Ociosos y sin fruto
“Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”
“Si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.”
2 Pedro 3:18 y 1:8
En muchas
ocasiones hemos insistido desde esta publicación, y nuevamente hacemos énfasis,
sobre la necesidad del crecimiento espiritual. Crecimiento producido por el
alimento que proporciona la Palabra de Dios y la contemplación de la persona
del Señor Jesús, en la separación del mal, del mundo y de aquellos que
deshonran Su nombre.
Pero, ¿de
qué serviría crecer si no fuese para llevar fruto, traduciendo en hechos esta
vida interior? Obras que sólo pueden provenir de la fe (Santiago 2:18; 1
Tesalonicenses 1:3); fruto resultante de la acción del Espíritu en nosotros
(Gálatas 5:22).
¿De dónde proviene, pues, el hecho de
que muchos de nuestros jóvenes sean tachados de ociosos y sin fruto? Quizá nos
extrañen estos calificativos, puesto que, en lo posible, los jóvenes no dejan
de asistir a las reuniones; cantan himnos, leen la Biblia e incluso la
estudian; no les falta alimento. Al ver esto, nos alegramos, por supuesto. Pero
éste es solamente un lado de la vida cristiana, pues, repetimos una vez más, es
preciso crecer, y especialmente en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo. Es importante no estar ocioso y sin fruto en lo que se refiere a
este conocimiento. La Palabra nos habla seriamente: “El que no tiene estas
cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de
sus antiguos pecados” (2 Pedro 1:9). ¿Qué falta, pues, a la “fe” y al “conocimiento” que ya existen, para que se manifiesten en obras y en
fruto, es decir, para que nuestros jóvenes no estén ociosos y sin fruto?
El apóstol, de una manera sencilla pero
contundente, declara: “Si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os
dejarán estar ociosos ni sin fruto”. ¿Qué son, pues, estas cosas?
La primera que hay que añadir a la fe
personal es la “virtud”. No es
suficiente creer en forma pasiva, es necesario demostrar en la vida práctica la
valentía espiritual, la energía y el ardor que nos convierten en buenos
soldados de Jesucristo. ¿Dónde ha llegado nuestro testimonio en este aspecto?
Nuestra actitud como cristianos, ¿no es a menudo pasiva? Escuchamos, recibimos,
no ponemos en duda las enseñanzas de la Palabra; pero ¿cuál es su efecto en
nuestras vidas? Cuando nos relacionamos con la gente de este mundo, ¿se dan
cuenta rápidamente de que somos hijos de Dios, o por el contrario, somos
nosotros quienes los imitamos? Si el ambiente es hostil, ¿tenemos la valentía
de nadar contra la corriente por medio de una actitud simple, limpia, reservada
u osada, según convenga? Se necesita valentía, “virtud” para ser franco o para
decir «no».
Al
conocimiento es preciso añadir “dominio
propio”, o sea, el control de sí mismo y la sobriedad; es decir, no dejarse
influenciar o atraer por un medio mundano; no seguir los propios deseos si
éstos van en contra de los pensamientos del Señor; saber disfrutar, como peregrinos, de los beneficios del
camino, recibidos de su mano. Esto requiere una disciplina personal que no
viene por sí sola, sino, como insiste el apóstol Pedro, “poniendo toda
diligencia” (v. 5).
Perseverar
en este camino no es fácil, se necesita la “paciencia”. Paciencia no quiere decir resignación, agachar la
cabeza o aceptar tácitamente todo. A la paciencia hay que añadir la “piedad”: una relación de temor y
confianza con Dios, una comunión práctica diaria que nos conducirá a andar junto al Amigo que es “más unido
que un hermano” (Proverbios 18:24).
Y si es
necesaria la separación del mal, si hay que purificarse de aquellos que enseñan
el error, y de sus adeptos, no podría haber obra ni fruto, sin el “afecto fraternal” (1 Corintios 13).
Aquel que se escude en su virtud, en su conocimiento, en su piedad,
considerándose superior a sus hermanos, a los cuales está íntimamente unido por
la misma vida y el mismo Espíritu, no podrá llevar fruto para Dios. La
esterilidad caracterizará su marcha, su testimonio y aun su predicación.
“Y al afecto fraternal, amor”: el amor para el Señor, el amor para los hermanos, el amor para con todos los hombres. Amor irrealizable si no es con el sentimiento de haber sido amado antes. “Le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).
“No os dejarán estar ociosos ni sin fruto...” El equilibrio producido en la personalidad por estas ocho cosas, unidas unas a otras, tendrá por resultado las “buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10), así como el fruto que se muestra exteriormente en el carácter, la actitud, la influencia, el ambiente que uno crea a su alrededor.
Al final de su carrera Jacob, considerando los ciento treinta años de su existencia, declaró: “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9). A la luz divina, ¿qué quedaba del largo camino recorrido? Jacob, ¿había producido obras o había estado ocioso en cuanto a Dios? ¿Había llevado fruto o había cumplido una actividad estéril para la eternidad?
Un día estaremos en la luz, donde todo será pesado en la balanza del santuario. Podemos llenar nuestro tiempo con obras, ocupar cada hora en ello; pero, llenar el tiempo ¿es llenar la vida? ¿No sería necesario dejar que un rayo de esta luz del santuario brillara más a menudo sobre nuestra marcha? Esto nos ayudaría a discernir si el alimento recibido, si el conocimiento adquirido, se traducen en obras de fe, en trabajo de amor, en constancia en la esperanza (véase 1 Tesalonicenses 1:3), o si más bien merecemos ser calificados de ociosos o sin fruto?
G. A.
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