“¿Quién soy
yo, o qué es mi vida?” 1 Samuel 18:18
Después de su victoria sobre Goliat, David se ganó el cariño de
Jonatán e igualmente el del pueblo. Saúl le ofreció a Merab, su hija mayor, por esposa. Consciente de su origen, de su
humilde vida de pastor de ovejas, David sentía cierta aprensión a convertirse
en “yerno del rey”.
Alguien había dicho de él: “Es valiente y vigoroso y hombre de
guerra, prudente en sus palabras, y hermoso” (1 Samuel 16:18). Pero David sabía
que la victoria había sido lograda porque el Dios estaba “con él”, expresión
repetida varias veces en el primer libro de Samuel. ¿Era Merab verdaderamente
la esposa que debía elegir?
Muchos jóvenes tienen que enfrentarse a esta elección. Piensan
ante todo en la persona de su deseo, cosa que es muy natural: ¿Quién es él o
ella y qué es de su vida? Pero en su caso, David consideró primero qué
aportaría él a ese casamiento. ¿Qué sería él para aquella a quien le ofrecían
en casamiento? ¿Cómo había sido su vida hasta ese momento?
Sin tener en cuenta a David, Merab fue dada a otro. Saúl le
ofreció entonces a su segunda hija, Mical, quien amaba a David. Nuevamente el
joven dudó. Los siervos de Saúl hablaron a favor de Mical: una ocasión
extraordinaria era dada al hijo de Isaí para convertirse en yerno del rey. Pero
David repitió que él era “un hombre pobre y de ninguna estima” (1 Samuel
18:23). Sin embargo, al final “pareció bien la cosa a los ojos de David, para
ser yerno del rey” (v. 26). Se casó con Mical, quien no sería una bendición en
su vida. La ventaja social de esa unión parece haber prevalecido sobre sus
anteriores dudas. David ignoraba todo lo que Saúl tramaba contra él.
“¿Quién soy yo, y qué es mi casa?”
2 Samuel 7:18
Después de muchos años, durante los cuales anduvo errante de
caverna en caverna, de desierto en desierto, David fue hecho rey, primero en
Hebrón y luego en Jerusalén. Tenía tanto interés por el arca de Dios que la
hizo llevar a esta ciudad, elegida por Dios para que allí esté la memoria de Su
nombre; luego tuvo el deseo de construir un templo para el arca.
Por medio del profeta Natán, Dios le recordó su presencia: “He
estado contigo en todo” (v. 9), además de las victorias que le había dado. Pero
también le reveló que no él, sino su hijo, construiría el templo. “Y será
afirmada tu casa y tu reino para siempre... y tu trono será estable
eternamente” (v. 16). Esta expresión se refiere al Mesías, el único que
establecerá el reino de justicia y de paz para su pueblo.
Y David dijo: “¿Señor Jehová, quién soy yo, y qué es mi casa, para
que tú me hayas traído hasta aquí?”. Estaba plenamente consciente de la gracia
que lo había conducido a través de la vida, desde el redil de las ovejas hasta
el trono de Israel. Su oración subió hacia Dios: “Que la casa de tu siervo
David sea firme delante de ti” (v. 26), y con tu bendición sea bendita “para
siempre” (v. 29).
En un sentido, aquel momento era el punto culminante de la vida
del rey según los pensamientos de Dios. “Después de esto” (2 Samuel 8:1) David
fue de victoria en victoria. Estableció a sus hijos como príncipes (v. 18). Usó
de gracia para con Mefi-boset (cap. 9). Los hijos de Amón, los sirios, se
sometieron a él (cap. 10:19). Pero Satanás velaba en la sombra e iba a
estropear la carrera del rey que hasta aquí había sido tan fiel.
“No es así mi casa para con Dios”
2 Samuel 23:5
David llegaba al ocaso de su vida y
pronunciaba sus últimas palabras. Recordó la bondad de Dios que lo había
“levantado en alto” (v. 1). Subrayó que el Espíritu de Dios había hablado en
él, permitiéndole componer varios salmos. En su visión exaltó a Aquel que sería
“como la luz de la mañana, como el resplandor del sol en una mañana sin nubes”
(v. 4).
Sin embargo, siendo consciente de todo
aquello en lo que había fallado en la última etapa de su vida –en la educación
de sus hijos y en su conducta personal–, tuvo que agregar: “No es así mi casa
para con Dios”. A pesar de todo, la seguridad de la gracia prevalecería antes
que él fuera recogido con sus padres: “Él ha hecho conmigo pacto perpetuo,
ordenado en todas las cosas, y será guardado” (v. 5).
Después de su gran caída, David lloró
arrepentido, suplicó el perdón divino y fue restaurado. Compuso los salmos 51 y
32; aprendió a conocer, como nunca lo había hecho, la grandeza de la gracia de
Dios, como también la justicia de su gobierno. Había dicho a Natán que la
“cordera” debía ser pagada “con cuatro tantos” (2 Samuel 12:6); y él mismo tuvo
que sufrir profundamente la pérdida sucesiva de cuatro de sus hijos.
“¿Quién
soy yo, o qué es mi vida?” G.A.
“He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender
sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve”.
Salmo 51:6-7
“Te haré entender, y te enseñaré
El camino en que debes andar;
Sobre ti fijaré mis ojos.
No seáis como el caballo, o como el mulo,
Sin entendimiento, que han de ser sujetados
Con cabestro y con freno,
Porque si no, no se acercan a ti”.
Salmo 32:8-9
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