El corazón
“Sobre toda cosa
guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. Proverbios 4:23
¿Se me permite decir, aunque
imperfectamente, unas palabras a los jóvenes creyentes? El joven de hoy, aun
siendo cristiano, no siempre está caracterizado por la humildad; las
circunstancias de la vida actual, tal vez, han desarrollado la tendencia
contraria, pero estoy persuadido de que ustedes, jóvenes cristianos, desean
verdaderamente conservar un corazón
ferviente y vibrante por el Señor.
Sin embargo, el
corazón puede inclinarse en direcciones muy diferentes; el Señor Jesús lo
resumió diciendo: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mateo 6:24).
Necesariamente esas diversas inclinaciones conllevan a servir a uno u otro.
Uno es el
Maestro bondadoso que llevó nuestras maldades y puso ante nosotros la
felicidad; el otro —que disputa enérgicamente el lugar— es el mentiroso y el
engañador desde el principio. Se presenta de una forma insidiosa; no se muestra
tal como es; al contrario, con frecuencia seduce con un mundo engañador como
él, lleno de encantos, a pesar de su terrible estado de miseria.
Para cada
creyente existen dos corazones: uno renovado y relacionado con la nueva
naturaleza, esta naturaleza divina adquirida cuando, por su inmensa gracia,
Dios le reveló a su Hijo Jesús, y se lo dio como Salvador. Pero también está el
corazón natural, ferviente y
vibrante, lo repito, pero sobre el cual Satanás tiene mucho ascendiente. He
aquí las dos direcciones que se les presentan a ustedes. ¿Cuál escogen?
La obra maestra
de Satanás consiste en hacer creer que uno puede seguir, a la vez, los dos
caminos: estar lleno de abnegación por la asamblea, tener fervor por el canto
y, al mismo tiempo, acariciar en el corazón
otros deseos. Dios tuvo que decir un día, y Jesús lo repite en Marcos 7:6:
“Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí”. ¿Cuál es la
fuente de los otros deseos? Los motivos del corazón humano se resumen en una
palabra: egoísmo. Frecuentemente aparentamos amar a alguien sólo a fin de recibir
algo a cambio. Pero Dios remplaza este motivo por otro: el amor. En presencia
del amor de Jesús, vertido en nuestros corazones renovados, ¿permaneceremos
insensibles y fríos? El amor a Jesús excluye de nuestros corazones el egoísmo y
nos lleva a amar a los otros.
Si en esta
tierra sólo nos preocupamos por lo que se hace en nuestro propio beneficio,
¿qué fruto llevaremos para el Señor? Recordemos la parábola de las minas en
Lucas 19. Pensar en sí mismo en todos los detalles, sentirse el centro de todo,
es una tendencia natural del corazón humano. ¡El enemigo es tan activo, tan
sutil! Presenta al corazón, ante los ojos, un sinnúmero de objetos atractivos;
por el uno o por el otro a veces el corazón es seducido y cree que puede seguir
los dos caminos.
Permítanme ser
algo práctico. El Señor nos dice por medio del apóstol inspirado: “No améis al
mundo, ni las cosas que están en el
mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2:15).
¿Saben ustedes evitar una calle donde cierto aviso les tentará o tal lugar que
posiblemente les haría caer? ¿Pueden renunciar a tal revista mundana que les
enseñará cuidadosamente cómo vestirse a la moda, según el agrado del enemigo de
sus corazones renovados? Claro está que no podemos vestirnos hoy día como en la
época del Señor; pero seguir muy de cerca la moda de un mundo de perdición, del
cual proclamamos que no somos, es ocuparse de sí mismo. El corazón apegado al
Señor sabe discernir lo que conviene, a fin de no llamar la atención sobre sí,
ni en un sentido ni en el otro.
“Sed sobrios”.
“Velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor
buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). Pero, de primera instancia está
escondido, como la serpiente, en la hierba florida de la mundanalidad. ¡Y por
cuántos detalles debemos velar! Escuchar, leer la Palabra sin agregarle correctivos provenientes del corazón natural, he ahí
la salvaguardia. La Palabra no ha cambiado ni evolucionado. ¿Sería necesario
hacer una nueva Biblia acorde con los tiempos actuales? Lo que condujo a las
generaciones precedentes a la bendición, ¿ya no nos sería suficiente?
Pero volvamos a
nuestro título: El corazón. Sus corazones ardientes, activos, impregnados de
savia juvenil, ¿quién los va a llenar? Pensar en el Señor solamente a una hora
determinada, por simple rutina, porque esto da cierta seguridad, ¿es amor, el
verdadero amor, el de las dos Marías: la que escuchó (Lucas 10:39) y la que siguió
(Mateo 27:55-56) al Único que es digno de cautivar nuestra capacidad de amar?
No excluyo, en absoluto, los afectos naturales, santificados por Él, cuya
medida nos da Él mismo.
Sí, fijémonos
en las direcciones opuestas tomadas por los dos corazones. Recordemos que ellos
no pueden andar juntos: sólo el amor por el Señor puede guiar a uno; y pese a
que este amor parece tirano al corazón natural, el hecho de renunciar a una
cosa a causa de él da un gozo que no se puede comparar con las supuestas
alegrías de este mundo. La secreta aprobación del Señor llenará de paz nuestros
corazones.
Sólo he tomado estos ejemplos prácticos entre muchos otros. Sin embargo, en todas las circunstancias de nuestra vida debemos cuidar que nuestros corazones no den la espalda al único Objeto, el Señor Jesús. Cada uno aprenderá, por la Palabra, a conocer su propio corazón (Léase Hebreos 4:12-13).
¡Qué temible influencia tiene un motivo u objeto escondido en el fondo del corazón, si él no es discernido en la presencia divina y abandonado por amor a Jesús! Un corazón apegado a Jesús es una brújula segura.
A.Hy. (adaptado)
“Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos; porque largura de días y años de vida y paz te aumentarán. Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; atalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón; y hallarás gracia y buena opinión ante los ojos de Dios y de los hombres” (Proverbios 3:1-4).
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