Sacrificios

“Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza.”        Hebreos 13:15

“¿Cómo podré corresponder a Jehová por todos sus beneficios derramados sobre mí?” (Salmo 116:12; V.M.), se preguntaba hace mucho tiempo el salmista. Este también debería ser el sentimiento de nuestro corazón al considerar cuánto sufrió el Señor Jesús por nosotros en la cruz. ¿Con qué podríamos corresponderle por su amor? Con nada, sin duda alguna, y el solo pensamiento de querer pagar con algo, no sería admisible frente a su obra infinita. Sin embargo, la Palabra nos habla de diversos “sacrificios” que el creyente puede ofrecer a Dios, no para ser salvo, sino por el hecho de serlo.

El primero, el más elevado, es la alabanza, el “fruto de labios que confiesan su nombre”. “El que sacrifica alabanza me honrará” (Salmo 50:23). El Señor Jesús reveló a la mujer samaritana que el Padre busca adoradores que le adoren en Espíritu y en verdad (Juan 4:23). En la tierra no hay ningún servicio más elevado que el de rendir culto a Dios, ningún “sacrificio” más agradable a Dios (Salmo 50:14). No se trata de hacerlo sólo el domingo, sino todos los días de nuestra vida: “ofrezcamos siempre a Dios…”

A menudo la pobreza de nuestra alabanza y la debilidad de nuestro culto nos entristecen. Pero la alabanza es ofrecida a Dios por el Señor Jesús, por Aquel que purifica nuestras ofrendas. Dios acepta esta alabanza a causa de las perfecciones de Aquel por medio de quien es presentada.

“Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.”       Romanos 12:1

 

El sentimiento del amor infinito de Dios, sus “misericordias” deben conducirnos a entregarnos completamente a él. No se trata de darse al Señor Jesús para ser salvo, de ofrecerse a él para ser convertido. No, el Buen Pastor mismo busca a sus ovejas hasta encontrarlas. Pero una vez que somos salvos, “como vivos de entre los muertos” (Romanos 6:13), somos llamados a darnos primeramente al Señor (2 Corintios 8:5), como hicieron los macedonios. De nosotros, que hemos sido comprados al mismo alto precio, el Señor no espera menos. En la práctica, ¿hemos presentado a Dios este “sacrificio” o vivimos para nosotros mismos en lugar de vivir para Aquel “que murió y resucitó”? (2 Corintios 5:15).

Es un “sacrificio” que, fundamentalmente, se cumple una vez, pero que también, por la operación del Espíritu de Dios en nosotros, debe repetirse prácticamente cada día de nuestra vida. “¿Qué haré, Señor?” (Hechos 22:10). Es la disposición del corazón, reafirmada cada mañana por medio de la oración, de ser un instrumento en sus manos para hacer su voluntad.

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“De hacer bien, y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.”

                                                                    Hebreos 13:16

 

Nos debe llamar la atención el hecho de que a la alabanza, el Espíritu de Dios asocie en este mismo pasaje (v. 15) el “sacrificio” de los bienes materiales (véase también Deuteronomio 26:1-16). “Hacer bien” significa ocuparse de aquellos que padecen necesidades; la “ayuda mutua” implica, según Gálatas 6:6, el interés que debemos tener hacia los siervos que el Señor emplea en su obra, los que viven “del evangelio” (1 Corintios 9:14).

A primera vista, este “sacrificio” parece el más fácil de todos. “Muchos ricos echaban mucho”, dice en el evangelio de Marcos (12:41); pero se trataba de lo “que les sobraba”; así era visto por Aquel que sondea los corazones y conoce todos los detalles de nuestras vidas. ¿Qué ocurre con nosotros? David decía: “No ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 Samuel 24:24). Al examinarlo de cerca, este “sacrificio” no es tan fácil como pudiera parecernos, y el peligro de olvidar cumplirlo, es tan grande hoy como en el tiempo de los hebreos.

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“Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos.”

1 Crónicas 29:14

 

Si el Señor nos concede la gracia de presentar estos “sacrificios” a Dios, ¿le habremos dado algo? No, sin duda. “Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud” (Salmo 50:12). Nunca podremos devolver al Señor lo que ha hecho por nosotros. “Todo es tuyo”, decía David al final de su carrera; ¿no ocurre lo mismo con los “sacrificios” que acabamos de hablar?

La alabanza no es otra cosa que la presentación a Dios de las perfecciones de Cristo. Alabar no es solamente dar gracias a Dios por lo que ha hecho por nosotros, agradecerle “su don inefable”. Es también hablarle de ese propio “don”, hacer subir delante de él el perfume de lo que el Señor Jesús fue en su vida y en su muerte.

¿Nuestros cuerpos? “No sois vuestros… habéis sido comprados por precio” (1 Corintios 6:19, 20). Presentar nuestros “cuerpos en sacrificio vivo” no es dar a Dios algo que no le perteneciera de antemano; simplemente es permitir a Dios, si podemos decirlo, que tome posesión de lo que le pertenece por derecho debido a la obra del Señor Jesús. Por el hecho de ser criaturas ya somos suyos, ¡cuánto más siendo rescatados por la preciosa sangre de Cristo!

En cuanto a nuestros bienes, el Señor Jesús mismo nos mostró por medio de la parábola del mayordomo infiel (Lucas 16:1-13) que no nos pertenecen. Ni siquiera es cuestión, como en Israel, de dar el diezmo de lo que poseemos, sino de administrar para el Señor lo que le pertenece… No hay que olvidar que “se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2). Cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta a Dios de su mayordomía o administración (Lucas 16:2).

Repitamos una vez más: “Todo es tuyo”. Si nos dejamos penetrar por esta verdad, el amor del Señor será el móvil de los “sacrificios” que podremos presentarle. Entonces, no nos presentaremos delante de él con las manos vacías, porque tanto ellas como nuestros corazones estarán llenos de la excelencia de este amor “que excede a todo conocimiento” (Efesios 3:19).

G. A.


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