La Iglesia del Dios viviente n°1 – ¿Qué es la Iglesia? – R. K. Campbell

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Introducción

La Iglesia no existía antes de Pentecostés
Los que son llamados a salir
Un error ultradispensacional
Añadidos por el Señor

El Cuerpo de Cristo

Solo un cuerpo
La unidad visible
La responsabilidad
Los distintos miembros
El lugar asignado por Dios
La Cabeza dirige a los miembros
El cuerpo es un organismo vivo
El contraste con el tiempo actual

La Casa de Dios

El orden y la responsabilidad
Dos aspectos de la Casa

La Esposa de Cristo

El afecto, la intimidad y la asociación
Nuestros afectos y nuestra fidelidad
La sujeción
La esperanza y el destino
Resumen

Introducción

El título que hemos elegido para este estudio se encuentra en 1 Timoteo 3:15. Allí el apóstol Pablo da la razón por la cual escribe esta primera epístola a Timoteo: “Para que sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”.
Qué maravillosa expresión es esta: “la iglesia del Dios viviente”, la casa de Dios, la columna y el baluarte de la verdad. El Dios viviente tiene una Iglesia que es su casa y el lugar de su morada en la tierra. Deseamos considerar esta Iglesia y descubrir cuál es el pensamiento de Dios en lo concerniente a ella.
En nuestro mundo de hoy hay mucha confusión y poco entendimiento de lo que realmente es la Iglesia. Oímos los nombres de varias iglesias y denominaciones diferentes; el creyente sincero quiere saber cuál es la correcta para pertenecer o afiliarse a ella.
La Palabra de Dios es la única fuente apropiada a la cual uno puede dirigirse para buscar la respuesta. En ella leemos acerca de una Iglesia cuya bendita unidad vale para todos los países. Pero no hallamos iglesias cuyas denominaciones estén vinculadas a nombres de personas o a determinadas tendencias o dogmas, como lo oímos en nuestros días. Esta Iglesia es la del Dios viviente y la única que Dios posee y reconoce y a la que cada verdadero creyente en Cristo ya está unido por el Espíritu de Dios, como nuestros siguientes estudios lo mostrarán. Recurrimos, pues, a las Escrituras para averiguar lo que Dios tiene que decir acerca de su Iglesia, “la Iglesia del Dios viviente”.

La Iglesia no existía antes de Pentecostés

La palabra «iglesia» que se emplea en la Biblia corresponde, en las escrituras griegas originales, a la palabra «ecclesia», que quiere decir «asamblea de personas llamadas a salir». Esta palabra se encuentra solamente en el Nuevo Testamento. En efecto, ninguna palabra o expresión hebrea con semejante significado puede ser hallada en el Antiguo Testamento. Esto nos demuestra que la Iglesia o Asamblea no existía en aquellos tiempos.
En el Antiguo Testamento, Dios tenía un pueblo, Israel, con el cual mantenía una relación basada en un pacto. Esto no es la Iglesia, pues ella tiene una relación mucho más íntima y bendita con Cristo que la que tenía Israel.
La Palabra solo hace referencia una vez a Israel como “la congregación en el desierto” (Hechos 7:38). Entonces era, en un sentido, una asamblea llamada a salir de Egipto, pero que ofrece gran contraste con la Asamblea neotestamentaria y la verdadera Iglesia.
En el Antiguo Testamento hay figuras y sombras de la Iglesia, tales como las esposas de José y de Moisés y el tabernáculo en el cual Dios moraba; no obstante, la Asamblea de Dios como tal no existía en aquel tiempo.
Sin embargo, la Iglesia siempre estuvo en el pensamiento y los propósitos de Dios desde antes de la creación del mundo.
Era “el misterio escondido desde los siglos en Dios” (Efesios 3:9). Ese misterio había sido “mantenido oculto desde tiempos eternos, pero… (ha sido) manifestado ahora” (Romanos 16:25-26).
La palabra “iglesia” o «ecclesia» se encuentra por primera vez en Mateo 16:18, cuando el Señor se refiere a ella al decirle a Pedro: “Tú eres Pedro («petros», en griego, significa «piedra»), y sobre esta roca («petra» = «roca», la cual es el Señor Jesús mismo) edificaré mi iglesia”.
En aquel momento la Iglesia era todavía futura; aún no estaba edificada, ya que el Señor dice: “edificaré” y no «he edificado» o «estoy edificando». El texto griego indica una acción futura, tal como lo hacen constar los eruditos y las traducciones más autorizadas, aunque algunos pretendan darle otro significado.
La siguiente referencia a la Iglesia está en Mateo 18:17 donde se proporciona instrucción referente a pecados personales y a disciplina. Esta mención tiene, por supuesto, un sentido futuro; si no fuera así, la ofensa de parte de un hermano habría sido resuelta por el Señor mismo, ya que Él estaba todavía con sus discípulos.
No hay otras referencias bíblicas acerca de la Iglesia hasta el día de Pentecostés (Hechos 2), momento en que ella nace.
Mientras el Señor estaba en la tierra no formaba la Iglesia, sino que se presentaba a Israel en su condición de verdadero Rey y Mesías. Él reunía un remanente de verdaderos creyentes y discípulos a su alrededor, mientras los líderes de Israel le rechazaban más y más.
Estos fieles creyentes del tiempo del Señor seguían a su Mesías individualmente. Llegaron a ser el núcleo1) de la Iglesia cuando esta fue formada el día de Pentecostés.
1) N. del Ed.: Núcleo: grupo alrededor del cual se reúnen otros.
En tal oportunidad fueron bautizados –por el Espíritu descendido del cielo– en el cuerpo de Cristo, siendo así unidos a su Salvador glorificado en las alturas (1 Corintios 12:13).
Aquéllos, entonces, dejaron de ser creyentes individuales, quedando integrados en un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, siendo miembros los unos de los otros, unidos por el Espíritu de Dios que moraba en ellos. Este fue el principio de la Iglesia del Dios viviente.
Así es la Iglesia: un cuerpo de verdaderos creyentes en Cristo, bautizados por el Espíritu en el Cuerpo de Cristo y unidos al Señor y los unos con los otros mediante el mismo Espíritu.
Esto es lo que consideraremos en detalle más adelante.
Merced a lo que acabamos de comentar, debe quedar muy claro que es errónea y sin fundamento bíblico la doctrina que afirma que la Iglesia comenzó con Juan el Bautista.
También resulta evidente que los edificios usados para realizar servicios religiosos no deberían ser llamados «iglesias» o «la iglesia». La Iglesia no es un edificio material, sino un cuerpo vivo constituido por creyentes (“piedras vivas”) que forman un templo santo en el Señor (Efesios 2:19-22; 1 Pedro 2:5).
Los creyentes que se reúnen en un lugar determinado constituyen una verdadera iglesia. El edificio donde se reúnen no es más que un local de reunión.

