Dos cánticos

¿Quiénes son los que pueden cantar y alabar?

Consideremos hoy, para nuestra instrucción, el lugar que ocupan dos cánticos de Jehová en circunstancias notables de la historia de Israel y las causas que los motivaron. Antes de abordarlos es menester recordar que el móvil de Dios para redimir a Israel, apropiándoselo como pueblo, se halla en esta declaración del profeta: “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará” (Isaías 43:21). Con mucha más razón podría decirlo de la Iglesia, pues Dios hace todas las cosas en vista de su gloria, para que sean notorias sus perfecciones, las cuales Él revela por Jesucristo (Efesios 3:8-11).

En nuestros días en que la criatura rehúsa dar alabanzas a su Creador y menosprecia cada vez más sus derechos sobre ella, ¿quién le dará la gloria que le es debida? Los que se hallan en torno al gran Vencedor de Satanás y de la muerte. Él mismo los convida a unir sus voces a la suya para exaltar al unísono el nombre glorioso de su Dios y Padre. “Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre” (Salmo 34:3).

Así, pues, los redimidos de Dios son los llamados a alabarle. Tal fue el privilegio que le correspondió a Israel rescatado de la dura servidumbre egipcia: “Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación. Este es mi Dios y lo alabaré” (Éxodo 15:2). En este himno expresaba además el deseo de prepararle una habitación.

El lugar de la alabanza

La alabanza debida a Dios está íntimamente relacionada al lugar de su habitación, lo que otorga al himno su solemnidad y altura. Dicha habitación de Dios fue preparada por Israel tal como Él mismo lo ordenó a Moisés: un Tabernáculo, un lugar santo y uno santísimo, cual santuario para el arca de Jehová (Éxodo 40:2-3).

El arca, centro de culto en aquel entonces

En el desierto con Moisés, en Canaán con Josué y más tarde en el Templo de Salomón, esta arca, el asiento de Dios entre los querubines (Salmo 80:1) permaneció durante más de ocho siglos como centro del culto a Jehová. Aun en los días sombríos de la historia de Israel, se sabía que con el arca, Dios estaba presente; era como el lugar de su trono en la tierra. Es verdad que conoció dolorosas pruebas a causa de la infidelidad de los israelitas; pensaban que su sola presencia en el campo de batalla obligaría a Dios a darles la victoria. En una ocasión, llevada por manos impías al lugar de combate, el arca fue tomada por los enemigos y el pueblo de Dios fue derrotado. El arca volvió a Israel después que Dios hizo probar al enemigo el poder de sus juicios (1 Samuel 4-6). Pero ¡qué triste retorno!, marcado por un severo castigo contra la irreverencia de los de Bet-semes donde había llegado. Siguió su camino hasta Quiriat-jearim, sin volver a Silo, al Tabernáculo de donde la habían sacado (1 Samuel 6:19-21).

Durante la época de los Jueces y de Saúl, no subieron cánticos a Dios; el pueblo elegido por Dios despreció cada vez más Sus derechos. No se preocupó por alabar a Dios, y además su conducta se volvió indigna de tal privilegio. Una sola excepción hallamos en el día de la victoria de Débora y Barac; pero sólo estos dos cantaron, el resto del pueblo calló (Jueces 5). Se debe esperar hasta David, el “dulce cantor de Israel”, quien fue compositor de numerosos salmos. Incluso las últimas palabras de David son un cántico que exalta en una gloriosa visión el porvenir de Aquel que será “como la luz de la mañana”, el Cristo, el Sol de justicia, el que “gobierne en el temor de Dios” (2 Samuel 23:1-4).

Diferente al apático pueblo de Israel, David tuvo el arca de su Dios cual centro de sus afecciones, cual motivo de sus obras. En el Salmo 132 está mencionado su anhelo de preparar un lugar donde entrara Jehová en su reposo (v. 13-14), Él y el arca de su poder, rodeado de sus santos cantando himnos de alabanza (v. 9). La casa del Dios de David, por la que tenía tanto afecto, para la cual con toda su fuerza había juntado oro, plata y todos los materiales necesarios, sería la morada del trono de Dios, donde los sacrificios le serían ofrecidos y la alabanza presentada.

