a fin de ganarlos para Cristo!

R. K. Campbell