Sálvate a ti mismo

 

“…para que veamos y creamos”.                 Marcos 15:32

 

Con estas palabras se burlaban de Jesús “los que pasaban” ante la cruz. Habían empezado diciendo: “¡Bah!, tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz” (Marcos 15:29-30). Quizás, estas personas no habían acudido allí in­tencionadamente. Pero, como los romanos tenían la costumbre de colocar las cruces al borde de los caminos para asustar a las gentes que tenían bajo su dominio, aquellos que pasaban “por el camino” (Lamentaciones 1:12) reconocían al Maestro que habían escuchado mientras recorría pueblos y aldeas, o enseñaba en el templo. Al verle en tal situación, no supieron hacer nada mejor que burlarse de él.

Los principales sacerdotes y demás jefes del pueblo seguramente habían acudido a aquellos lugares de manera intencionada. Con los escribas, “se decían unos a otros”: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” (Marcos 15:31). Ahora lo tenían en sus manos. Muchas veces habían intentado arrestarlo, pero habían fracasado en su proyecto, porque “aún no había llegado su hora” (Juan 7:30; 8:20). Ahora, qué satisfacción sentían estos ímpios al haberle podido arrestar, juzgar, condenar y crucificar.

Los soldados que le habían crucificado también repetían el estribillo burlesco: “Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (Lucas 23:37). Habían ejecutado las órdenes recibidas, repartieron sus vestiduras entre sí y ahora le vigilaban. El cartel colocado en lo más alto de la cruz les informaba sobre el motivo de la condena. Crueles, sin piedad, indiferentes a los sufrimientos de los demás, se burlaban de este nuevo profeta que no había logrado más que hacerse arrestar y condenar.

Un cuarto personaje iba a repetir la odiosa invitación: “Uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lucas 23:39). Padeciendo a su lado, bajo el mismo juicio, ¿no debía este malhechor tener compasión y reconocer que él estaba sufriendo el justo castigo debido a sus crímenes, mientras que Jesús no había hecho ningún mal? La gracia obra en su compañero, pero él, con el corazón endurecido, se une al coro que se burla, repitiendo: “Sálvate a ti mismo”.

Los sacerdotes y los escribas habían añadido: “El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos” (Marcos 15:32). ¿Qué hubiera ocurrido si Jesús hubiese dado respuesta a esta diabólica invitación, y hubiese manifestado su poder —como lo había hecho en el jardín de Getsemaní (Juan 18:6)— descendiendo de la cruz? ¡Qué estupor para sus enemigos! Las multitudes hubiesen quedado boquiabiertas, y sin duda, hubiesen querido hacerle rey nuevamente. ¡Qué consuelo habría sentido el pequeño grupo de sus seguidores, los discípulos y las mujeres que allí se hallaban! Se hubiese hablado de este acontecimiento a lo largo y ancho a través de todos los tiempos…, pero la redención no se hubiese llevado a cabo; la obra que el Padre le había encomendado no se hubiera cumplido; nosotros hubiésemos permanecido bajo el peso de nuestros pecados y del juicio de Dios, porque él no hubiese cargado con “nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

¡Misterio de la gracia y del amor! El Señor no quiso descender de la cruz. Sufrió las burlas y la ira a causa del gozo que tenía puesto delante de él. Se hundió en el cieno profundo donde no podía hacer pie, cuando el juicio de Dios cayó sobre él. Su alma conoció el estremecimiento de la muerte, la angustia de ser hecho pecado por nosotros, la tristeza de ser abandonado por Dios (Marcos 14:33-34). Las “aguas” del juicio le han entrado hasta el alma; se ha hundido en el “cieno” profundo del pecado; el “pozo” de la muerte se ha cerrado sobre él (Salmo 69:1, 2 y 15).

Antes de encomendar su espíritu al Padre, pudo exclamar: “Consumado es”. Acababa de alcanzar la victoria, victoria confirmada por la resurrección. Abrumado por la vergüenza y el menosprecio, había hecho resaltar todas las perfecciones de su Ser. Esta gloria moral la disciernen aquellos cuyos ojos han sido abiertos para ver en él al Hijo amado del Padre, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

G. A.

 

“Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos” (Hebreos 2:10). “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (cap. 5:8-9).

Tú alcanzaste la victoria

Sobre la muerte ¡oh Señor!

Desde tu trono, do ensalzado,

Brillan tus glorias al redor,

Pues solo Tú nos revelaste

Que Dios es luz y es Dios de amor.

 

Por siempre seas alabado,

Brazo nos fuiste y gran salud,

Pues por salvarnos del pecado,

Señor moriste en dura cruz,

Y siempre fiel, Tú nos conduces

Con tu esplendor hacia la luz.

 

(Himnos y Cánticos N° 112) 


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