Llevarlos al Señor

“Traédmelos acá”.     Mateo 14:18

“No sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6). Ésta es la respuesta que muchos jóvenes dan cuando se les propone tomar a cargo un grupo de escuela dominical o visitar a un enfermo. Y es verdad, sin duda; porque quien nunca se ha ejercitado en esto, desconoce el secreto de cómo aportar algo a los demás.

¿No ocurría lo mismo con los discípulos que se hallaban frente a la gran multitud que había estado escuchando a Jesús durante todo el día en un lugar desierto? Se acercaba la noche y todos tenían hambre; los discípulos hubiesen deseado que la gente se fuera. Pero Jesús les dice: “Dadles vosotros de comer”. ¿Qué tenían ellos para responder a la invitación del Maestro? “No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces”. Sentían su impotencia para saciar a tanta gente.

Pero la voz del Señor se hizo oír una vez más: “Traédmelos acá”. Entonces todo cambia. Llevar a Jesús lo poco que uno tiene (¿acaso no lo hemos recibido de Él?) y ponerlo en sus manos para que Él lo multiplique, es responder a las necesidades de aquellos a quienes somos enviados.

Esta experiencia procura mucho gozo y, sin embargo, a menudo se la olvida. Por medio de su Palabra, el Señor nos ha dado algo que ha confortado nuestros corazones, o tocado nuestras conciencias, o nos ha llenado de ánimo para el camino; pero nos parece que es poca cosa. ¿Cómo presentarlo a los niños, a los jóvenes, a un enfermo o a un amigo? “Traédmelos acá”, repite el Señor. En cierto modo es colocar delante de Él, por medio de la oración, lo poco que hemos recibido y contar con Él para que lo multiplique. En el momento mismo de la necesidad, habrá que recibirlo de su mano como algo nuevo, en favor de aquellos con quienes tendremos que compartirlo.

“Traédmelo acá”.      Mateo 17:17

Entre aquellos que nos escuchen, especialmente si se trata de niños, habrán algunos de difícil carácter, quizás indisciplinados, con los cuales no sabremos cómo actuar. ¿Qué haremos? De la misma manera que los discípulos, nosotros también hemos experimentado que el Señor puede multiplicar lo que primeramente nos ha dado para nuestra propia alma. Pero hay quienes se resisten, y notamos —quizá como nunca antes— que el poder del diablo es grande, que no deja escapar fácilmente a un alma que cree tener entre sus manos. El padre del joven epiléptico (lunático) se echa de rodillas ante Jesús y le suplica que tenga misericordia de su hijo (Mateo 17:14). Había acudido a los discípulos, pero éstos no pudieron curarle y se extrañaron de su impotencia. Frente a la incredulidad y a los estragos del pecado, Jesús suspira, pero añade: “Traédmelo acá”. Es la única salida, el único remedio: llevar al que se resiste ante Jesús y colocarle a sus pies para que le sane.

No basta con hablar de Jesús a los niños o a otras personas; es necesario orar por ellos, y no sólo en conjunto, sino uno por uno, llevándolos, por decirlo así, personalmente al Señor para que obre en sus corazones. Si los maestros de escuela dominical o quienes lean estas líneas no han actuado así hasta el momento, es hora de poner aparte un momento cada día, a fin de orar individualmente por las personas que les han sido confiadas. El primer día orarán por unos, el segundo día por otros y así sucesivamente; de manera que al fin de la semana los hayan presentado todos al Señor. Éste es el camino de la bendición.

“Traédmelos”.       Mateo 21:2

Para que se cumpliesen las profecías concernientes a su entrada en Jerusalén, el Señor “necesitaba” un pollino. ¿Dónde encontrar al hombre dispuesto a prestar la montura joven que el Maestro solicitaba? No obstante, cuando los discípulos entraron en la aldea adonde Jesús les había enviado, el dueño del pollino no puso ninguna resistencia y prestó lo que el Señor necesitaba.

Cuando un alma oye el llamamiento de Dios a su servicio, a veces se pone mucha resistencia. Sabemos que no es fácil dejar, sea por algún tiempo o definitivamente, el entorno, el ambiente, las costumbres, el trabajo, los amigos, para seguir el llamado que nos conducirá adonde el Maestro quiera. Está claro que el Señor puede cumplir su obra en este mundo sin necesidad de nosotros. No obstante, en su gracia, quiere servirse de los suyos; en este sentido dice: “El Señor los necesita”.

¿Responderemos cuando oigamos su llamado?

G. A.

Enviados por el Señor

En Marcos 6:7 el Señor manda fuera a los discípulos. El los ha enseñado y por eso son aptos para el servicio que les confía. Según el juicio de los hombres, ello no era así. Éstos vieron en los apóstoles gente “sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13). No habían estudiado la Teología de esa época. El Señor los había llamado directamente fuera de sus oficios acostumbrados. Pero ellos habían estado con Él. Hasta sus mismos enemigos lo reconocían (Hechos 4:13). Por eso el Señor pudo emplearlos para el servicio más importante que había. Mediante la predicación de Pedro se convirtieron tres mil personas en un día. Y su enseñanza y su comunión eran el fundamento de la nueva obra que Dios empezó en aquel día: la fundación de la Iglesia del Dios vivo (Hechos 2:42). No es que antes de este momento no hubieran hecho nada. Desde el primer día en que estuvieron con el Señor, Él tuvo algo que encomendarles. Le ayudaban con trabajos de sencilla ejecución; partipaban en la fatiga (Marcos 6:31) y en la enemistad ocasionadas por causa del Evangelio; remaban cuando el Señor cruzaba el lago (4:35-41).

El Señor quiere utilizarnos desde el primer día de nuestra conversión. Siempre hay algo para hacer si queremos obrar para el Señor. Podemos repartir tratados, podemos extender invitaciones a predicaciones del Evangelio y a meditaciones de la Palabra, podemos ayudar en la preparación de estas reuniones, etc. Si queremos hacer algo, el Señor siempre nos da trabajo. Pero esto supone que estemos dispuestos a hacer todo lo que Él nos encargue. No debemos esperar que el Señor nos confíe en seguida, desde el principio, tareas grandes.                   (ar)


© Ediciones Bíblicas - 1166 Perroy (Suiza)
Se autoriza sacar fotocopias de este folleto para uso o difusión personal. En este caso, utilizarlo en su integralidad y sin cambios.