El lugar donde debía construirse la casa, su plano y todo su servicio fueron revelados a David (1 Crónicas 28:11); recibió también la sabiduría para fabricar los “instrumentos de música de Dios” (cap. 16:42), para elegir y establecer en sus cargos a aquellos que profetizarían “con arpas, salterios y címbalos” (cap. 6:31 y 25:1). Sin embargo, David no fue quien construyó la casa de Dios en Jerusalén; Salomón su hijo tuvo este privilegio en su glorioso reinado de paz. Salomón es una figura de Cristo entronizado, como David lo es de Cristo sufriendo.

David no tuvo el privilegio y el gozo de ver el arca de Dios entrar en su reposo. Sin embargo, le fue concedido el gran favor de verla tomar lugar en el monte de Sion1), allí mismo donde él había traído los trofeos de su victoria sobre el gigante Goliat. Era el monte Moriah, donde Abraham había ofrecido a su hijo Isaac (Génesis 22). Pero el arca de Dios debía ocupar, por el momento, una humilde tienda que David le levantó. Debía seguir separada del Tabernáculo que había fabricado Moisés, el cual se hallaba en Gabaón con el altar de los sacrificios y demás utensilios del servicio sacerdotal (1 Crónicas 16:39).

Para comprender el fervor con que David ensalzó a Dios cuando trajo el arca a Sion (2 Samuel 6:12-23), es menester recordar que el arca es una figura de Cristo en su obra para Dios y a favor de los suyos, y que Sion es el lugar de la victoria, el lugar de la habitación de Dios (Salmo 132:13; 87:1-2). En Sion se cumplió la obra de la cruz seguida por la exaltación gloriosa del divino Resucitado; allí el Padre dio a su Hijo (sacrificio más excelente que el de Isaac); allí uno más grande que David venció a Satanás. “Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial” (Hebreos 12:22). Hoy día la Iglesia se halla todavía en una condición humilde, tal la tienda que David alzó para el arca. A veces, una asamblea local se reduce a dos o tres adoradores reunidos (Mateo 18:20), conscientes de su flaqueza y de la ruina general. Pero este estado es provisorio, pronto la Iglesia será trasladada a la casa del Padre, como lo fue el arca al Templo.

El cántico expresado a la introducción del arca en Sion

Si la llegada del trono de Dios a Sion no alcanzó la magnificencia que obtendría la fiesta de la dedicación del Templo, fue, sin embargo, un hermoso anticipo de ello: holocaustos, sacrificios de paces fueron ofrecidos; David bendijo a todo el pueblo en nombre de Jehová, repartió a todos, tanto a hombres como a mujeres, alimento y gozo. Además entregó en mano de Asaf y de sus hermanos un salmo, el primero, para celebrar a Jehová e invocar su nombre: “Cantad a él, cantadle salmos… Cantad a Jehová toda la tierra… Cantarán los árboles de los bosques delante de Jehová... Y dijo todo el pueblo, Amén, y alabó a Jehová” (1 Crónicas 16:1-36).

Este es el primer canto, al cual nos referimos al principio de estas líneas, después de aquel cantado junto al Mar Rojo 500 años antes. Mientras que a orillas del mar, figura de la muerte vencida, Israel celebró su salvación, aquí el himno acompañó el trono de Dios subiendo a Sion, “al monte que deseó Dios para su morada”. “Exaltad al que cabalga sobre los cielos” (Salmo 68:16 y 4).

¿Qué boca hubiera permanecido cerrada cuando Dios pedía y recibía la alabanza? ¿Qué corazón pudo haber quedado insensible cuando el rey David demostraba su alegría saltando y danzando delante del arca de Dios?

Y usted, frente al gozo del Señor, ¿permanece insensible? Su victoria sobre la muerte, su subida a los cielos con poder, ¿no le arrancan notas de triunfo? ¿O está usted tan acostumbrado a estas cosas que se siente inclinado a menospreciar en su corazón lo que es tan precioso al Padre, esto es, los himnos que celebran la subida de su Hijo desde la muerte hasta su trono? (véase 1 Crónicas 15:29).