Los que son llamados a salir

Volvamos al significado de la palabra «ecclesia» y observemos que la Iglesia del Dios viviente es una agrupación de personas llamadas para que salgan. Son las que Dios ha llamado a sí mismo por el Evangelio de su gracia. Son aquellas que han recibido tanto ese Evangelio como al Salvador del cual habla ese mismo Evangelio. Son personas que, por haber sido llamadas a salir, están separadas del mundo. La Biblia las llama “los santificados en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:2). (“Santificados” quiere decir «puestos aparte»).
De acuerdo con esto tenemos las palabras de Jacobo en Hechos 15:14: “Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre”. Eso es la Iglesia: un pueblo tomado de entre las naciones para Su nombre, mediante la obra soberana del Espíritu Santo. Si la Iglesia se hubiera acordado de esto, no se habría aclimatado en el mundo ni asimilado una mente mundana. Habría quedado separada del mundo. Su carácter habría sido celestial cual fiel seguidora del Cristo rechazado que ahora está en la gloria.
La Iglesia comenzó el día de Pentecostés, cincuenta días después de la resurrección del Señor (Hechos 2). En ese día, ciento veinte creyentes estaban reunidos en un aposento alto y perseveraban unánimes en la oración, totalmente separados de los que crucificaron al Señor. El Espíritu Santo, enviado por el Señor glorificado, descendió del cielo y llenó a los ciento veinte. Como resultado de esto comenzaron a hablar en muchas lenguas respecto de las maravillas de Dios a las multitudes que estaban en Jerusalén. Luego Pedro les predicó acerca de Cristo exhortándoles a que se arrepintiesen y fueran bautizadas en el nombre de Jesucristo, así como a que se salvaran de esa perversa generación al tomar posición por Cristo y al separarse de la nación que le rechazó. Los que recibieron la palabra de Pedro fueron bautizados y unas tres mil almas fueron añadidas a la agrupación de los ciento veinte creyentes. Más tarde unos gentiles fueron agregados a la Iglesia (Hechos 10). Estos se convirtieron en “miembros del mismo cuerpo” junto con los judíos que habían recibido al Señor Jesús como Salvador (Efesios 3:6).

Un error ultradispensacional

Algunos pretenden hoy en día que la verdadera Iglesia no empezó el día de Pentecostés, según Hechos 2, sino después del final de ese libro y del encarcelamiento de Pablo. Tenemos algo que decir respecto de esta enseñanza. El versículo 47 de Hechos 2 dice: “El Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. Estas palabras declaran positivamente que la Iglesia había comenzado entonces y que estaba edificándose, ya que el Señor le añadía cada día nuevas almas.
Pero –según los ultradispensacionalistas– esa no sería “la iglesia, la cual es su cuerpo”, de la que luego nos habla Efesios 1:22-23. A esto contestamos que el Señor solo tiene una Iglesia y que la Iglesia de Hechos 2 es el mismo y verdadero Cuerpo de Cristo que aquel al cual se refiere Efesios. No hubo una Iglesia judía y luego una Iglesia de los gentiles o una de judíos y gentiles.
La Iglesia empezó en Pentecostés con los creyentes judíos y luego los gentiles fueron añadidos (Hechos 10), ambos reconciliados con Dios en un solo cuerpo, mediante la cruz, ambos en un solo y nuevo hombre (Efesios 2:14-16). Es verdad que todo esto no fue revelado inmediatamente y que las verdades específicas referentes a la Iglesia fueron proporcionadas más tarde por Pablo –el apóstol específico de la Iglesia– en sus epístolas escritas en la cárcel; no obstante, la Iglesia del Dios viviente empezó el día de Pentecostés.
El libro de los Hechos es un período de transición del judaísmo a la libertad y a la plenitud del cristianismo. Estos creyentes judíos no podían ser llevados directamente del judaísmo a la plena enseñanza de la Iglesia; por eso estas grandes y maravillosas verdades relativas a la Iglesia fueron gradualmente reveladas y plenamente dadas a conocer a su debido tiempo, mientras el apóstol estaba encarcelado.

Añadidos por el Señor

Es interesante notar que en aquel tiempo “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47). Los hombres no se unían a la Iglesia por propia iniciativa, como lo hace la gente que se une a los grupos cristianos en la actualidad. Eran añadidos por el Señor mismo. Aquellos a quienes Él salvaba, Él los añadía a la Iglesia mediante su Espíritu. Tal era el poder y la santidad de la Iglesia del principio que los inconversos ni se atrevían a unirse a ella. Se daban cuenta de que no poseían aquello que tenían los que habían nacido de Dios. No obstante, en cuanto una alma era salvada, era añadida al Señor; no a hombres ni a organizaciones. Y simplemente se hallaba unida a los creyentes y añadida a la Iglesia de Dios.
Los mismos principios deberían ser válidos hoy día, ya que es verdadero ahora –como lo era también entonces– que el Señor añade a la Iglesia cada día los que son salvos. Si uno no es salvo, no puede unirse a la verdadera Iglesia de Dios. Puede asociarse a una iglesia en la tierra, pero nadie pertenece a la verdadera Iglesia si no ha nacido de nuevo. Esto tendría que ser verdadero hoy como lo era entonces, de tal forma que nadie que no fuera salvado no se atrevería a juntarse a la iglesia local de creyentes; empero, desgraciadamente, la Iglesia ha perdido su poder y ya no es como entonces.
Debe ser un consuelo para cada creyente saber que desde su conversión ha sido integrado por el Señor a la verdadera Iglesia, a la cual solamente pertenecen creyentes genuinos y salvados.
Él forma parte de “la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos” (Hebreos 12:23). Debe regocijarse porque su nombre, que está escrito en el Libro de la Vida, nunca será borrado (Lucas 10:20; Apocalipsis 3:5). Esta es la única Iglesia a la cual uno puede pertenecer, de conformidad con las Escrituras. No leemos en la Biblia que se pueda pertenecer a alguna iglesia, sino a la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo.
Tampoco leemos en sus páginas acerca de listas de miembros, sino de creyentes unidos al Señor y añadidos a la Iglesia por Él mismo. El único conjunto de miembros conocido en las Escrituras abarca a todos los creyentes del Cuerpo de Cristo.
Extraigamos algunas aplicaciones prácticas de estas verdades para el día de hoy: si uno es unido por el Señor a Su verdadera Iglesia –la única reconocida por Dios– ¿por qué tendría que vincularse a otra iglesia? Los creyentes han de tener comunión los unos con los otros y unidos adorar y servir al Señor. Han de edificarse mutuamente como “miembros los unos de los otros” (Romanos 12:5) y orar juntos, pues están ya unidos en Cristo. Las Escrituras en ningún lugar nos dicen que formemos una organización eclesiástica, ni que nos reunamos con una agrupación ideada por el hombre. En Efesios 4:3 simplemente se nos exhorta a que guardemos “la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”; es decir, debemos guardar la unidad de los verdaderos creyentes ya hecha por el Espíritu, y no crear nosotros mismos una unión de opiniones o de doctrinas. Hemos de reconocer esta unidad y obrar en base a ella. No debemos aceptar ni basarnos en alguna otra unidad.
La Iglesia se presenta en las Escrituras bajo tres figuras: la de un cuerpo, la de una esposa y la de un edificio. Hemos hecho brevemente referencia a dos de estas figuras, pero ahora, vamos a considerarlas detalladamente. Empezaremos con la Iglesia vista como un Cuerpo.
EL CUERPO DE CRISTO

