Gustar la benignidad del Señor

“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor.”

1 Pedro 2:3

 

Queremos dirigirnos a los jóvenes cristianos y a los hijos de padres piadosos que aún no han manifestado ser creyentes. ¿No es verdad que ustedes aun teniendo sinceras aspiraciones y el deseo de agradarle, sienten la necesidad de disfrutar de las cosas de este mundo? En los distintos campos buscan algo que pueda armonizar con la Palabra, a la cual a veces intentan atribuir el sentido deseado. Por ejemplo, en 1 Timoteo 4:8 se nos dice que “el ejercicio corporal para poco es provechoso”. Inconscientemente se ha inflado el término “poco” hasta convertirlo en “mucho” y se ha disminuido el valor del “pero” que sigue: “pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera”. No quisiéramos generalizar, sino solamente poner este pensamiento ante sus conciencias.

Queridos jóvenes, intenten comprendernos si alguna vez nosotros de más edad sentimos cierto temor, sobre todo al ver que el camino del testimonio cristiano, inicialmente tan apartado del mundo, se ha ido ensanchando cada vez más, dejando que una actividad frenética sustituya a la abnegación de un corazón que ha encontrado su satisfacción en Cristo. De ahí resulta que el testimonio del conjunto baja cada vez más al nivel de las apreciaciones humanas.

Veamos un simple ejemplo: a veces ocurre que al culto va únicamente uno de los padres; el otro se queda en casa con los hijos, debido a toda clase de circunstancias que están poco relacionadas con el nombre del Señor (no hablo aquí de lo que es verdaderamente según él). El vivero así abandonado, ¿dónde estarán las jóvenes plantas, si el Señor tarda aún un poco en venir? No habrán crecido en la atmósfera de su presencia, lo que habría marcado sus vidas y sus corazones.

¿No se encuentran latentes en nuestros jóvenes creyentes los mismos anhelos del corazón que los que vemos en el mundo? ¿Qué remedio hay para luchar contra ello? Hace falta buscar algo mejor que “las algarrobas que comían los cerdos” (Lucas 15:16). La hambruna espiritual parece progresar en este mundo; la difusión del Evangelio encuentra grandes obstáculos en algunos países, ciertas publicaciones son prohibidas en otros y hay misioneros que son expulsados. Debemos recordar que nos encontramos en el reino de Satanás. ¿Buscamos vivir en él de una manera tranquila persiguiendo una dicha que aparece y luego se desvanece? Comportémonos más bien sabiendo que estamos en territorio enemigo, siendo prudentes y sagaces, ya que si nos dejamos mecer por Satanás, Dios que nos ama nos despertará bruscamente y hará que nuestros corazones divididos se estremezcan.

Debemos buscar una mejor alimentación. Acordémonos de los tres grados de apreciación que los israelitas dieron al maná, tipo de nuestro alimento espiritual que es Cristo. Primero tenía sabor a “hojuelas con miel” (Éxodo 16:31); después, en Números 11:8, “era su sabor como el sabor de bollos dulces hechos con aceite” (V.M.) y por último, en Números 21:5, dicen: “Nuestra alma tiene ya aborrecido este pan detestable” (V.M.). Llegaban al final del camino del desierto y nosotros también; pero, individualmente, ¿en qué punto estamos? ¿Hallamos en la lectura de la Palabra la dulzura de Cristo, o por lo menos algún fruto del Espíritu para nuestras almas? ¿O nos encontramos en el tercer grado? Entonces llegamos a recurrir a la sal y pimienta humanas que a menudo están sobre las mesas.

Siempre debemos considerar el principio, el desarrollo y el fin de una cosa. A los hebreos a punto de desanimarse, el apóstol les escribe: “Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos” (Hebreos 10:32). Cuando nos convertimos al Señor, ¡qué gozo tuvimos en Cristo! Pero Satanás vela mientras nosotros nos dormimos.

¿Dónde encontrar el tiempo para leer? Veamos lo que se dice del rey en Deuteronomio 17:18 y 19: “Escribirá para sí en un libro una copia de esta ley... y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios”. Sigamos este ejemplo, meditando diariamente la Biblia con el corazón lleno de Cristo. Por la gracia infinita de Dios hemos sido sacados del estercolero del pecado y elevados a la alta posición de reyes. Entonces, la Persona que nos ha conducido a tal punto, ¿no nos interesará? ¿Quién lee hoy en día? Tenemos otras cosas que hacer, es verdad. Pero, ¿utilizamos el tiempo disponible para leer?

La lectura y la meditación de la Palabra de Dios en las reuniones, ¿dejan huella en nuestros corazones? A menudo nos entristecemos al escuchar las conversaciones a la salida del local de reuniones. En Hebreos 6:7-8 hay tierras labradas que beben la lluvia que cae sobre ellas y que, no obstante, producen espinos y abrojos. En Hebreos 4:2 vemos que la Palabra no sirve de nada porque no va acompañada de la fe en el corazón. Las verdades son conocidas, son corrientes, pero a menudo sin acción. ¿Cómo podemos apreciar una comida si no la gustamos? Así Pedro nos muestra cómo podemos crecer para salvación, hasta el día en que estemos con Cristo (1 Pedro 2:2). Por el ejemplo del recién nacido que llora hasta que se le da su leche, Pedro busca producir en un corazón vuelto hacia Cristo el deseo de nutrirse con la pura Palabra de Dios. Entonces, uno de los “si” de la Escritura viene a sondar nuestros corazones: “si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. ¿Hemos gustado que el Señor es bueno? Este pensamiento, ¿está anclado en nuestros corazones? Nuestras lecturas, el empleo de nuestro tiempo, nuestra vida entera lo manifestarán.

¿Amamos verdaderamente al Señor Jesús con pureza, con “amor inalterable”? (Efesios 6:24). Aquí está la fuente: “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor”.

Una palabra más, dirigida a algún joven que todavía tenga dudas, deseando servir al Señor, pero cuyo amor hacia él no es puro. Acuérdese de los tres verbos del Salmo 1:1: “Anduvo”, “estuvo” y “sentado”. Uno aprende algo de las costumbres de este mundo, anda con él, luego se detiene en él; primero se mantiene de pie, luego se sienta. Pero aun estando en esta posición, puede asir la mano viva de Aquel que murió por nosotros y gustar su bondad.

A. Hy. (adaptado) 


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