Los resultados de la vida

 

Dame, hijo mío, tu corazón.                    Proverbios 23:26

 

Joven heredero del trono de Israel, Salomón se encontraba en una situación muy particular. Su padre, a pesar de sus errores, había seguido a Dios con todo su corazón, “en verdad, en justicia y con rectitud de corazón” (1 Reyes 3:6). David era un modelo para todos aquellos que vendrían después de él: a lo largo de los libros de Reyes y de Crónicas, los caminos de ellos son comparados con el de David.

Ahora que su padre no estaba más, ¿qué iba a hacer el joven Salomón? Se nos dice que amaba a Dios, “solamente sacrificaba y quemaba incienso en los lugares altos” (1 Reyes 3:3). Su corazón iba en buena dirección, pero aún tenía mucho que aprender.

Poniendo aparte la realeza, ¿no hay una analogía muy grande entre Salomón y los jóvenes creyentes de nuestros días? Varios han tenido —en la familia o espiritualmente— padres que anduvieron en el camino del Señor, conductores que les anunciaron la Palabra de Dios. Posiblemente algunos de ellos están ahora con el Señor. ¿Qué hace la generación que los sigue? ¿Anda en las huellas dejadas por sus predecesores, consciente de su responsabilidad para con Dios por el ministerio y el ejemplo que recibió de aquellos que no están más?

Cierto está que ustedes, jóvenes creyentes, aman al Señor; mas ¿añadirá Dios un “pero”?

Sabiendo Dios lo que pasa con su joven siervo, en el silencio de la noche en Gabaón, se revela a él y le presenta su gracia: “Pide lo que quieras que yo te ” (1 Reyes 3:5). Consciente de la inmensa tarea que tiene ante sí, de las consecuencias que su marcha y su ejemplo tendrán para el pueblo de Dios, Salomón, con humildad, sencillamente pide a Dios un “corazón entendido” (v. 9).

Hablando de uno más grande que él, el profeta Isaías dirá más adelante: “El Señor me… despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios” (cap. 50:4). Vemos, pues, que el Señor Jesús, en su vida terrenal, al rayar el alba, se encaminaba solo hacia un lugar aparte para orar y para escuchar. Éstos son momentos de comunión personal e íntima que no pueden sustituirse por nada, momentos en que el corazón escucha lo que Dios quiere decirle. “Da, pues, a tu siervo corazón entendido”, pide Salomón. Y la voz divina responde: “He aquí que te he dado corazón sabio”. Salomón busca “primeramente el reino de Dios”: todas las cosas le son añadidas (Mateo 6:33). Más tarde escribió: “Dios da la sabiduría” (Proverbios 2:6); pero la da a aquel que escucha.

De esta manera el corazón del joven rey será formado para Dios. Al recibir “anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar” (1 Reyes 4:29), Salomón podrá abarcar a todo su pueblo, será un instrumento de paz y de justicia; edificará “la casa al nombre de Jehová su Dios”, y su sabiduría atraerá almas de todos los confines de la tierra (cap. 5:3; 10:24).

Pero, primeramente, ¿qué efecto tuvo la noche de Gabaón sobre Salomón? “Vino a Jerusalén, y se presentó delante del arca del pacto” (cap. 3:15). Antes de que su corazón escuchase a Dios, ofrecía incienso en los lugares altos; pero allí comprendió que sólo hay un centro de reunión para el pueblo de Dios: el representado por el arca, Cristo mismo; hay un solo lugar, Jerusalén, donde Dios ha puesto la memoria de su nombre (Éxodo 20:24), lugar que corresponde para nosotros a: “donde están dos o tres congregados en mi nombre” (Mateo 18:20). De ahora en adelante, en este lugar ofrecerá Salomón holocaustos y sacrificios de paz, allí dará de comer y hará “banquete a todos sus siervos” (1 Reyes 3:15).

 

“Sus mujeres desviaron su corazón” (1 Reyes 11:3-4).

 

Desde la noche de Gabaón han transcurrido entre veinticinco y treinta años. Salomón ha terminado la construcción de la casa de Dios. Inspirado por el Espíritu de Dios, ha hecho constar en tres libros de Su Palabra la sabiduría que le ha sido dada. De todos los lugares de la tierra ha venido gente a verle y a buscar sus consejos. Pero, ¡qué cuadro se nos presenta ahora! Aquel corazón que escuchaba, que amaba a Dios, se ha desviado. Otro amor le ha sustituido, sutil, hipócrita, el amor a la mujer extranjera, el amor al mundo. Por boca de Salomón, Dios había dicho: “Dame, hijo mío, tu corazón” (Proverbios 23:26). Sin embargo, casi al final de su vida, ¿a quién da él su corazón? Si bien su padre David falló grave y dolorosamente, su corazón permaneció apegado a Dios, y tan pronto como se daba cuenta de su falta, exclamaba: “Contra ti, contra ti solo he pecado…, purifícame… vuélveme el gozo de tu salvación…” (Salmo 51). Tristemente, no encontramos nada de esto en Salomón. Dios le habla (1 Reyes 11:11); ejerce la disciplina y suscita al adversario; sin embargo, Salomón no se vuelve de su error, no reconoce su pecado, ni se postra ante la mano que le castiga. ¿Por qué? Porque su corazón se ha desviado. Y esto no una vez, ni dos, no por una caída accidental, sino profundamente; no en un día, sino poco a poco: mujeres moabitas, amonitas, edomitas, heteas y de Sidón. Luego vinieron los ídolos: Astoret; Milcom, la abominación de los amonitas; Quemos, ídolo abominable de Moab; Moloc, ídolo abominable de los hijos de Amón.

La paz en el reino se ve turbada, hay “ira”, “adversarios”. Roboam y “los jóvenes que se habían criado con él”, ya no respiran la atmósfera de la gracia y de la humildad que David había traído a Jerusalén. Se volverán intransigentes, autoritarios, y serán los instrumentos de la división del pueblo de Dios (1 Reyes 12).

¡Los resultados de la vida! Vida breve, cuyos hechos graba Dios, tanto los primeros como los últimos (2 Crónicas 9:29). Si el corazón se ha desviado, entonces el resultado final es sombrío. Pero, si por la gracia de Dios hemos retenido “firme hasta el fin nuestra confianza del principio” (Hebreos 3:14), si la fe se ha mantenido apegada a su Objeto primordial, el resultado de nuestra conducta será un ejemplo, un gozo, una bendición (cap. 13:7).                                                   G. A.


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