El Cuerpo de Cristo

se presenta en varias de las epístolas; por ejemplo, en Efesios 1:22-23. Aquí el apóstol habla de la resurrección de Cristo, su glorificación y exaltación en el cielo. Dice que Dios “sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.
La muerte, resurrección y glorificación de Cristo en el cielo es el fundamento de la Iglesia. Ella no pudo ser Cuerpo de Cristo hasta que Él estuviera en el cielo como hombre, hombre resucitado. Y no solo como hombre, sino también como Cabeza del Cuerpo; todo esto mediante la obra de redención completada a favor del hombre pecaminoso. Obviamente, antes de que pueda existir un cuerpo, ha de haber una cabeza. De modo que tenemos primero a Cristo Jesús exaltado en el cielo como Cabeza sobre todas las cosas, luego su Cuerpo formado en la tierra por el Espíritu Santo, el cual fue enviado desde el cielo por aquella Cabeza glorificada.
La Iglesia es, pues, el Cuerpo de Cristo en la tierra, su complemento. Ella es la que le corresponde; completa al Hombre glorificado en el cielo. De la misma manera, Eva fue necesaria para realizar plenamente los designios de Dios para con el primer Adán. Como miembros del Cuerpo de Cristo, los creyentes están unidos a él, su Cabeza bendita que está a la diestra de Dios. Deberían dar prueba de su carácter celestial, puesto que la Cabeza de la Iglesia es celestial. Esta es una verdad muy importante; sin embargo, solo el asirse de ella en la práctica – de esta unión con un Cristo ascendido– producirá este carácter celestial.
Al escribir a los corintios, el apóstol Pablo les dijo por inspiración: “Así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:12-13).
Esta porción y los versículos que siguen nos presentan la Iglesia en la figura del cuerpo humano, el cual, con sus muchos miembros particulares, forma un cuerpo, el Cuerpo de Cristo. Aunque hay muchas y diversas partes en el cuerpo humano, existe una unidad maravillosa en todo. Los numerosos miembros constituyen un solo cuerpo. “Así también es Cristo” (V. M.), dice el apóstol. Adviertan ustedes que estas palabras “es Cristo” significan Cristo y su Cuerpo, la Iglesia.
El cuerpo humano, por lo tanto, con su unidad –y no obstante con su diversidad en los miembros– es una ilustración de Cristo y su Iglesia, el cuerpo espiritual.

Solo un cuerpo

La Iglesia de Cristo es un solo cuerpo aunque sus miembros sean muchos, –cada uno diferente del otro– y estén esparcidos por todo el mundo. “Nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros”, escribió Pablo a los romanos (Romanos 12:5). Así también escribió a los corintios: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo” (1 Corintios 10:17). Y a los efesios les dijo: Hay “un cuerpo, y un Espíritu” (Efesios 4:4). Esta es la verdad de Dios tocante a los que pertenecen a la Iglesia del Señor Jesucristo. Por un solo Espíritu han sido bautizados en un Cuerpo en el momento de la conversión, sin importar cuál sea su raza o ciudadanía. Ahora son “un cuerpo en Cristo”. Esto era un hecho en el tiempo de los apóstoles y todavía es la verdad divina en el día de hoy. La Palabra de Dios no dice: «había un cuerpo» ni «habrá un cuerpo», sino “hay un cuerpo”.
A pesar de los muchos cuerpos religiosos que existen en la cristiandad, Dios todavía ve a sus hijos verdaderos como un Cuerpo en Cristo. Así los ve aunque pertenezcan a cuerpos u organizaciones eclesiásticas por esparcidos y divididos que estén. Tales divisiones son tan solo para vergüenza de ellos, ya que los numerosos sistemas religiosos que se oponen los unos a los otros no encajan con los propósitos de Dios. Lo que Dios reconoce y tiene como suyo en la tierra es el Cuerpo de Cristo y tan solo esto aprecia.
Los muchos sistemas religiosos de los hombres, con su multitud de personas no regeneradas –miembros espiritualmente muertos– no han sido originados por Dios. Fueron ideados por los hombres y Dios no los reconoce. No obstante, sí reconoce y tiene por suyo a todo hijo de Dios con vida espiritual, aun si se encuentra todavía dentro de estos sistemas. Los ve como pertenecientes al Cuerpo de Cristo, cuerpo formado por el Espíritu Santo.

La unidad visible

En los días de los apóstoles, los creyentes en Cristo eran, en un sentido exacto, un cuerpo visible en la tierra. Dios, al igual que el hombre, podía verlos como un cuerpo. No había divisiones entre ellos. Todos los creyentes de una localidad se reunían en un mismo lugar. Estaban unánimes, felices y en comunión con todos los cristianos de otras partes de su provincia. Hasta tenían comunión con los de otros países, tal como los Hechos y las epístolas lo testifican. De manera que resultaba muy claro para todos que estos cristianos de todas partes eran “un cuerpo en Cristo”. Constituían un organismo vivo y activo que actuaba bajo la dirección y el poder del Espíritu Santo. Esta era la voluntad de Dios. Tendría que haber continuado así, pero, lamentablemente, esta unidad feliz y visible al poco tiempo fue desfigurada y hecha pedazos. Muchos profesantes inconversos y pervertidos entraron encubiertamente (Judas 4).
La Iglesia en la tierra llegó a ser una casa grande1) con utensilios para usos “honrosos, y otros para usos viles” (2 Timoteo 2:20-21). Más tarde ocurrieron divisiones y hubo corrupciones. Muchos se apartaron de la Palabra de Dios. Como consecuencia, la unidad del Cuerpo de Cristo dejó de ser visible. Sin embargo, todavía seguía existiendo. La ruina, las divisiones y la confusión son defectos característicos y universales de la cristiandad de hoy en día. Revelan cuánto nos hemos alejado de la mente y la voluntad de Dios: que exista un solo cuerpo de creyentes.
Aunque esta unidad del Cuerpo de Cristo no es visible en nuestros tiempos, sin embargo existe. La veremos claramente cuando el Señor recoja a todos los suyos en el cielo. Y cuando Él venga a reinar en la tierra, la Iglesia será presentada con Él en toda su maravillosa unidad. Alguien ha dicho, y con razón, que «la unidad del Cuerpo de Cristo es como una cadena extendida a lo ancho de un río. Podemos ver los dos extremos de la cadena, pero el resto, por su peso, se sumerge en el agua en medio del río. Como no la vemos, nos da la impresión de que no existe. Esto es lo que sucede con la Iglesia de Cristo. Se 1) Se hablará más en detalle de este aspecto en la sección titulada «la Casa de Dios».
veía como unidad en el principio, y se verá como unidad en el futuro. A los ojos de Dios es una unidad, aunque esta verdad no sea visible ahora a los ojos de los hombres» (C. H. M.).

