Dentro de mí     

 

“Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí.”        Salmo 42:4

 

¿No nos ocurre que a menudo estamos llenos de pensamientos y preocupaciones a los que nos cansamos de darles vueltas y no encontramos la solución?

Recuerdos de un pasado feliz que ya no volverá, como en nuestro Salmo; sea que el duelo haya llamado a nuestra puerta o que otras circunstancias adversas hayan cambiado el curso de las cosas; maldad de los hombres que nos privan de nuestros derechos o que no desaprovechan la ocasión para hacernos sentir su desprecio o sus exigencias; preocupaciones por el futuro. ¿Cómo salir de tal dificultad, resolver tal problema, solucionar tal error?

El espíritu da vueltas y vueltas a los pensamientos, sin encontrar una salida, como lo dice también nuestro Salmo: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” Buscamos el socorro de lo alto, nos esforzamos en contar con Dios, pero más tarde caemos en la misma agitación interior (Salmo 42:11; 43:5).

A veces encontramos alivio junto a un amigo. Si nos es posible abrirnos a una persona experimentada, que ama al Señor —pariente, amigo, hermano—, ella nos ayudará a ver más claramente el asunto y resultará una gran bendición. Pero, a menudo, no nos atrevemos a confiarnos o no contamos con esa persona, o peor aún, aquel a quien hemos confiado nuestras penas, no nos comprende. Entonces, ¿dónde encontrar una salida?

“En Dios solamente está acallada mi alma” (Salmo 62:1).

En este Salmo las circunstancias no difieren mucho a las del Salmo 42, pero en lugar de estar agitada dentro de sí, aquí el alma descansa tranquilamente en Dios. La adversidad de los hombres no ha cambiado (v. 3 y 4); sigue siendo doloroso el estar alejado del santuario (Salmo 61:2). ¿Nos explicará el salmista su secreto? “Derramad delante de él vuestro corazón. Dios es nuestro refugio” (v. 8). Es un secreto muy sencillo y bien conocido, pero poco practicado en toda su realidad. En lugar de remover mis pensamientos, mis problemas, mis preocupaciones, mis quejas “dentro de mí”, debo exponerlos a Dios, tal como nos enseña el apóstol Pablo: “En toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6).

Derramar (abrir) nuestro corazón no es pronunciar rápidamente una oración o elevar un grito de clamor a Dios, aunque éste no está fuera de lugar, pues en la angustia Dios también responde. Más bien, es tomarnos tiempo para exponerle en detalle todo lo que hemos estado guardando dentro de nosotros. En detalle quiere decir explicarle, desde el principio, una tras otra, las causas de nuestro desánimo. Exponer nuestras peticiones es no limitarnos a decirle: bendíceme, líbrame, ayúdame; es presentarle uno a uno los diversos aspectos de la situación.

Quizá ya lo hayamos hecho de esta manera y, sin embargo, aún no hemos experimentado la realización de la promesa: “La paz de Dios… guardará vuestros corazones”. ¿Por qué? ¿No será tal vez, que al derramar nuestro corazón, no lo hemos hecho verdaderamente “delante de Dios”? Orar, dijo alguien, es entrar en el santuario ¡siempre! Se necesita el silencio, la soledad, la concentración y, por encima de todo, el sentimiento de Su presencia. “Entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto”, dice el Señor Jesús (Mateo 6:6). Y ésta es una exhortación que debemos tomar al pie de la letra.

Pero, ¿cómo entrar en lo secreto, en la presencia del Señor y abrirle nuestro corazón, si hay en nuestra conciencia pecados no confesados que son un obstáculo para ello? ¿No es necesario primeramente dejarnos penetrar por su luz, con el fin de que ella evidencie todo aquello que no está en regla? “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24). Entrar en la presencia de Dios no es cualquier cosa. Adán se escondió de Él, detrás de los árboles del jardín. David sentía la imposibilidad de esconderse: “¿A dónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139:7). Pedro dijo a Jesús: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8). Saulo de Tarso cayó de bruces delante de Él. Pero cuando cada uno de ellos, ante esta presencia temible, reconoció lo que era y lo que había hecho, encontró la bendición suprema.

“Derramad delante de él vuestro corazón”. Tengamos esta costumbre desde nuestra temprana juventud, desde nuestra conversión. No nos dejemos abrumar por las faltas escondidas, ¡confesémoselas! Tampoco permitamos que prosperen las quejas y las decepciones dentro de nosotros, sin llegar a perdonar. Aceptemos los contratiempos como viniendo de Él. “En todas las circunstancias” (Filipenses 4:6; V.M.) significa que podemos exponerle nuestras preocupaciones sin limitación de ninguna clase. A esta oración, la respuesta no es prometida como a aquella hecha “conforme a su voluntad” (1 Juan 5:14). Si Dios contestara todas las peticiones que le hacemos, cualesquiera que sean, sería la más grande desgracia de nuestra vida. Su promesa es otra: si verdaderamente le hemos abierto nuestro corazón, “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,” guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos (Filipenses 4:7). Y, como el salmista, experimentaremos que “en Dios solamente está acallada mi alma”.

G. A.

 

 

Mi gozo está en tus atrios, la casa de oración,

Do el alma tantas veces su fuerza y luz halló.

Con cuánto amor el ruego Tú sueles escuchar,

¡Qué dulce hablar contigo, cuán bello en Ti esperar!

 

Himnos y cánticos N° 142 


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