Sois… Dos
afirmaciones
“Por gracia sois salvos por medio de la fe.”
Efesios 2:8
Sin duda, algunos de nuestros lectores,
aunque sí son salvos, no tienen la seguridad de la salvación. Un día son
felices, les parece que por fin poseen el “gozo de la salvación”; sin embargo,
al día siguiente, sin razón aparente, todo cambia, están tristes, dudan. Otros
están preocupados por su comportamiento: a veces se sienten verdaderos hijos de
Dios, otras veces, después de una falta, un acceso de mal humor, una mentira…,
la realidad de su propia conversión les parece cuestionada.
¿Acaso la Palabra de Dios nos dice:
Seréis salvos cuando gocéis del Señor Jesús? o ¿Seréis hijos de Dios cuando
vuestra vida sea santa? Por supuesto que no. La Biblia no nos habla así, sino:
“Por gracia sois salvos por medio de
la fe”. “Les dio potestad de ser hechos
hijos de Dios” (Juan 1:12). ¿Qué condiciones se requieren? “Por gracia…, por
medio de la fe…”
El Señor Jesús se ofreció en sacrificio
sobre la cruz, “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro
3:18); esta es la gracia. ¿Creen en esto, queridos amigos que están inquietos?
La fe “atestigua que Dios es veraz” (Juan 3:33). No es sentir algo, no es
cumplir una obra, no es adquirir cierto estado, sino creer lo que Dios dice: “Cristo…
murió por los impíos” (Romanos 5:6) ¿Soy impío? —Si no, entonces Cristo no
murió por mí. Pero si reconozco delante de Dios y delante de mí mismo que soy
impío, entonces sé, basándome en la Palabra de Dios, que Cristo murió por mí.
Lo que da la paz es la fe en la obra cumplida por el Señor Jesús, una ofrenda
“hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10, 14).
Cuando viene la duda (pues Satanás
siempre busca sembrar la duda en el corazón de los redimidos), debemos
acordarnos de que “Él es la roca, cuya
obra es perfecta” (Deuteronomio 32:4) y: “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”.
La salvación no depende de nuestro
andar, no es condicional. Por lo tanto, un hijo de Dios no puede perder la
salvación. El Señor Jesús dice de sus ovejas: “Nadie las arrebatará de mi mano…
nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:28-29). Es verdad
que Pedro en su epístola dice, a propósito de los que, “habiéndose ellos
escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y
Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas”: “les ha acontecido lo del
verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a
revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:19, 21). Pero la puerca no se había convertido
en oveja, simplemente se había “lavado” exteriormente, no había habido un
“nuevo nacimiento”, ni la verdadera fe
en Jesús que da el derecho de ser un
hijo de Dios.
Una influencia cristiana, un hogar
cristiano, un conocimiento intelectual de la Biblia no dan la salvación.
Únicamente la fe, una adhesión de
corazón a la Palabra de Dios, a la obra perfecta que nos conduce a Dios,
cumplida por el Señor Jesús, puede darnos la seguridad de la salvación total,
completa, eterna. No nos queda otra cosa sino adorar y mostrar nuestro
agradecimiento por medio de una vida consagrada al Señor.
“Sois luz en el Señor.”
Efesios 5:8
Sin dudar de su salvación, muchos
jóvenes creyentes a veces se preocupan por su marcha cristiana. Una vez
convertidos, porque aman al Señor Jesús, tienen el deseo de complacerle. Pero,
en lugar de permanecer cerca de él, de dar un buen testimonio, van de caída en
caída, de decepción en decepción. Quieren ser santos, anhelan hacer brillar su
luz, desean ser puros… y a menudo la realidad es otra. Su andar práctico, a
pesar de todos los esfuerzos, no responde a lo que debería ser. El desánimo
cunde y como alguien escribió: «La niebla se instala en nuestra vida».
El que llega a este punto no tiene más
remedio que volver a la Palabra de Dios y, como en el momento de su conversión,
creer sencillamente lo que nos dice. Ella no dice: Sed luz, sino: “Sois luz”.
No dice: Debéis morir con Cristo, sino: “Habéis muerto” con Cristo (Colosenses
3:3). No dice: Volveos como santos, sino: “Andad… como conviene a santos”
(Efesios 5:3); es decir, todo aquello que quizás durante mucho tiempo hemos
intentado lograr o ser, a los ojos
de Dios ya lo somos, merced a la
obra de Cristo. ¿Qué tenemos pues que hacer? Creerlo, tener la fe suficiente para saber que somos
santos, que somos luz y, por el poder del Espíritu Santo en nosotros,
demostrarlo. El asunto no es llegar a ser algo, sino mostrar en la vida
práctica lo que somos ante Dios: “Consideraos muertos al pecado, pero vivos
para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11).
Como en el momento de la conversión, no
se trata de mirarnos a nosotros mismos, de reparar en nuestros sentimientos,
sino de andar por la fe en lo que Dios ha hecho de nosotros. “Ya no vivo yo,
mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20): es una realidad para cada creyente,
pero, ¿qué ocurre en la práctica? “Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me
amó y se entregó a sí mismo por mí”. Estos versículos nos dan también el móvil
que nos conducirá a estar vigilantes para poder mostrar lo que el Señor ha
hecho de nosotros: no nuestro amor hacia él, sino el sentimiento de su amor
para con nosotros.
Así, pues, en todas las etapas de la
vida cristiana no hay nada nuestro, todo es de Dios, “para que nadie se gloríe”
(Efesios 2:4). La fe cree que Dios lo ha hecho todo y obra en consecuencia,
trátese de la salvación o de la marcha cotidiana. “Él es la Roca, cuya obra es
perfecta” (Deuteronomio 32:4).
G. A.
“Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).
© Ediciones Bíblicas - 1166 Perroy (Suiza)
Se autoriza sacar fotocopias de este folleto para
uso o difusión personal. En este caso, utilizarlo en
su integralidad y sin cambios.