Los postes de la puerta

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Abrámosle juntos la puerta y tomémonos el tiempo de sentarnos un momento junto a él.

La redención (Éxodo 12:22)

“Tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre... y untad el dintel y los dos postes”. Cuando la caravana de Israel se puso en movimiento para dejar atrás un país en duelo, cada familia pudo apreciar el valor de la sangre colocada sobre los postes de la puerta de su casa. Éste había sido el medio empleado por Dios para rescatar a su pueblo, después de cuatrocientos treinta años de esclavitud. La sangre había detenido la mano del exterminador y desde aquel momento se abría un camino de salvación y libertad para Israel. Comprendemos, pues, la orden dada a ese pueblo de perpetuar de generación en generación el recuerdo de la sangre redentora en la fiesta de la Pascua.

¿Hemos valorado la sangre del Cordero que nuestros padres cristianos han puesto sobre los postes de las puertas de nuestras casas? ¿Hemos sido sensibles a su constante preocupación de ponernos fuera del alcance del exterminador? Todas las madres cristianas saben que un día se les pedirá cuentas de la manera como hayan hecho conocer a sus hijos “las Sagradas Escrituras”, las cuales les pueden hacer sabios “para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15). ¿Qué padre no es consciente de la fuerza del mandamiento de criar a sus hijos “en disciplina y amonestación del Señor”? (Efesios 6:4). Así, la oración, la enseñanza, el ejemplo de una vida de fe práctica, son las obligaciones de los padres en relación con su familia. Pero lo demás corresponde a Dios: la conversión de un alma es siempre el fruto de una obra divina en un corazón sumiso a su Palabra. Sólo la sangre de Cristo libera de la esclavitud del pecado.

La obediencia (Deuteronomio 11:18, 20)

“Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón... y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas”. Moisés había enseñado a los padres el poder de la sangre redentora. Unos cuarenta años más tarde, dirigiéndose a los hijos que estaban a punto de entrar en el país de la promesa, les invitaba a colocarse bajo la señal de la obediencia a la Palabra de Dios. Los postes de las casas de Egipto llevaban escrito el testimonio del rescate por la sangre; los de las puertas de las casas de Canaán llevarían el testimonio de la obediencia de cada familia al pensamiento divino. Se dice que, por respeto a Moisés, muchos israelitas escribieron el compromiso de Deuteronomio 11:18-20 en un rollo que colocaron en un cofrecito fijado en los postes de la puerta de su casa. Para muchos de ellos, estas palabras desgraciadamente se convirtieron en su condenación. A nosotros no se nos enseña que coloquemos versículos de la Escritura en la puerta de nuestra casa; pero sí se nos pide que en todo nuestro comportamiento seamos “cartas conocidas y leídas por todos los hombres...” la “carta de Cristo” (2 Corintios 3:2-3). Para nuestros vecinos y amigos el nombre escrito en nuestra puerta ya es el testimonio de quienes somos. ¿Qué evoca nuestro nombre para aquellos que traspasan el umbral de nuestras casas y nos conocen mejor? ¿Qué evoca, sobre todo, para el Señor? Entre los muchos nombres citados por la Escritura hay algunos a los cuales se vincula una gracia especial. A los de Marta y Priscila, por ejemplo, se asocia la hospitalidad; al de Cornelio, la piedad; a los de Estéfanas y Onesíforo, el amor por los hermanos y la abnegación. ¿Qué se dirá de nosotros? Si nuestro deseo es el de honrar al Señor en todas las cosas, grabemos en nosotros las palabras de Deuteronomio 11: “Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis... cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes” (v. 18-19). A los que sólo profesan ser cristianos el Señor debe decirles: “Tienes nombre de que vives, y estás muerto”; pero Su gozo es grande al ver, aun en medio del estado de ruina de Sardis, algunos fieles a los que puede hacer esta promesa: “No borraré su nombre del libro de la vida” (Apocalipsis 3:1-5).

Aspiremos a este cristianismo vivo, feliz, alimentado por la Palabra, para que un día el Señor no tenga vergüenza de confesar nuestro nombre delante de su Padre y sus ángeles.

La comunión (Proverbios 8:34)

“Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día, guardando los postes de mis puertas” (RV 1995). Dios se dirige a aquellos que se preocupan por el testimonio de sus casas y quiere que pongan interés en guardar los postes de Su casa. Los versículos anteriores de Proverbios 8 nos introducen en la intimidad de Aquel que es la expresión suprema de la sabiduría, y el Espíritu de Dios nos revela que desde la eternidad “era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (v. 30). Conocemos a Aquel que nos ha sido hecho sabiduría de parte de Dios, a Cristo mismo. Después de la revelación de la persona de Cristo, viene, en el versículo 34, el de su morada. Velar a las puertas de esta morada es aspirar a una comunión constante con el Señor, no encontrar reposo y gozo sino a su lado. Guardar los postes de sus puertas es ser celosos de sus derechos; es también, como un portero fiel, conducir hasta Él a las almas que tienen necesidad de su Persona, y asimismo presentarle los problemas de éstas. Nada puede sustituir esta intimidad, “la buena parte”, como dice el Señor a su fiel sierva (Lucas 10:42).

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“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. Amigo que aún permanece con la puerta cerrada, el Salvador tiene un mensaje apremiante para usted. Cuando acabó su servicio aquí en la tierra, para la perfecta gloria de su Dios, se le ofreció salir libre, pero solo. Pero como quería salvarnos, dijo: “Amo a mi Señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre” (Éxodo 21:5). Entonces su Amo le horadó la oreja con lesna junto al poste de la puerta. ¿Existe otra imagen más estremecedora del contundente juicio de Dios golpeando a Jesús en nuestro lugar? Desde aquel momento, él se convirtió en siervo para siempre, un servicio de gracia que le conduce hoy a su puerta. ¿Resistirá a su voz que le pide: «Ábreme tu corazón, ya hace mucho tiempo que llamo»? (Apocalipsis 3:20).         P. Jn.


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