Cinco talentos
“A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le
demandará”. Lucas 12:48
Conocemos bien la parábola de los
talentos por medio de la cual, en Mateo 25:14-30, el Señor define la
responsabilidad de los suyos durante el tiempo de su ausencia. Probablemente
alguna vez hemos deseado ser ese bienaventurado siervo a quien el Maestro le
confió cinco talentos –una gran suma de dinero–, y hemos pensado que, en su
lugar, nosotros también lo hubiéramos hecho producir para él. Pero, ¿no
deberíamos reconocer que hemos recibido incluso mucho más? Porque esos talentos
son todos los dones que Dios nos ha dado y por los cuales tiene derecho, no
solamente a nuestro agradecimiento, sino también al fruto que a través de ellos
debemos producir para su gloria.
Nos sentimos especialmente aludidos,
nosotros que nacimos en hogares cristianos, criados en las verdades de la
Palabra de Dios. ¿Podemos hacer producir estos cinco talentos para el Señor?
Por supuesto, apreciando primeramente
esta educación cristiana, que no han tenido muchos jóvenes, y siguiendo el
ejemplo y la enseñanza de nuestros padres o de otros fieles creyentes que temen
al Señor. Luego aprendiendo, desde muy joven, a conocer cada vez mejor ese
santo Libro del cual muchos verdaderos cristianos conocen solamente fragmentos.
Para ayudarnos, existen también preciosos libros y es necesario aprovecharlos.
En fin, ya que hemos sido enseñados en cuanto a la Iglesia, conociendo las
verdades bíblicas referentes a la manera de reunirse (Mateo 18:20, etc.), apropiémonos
de estas cosas. Y para mostrar al Señor Jesús que su Mesa y el recuerdo de su
muerte, la Cena, tienen gran valor para nosotros –si aún no lo hemos hecho–
démosle la respuesta que su corazón espera: “Haced esto... en memoria de mí” (1
Corintios 10:14-22; 11:23-32; Salmo 116:12-14).
Lo que acabamos
de considerar sólo es un aspecto de lo que debemos a la bondad de Dios.
Apliquémonos a reconocer y a apreciar mejor todo lo que él nos ha dado: salud,
capacidad, inteligencia, memoria, tiempo... cada uno podrá continuar la lista
por su propia cuenta.
Contemos, pues,
los beneficios de Dios, bendigamos su mano que nos los ha dado. Y pensemos
también en lo que a nuestra vez le debemos por cada uno de los talentos
recibidos. Así, ¿para qué sirven esas fuerzas que anhelamos recuperar
rápidamente cuando la enfermedad nos las ha quitado algunos días? ¿Cómo
alimentamos nuestra inteligencia, llenamos nuestra memoria, ocupamos nuestro
tiempo libre? Pensemos en estas preguntas antes de que el Señor mismo nos las
haga. Porque en Su día (2 Corintios 5:10) él nos pedirá cuentas por cada uno de
los talentos recibidos. Entonces cada uno se habrá jugado la vida, como dijo alguien. Existe un juego
infantil en el cual se distribuyen fichas en número y valor determinado a cada
participante. Llega un momento en que la partida termina y el capital de cada
uno es evaluado sin que sea posible corregir las faltas cometidas. Igual sucede
en esta gran competencia de la vida, solemne porque sólo tenemos una vida para
vivir, cuyas consecuencias son eternas. Entonces habrá ganadores y perdedores.
Cristo dará su apreciación definitiva sobre lo que cada uno haya hecho con su
vida. En su balanza –el talento se evaluaba por el peso– algunos serán hallados
faltos de peso, como aquel rey de otrora (Daniel 5:27; Salmo 62:9). El Señor
pondrá en una bandeja lo que hemos recibido, y en otra lo que hayamos ganado
con la ayuda de su gracia. ¿De qué lado se inclinará la balanza para cada uno
de nosotros?
Que este serio pensamiento esté en el
corazón de cada uno de los jóvenes criados en hogares cristianos, donde se
enseña la Palabra. Entre todas sus criaturas, a nosotros Cristo pedirá más,
porque nos ha confiado más. Pero no nos desanimemos; miremos más bien al
primero y más grande de todos los dones de Dios: el de su amor, el de su Hijo
Jesucristo, llamado su don inestimable, el
don de Dios por excelencia. Así
aprenderemos a conocer al Maestro a quien servimos. El tercer siervo no conocía
realmente a su señor, y lo consideraba un hombre duro; por eso no trabajó para
él. Pero nuestro Señor, Aquel que fue el
Siervo perfecto es bueno y su yugo fácil. Él comprende y mide nuestro
servicio.
Entonces, conociendo mejor a nuestro
Señor Jesucristo, podremos poner a su servicio, por amor a él, cada uno de los
talentos que nos ha confiado.
Jn.
K. (adaptado)
Extracto de “Cada día las Escrituras” tomo 5
Mateo 25:14-30
La parábola de los talentos considera el
lado del servicio. La vida del creyente está revestida de este doble carácter:
“servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo” (1
Tesalonicenses 1:9-10). ¡Esperar al Señor no significa cruzarse de brazos hasta
que él venga! Al contrario, cada rescatado tiene el privilegio de trabajar para
su Señor. Con este fin recibió cierto número de talentos y es responsable de
hacerlos producir. Estos talentos representan bienes materiales, sin duda, pero
también otras cosas como la salud, la memoria, la inteligencia. Pero, sobre
todo, representan la Palabra divina con su correspondiente revelación: “...Hemos
recibido... el Espíritu que proviene de Dios” (1 Corintios 2:12).
Aun siendo salvos, podemos parecernos al
siervo malo. ¿Estamos seguros de no haber escondido, por egoísmo, pereza, o
cualquier otra razón deshonesta, uno u otro de esos dones que pertenecen al
Señor? ¿Qué cuentas le rendiremos cuando él venga? ¿Podría hacernos entrar –no
es dicho en el cielo– en su gozo? Ese “gozo puesto delante de él” (Hebreos
12:2), el gozo de la obra consumada y del amor satisfecho.
Jn. K.
“Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. Mateo 25:21 y 23
© Ediciones Bíblicas - 1166 Perroy (Suiza)
Se autoriza sacar fotocopias de este folleto para
uso o difusión personal. En este caso, utilizarlo en
su integralidad y sin cambios.