Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.

2 Timoteo 3:16

El libro de Ezequiel

El libro del profeta Ezequiel no es leído muy a menudo y mucho menos meditado, siendo uno de los menos conocidos de las Escrituras. No obstante, contiene numerosas enseñanzas espirituales, una de las cuales concierne a “la gloria de Jehová”, esta nube que llenó el templo en el momento de su inauguración, en los días más hermosos del reinado de Salomón. Pero, a pesar del declive del gran rey, de la idolatría de Acab y de muchos otros, la presencia de Dios permaneció en él hasta que llegó el momento en que la copa rebosó y la gloria se fue retirando lentamente (Ezequiel 9:3; 10:4 y 18 y 11:22). Elevándose por encima del querubín del santuario, la gloria llega a las puertas de la casa, después continúa avanzando hasta detenerse en la entrada de la puerta oriental; pero, aún allí, todo es iniquidad y mal. La gloria no puede quedarse en tal lugar. Finalmente, sube por en medio de la ciudad y va a parar en la montaña, al Oriente, en el monte de los Olivos.

 

La gloria volverá un día a Jerusalén, en la persona del Señor Jesús. Las multitudes le aclamarán: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor!” La gente cortará ramas y las extenderán sobre el camino, junto con sus mantos. Pero ¿qué hará Jesús?: “Cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella” (Lucas 19:41). Él era el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia; pero cuando entró en Su casa —el mismo templo— “habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue...” (Marcos 11:11). Ningún corazón estaba dispuesto a recibirle, ninguna casa quería acogerle. Se va a Betania, hacia “el pequeño residuo”, detrás del monte de los Olivos, donde había algunos corazones que le amaban. Del mismo lugar ascenderá al cielo, después de haber bendecido a sus discípulos. Y sobre la misma montaña volverá en el día de su triunfo (Zacarías 14:4); y “la gloria”, ausente durante mucho tiempo, volverá al templo nuevo (Ezequiel 43:1-6).

Eclesiastés, el libro del Predicador

Dios quiso darnos en su Palabra este libro particularmente especial, en un cuadro voluntariamente diseñado por el Predicador, bajo la inspiración del Espíritu. Trata de la experiencia de un hombre que conoce el bien y el mal y posee una sabiduría que le ha sido concedida por Dios, lo que le hace echar una mirada inquisidora, pero al mismo tiempo inteligente, sobre todo lo que se ve bajo el cielo. Esta sabiduría sólo le puede conducir a constatar las consecuencias del pecado, en él mismo y a su alrededor, pero sin que encuentre remedio para solucionarlo. Conoce a Dios, sin embargo, no tiene con Él relaciones positivas. Está repleto de todas las facilidades materiales para poder disfrutar de la vida; pero su experiencia se desarrolla “debajo del sol”, expresión frecuente en este libro, la que sitúa bien el punto de vista del Predicador: considera todas las cosas tal como el sol las ilumina aquí en la tierra y tal como sus sentimientos pueden discernirlas; en cambio, no posee ninguna revelación de las realidades eternas. Sus reflexiones son las del hombre natural; sus razonamientos provienen de una experiencia necesariamente incrédula ya que no posee la revelación, o rechaza entrar en el conocimiento de ella. ¿Existen hoy tales personas, después de casi veinte siglos de cristianismo? ¿No hay millones de ellos, los que incluso se denominan a sí mismos cristianos? Nuestra literatura actual abunda en ecos de las palabras del Eclesiastés, el cual, después de explorar todo lo que su sabiduría y su conocimiento alcancen, después de disfrutar de todo lo que sus riquezas hayan podido darle, exclama: “Volvió, por tanto, a desesperanzarse mi corazón” (Eclesiastés 2:20), mientras que Jesús nos dice: “Se gozará vuestro corazón” (Juan 16:22).

 

El Nuevo Testamento nos da la respuesta a diversos temas que preocupan al Predicador, entre los cuales podemos citar: el trabajo, el gozo de la vida, la verdadera sabiduría, la muerte, el juicio y el más allá. Qué privilegio tenemos, en contraste con el Eclesiastés, al poseer un Salvador y conocer, por medio de Él, el amor del Padre. Tenemos un Amigo que nos acompaña a lo largo del camino de la vida y junto a Él pasaremos la eternidad, “lo cual es muchísimo mejor”.

G.A.

El libro de los Proverbios

Es diferente en los Proverbios. Este libro nos presenta la sabiduría de una autoridad que frena la voluntad del hombre, reprime la corrupción y la violencia y, además, detiene la propia satisfacción, la cual es un peligro para el hombre. Vemos también los consejos de Dios, revelados en el hecho de que la Sabiduría de Dios (Cristo, el objeto de su delicia) encuentra sus delicias con los hijos de los hombres desde antes que el mundo fuera (capítulo 8:22-31). En todo este libro encontramos a Jehová, o Dios, que se da a conocer y que actúa por medio de una autoridad confiada al hombre, a los padres, etc. Dios nos da igualmente las enseñanzas necesarias para que cada uno sepa evitar las trampas tendidas en este pobre mundo, sin que necesite aprender por su propia experiencia toda la iniquidad en la cual está sumido.

J.N.D.

 

“Oye, hijo mío, y recibe mis razones, y se te multiplicarán años de vida. Por el camino de la sabiduría te he encaminado, y por veredas derechas te he hecho andar. Cuando anduvieres, no se estrecharán tus pasos, y si corrieres, no tropezarás. Retén el consejo, no lo dejes; guárdalo, porque eso es tu vida. No entres por la vereda de los impíos, ni vayas por el camino de los malos. Déjala, no pases por ella; apártate de ella, pasa” (Proverbios 4:10-15).


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