La responsabilidad

El hecho de que hoy existan tantas divisiones y diferentes organizaciones religiosas no nos excusa de la responsabilidad de dar testimonio práctico de la verdad gloriosa del único Cuerpo de Cristo. No nos dispensa tampoco de confesar, visiblemente y a través de nuestras acciones, la unidad de la Iglesia de Cristo. Es nuestra obligación sostener el hecho y la verdad de que somos un cuerpo. Más aun, somos exhortados a dar expresión práctica a esa verdad bendita en nuestra comunión cristiana y testificar contra todo aquello que la niegue.
Digamos, usando las palabras de otro autor, que «el primer paso para confesar la unidad de la Iglesia de Dios es salir de las divisiones de la cristiandad. Por el momento no cabe preguntarnos cuál debe ser el segundo paso. Dios nunca da su luz al mismo tiempo para dos pasos. ¿Es verdad que no hay más que un cuerpo? Indudablemente, porque Dios así lo dice. Pues bien, las sectas y las divisiones de la cristiandad son claramente opuestas a la mente, a la voluntad y a la Palabra de Dios.
¿Qué, pues, debemos hacer? ¡Salir de ellas! Esto, ciertamente, es el primer paso en el camino recto».
«Es imposible hacer una confesión efectiva de la unidad de la Iglesia de Dios mientras pertenezcamos a lo que, en la práctica, la niega. Puede suceder que entendamos y creamos en teoría la verdad de un solo Cuerpo, pero que, a la vez, la neguemos al asociarnos con quienes la rechazan. No obstante, si deseamos confesar la verdad de un solo Cuerpo, nuestro primer deber tiene que ser el de una total separación de todas las sectas y cismas de la cristiandad».
«¿Y qué entonces? Puestos los ojos en Jesús, seguir así hasta el fin. ¿Quiere decir esto formar una nueva secta, o unirse a un nuevo cuerpo? ¡En absoluto! Quiere decir simplemente huir de las ruinas que nos rodean para encontrar nuestros recursos en la suficiencia completa del nombre de Jesús. Quiere decir tener puestos los ojos en Él hasta que lleguemos con seguridad al puerto de descanso y gloria eternos» (C. H. M.).

Los distintos miembros

Ahora consideremos los distintos miembros del Cuerpo de Cristo y sus funciones, tal como se nos presentan en 1 Corintios 12. Ahí leemos acerca de varias partes del cuerpo humano, tales como el pie, la mano, el oído y el ojo, sus funciones y las necesidades que tienen el uno del otro. En el versículo 28 el apóstol dice: “A unos puso Dios en la Iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas”. Estos son unos de los diversos dones o miembros específicos del cuerpo espiritual, los cuales se encontraron en la Iglesia primitiva.
En Efesios 4:9-11 leemos que Cristo subió por encima de todos los cielos y dio dones a los hombres: “a unos apóstoles; a otros profetas; a otros evangelistas; a otros pastores y maestros”. Estos, sin duda, son los dones permanentes hallados en la Iglesia; dones que permanecerán hasta que Cristo venga, como el versículo 13 lo indica.
Estos miembros del cuerpo –los dones especiales arriba mencionados– son los más prominentes y públicos, por decirlo así, dados “para la edificación del cuerpo de Cristo”. La naturaleza de estos dones y sus funciones serán considerados más tarde, cuando examinemos el ministerio de la Iglesia. El apóstol en 1 Corintios 12 enfatiza la importancia y necesidad de los miembros menos honorables del Cuerpo, los que no son tan prominentes ni manifiestos como los que se mencionan en Efesios 4:9-11. Ningún miembro puede decir a otros: “No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios”, dice el escritor inspirado. “Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él” (v. 24-26).
Estas consideraciones muy prácticas están conectadas con nuestra condición de miembros del Cuerpo de Cristo. Conciernen nuestra vida diaria y nuestras relaciones el uno con el otro, tanto en las cosas materiales como en las espirituales. Es necesario que consideremos diariamente la práctica aplicación de la verdad dada a conocer en los versículos ya mencionados.
Hay otra escritura importante, que trata del cuerpo y sus miembros menores. En Efesios 4:15-16 se dice: “La cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. Este versículo nos recuerda que aun un miembro tan pequeño como una coyuntura tiene su función. Toda parte tiene que obrar eficazmente si el cuerpo ha de funcionar bien y crecer. Sabemos que esta es la ley del cuerpo humano y que es también la ley del cuerpo espiritual de Cristo.

El lugar asignado por Dios

“Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Corintios 12:18). Así vemos la soberanía de Dios para colocar a los creyentes en el Cuerpo de Cristo. La vemos también al darle a cada miembro un lugar y una función especiales tal como Él quiere. A nadie permite escoger su lugar ni decir lo que quiere hacer en el Cuerpo. Dios da a cada uno un lugar y lo capacita para desempeñar su obra especial como miembro particular del Cuerpo.
Debemos recordar que si se nos da un lugar en el Cuerpo de Cristo, esto significa que somos colocados ahí con un propósito bien definido y para una obra específica. Este es el lado práctico de la verdad. La realización de esta verdad manifestará que somos miembros específicos del Cuerpo de Cristo. Si esto es así, pues, “a cada uno su obra”. Estas son las palabras del Señor en Marcos 13:34, cuando contó la parábola de un hombre que “yéndose lejos, dejó su casa y dio autoridad a sus siervos”.

La Cabeza dirige a los miembros

Resulta de esto que los nombramientos y las aspiraciones humanas para ciertos empleos y oficios en la Iglesia de Dios son enteramente erróneos. Nadie tiene el derecho de escoger el oficio de predicar o de enseñar, etc., ni de nombrar a otro para hacerlo. Debe ser llamado por el Señor para esto. Si recibe este llamamiento, debe estar seguro de que ese es su lugar en el Cuerpo de Cristo. Si tal es su lugar, será dotado y adecuado para esta obra. Su don será manifiesto a la Iglesia. Es responsable ante el Señor para desempeñar su don en dependencia de Cristo, la Cabeza, quien lo ha llamado.
Es la responsabilidad de cada uno (él o ella) aprender del Señor, mediante la comunión y experiencia personales, cuál es su lugar en el Cuerpo de Cristo. En consecuencia, aprenderá luego cuál es la obra que le corresponde hacer. En el cuerpo humano, la cabeza es la que dirige los movimientos y las funciones del cuerpo. Asimismo es Cristo, la Cabeza de su cuerpo espiritual (la Iglesia), quien tiene que dirigir los movimientos y las obras de sus varios miembros.
En nuestro cuerpo el control de los miembros se hace mediante el sistema nervioso que va de la cabeza a todo miembro y parte del cuerpo. En el cuerpo espiritual, este control y dirección de los miembros por parte de Cristo, la Cabeza, se hace mediante el Espíritu Santo. Este mora en cada miembro.
Une el uno al otro y a la Cabeza en el cielo. En este aspecto podemos asemejar el Espíritu Santo al sistema nervioso del cuerpo humano. Él es el eslabón entre la Cabeza y el Cuerpo.
Si el Espíritu no está contristado dentro de nosotros, ejercitará el corazón en cuanto a cierto servicio para el Señor. Lo guiará bajo la dirección de la Cabeza de la Iglesia. Todo esto significa que debemos someternos al Espíritu y no apagarlo.
Si el lector se vale de Hechos 13:1-5, encontrará un ejemplo de cómo la Cabeza dirige a sus obreros a través del Espíritu Santo. Ministrando en ciertos profetas y maestros de la iglesia de Antioquía, “dijo el Espíritu Santo: apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”. La iglesia luego expresó su comunión con ellos mediante ayunos, oraciones e imposición de manos. Luego los envió a su misión. Sigue el mensaje diciendo que “ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia”, etc. Tal fue la orden que en aquel entonces Él dio a los discípulos. Y tal es su orden para nosotros, su pueblo, en todo tiempo.

