Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas

 

“Iban por el camino, subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante”.     Marcos 10:32

 

Poco antes Jesús había dejado definitivamente Galilea (10:1) para dirigirse a la región de Judea. En el camino que subía a Jerusalén, los discípulos seguían a su Señor con temor y estaban asombrados (v. 32).

“Volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer” (v. 33). No se trata de que los discípulos le abandonen: “He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado” (v. 33). Luego les describe algunos de los sufrimientos y escarnios que le esperan, les habla de su muerte. Sin embargo, por el momento no menciona la cruz, “mas al tercer día resucitará” (v. 34).

La actitud de Santiago y Juan es lamentable. No muestran afecto ni comprensión hacia su Señor en relación con lo que le espera (“no sabéis…” v. 38); solamente les interesa tener los primeros lugares en el reino.

En Jericó encuentra un poco de ánimo. Zaqueo, quien deseaba ver a Jesús, le recibe gozoso en su casa. Después, el ciego Bartimeo, quien clama al Hijo de David, recobra la vista y sigue “a Jesús en el camino” (v. 52).

Sigue el duro ascenso a través del desierto de Judá, hacia la ciudad santa, un camino árido, que sin duda Jesús y sus discípulos han recorrido más de una vez, el cual ahora emprenden con corazones llenos de aprensión.

Se acercan a Jerusalén (11:1); desde la lejanía reconocen Betfagé y Betania, frente al monte de los Olivos. Finalmente se celebra la entrada triunfal en Jerusalén, acompañada de los “Hosannas” que acogen al Rey montado sobre un pollino. Jesús entra en Jerusalén, va al templo; ¿qué encontrará en él? “Habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce” (v. 11). No hay lugar para Él en la ciudad donde Dios había hecho habitar su Nombre, ni un corazón para recibirle; ninguna casa se abre para acogerle. La “higuera” sólo tiene hojas: una apariencia, pero no lleva fruto (v. 13). Ha llegado la noche para el pueblo que así rechaza a su Mesías.

Sin embargo, vuelven a Jerusalén y entran una vez más en el templo (v. 15). ¿Qué puede hacer el Señor sino expulsar a los mercaderes y cambistas que buscan su propio beneficio dentro de la misma casa de Dios, haciendo de ella una “cueva de ladrones?” “Al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad” (v. 19). A la mañana siguiente la higuera “se había secado, desde las raíces”, figura de lo que le espera a Israel. No obstante, otra vez vuelven a Jerusalén (v. 27). Unos tras otros, principales del pueblo, sacerdotes, escribas y ancianos discuten con Él, buscando encontrar en sus palabras algo de que acusarle.

Único rayo de luz en estos últimos días, Jesús está sentado delante del arca de la ofrenda y mira cómo el pueblo echa dinero en el arca. Acude una pobre viuda, la cual echa dos blancas. Jesús llama enseguida a sus discípulos y les dice: “Esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca, porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (v. 41-44). Después, y de una manera definitiva, sale del templo (13:1).

Ha llegado la última noche. Jesús vuelve a Jerusalén para celebrar la Pascua con sus discípulos (14:16). Durante la cena, descubre al traidor: “De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va a entregar” (v. 18). “El Hijo del Hombre va (como el macho cabrío Azazel se va al desierto en Levítico 16:22) mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado!” (v. 21).

El Señor expresa un último deseo antes de entregarse a sí mismo: “Esto es mi cuerpo… esto es mi sangre” (v. 22 y 24)… “Haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Pronto va a consumarse el sacrificio: después de cantar el himno, salen “al monte de los Olivos”.

Jesús es encadenado y conducido por última vez a Jerusalén, a casa del sumo sacerdote, al sanedrín; más tarde a Pilato. No se le evita nada, ni latigazos, ni bofetadas, ni esputos, ni la vergüenza. Para terminar, dejando la ciudad que amaba y sobre la cual había llorado, cargando su cruz, sale “al lugar llamado de la Calavera” (Juan 19:17).

“El lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad” (Juan 19:20). Cerca de la ciudad, pero “fuera de la puerta” (Hebreos 13:12). Hacia este lugar nos llama a salir “a él, fuera del campamento, llevando su vituperio”.

 

 

“Acuérdate…”

 

“Acuérdate de Jesucristo”.                           2 Timoteo 2:8

 

Este es el último mensaje de Pablo, antes del martirio, a su querido Timoteo. En esta epístola hay muchas exhortaciones, las cuales cada uno de nosotros puede leer con atención y meditación.

“Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado…” En primer lugar, que la persona del Señor Jesús sea preciosa a tu corazón. Él resucitó, intercede por los suyos, vive en ellos. “Acuérdate de Jesucristo”.

“Acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida”.

                                                                        Lucas 16:25

 

El hombre rico de la parábola no se preocupaba más de Dios que del pobre hombre que estaba echado a su puerta, el cual deseaba saciarse con las migajas que caían de su mesa. Al fallecer, fue enterrado con todos los honores, ¿para ir adónde? Al Hades, al tormento.

En su visión, suplica a Abraham que tenga misericordia de él y le alivie su sed. ¿Cuál es su respuesta? “Hijo, acuérdate…” Este es el tormento del más allá para todos aquellos que han rechazado el Evangelio, que han perseguido “los bienes de la vida” sin abrir su oído ni su corazón a la voz del Salvador. “Acuérdate” de las numerosas ocasiones en que este llamamiento te ha sido hecho, quizá desde la misma infancia, durante la juventud o más tarde. Si lo re­chazaste y no te arrepientes, tu también te encontrarás en el tormento, cuya angustia más profunda es acordarse de las ocasiones perdidas. Entonces, “acuérdate” de que: “He aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2).

G.A. 


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