El Evangelio... poder de Dios

 

Algunos pensamientos sobre Hechos, capítulo 8

Un nuevo aire refresca los primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles: el día de Pentecostés, el Espíritu Santo vino a morar en los creyentes. La historia de la Iglesia comenzaba, marcada por el frescor de los sentimientos de los fieles y de su apego a Jesús, la cabeza glorificada. La luz de la verdad cristiana penetró en millares de almas atentas al Evangelio, las cuales se convirtieron.

Un gran llanto

¿Por qué entonces el Señor permitió que un brusco viento de persecución se levantara, hundiendo a la Asamblea en un “gran llanto”? (8:2). Esteban, el primer mártir, fue lapidado. Saulo, un feroz enemigo de los cristianos, “asolaba la iglesia”. Después de un comienzo tan feliz, un manto de tristeza y desánimo parecía extenderse sobre los que habían encontrado la respuesta divina a la espera de su fe. La historia de los fieles de todos los tiempos estuvo así jalonada de circunstancias adversas. El Dios de sabiduría probaba la fe de los suyos para afirmarla.

Un gran gozo

Más adelante, vemos que una respuesta consoladora e imprevisible fue dada a estos primeros cristianos. Al profundo dolor siguió el gozo. En el v. 8 este gozo era compartido por muchas personas: “Había gran gozo en aquella ciudad”. En el v. 39 se manifiesta el gozo personal de un nuevo convertido: “Y siguió gozoso su camino”. Esto nos recuerda el Salmo 30:5: “Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”. ¿Qué sucedió?

Los recursos que permanecen

Cuando a los ojos de los hombres parecía desplomarse todo testimonio cristiano, el Señor hizo resaltar el poder constante de dos recursos que permanecen a disposición de la fe: la Palabra y el Espíritu Santo. Lejos de desanimarse, “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (v. 4). Felipe “anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo” (v. 12). La noticia de que Samaria “había recibido la Palabra de Dios” llegó a oídos de los apóstoles que estaban en Jerusalén (v. 14). Pedro y Juan acudieron a Samaria y, a su vez, “anunciaron el evangelio” (v. 25). Al final del capítulo, Felipe, en un camino desierto, “anunció el evangelio de Jesús” (v. 35) al eunuco, funcionario de la reina Candace. ¡Qué revelación gradual de la Palabra! Ella es de Dios; es la buena nueva que él dirige a todos los hombres en la presentación de una persona: Jesucristo. Pero también, ¡qué unidad en el mensaje dado por esos diversos siervos del Evangelio, y qué eficacia!

El mensaje, recibido con fe, va acompañado del don del Espíritu Santo, huésped del creyente, poder de la nueva vida que le ha sido comunicada: los que habían creído “recibían el Espíritu Santo” (v. 17). Ese mismo Espíritu transmitió a Felipe el pensamiento divino en una misión particular: “El Espíritu dijo a Felipe” (v. 29), luego obró con poder milagroso hacia el fiel servidor: “El Espíritu del Señor arrebató a Felipe” (v. 39). Así, a lo largo de este capítulo, estas dos fuentes divinas fueron suficientes y determinantes para llevar a las almas a la verdad, como para confirmar la nueva vida de los creyentes, animarlos y alumbrarlos en su andar.

Los siervos del Evangelio

La orden del Señor al enviar a sus discípulos, así como la promesa de sus recursos, era muy precisa: “Id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19); “recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

De hecho, hasta entonces los apóstoles sólo habían anunciado el Evangelio en Jerusalén. Sin duda, lo habían hecho con ardor, a pesar de las persecuciones. Pero el Señor los había librado (5:17-19). ¿Por qué, en el momento en que la tribulación forzaba a los cristianos a dispersarse por Judea y Samaria, los apóstoles se quedaron en Jerusalén, como lo subraya el versículo 1? ¿Por qué permanecer en una ciudad condenada y cerrar los ojos sobre un campo de actividad bien señalado por el Señor mismo?

El Señor iba formando a nuevos obreros, que al principio fueron nuevos convertidos. Así, uno de ellos, Felipe, fue conocido por su “buen testimonio, lleno del Espíritu Santo y de sabiduría” (6:3); un modesto servicio le fue confiado: “servir a las mesas”; para ello era necesario un espíritu de servicio y abnegación. El martirio de Esteban, su compañero, pronto le enseñó hasta dónde puede conducir un testimonio fiel. Pero el Maestro a quien servía no quiere que los que han puesto la mano en el arado miren hacia atrás. Vemos luego a Felipe en la ciudad de Samaria (8:5), calificado para predicar el evangelio con un poder notable; poco tiempo después estaba, con la misma disposición y sin murmurar, en un camino desierto adonde un mensajero celestial lo envió. El resultado bendito de esta obediencia fue la conversión de un eunuco etíope.

Pero Felipe no es el único siervo en este capítulo; personas modestas a los ojos del mundo, pero grandes delante de Dios y bien conocidas por él, serían “embajadores” en nombre de Cristo. Echadas de un lado para otro, conociendo el oprobio ligado al nombre de Aquel a quien servían, dieron el ejemplo de una vida piadosa, testimonio tan elocuente como su predicación. El fruto del trabajo de esos humildes predicadores fue hecho manifiesto: en Damasco un hermano piadoso, Ananías, vino al encuentro de Saulo (9:10-19). Luego se mencionan a las asambleas en Judea, Galilea y Samaria (v. 31) así como la extensión del cristianismo hasta Fenicia, Chipre y Antioquía (11:19). Así, exponiendo sus vidas, estos siervos permitieron la propagación del cristianismo más allá de la tierra de Israel. La labor de estos humildes creyentes merece nuestra atención. No es tiempo para un cristianismo de apariencia, como otrora lo ansiaba Simón, a fin de satisfacer sus propios intereses (8:9-25). Tampoco se trata de un cristianismo ocioso en el cual uno descarga sobre otros el servicio de la evangelización.

Nuestro deber como cristianos es anunciar el Evangelio, primero en nuestra casa, a nuestro alrededor, etc. Allí está nuestro prójimo. Preocupados por la salvación de una alma, conscientes de su precio a los ojos de Dios, presentémosle el único nombre, “dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Si somos los humildes y fieles portadores de la semilla, Dios se honrará haciéndola germinar en Su tiempo y a Su manera. Luego, Él mismo sabrá, según su voluntad, abrir ante nosotros uno u otro campo de actividad, como lo hizo con los primeros creyentes de la historia de la Iglesia.      P.Jn.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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