El cuerpo es un organismo vivo

Merced a lo que hasta ahora hemos tratado, debe quedar claro que la Iglesia de Dios no es una organización establecida por el hombre. Es un organismo vivo, compuesto por miembros vivos, habitado por el Espíritu viviente, unido con Cristo –la Cabeza viviente en el cielo– y controlado por Él. ¿Hay diferencia entre una organización y un organismo? Por supuesto que sí. El primer concepto se refiere a una sociedad formada por el hombre. El segundo se refiere a un ser viviente al que Dios ha venido formando.
El libro de los Hechos nos explica cómo funcionaba este organismo vivo, la Iglesia, en los días de su principio. Los diversos miembros del organismo salieron y llevaron a cabo la obra de Dios sin ninguna cabeza u organización en la tierra.
Para hacer esto, su Cabeza en el cielo (Cristo) los llenó de energía y los guió mediante el Espíritu Santo. Todo estaba en armonía. Había tal unidad como nunca se podría obtener mediante la capacidad de organización y colaboración del hombre. Había, pues, “una unidad del Espíritu” que, aun hoy, Dios nos manda guardar.
Los creyentes de aquel entonces, miembros del Cuerpo de Cristo, dieron pruebas de que ese Cristo no era una cabeza nominal sin poder. Mostraron que Él era una viva realidad, suficiente para las necesidades de todo su pueblo. Cristo, siempre que se ha dependido de Él, se ha mostrado suficiente para su Iglesia en cualquier emergencia y dificultad durante todos los siglos. Así será hasta el fin. Por ello, esforcémonos en depender de nuestra Cabeza, suficiente y glorificada en el cielo.

El contraste con el tiempo actual

Al mirar a la cristiandad de hoy casi todo se ve en contraste notable con lo que leemos acerca de la Iglesia en los Hechos y en las epístolas. Aquella condición de la Iglesia primitiva, descrita con tanto detalle en los libros apostólicos, fue conforme al sentir de Dios. Pero ahora, en lugar de funcionar como un organismo vivo, se ven organizaciones eclesiásticas en todas partes, cada una con su cabeza. De estas dependen otros líderes, grandes y pequeños, con autoridad sobre otros, etc. Poco o nada se sabe o se ve de Cristo como Cabeza de la Iglesia que dirige a los miembros mediante el Espíritu Santo. En cuanto a que Cristo sea la Cabeza activa de la Iglesia, la mayoría –según parece– piensa de Él como cabeza nominal. Pocos parecen conocer al Espíritu Santo como una persona viva y poderosa, de la cual podemos depender. El Señor Jesucristo y el Espíritu Santo son prácticamente desplazados por la maquinaria de las organizaciones religiosas del hombre.
Amados, estas cosas no tendrían que ser así. Deberíamos preguntar: ¿qué dice la Escritura? y tener la convicción de que “así ha dicho el Señor” respecto de todo lo que practicamos y sostenemos. Todo aquello que no esté de conformidad con su Palabra es contrario a su voluntad y debe ser rechazado. Quiera el Señor, Cabeza de la Iglesia, que el lector y el autor sean ejercitados en cuanto a estas verdades preciosas relacionadas con el Cuerpo de Cristo, y que puedan andar en ellas, separados de todo lo que las niegan.

La Casa de Dios

En los tiempos del Antiguo Testamento, Dios moraba entre los israelitas en el Lugar Santísimo del tabernáculo. Más tarde, en el templo, pero todavía en el Lugar Santísimo, sitio donde era derramada la sangre del sacrificio. No obstante, desde la muerte y la resurrección de Cristo, Dios “no habita en templos hechos por manos humanas” como lo declaraba Pablo a los atenienses (Hechos 17:24). Su casa y morada en la tierra ahora es la Iglesia (1 Timoteo 3:15). Por eso conviene que consideremos la segunda figura de la Iglesia: la Casa de Dios.
En Efesios 2:19-22 leemos: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.
De estos versículos aprendemos que los creyentes en Cristo son juntamente edificados por el Espíritu sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, con Cristo, principal piedra del ángulo. Este edificio viene a ser una habitación o morada para Dios. Cuando alguien es salvado, el Señor lo añade como piedra a este edificio espiritual. Este va creciendo coordinadamente para ser un templo santo en Él. En este sentido la Iglesia es un edificio inconcluso. Estará terminado tan pronto como la última alma sea salvada dentro de este período de la Iglesia, es decir, el período de la gracia. Entonces el Señor vendrá por su pueblo, es decir, sus redimidos.
Pedro, en su primera epístola, también nos dice algo acerca de la Casa de Dios: “Vosotros también, como piedras vivas, sois (V. M.) edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (cap. 2:5). Los creyentes están descritos como piedras vivas edificadas sobre Cristo, la piedra viva. Se los considera como quienes forman una casa espiritual para ofrecer sacrificios espirituales a Dios.
Hemos señalado anteriormente que el Señor dijo en Mateo 16:18: “Sobre esta roca (Él mismo) edificaré mi Iglesia; y las puertas del hades no prevalecerán contra ella”. Por consiguiente, vemos cómo Cristo ha estado edificando su Casa, la Iglesia, desde el día de Pentecostés hasta este momento. Tal edificación permanece a pesar de todos los asaltos de Satanás a través de siglos de persecuciones y pese a que sigue esforzándose para destruirla. En este edificio vivo y espiritual formado por creyentes verdaderos, Dios ha estado viviendo mediante su Espíritu. Ha sido su casa y templo, su habitación desde que empezó a ser formada cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés (Hechos 2). En oportunidad de escribir a los creyentes de Corinto, Pablo dice: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). Colectivamente los creyentes de Corinto eran el templo y la Casa de Dios en aquel lugar, lo que también es verdad para los creyentes de hoy en día, cualquiera sea el sitio en el que se congreguen. En esto, pues, consiste la Casa de Dios. No es un edificio eclesiástico de piedras materiales, como muchos piensan y afirman, sino un edificio espiritual de piedras vivas, o sea, de creyentes en Cristo.

