Humillación

 

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, ha­ciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre”.

                                                                  Filipenses 2:5-9

 

“Se despojó a sí mismo”; estas palabras que debemos pesar nos hablan primero del punto elevado desde donde Jesús quiso descender, es decir, representan sus glorias, de las cuales se despojó. Luego nos hablan de todas las etapas de su camino en la tierra, desde el establo de Belén: el oficio de carpintero en Nazaret, el bautismo en el Jordán, los caminos de Galilea, todos los contactos con la miseria moral y física de su pueblo. Ellas nos recuerdan la forma de esclavo bajo la cual se escondía su gloria, porque él no vino a la tierra “para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45). Los hombres lo adquirieron como esclavo desde su juventud (Zacarías13:5).

Se despojó a sí mismo de forma voluntaria, escogiendo el camino inverso de aquel que todos nosotros seguimos. El hombre natural busca insistentemente su elevación individual y colectiva, estimando el ser igual a Dios en conocimiento y poder (pero no en amor y en santidad) “como cosa a que aferrarse” (Filipenses 2:6). Su esfuerzo, al cual Dios pone freno por el momento, lo conducirá a ese monstruo de conocimiento, de poder y de orgullo: el Anticristo, quien se presentará “haciéndose pasar por Dios” (2 Tesalonicenses 2:4). De manera que el mundo actual crece, prospera y madura. Todo lo grande, lo que tiene apariencia y renombre ocupa la cima de su escala de valores. “Recibís gloria los unos de los otros”, dijo el Señor a los judíos (Juan 5:44). En otra ocasión, en la casa del fariseo, vio —pues a su mirada nada escapa— cómo los convidados escogían los primeros puestos (Lucas 14:7). Observemos nosotros también: sigue siendo lo mismo. A nuestro alrededor se lucha por ocupar los mejores puestos en la sociedad; cada quien se encarniza en conquistar el peldaño más alto, tan arraigada está en el corazón humano la tendencia a elevarse.

Ahora bien, Satanás, el príncipe de este mundo, conoce esas competencias del corazón y hace sus promociones. Ya en el desierto ofreció a nuestro divino Modelo “todos los reinos del mundo y la gloria de ellos” (Mateo 4:8). A tal Hombre no podía ofrecerle menos; pero la magnífica respuesta fue: “Vete Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (v.10).

A cada uno de nosotros, según nuestra medida, el enemigo presenta honores y ventajas para tratar de sujetar nuestra alma. ¡Ah!, queridos hermanos, recordemos que un honor recibido del mundo es con frecuencia una infidelidad a Cristo. Y en cuanto a las ventajas que nos da a pesar nuestro, o que se unen al ejercicio de una profesión, conservemos en nuestro espíritu el sentimiento de su vanidad.

“Se despojó a sí mismo”; esto nos habla del punto al cual el Señor llegó: “hasta la muerte y muerte de cruz”, según la continuación del pasaje. «Cuanto más se humillaba —escribió alguien—, más le pisoteaban. Descendió hasta lo más profundo, hasta el polvo de la muerte». El punto más bajo de su humillación es al mismo tiempo el punto supremo del menosprecio del mundo, del cual sintió la completa enemistad.

Detengamos nuestras miradas en este incomparable cuadro: Jesús allá, solo, clavado en el madero maldito, en la ignominia, despojado de sus vestidos, tratado como un malhechor, acusado de haber blasfemado contra Dios, colmado de ultrajes y menosprecio, declarando delante de todos: “Yo soy gusano, y no hombre” (Salmo 22:6). ¿Queda todavía alguna señal de grandeza humana? ¿No hay, al contrario, un abismo insondable de vergüenza y humillación que confunde nuestras almas? Pues bien, a ese Hombre reconocemos como Señor, a ese Dios adoramos. Esta escena, todavía presente a los ojos del Padre que no ha olvidado el crimen cometido contra su Hijo, también debería estar presente de continuo ante nuestros corazones. De su lado tomamos lugar; no hay posición neutral. “El que no es conmigo, contra mí es”, dijo el Señor (Lucas 11:23).

En el calvario, el mundo se desenmascaró enteramente; dio rienda suelta a todo su odio, violencia y corrupción. Y hoy, a pesar de sus apariencias hipócritas, su tolerancia moderna, los halagos que hace a los cristianos y los honores con los cuales busca ligarlos, este mundo sigue siendo el mismo; tal como era en las horas de la cruz, tal es hoy.

Ahora, durante esta vida, nos es dada la ocasión para ponernos del lado de Jesús, es decir, moralmente contra el mundo. De éste no recibiremos nada más que lo que el mismo Señor recibió: oprobio, odio, menosprecio. Pero “el discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor” (Mateo 10:24). Si queremos seguir al Señor, no nos queda otro camino. La senda de su humillación es la que nos permite alejarnos sin pesar de todo lo que el mundo ofrece; aquella que desciende hacia los pobres, los humildes, los enfermos y pecadores conscientes de su ruina, hacia todos los necesitados, para quienes el mundo no tiene consideración.

Llegará el día de la exaltación; Jesús Nazareno, el hombre de dolores, aparecerá en majestad para tomar su reino. El que salió “cargando su cruz” entrará como “Rey de gloria” (Juan 19:17; Salmo 24:7). A cada uno de los que hayan participado en su oprobio, “le será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:11). En ese país glorioso se termina, pues, el camino. Pero primero pasa por la cruz.

 

“El que se humilla, será enaltecido” (Lucas 14:11).

J. Kn. 


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