Noé
“Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo.” Hebreos 11:7
Noé era un hombre de Dios que vivía en
un mundo tan lleno de corrupción y violencia como el nuestro. Pero con la
diferencia de que hoy el Espíritu Santo está aquí en la tierra y detiene la
iniquidad (2 Tesalonicenses 2:7); los verdaderos hijos de Dios, esparcidos en
todo el mundo, son el “templo” de este Espíritu (1 Corintios 6:19). En aquel
tiempo, antes del diluvio, sin duda eran pocos los creyentes de la descendencia
de Set (Génesis 5).
Noé
era un hombre justo, perfecto en su generación; andaba con Dios (Génesis 6:9).
Su fe en lo que Dios hasta allí le había revelado era real.
En pocas palabras, pero llenas de
sentido, la Biblia nos revela lo esencial de su carrera: “Por la fe Noé, cuando
fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó
el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho
heredero de la justicia que viene por la fe” (Hebreos 11:7).
Dios le habló (Génesis 6:13; 7:1), le
advirtió sobre cosas que aún no se veían pero que debían acontecer: el
exterminio “de sobre la faz de la tierra… desde el hombre hasta la bestia, y
hasta el reptil y las aves del cielo” (Génesis 6:7). “Pero Noé halló gracia
ante los ojos de Dios” (v. 8).
La conducta del patriarca era un modelo.
Pero la Palabra se complace en subrayar que fue la gracia de Dios la que obró en él para producir una vida que
correspondiera a la fe; el mérito no era suyo. Como tampoco Daniel o Job, por
su propia justicia no hubiese podido liberar las almas de sus contemporáneos
(Ezequiel 14:20). La gracia obra; la fe responde a la gracia.
Cuando Dios invitó a Noé a construir el
arca y le anunció el diluvio, todavía no se podía percibir ninguna señal de que
eso ocurriría. Su fe en esta revelación es resumida en las palabras siguientes:
“Con temor preparó el arca”. Respetó las palabras de Dios y obró en
consecuencia. Es la obediencia de la fe.
Hebreos 11 se complace en subrayar que
construyó “el arca en que su casa se salvase”. ¿Con qué propósito edificamos
nosotros? Nuestro deseo, ¿es edificar sobre “la Roca”, como aquel hombre que
“cavó y ahondó y puso el fundamento”? (Lucas 6:48). Cuando llegó la inundación
y el río dio con ímpetu contra la casa, ésa no se movió; pero la que se edificó
sobre la arena se derrumbó; tal es la carrera de todo aquel que no pertenece a
Cristo.
Nosotros “edificamos” también una
familia. Para fundar un hogar es necesario un esposo o una esposa. ¿Dónde
iremos a buscarle(la)? La Palabra nos advierte que no debemos unirnos en yugo
desigual con los incrédulos (2 Corintios 6:14). Ignoramos de qué manera Noé
encontró a su mujer, pero ella debió compartir su fe ya que entró en el arca
con él.
Tuvieron tres hijos. El día señalado
éstos mostraron su fe al entrar también en el arca; y no entraron solos, sino
acompañados de sus esposas. Cada uno de ellos había recibido de parte de Dios
el don que la Escritura subraya: “El que halla esposa halla el bien, y alcanza
la benevolencia de Jehová” (Proverbios 18:22). Y sus esposas compartieron su
fe.
El patriarca deseaba que su casa se
salvase. En el momento del diluvio entró en el arca junto con su esposa, sus hijos
y las esposas de sus hijos (Génesis 7:7). En la actualidad, ¡qué feliz es la
familia en que todos sus miembros han recibido al Señor Jesús como su Salvador
y desean andar juntos en su camino! Es una gracia de Dios.
“Por esa fe condenó al mundo”. Construir,
probablemente durante años, un arca sobre tierra firme debió llamar la atención
de la gente. Según 2 Pedro 2:5, Noé era un “pregonero de justicia”. Dio
testimonio de las cosas que tenían que acontecer; Dios quería tener
misericordia de todos aquellos que le escuchasen; se nos habla de “la paciencia
de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca” (1 Pedro 3:20).
“Pocas personas”, ocho en total, fueron salvadas. El Señor conoce a los que son
suyos, él ve en los corazones. Nosotros sólo conocemos el pequeño círculo de
creyentes con los cuales tenemos contacto, pero sin duda actualmente hay
millones de rescatados. No obstante, en comparación con la población total de
la tierra, ¿no son “pocas personas”? En el tiempo de Noé, todos los que no entraron
en el arca fueron condenados: “vino el diluvio y se los llevó a todos” (Mateo
24:39).
Noé entró en el arca junto con su
familia siete días antes del diluvio, y dejó la puerta abierta; fue Dios quien
la cerró (Génesis 7:16). Como en la parábola de las diez vírgenes, la puerta se
cerró y las insensatas suplicaron en vano que se les permitiese entrar (Mateo
25:10-13).
La gracia de Dios “guardó a Noé” (2 Pedro 2:5) durante el diluvio; Dios “libró al justo Lot” (v. 7) en el
momento de la destrucción de Sodoma. ¡Qué diferencia entre ser guardado y ser
librado! Una vez pasado el diluvio, Dios bendijo al patriarca junto con sus
hijos (Génesis 9:1). Noé edificó un altar a Dios, quien “percibió olor grato”
en ese sacrificio que anunciaba, desde los tiempos antiguos, el de Cristo en la
cruz. Lot perdió a su mujer y a sus hijas; las dos menores le engañaron,
arrastrándole al pecado; parece ser que el anciano vivió el resto de sus días
en una cueva de la montaña, salvado “como por fuego” (Génesis 19; 1 Corintios
3:15).
Por la misma gracia de Dios, el día en que el Señor venga a buscar a los suyos, el creyente que ama al Señor, que le sigue y le sirve, será arrebatado, siendo guardado o preservado de los juicios que seguirán; el creyente que es mundano, envuelto como Lot por todo lo que representa Sodoma, no obstante, será librado. Pero delante del Tribunal de Cristo, ¡qué diferencia entre los dos! “Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10).
G. A.
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