El orden y la responsabilidad

Estos son los principales pensamientos relacionados con la Iglesia como Casa de Dios. Dios es un Dios de orden y, si mora en una casa, esta tiene que estar conforme a su carácter. Por lo tanto, debe estar en orden. Nuestra responsabilidad es de guardarla pura y santa, así como lo declara el salmo 93:5: “La santidad conviene a tu casa, oh Jehová”. De aquí que deba existir disciplina y orden en la Iglesia por ser esta la morada del Dios santo.
El propósito de Pablo al escribir su primera epístola a Timoteo fue para que este y nosotros sepamos cómo debemos conducirnos en “la Casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente” (1 Timoteo 3:15). Así vemos cuán necesario es que se observe un comportamiento apropiado en la Casa de Dios.
Vemos también que ese orden –santidad y disciplina– está relacionado con el hecho de ser nosotros casa y familia de Dios. Estos asuntos los consideraremos en detalle cuando estudiemos el aspecto local de la Iglesia, la cual a veces es denominada la Iglesia visible.
Queremos decir, de paso, que la disciplina está conectada con la Iglesia como Casa de Dios, pero no como Cuerpo de Cristo. El principal pensamiento en cuanto al Cuerpo de Cristo lo constituyen la gracia, la posición y la unión vital con Cristo, siendo Él la Cabeza glorificada. No hay poder humano que pueda quitar o agregar ni un solo miembro de este Cuerpo.
Pero en la Casa de Dios uno sí puede ser separado de la comunión mediante un acto de disciplina o de exclusión. La santidad de Dios necesita de tal acción, llegado el caso de que se encuentre un mal serio en la vida de alguno que está en comunión (véase 1 Corintios 5:13).

Dos aspectos de la Casa

Primer aspecto En las escrituras que hemos venido considerando (Efesios 2 y 1 Pedro 2), tenemos un aspecto de la Casa de Dios como edificio que Cristo está edificando. Solo los creyentes verdaderos son las piedras vivas. Como consecuencia, la Casa resultante es perfecta. En este aspecto la Casa de Dios y el Cuerpo de Cristo tienen la misma extensión. Tanto en la una como en el otro solo hay verdaderos creyentes en Cristo.
Segundo aspecto En 1 Corintios 3 tenemos otro aspecto de la Casa de Dios, en el cual el hombre es el constructor o colaborador, lo que, por lo tanto, implica responsabilidad y faltas. Aquí leemos: “Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica” (v. 9-10). Luego el apóstol continúa hablando de edificar sobre este fundamento con oro, plata y piedras preciosas, madera, heno, hojarasca y dice que la obra de cada uno, sea cual fuere, será probada por el fuego en el día del juicio. En ese día serán premiadas las obras que hayan permanecido (v. 12-15).
Es evidente que la madera, el heno y la hojarasca no resistirán la prueba del fuego. Por eso no son materiales genuinos, sino que son falsos creyentes añadidos al edificio por mano del hombre. En este aspecto de la Casa de Dios en la tierra, –dado que el hombre es el encargado de edificar– se ve, pues, el fracaso. Como consecuencia de esto, muchas veces inconversos profesantes están mezclados con los verdaderos creyentes.
Al principio, en los tiempos apostólicos, la casa edificada por el hombre correspondía exactamente al Cuerpo de Cristo y a la Casa edificada por Él. Todos los introducidos en la Casa de Dios en la tierra eran creyentes genuinos, ya que el Señor mismo añadía a la Iglesia a aquellos que eran salvos. En este sentido, la Casa de Dios y la Iglesia se correspondían mutuamente en extensión. No obstante, al poco tiempo Simón el mago hizo profesión de ser salvo. Fue bautizado y admitido dentro de los privilegios de la Casa de Dios, la compañía cristiana. Más adelante se hizo patente que era un inconverso y un individuo nada recto delante de Dios (Hechos 8).
Este tal vez fue el primer fracaso y el primer material falso que el hombre dejó introducir en el edificio de Dios (1 Corintios 3:12 fin del versículo). Simón el mago no fue una piedra viva y mucho menos un miembro del Cuerpo de Cristo. De esta manera se halló en la Casa de Dios aquello que no pertenecía al Cuerpo de Cristo. Los dos –Casa y Cuerpo– dejaron de ser coextensivos, es decir, dejaron de ser una misma cosa.
La Casa, contrariamente a la voluntad de Dios, llegó a ser más grande que el Cuerpo.
La introducción de materiales no genuinos en la Casa de Dios ha continuado desde los tiempos de Simón el mago hasta hoy. Por eso es muy importante en la actualidad poder distinguir entre los dos aspectos de la Casa de Dios. Ojalá Dios nos ayude a entender que lo que Cristo edificó y está edificando es perfecto. En cambio, lo edificado por el hombre, al hacer uso de varios materiales, es imperfecto y está destinado al fracaso.
Una “casa grande” Al final de la vida del apóstol Pablo, la Casa de Dios había llegado a ser una “casa grande”. Tenía utensilios de oro y plata para usos honrosos y otros de madera y de barro para usos viles. Si se quería ser utensilio para honra, santificado, útil al Señor, era necesario separarse de los utensilios para deshonra en la casa grande (2 Timoteo 2:20-21). Tal es la casa edificada por el hombre.
Al terminar este apartado, podemos afirmar que: 1. El bautismo de agua –marca exterior de la profesión cristiana– coloca a uno en la Casa de Dios, vista en el segundo aspecto. A esta construcción colabora el hombre y lo edificado puede ser genuino o falso.
2. El bautismo del Espíritu Santo –y solo este bautismo– es el que puede introducir a una persona en el Cuerpo de Cristo, como ya lo hemos visto previamente. Nótese que esto sí es una obra enteramente de Dios y, por lo tanto, perfecta.

La Esposa de Cristo

Llegamos ahora a la tercera figura de la Iglesia de Dios en las Escrituras. Se encuentra en Efesios 5:21-32, donde Pablo muestra que la Iglesia es la Esposa de Cristo. Muestra también que la naturaleza de esta relación bendita e íntima entre Cristo y su Iglesia, es modelo para la relación y el comportamiento de los cónyuges.
Si empezamos nuestra lectura en el versículo 25 tenemos: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado (o purificándola) en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia”.

