El que planta… el que riega…
1 Corintios 3
¿Quién es más importante, el evangelista
que esparce la Palabra, o el que edifica la Asamblea? Sin duda, el evangelista,
contestarán algunos, pues por medio de él las almas son conducidas al Señor (v.
5). El pastor o el maestro, dirá otro, pues sin él la Asamblea no podría ser
alimentada ni edificada.
¿Qué nos dice
la Palabra de Dios?: ¡“Ni el que planta ni el que riega”! (v. 7). Ambos no son
más que instrumentos y, si actúan en la dependencia del Señor, Dios “da el
crecimiento”.
La Palabra
añade: “El que planta y el que riega son una misma cosa” (v. 8). El trabajo de
ambos es indispensable, “combatiendo unánimes” (Filipenses 1:27). Cada uno,
según el don que ha recibido, dependiendo totalmente del Señor, lleva a cabo el
servicio al que ha sido llamado, “para que el que siembra goce juntamente con
el que siega” (Juan 4:36).
Pero uno no
será responsable del trabajo de otro: “Cada uno recibirá su recompensa conforme
a su labor” (v. 8), y no conforme a su don. Es un privilegio pertenecer a
aquellos que siembran o riegan, pues somos así colaboradores de Dios. El
fundamento del edificio fue puesto una vez por todas: Jesucristo, la principal
piedra del ángulo. “Pero cada uno mire cómo
sobreedifica” (v. 10). Cada uno de nosotros es responsable de los materiales
que aporta al edificio.
En Éfeso
Pablo había puesto énfasis “acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la
fe en nuestro Señor Jesucristo”. Una vez formada la asamblea, no había rehusado
anunciar “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:21 y 27). En Corinto la situación
era diferente; después de haberles predicado el Evangelio, Pablo no podía
alimentarlos sino con leche (v. 2). Al principio, se había propuesto no saber
entre ellos “cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios
2:2). No había predicado el Evangelio a través de palabras persuasivas, sino
demostrando el poder del Espíritu, para que la fe de los corintios no se
apoyara en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Numerosas almas
habían sido llevadas al conocimiento del Señor, quien tenía “mucho pueblo en
esta ciudad” (Hechos 18:10). Sin embargo, ¡cuánta tristeza y qué asombro había
en el apóstol al ver el estado tan humillante de algunos de ellos! Otros habían
sembrado cizaña. Pero llegará un día en el cual todo saldrá a la luz, el fuego
juzgará la obra de cada uno: tanto la del evangelista, como la del pastor, del
maestro, o… del falso maestro (2 Pedro 2:1). Habrá una “recompensa” o una
“pérdida” y, para aquel que haya corrompido el templo de Dios, la destrucción
(v. 17).
Mientras esperamos ese día: “¿Tú quién
eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio Señor está en pie, o cae; pero
estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme” (Romanos
14:4). Cierto es que la asamblea es llamada a juzgar lo que se le presenta para
su edificación (1 Corintios 14:29), es decir, a discernir que lo expuesto sea
verdaderamente según la Palabra. Mas, en lo que concierne al servicio del
obrero fiel, Pablo dice: “El que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis
nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo
oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y
entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Corintios 4:4-5).
El llamamiento
de Dios se dirige directamente al servidor. Sin embargo, tal como lo vemos en
los casos de Pablo, Timoteo u otros, los hermanos de la región habían
reconocido el llamado del Señor y habían dado a estos servidores “la diestra en
señal de compañerismo”, o, “la mano de comunión” antes de su partida (véase
Gálatas 2:9, V.M.) “Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las
manos y los despidieron” (Hechos 13:3). “No descuides el don que hay en ti, que
te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio
(los ancianos)” (1 Timoteo 4:14). Esta expresión de comunión por parte de los
ancianos, a su partida, no implica una posterior interferencia en su
ministerio: “los despidieron”. Ello no impidió que, a su regreso, Pablo y
Bernabé, habiendo reunido a la asamblea, “refirieron cuán grandes cosas había
hecho Dios con ellos” (Hechos 14:27). En el caso de Apolos, los hermanos
escribieron una carta a los de Acaya, exhortándolos a que le recibieran. Apolos
llegó a Corinto, regó y “fue de gran provecho a los que por la gracia habían
creído”. Actuaba en la dependencia directa del Señor y no bajo las órdenes de
los hermanos de éfeso (Hechos
18:27).
Repetimos una
vez más: “Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el
crecimiento”. ¡Que los instrumentos desaparezcan, a sus propios ojos y a los de
sus hermanos, para que la obra del Señor mismo se manifieste en todo su poder!
G. A.
Responsabilidad del que edifica
En la obra de Dios, vista como una labranza o como un edificio, cada obrero tiene su propia actividad. Puede traer materiales —es decir, distintos aspectos de la verdad— y edificar las almas presentándoles la justicia de Dios (el oro), la redención (la plata) y las glorias de Cristo (las piedras preciosas). Pero con la aparencia de mucho volumen puede también edificar con madera, heno, hojarasca… trabajo que no resistirá al fuego. Sí, que “cada uno mire cómo —no cuánto— sobreedifica” sobre el único e imperecedero fundamento: Jesucristo (1 Corintios 3:7-11).
J. Kn.
“Así
que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del
Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1
Corintios 15:58).
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