Reconocemos con humillación que el nivel de nuestro culto se resiente a menudo por nuestras flaquezas; sin embargo es el culto que debemos rendir por el Espíritu de Dios (Filipenses 3:3). Y si le parece que el canto se arrastra y que falta fervor, ¡dele pues el apoyo de su voz juvenil, cante con su corazón a Dios unido a la asamblea del Señor!

Si considera usted las pobres y ya envejecidas cortinas de la tienda pasajera bajo las cuales está el “arca” (actualmente el testimonio del Señor), tenga presente que pronto desaparecerán para dar lugar a las glorias eternas de la casa del Padre. Cantar ahora, cuando la Iglesia está todavía en esta tierra, es aprender a cantar para cuando esté en los atrios celestiales. Tome, pues, su lugar entre aquellos que invocan su Nombre. Su obra perfecta es uno de los motivos de las alabanzas a Dios.

La fiesta de la dedicación del Templo

De mayor amplitud fue la fiesta de la dedicación del Templo (1 Reyes 8; 2 Crónicas 5), al ser depositada el arca de Dios en el lugar santísimo de la casa de Jehová. Se acabó la “tienda” para siempre, el glorioso santuario la reemplazó.

¿Cómo describir esta escena en la que la majestad divina imponía una santa reverencia? Salomón dobló las rodillas y todo Israel adoró, rostro a tierra, cuando la gloria de Jehová llenó Su casa (2 Crónicas 6:13; 7:3). Entonces Dios mismo respondió a la invitación del Espíritu, inspirada a David: “Levántate, oh Jehová al lugar de tu reposo, tú y el arca de tu poder…” (Salmo 132:8). ¡Qué armonía y poder cuando “cantaban todos a una para alabar y dar gracias a Jehová”:

  La voz de millares de “levitas cantores vestidos de lino fino… con címbalos y salterios y arpas al oriente del altar”…

  El estrepitoso sonido de ciento veinte trompetas tocadas por los sacerdotes…

  Las voces unidas a los instrumentos de música de Jehová que David había hecho “alababan a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre”…

Por fin el arca, el altar y todos los utensilios del Tabernáculo para el servicio sacerdotal estuvieron reunidos en el Templo (2 Crónicas 5:5, 11-14).

El cántico del Templo

Esta es la segunda circunstancia que hemos mencionado al principio. Por fin Israel pudo dar las alabanzas que Dios esperaba de él. Notemos que el tema de la alabanza no había cambiado y tampoco los instrumentos. La bondad y la misericordia de Dios que tanto había conocido David se ensalzaban en el glorioso ambiente del Templo (2 Crónicas 5:13). En la gloria del cielo, será el mismo amor de Dios, el que alabaremos, así como al Cordero inmolado. La diferencia consistirá en la perfección de todos los adoradores y la gloria del lugar.

El sonido estrepitoso de las trompetas, la armonía perfecta de las voces sostenidas por todos los instrumentos de música de Dios ante el Templo, todo esto es una figura de la gloria milenial de Cristo, el verdadero Hijo de David, no solamente en la tierra, sino también en su ambiente universal. Al vislumbrar en estos cuadros las glorias que seguirán a los sufrimientos de Cristo, vemos que siempre está vinculada la alabanza que le será plenamente dada.

La alabanza actual

Joven lector salvo, usted pudo celebrar su salvación, tener esa profunda sensación de haber pasado de la condenación a la vida, de la esclavitud del pecado a la libertad. Ciertamente éstas fueron las primeras notas de su alabanza hacia Dios:

¡Oh qué paz Jesús me da, paz que antes ignoré;

Todo nuevo se tornó desde que su paz hallé…!

Usted que hace parte de la Iglesia del Señor, de la familia del Padre, su porción está en ese humilde lugar con aquellos que invocan su Nombre, reunidos en torno a Él. Con Él aprenderá a cantar la gran victoria del Señor: “El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo” (Efesios 4:10). El Señor le convida a celebrar su subida a la gloria, es lo que espera de cada uno de sus redimidos.

Trasladada la Iglesia al cielo, transmutados los santos, el himno aprendido y comenzado en la tierra, con las voces formadas por Él, seguirá en perfección, sin jamás desentonar, “para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 1:6; 2:7). Lector, esta es la porción que Dios le reserva para la eternidad.

L.G. (adaptado) 


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