El afecto, la intimidad y la asociación

Bajo esta figura de la Esposa tenemos a la Iglesia presentada como el objeto de los más estrechos y tiernos afectos de Cristo y de su solicitud amorosa. Como un esposo leal ama y cuida a su esposa; pero aquí lo celestial es más bien el ejemplo para lo terrenal.
Esta figura también da a conocer la relación más íntima que existe entre Cristo y la Iglesia, la más estrecha posible, la tierna intimidad de un esposo y una esposa que se aman. También presenta el pensamiento de estrecha asociación en el futuro con Cristo en su dominio y gloria venidera, como Eva estaba asociada a Adán, al tener este su lugar de cabeza o jefe de la creación entera. Más adelante veremos esto detalladamente con la ayuda de otros pasajes de las Escrituras.
La Iglesia del Dios viviente es, por lo tanto, la Esposa de Cristo, a la cual amó con un amor infinito. La compró para sí mismo, con su propia sangre preciosa, la cual dio para redimirla del pecado y de la destrucción. Esto es lo que hizo por ella en el pasado, a fin de tenerla para siempre consigo como el objeto de sus profundos afectos, y para compartir con ella toda su gloria y dominio en el día venidero.
En el presente, su amor inagotable está cuidando de ella constantemente. Lo hace nutriéndola y guardándola con afecto, purificándola y santificándola en el lavamiento del agua por la Palabra. Por esta aplicación del poder purificador de la Palabra de Dios por el Espíritu, ella es puesta en un estado moral adecuado a fin de estar asociada a Él en toda su gloria soberana. En el futuro, el amor de Cristo por la Iglesia –la desposada– será manifiesto cuando se la presente a sí mismo como una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga. Entonces estará con Él, con su esposo amado, para siempre. Como otro autor ha dicho: «Él es el único que puede presentársela a sí mismo, por ser el autor de su existencia, de su belleza y de la perfección con la cual ella tiene que aparecer en el cielo. Estas condiciones la harán digna de tal novio y de la gloria que allí hay».
Tal es la porción bendita de la Iglesia como Esposa de Cristo y tal el amor que todo miembro de ella debe gozar ahora. El amor del que gozaremos en ese esplendor inmaculado y eterno es el mismo amor con que nos ama ahora, aun en medio de las tinieblas que nos rodean. ¡Ojalá descansen nuestros corazones en su amor precioso!

Nuestros afectos y nuestra fidelidad

Mientras nosotros, su Esposa, gozamos de su amor, los afectos de nuestro corazón deberían brotar –y de veras brotarán– para Él. Desearemos intensamente a nuestro Esposo y procuraremos asiduamente serle fiel aquí en este mundo que lo rechazó. Hemos de recordar las palabras de Pablo a los corintios y darnos cuenta de que se aplican a todo creyente. “Os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2).
Como cristianos somos desposados, prometidos a Jesucristo, y hemos de serle fieles y auténticos. Hemos de guardarnos como una virgen pura para Él, limpios de las manchas del mundo que lo crucificó. Es nuestro privilegio y nuestro deber darle a Él todo nuestro amor y afecto, y no al sistema mundano manejado por el enemigo de nuestro amado. Por lo tanto, brindémosle nuestro amor y amistad. Rindámosle servicio fiel, y vivamos para Él con la esperanza gozosa de su venida en busca de nosotros. A este suceso le seguirán “las bodas del Cordero”.
Esta es la responsabilidad que resulta de esta relación tan íntima con Cristo.

La sujeción

Es necesario agregar que el pasaje de Efesios 5 nos recuerda que esta relación bendita lleva consigo los pensamientos de jefatura y de sujeción, como debieran aparecer en la unión matrimonial. “Cristo es Cabeza de la Iglesia, la cual es su Cuerpo, y Él es su Salvador. Así que, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Efesios 5:23-24). Ya hemos hablado de Cristo como Cabeza de la Iglesia, por eso será suficiente mencionar a grandes rasgos la sujeción de la Iglesia como esposa del Señor, su Cabeza.
Esta sujeción a Cristo es otra responsabilidad muy importante que proviene del privilegio de pertenecer al Cuerpo de Cristo. Esto quiere decir que hemos de obedecer a su Palabra aquí en la tierra y no hacer nuestra propia voluntad ni seguir nuestros propios deseos. Hemos de seguir las instrucciones que Él nos ha dado en la Biblia. No debemos obrar como mejor nos convenga ni en lo personal ni en lo colectivo; por el contrario, debemos escudriñar las Escrituras para descubrir los pensamientos de Cristo. Entonces deberemos actuar a impulso de ellas, sujetos al Señor como nuestra Cabeza. De ahí que la Iglesia no deba enseñar ni establecer reglas, doctrinas, etc. Su lugar es el de permanecer sujeta a todos los principios, reglas, enseñanzas y doctrinas que Cristo ha enunciado en su Palabra.
El Señor enseña y predica por medio de los dones que ha dado a la Iglesia, presentando su Palabra bajo la dirección y el poder del Espíritu. El lugar de la Iglesia es, pues, el de permanecer sujeta a Cristo y no usurpar el derecho de enseñar y regir, como la iglesia de Roma y otros grupos lo han estado haciendo hasta ahora.
Si la Iglesia no hubiera olvidado esto ni perdido de vista su alta vocación como Esposa de Cristo, qué diferentes serían las cosas hoy día. No existirían tantas denominaciones y grupos con sus diferentes modos de proceder, variadas doctrinas, etc.
No existirían, ya que si todos estuvieran sujetos a Cristo, la unidad de pensamiento y la senda para su Iglesia serían halladas en su Palabra. El Espíritu nos enseñaría a todos la misma cosa. Cada creyente andaría obedientemente en la única senda de la voluntad del Señor. En tal caso todos estarían unidos en la bendita unidad del Espíritu como la esposa sujeta a Cristo.
¡Qué bendito sería esto y qué testimonio daría la Iglesia respecto de Cristo! Así fue en el principio de la historia de la Iglesia, y así sería ahora si todos estuvieran sujetos a Cristo como Cabeza y lo conocieran en verdad como su esposo. La causa, pues, de todas las divisiones y la confusión de hoy entre el pueblo de Dios, reside en que la Iglesia no ha permanecido completamente sujeta a Cristo. Tampoco lo está ahora. La voluntad del hombre ha estado trabajando, por eso vemos tanta ruina a nuestro alrededor.
Pero aunque colectivamente la Iglesia ha fracasado en cuanto a sujeción, todavía conviene a cada creyente, en lo individual, estar sujeto a la voluntad y a la Palabra de Cristo. Esto se ve en los mensajes del Señor a las siete iglesias de Asia, los cuales hablan de una manera profética de la historia de la Iglesia y del hecho de alejarse ella de su Palabra. En la conclusión de cada uno de los siete mensajes se dice: “El (el individuo) que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22). Ojalá cada lector oiga, obedezca y camine separado de todo aquello que no esté de conformidad con su Palabra y la sujeción debida a Él.

