Cara a cara
“De nuevo un poco, y
me veréis”. Juan 16:16
Reflexionemos un momento y hagámonos
esta pregunta: ¿Cuánto tiempo transcurrirá todavía hasta el momento en que
veamos la faz de Cristo? El rostro de Aquel que es “señalado entre diez mil”,
cuya Persona es “codiciable”, el rostro de Jesús nuestro Señor? (Cantares 5:10
y 16).
Algunos de
entre nosotros son jóvenes todavía, otros ya han encanecido. Aunque el Señor no
venga durante nuestra existencia, su ausencia no durará mucho. ¡Entonces le
contemplaremos y moraremos con él!
Qué bendición
encontraremos para nuestras almas si, a solas con Dios, nos tomamos el tiempo
de meditar sobre este encuentro feliz, tan próximo. Tal vez, antes de su
retorno, iremos hacia él: nuestro espíritu dejará este cuerpo para estar
“siempre con el Señor”. Y el primer instante de nuestro gozo eterno habrá
llegado.
Tratemos de
determinar cuántos años transcurrirán hasta el retorno de Cristo. Pueden ser
muy pocos, lo sabemos: “Todavía un poco”, nos dice la Palabra. Podríamos, pues,
entrar en la casa del Padre antes que el reloj marque el próximo segundo. Mas,
también podría ser elevado el número de los años que nos separan de la vuelta
de Cristo. Reflexione, pues, y piense en el momento en que el Señor le acogerá,
cuando su mirada se pose en usted. Las sombras habrán huido, y la mañana sin
nubes se hará ver.
“¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es
neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago
4:14). ¿Qué sentido deberíamos darle? Ella nos es ofrecida para que aprendamos
a conocer al Señor Jesús y que le glorifiquemos en la tierra. Somos dejados
aquí para brillar como luminares en el mundo, para ser una carta conocida y
leída por todos los hombres (véase 2 Corintios 3:2). Cuando pensamos en el
momento en que veremos a Cristo, no deseamos más que agradarle. Y, sin embargo,
para muchos de nosotros el ardor del primer amor ha desaparecido, lo mismo que
la primavera deja su lugar a las otras estaciones. ¿Será cierto que nuestro
apego a Cristo es menos profundo ahora que antes? El Señor sabe todas las
cosas: escuchémosle en el silencio de su presencia y permitámosle que nos diga,
a cada uno, cuál es nuestro estado.
La vida se
desliza: el frescor de nuestro primer afecto ha pasado. A veces, parece que se
interpone una barrera entre nosotros y él. La belleza de la vida divina se
encuentra empañada. La paz con Dios por la sangre de Cristo permanece, mas su
paz, la que él ha procurado para los suyos, no llena el corazón. Hoy en día,
varios hijos de Dios carecen de un contacto personal con el Señor. Su vida
espiritual ya no manifiesta una comunión consciente con él. Aunque no se han
olvidado de las verdades cristianas, Jesús ya no es el objeto de su corazón. El
instante presente no está iluminado por el gozo de la esperanza cristiana.
En esas
condiciones, uno no puede respirar, aquí en la tierra, la atmósfera del cielo,
ni siente la necesidad intensa de encontrarse en la presencia de nuestro Amado.
Se puede ser muy versado en el conocimiento de las Escrituras; sin embargo, la
inteligencia espiritual no es amor, y sin el calor de éste, la lámpara del
testimonio brilla muy débilmente. Por eso le rogamos otra vez: entre en su
habitación, lejos de la agitación del mundo, y piense en el momento en que, por
primera vez, verá cara a cara a su Maestro.
Cada uno puede
proponer un remedio para el decaimiento espiritual. Pero, de hecho, nada puede
sacar al alma de su apatía, sino el mirar a “Jesús solo” (Marcos 9:8). Damos
gracias a Dios por todas las doctrinas que contiene la Escritura; cada una de
ellas es semejante a una puerta que, cuando abierta, deja ver alguna perfección
de Cristo. ¿Hemos franqueado el umbral de esas puertas? Muchos no se han
acercado. Saben de qué han sido hechas esas puertas, y, sin embargo, las
mantienen cerradas. Una es de “madera de acacia”, una segunda “de plata”, una
tercera “de oro”: revelación de la humanidad sin mancha del Señor, del valor de
su sangre, de la gloria de su Dios y Padre manifestada por él. Abra la puerta
de madera de acacia y aparecerá ante usted el Hombre perfecto (Hechos
10:38-39). Abra la de plata y podrá considerar sus manos y su costado (Zacarías
13:6; Juan 20:27, etc.), testimonio de su redención. Abra la puerta de oro y a
los ojos de la fe resplandecerá Aquel que ahora está sentado en la gloria
(Apocalipsis 5:12-13). Y, como “viendo al Invisible” (Hebreos 11:27), sus
corazones rebosarán de adoración, pues a “Jesús solo” nuestro necesitado
corazón ansía.
Que podamos,
durante la breve vida que aún está delante nuestro, gozar más de su compañía,
compañía que esclarecerá nuestro ser interior y exterior. Todavía un poco y
caminaremos con él vestidos de blanco (Apocalipsis 19:14); pero hasta que
empiece ese momento de gozo eterno, vivamos más por fe, morando en su
presencia, para que nuestros labios puedan hablar más a menudo el lenguaje del
cielo.
H.F.W.
“Ahora vemos por espejo, oscuramente;
mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces
conoceré como fui conocido” (1 Corintios 13:12). “Sabemos que cuando él se manifieste,
seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).
Nuestro
conocimiento de las cosas aún invisibles es parcial, indefinido y precario.
Pero pronto veremos “cara a cara”. Entonces, nuestro Salvador —que nos ha
conocido a fondo— nos hará entrar en el completo conocimiento de sí mismo y así
el imperecedero amor será perfecto y se verá eternamente satisfecho en nuestro
corazón y en el Suyo.
J.Kn.
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