Levántate y come 1 Reyes 19:7
“Abre tu boca, y yo la llenaré”. Salmo 81:10
Sí, todos lo sabemos, para crecer
físicamente, para recuperar y renovar las fuerzas es necesario alimentarnos
cada día.
Una persona que no puede alimentarse
normalmente se debilita. El alimento es, pues, una necesidad. El Señor lo sabe
muy bien. Fue él quien, después de haber resucitado a la hija de Jairo, dijo
que le dieran de comer (Marcos 5:43). Fue él mismo quien, viendo a su siervo
Elías acostado debajo de un enebro, dos veces le envió alimentos
reconstituyentes: “Levántate y come, porque largo camino te resta” (1 Reyes
19:7).
Él mismo también, movido a compasión,
alimentó a las multitudes, así como había alimentado a Israel en el desierto.
De esta manera demostró que él es verdaderamente el que sacia de pan a los
pobres (Salmo 132:15). Y en la mañana de aquel gran día, cuando sus discípulos
estaban cansados y no tenían nada para comer, él, todavía él, los invitó
diciendo: “Venid, comed” (Juan 21:12). ¡Su corazón no cambia!
Lo que es cierto para nuestro cuerpo
mortal, también es verdad para nuestra alma inmortal. “No sólo de pan vivirá el
hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4): alimento
diario, indispensable para la vida espiritual.
Repitámoslo: alimentarnos, nutrir
nuestra alma, es una necesidad. ¿Por qué ese creyente vive tan feliz, por qué
su alma prospera (3 Juan 2) y sus progresos son evidentes para todos? (1
Timoteo 4:15). ¡Oh, si usted supiera cómo andar con Dios: «Y caminó Enoc con
Dios... trescientos años» (Génesis 5:22), descansar en sus “delicados pastos”
(Salmo 23:2), ser llevado a las “aguas de reposo”, estar saciado como de
“meollo y de grosura”! (Salmo 63:5). ¿Por qué este otro permanece como un enano
espiritual, si no es que su estado se degenere más cada día? Un poco de leche
lo satisface, como a los niños recién nacidos (Hebreos 5:12).
Estamos tan ocupados, tan saturados con
nuestros quehaceres y tenemos el tiempo sumamente medido, que no hay lugar para
alimentar nuestra alma con la Palabra de Dios. Tampoco hemos ententido lo que
otros experimentaron: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu
palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15:16).
Además, cuando tenemos un tiempo libre,
generalmente buscamos buenas distracciones. Y si algunas son útiles en su
lugar, la Palabra de Dios nos exhorta, no obstante, a la moderación. Cada uno
conoce sus diversiones preferidas; éstas van desde las más elevadas como el
arte y la ciencia, hasta las más bajas, tales como las malas lecturas, las
malas compañías, pasando por todos los peldaños: deportes, cultura física,
diversas lecturas, colecciones, arreglo personal, etc. Sin hablar del fango de
corrupción donde tan fácilmente podríamos volver a caer si no prestamos mayor atención
“a las cosas que hemos oído” (Hebreos 2:1). Aún hoy debemos cuidarnos de la
“comida del rey” y del vino que él bebía (Daniel 1:5). “Fornicación, vino y
mosto quitan el juicio” (Oseas 4:11). De manera que en el desierto espiritual
en el cual estamos, si recibimos de este mundo los alimentos, nos
debilitaremos. Ellos no nutren el alma, sino que, como venenos o somníferos,
nos quitan todo el apetito por los alimentos celestiales o divinos y nos
apartan inexorablemente del objetivo hacia el cual el Dios de gloria nos llama.
Si Dios en otros tiempos llamó a los
suyos y los guió hacia la meta, hoy actúa del mismo modo con nosotros y quiere
ocuparse de nuestras necesidades durante el camino. Por ello cada día nos da el
maná celestial, el alimento de Dios, el verdadero pan del cielo, el fruto de la
tierra, las espigas tostadas (Josué 5:11); en otras palabras, nos da un Cristo
que estuvo muerto y que ahora vive glorificado en los cielos. Nosotros a lo
menos debemos “abrir la boca” (Ezequiel 3:2) para que él la llene, debemos
tener apetito. “De mañana oirás mi voz” (Salmo 5:3) y recogeré lo que pueda
comer (Éxodo 16:21).
Se trata de la necesidad alimenticia de
todos los días, pero también de la fuerza y el ánimo para la senda a recorrer
ese día. Tal vez haya suplementos, como postres: una lectura edificante, porque
algunos autores cristianos nos dejaron provisiones sabrosas y nutritivas; un
encuentro precioso en el cual cada uno por la fe que hay en el otro puede ser
consolado y animado (Romanos 1:12); una reunión para estudiar la Palabra, donde
el Espíritu Santo obrará para el bien de nuestras almas.
Pero primeramente debemos buscar ese
momento de intimidad en el cual, a los pies de Jesús, a solas con él, su
Palabra viene a regocijar y nutrir nuestra alma. María de Betania conocía esos
momentos en los cuales escuchaba la palabra de su divino huésped. Así fue
consolada en la hora de la prueba e instruida para sacrificar la alabanza poco
antes de la cruz (Juan 12:3), adelantando la alabanza eterna para la gloria del
Cordero inmolado.
De esta manera el creyente, hecho sabio
para la salvación, también limpiará su camino (Salmo 119:9); su rostro se
iluminará (v. 130), su corazón estará en paz, avanzará sin tropiezo (v. 165) en
la luz resplandeciente que va creciendo hasta que el pleno día se establezca.
Entonces, haciéndolo sentar a la mesa, el mismo Señor le servirá (Lucas 12:37).
“¡Oh, cuánto amo yo tu
ley!
Todo el día es ella mi meditación.
¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!
Más que la miel en mi boca.”
Salmo 119:97 y 103
H. Al.
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