La esperanza y el destino

Hemos considerado el afecto, la intimidad y la asociación con Cristo de la Iglesia verdadera, compuesta por creyentes que han nacido de nuevo, así como su responsabilidad de ser fiel y de permanecer sujeta a Cristo. Ahora podemos considerar la esperanza y el destino de esta Iglesia. Como la Iglesia es la Esposa de Cristo, la naturaleza de tal vínculo da a entender que la esperanza y el perfecto deseo de ella es llegar a unirse con Él y estar siempre a su lado. Estar unida a Cristo y participar de toda su gloria, son la única verdadera esperanza y el destino de la Iglesia.
Esto se insinúa en Efesios 5 en los versículos ya considerados, donde se dice que Cristo se presentará la Iglesia a sí mismo como una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga. Esto será cumplido en el día nupcial, y esta unión debe ser la expectativa y el anhelo de la Iglesia como Esposa de Jesús. Entonces le verá tal como Él es, y será semejante a Él, pura y sin mancha (1 Juan 3:2-3). Nada más que esto puede satisfacer los deseos nupciales que deben hallarse en la Iglesia.
Fue el mismo Jesús quien dio a la Iglesia su esperanza bendita en las palabras bien conocidas y muy apreciadas de Juan 14:2-3. Aquí les dice a los creyentes que va a preparar lugar para ellos en la casa de su padre. Además, dice que vendrá otra vez y los tomará a sí mismo, así donde Él esté, ellos también estarán. Esto le ha prometido el Esposo a su Esposa y ha declarado también que el deseo de su corazón es que, donde Él esté, ella también pueda estar.
El anhelo ferviente de Cristo para su Esposa se expresa de manera conmovedora en su oración de sumo sacerdote al Padre, como se encuentra en Juan 17:24. Allí lo encontramos orando de la siguiente manera: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria”. Este es el propósito y la meta suprema del Señor para su Iglesia: que ella esté con Él en su gloria.
También este debe ser el anhelo y la esperanza de su Esposa.
La Iglesia es de origen celestial, nacida de lo alto. Está unida a Cristo, su Cabeza en la gloria. Por consecuencia aquí en la tierra debe ser celestial en carácter, puesto que su “vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). Su destino es el de estar casada con Cristo en el cielo y de compartir su gloria para siempre. Todas las promesas hechas a la Iglesia son celestiales mientras que todas las promesas hechas a Israel son terrenales; por lo tanto, estos dos pueblos no deben ser confundidos.
Hemos visto en las Escrituras que la sola esperanza y el solo destino verdaderos para la Iglesia como Esposa o desposada de Cristo es la unión y la asociación con Él en la gloria celestial.
Es el ser conformada a su imagen. Por eso, evidentemente es erróneo y no bíblico el pensamiento popular que dice que la esperanza de la Iglesia es mejorar al mundo y convertirlo a Cristo.
La misión de la Iglesia, sin discusión alguna, es representar y manifestar a Cristo en este mundo y proclamar el Evangelio a los inconversos. Pero las Escrituras nunca le dan la esperanza de mejorar o convertir al mundo entero. Al contrario, la Palabra de Dios muestra de manera precisa que “los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor” (2 Timoteo 3:13) y que, para poner fin a toda maldad del hombre, Dios tendrá necesidad de intervenir con juicio y castigo.

La esperanza y el destino

de la Iglesia, pues, es el de ser arrebatada al cielo con Él, como se ve en 1 Tesalonicenses 4:13-18. No es el de mejorar o convertir al mundo entero.
Volvamos ahora a unos versículos del libro del Apocalipsis que nos hablan más del destino futuro de la Iglesia en su unión y asociación con Cristo. El arrebatamiento tendrá lugar, sin duda, cuando ella oiga las últimas palabras de Apocalipsis 4:1.
La Iglesia constituye parte del grupo de redimidos que adoran (véanse capítulos 4 y 5), representado por los veinticuatro ancianos. Durante todo el tiempo en que los juicios de Dios serán ejecutados sobre la cristiandad apóstata y sobre este malvado mundo –como está anunciado en los capítulos 6 a 19– la Iglesia, compuesta por todos los verdaderos creyentes, estará segura con su amante Salvador en la gloria.
En Apocalipsis 19 leemos sobre las bodas del Cordero.
“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. A ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (v. 7-8).
La esposa falsa, la iglesia apóstata, ha sido juzgada en el capítulo 17, y la Esposa verdadera se ha preparado. Las gloriosas bodas de Cristo y su Iglesia, comprada por sangre, finalmente pueden efectuarse. Luego Él viene a la tierra con su Esposa para juzgar a las naciones y para reinar con ella sobre la tierra (Apocalipsis 19:11 a 20:6).
En Apocalipsis 21:9-27, la desposada, la esposa del Cordero, se describe minuciosamente en toda su gloria como “la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios”. (Tenga el lector la bondad de leer todos los versículos). Ella será entonces la celestial metrópoli del reino terrenal de Jesucristo y reinará con Él mil años.
Apocalipsis 21:1-8 describe la escena y el estado eternales después de que hayan terminado los mil años de reinado de Cristo. Los describe luego de que el primer cielo y la primera tierra hayan pasado. Habrá entonces un cielo nuevo y una tierra nueva. Aquí leemos: “Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo” (v. 2-3).
Este es el destino eterno de la Iglesia, la Esposa de Cristo.
Es todo a la vez: la santa ciudad del milenio (v. 9-27), así como el tabernáculo o morada eterna de Dios (v. 2-3), una esposa ataviada para su esposo. ¡Cuán glorioso es el porvenir de la “Iglesia del Dios viviente”! Ojalá que con esto se deleite aun más nuestro corazón y que ello nos inspire un devoto y creciente afecto para nuestro precioso Esposo. Él es aquel que nos aseguró toda esa bienaventuranza cuando puso su vida por nosotros en el Calvario.

Resumen

Al concluir nuestro primer fascículo sobre lo que es la Iglesia del Dios viviente, volvemos a exponer algunos de los pensamientos principales que hemos tenido presentes durante el desarrollo de este tema.
Hemos visto, a través de la Palabra de Dios, que la Iglesia comenzó el día de Pentecostés. Hemos visto también que está compuesta por creyentes, los cuales han nacido de nuevo y han sido bautizados por un solo Espíritu en un cuerpo, el Cuerpo de Cristo. Además, han sido unidos por el mismo Espíritu a su Iglesia, de la cual Él, Cristo, es la Cabeza en el cielo. Estos mismos creyentes constituyen una asamblea de personas llamadas fuera, separadas del mundo. Personas que, a pesar de todas las divisiones que existen entre los que componen la Iglesia –el Cuerpo de Cristo–, son consideradas por Dios como un solo organismo.
La Iglesia de Cristo nos es presentada bajo tres aspectos: como el Cuerpo de Cristo, como la Casa de Dios y como la Esposa de Cristo.
Como Cuerpo de Cristo, hay sus varios miembros con la responsabilidad de funcionar para él en los lugares que el Señor, la Cabeza, les haya asignado y para lo cual les haya capacitado. Recordemos que la obra de cualquier miembro siempre ha de estar bajo la dirección de Cristo.
Como Casa de Dios, la Iglesia es su morada aquí en la tierra. Tiene la responsabilidad de guardar y sostener el orden y la santidad de Dios.
Como Esposa de Cristo, la porción, la esperanza y el destino de la Iglesia es el afecto, la intimidad, la fidelidad, la sujeción, la compañía y asociación eternas con Jesús en toda su gloria.
R. K. Campbell